Sant Joan en Saint Jean

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Ya está aquí. Se presentía desde hace tiempo en este lado del mundo. En esta ocasión parece que se ha adelantado. Creo que es la primera vez que no me deja dormir antes de llegar… Visitante que recibo con desgana: el verano.


El verano me da mucha pereza. Me gustan sus terrazas a deshoras, su jolgorio amable, sentir el fresco cuando anochece en el parque. Pero me fastidia terriblemente ese sudor sucio que enturbia las esperas del autobús a pleno sol, que los transportes públicos huelan mucho peor, que nunca sepamos qué grado de invierno nos espera al entrar en un cine y, sobre todo, aquellas noches en que el calor le ha puesto pegamento a las sábanas, la almohada se ha vuelto en un brasero (por ambas caras) y no hay manera de dormir. Me molestan mucho en esas noches los más mínimos roces ajenos, y que acaben por convertirse en una carrera de obstáculos en la que se evita cuidadosamente la piel querida. No se puede estar enamorado en verano, porque el cuerpo se vuelve esquizofrénico, y quiere y desea cosas opuestas. Grita y clama por cosas incompatibles. También me molesta que llegue el verano cuando aún no tengo en absoluto resuelto qué hacer durante las vacaciones. Detesto las subidas de mi barrio cuando el sol le pica de frente al asfalto y lo vuelve líquido. Y también, cómo no, me molesta que se dé (o no se dé) por completamente iniciado tras la fiesta más ruidosa del mundo: la verbena de San Juan.



Hace unos años se hacían hogueras muy cerca de casa, y había algo de aliciente en aquél dejarse hipnotizar por el fuego y por la quema de todo lo viejo. Pero en los últimos años ya sólo queda de fuego el vago recuerdo que brama en la pólvora de los petardos, cada vez más sonoros y menos visuales, más incomodantes y menos bellos. Es la guerra. O el fin del mundo. Los bebés se asustan. Los animales todos lo pasan fatal. Y el instinto animal de los demás, niños y adultos, está convulsionado. Lo demás ya lo sabemos todos por la referencia de fin de año. Seis meses después, hay que pasarlo igualmente bien, ir a una fiesta o –¡mucho peor!− organizar una, gastar, luchar con la vida por un taxi, y trasnochar como nunca.

Pues bien, yo hace siglos ya que me declaré en huelga de verbena caída. Si hace años, con mi queridísimo amigo Ramon nos inventamos el AFA (anti-fin-de-año), hay que reivindicar la VAV (velada-anti-verbena) o similares. Pasa que no sé qué tiene que excluirse de las convenciones es genial, pero hacerlo en soledad tiene algo de lamentable. Quien se haya quedado absolutamente solo un día de Navidad, por ejemplo, sabrá de qué hablo. Rápidamente se cae en un proceso vertiginoso de autocompasión. Si incluso he vivido recientemente algo similar por no entender nada de nada de fútbol… Ni te cuento con una verbena. Sus muestras de fiesta a lo grande, de gente que cumple a rajatabla las premisas de pasárselo bien con ostentación, se cuelan el día de la verbena de forma insolente por todos los huecos.

Pero no todas mis verbenas han sido terribles. Eso sí, las pocas veces que una noche de san juan me ha salido bien ha sido porque no ha habido un guión verbenero.

Y entre mis san juanes de antología personal está el del año pasado. Una cena mínima, en incomparable compañía, y un leve paseo por el barrio, habían de ser los preludios de un viaje muy esperado: ir a lo mejor de Suiza, sin prisas ni grandes planes, pero con un gran conocedor. Yo quería ver lo que me habían contado, y ya tenía una gran avidez por la tranquilidad, por el verde, por la paz absoluta, quién sabe si para recuperar algún pedazo de sosiego interior…

De una gran tirada, nos plantamos en pleno corazón del parque natural del Vercors (este de Francia). A través de un guiño del destino, nos habíamos hecho con un descapotable fuerte y pacífico, y recorríamos aquellos paisajes en completo embelesamiento. Qué lejos entonces los petardos y la algarabía. Un nuevo guiño del destino: una luz inesperada en el tablero de mandos, y la precaución nos hace parar: aún no sabíamos que no era más señal que la de que allí se nos esperaba… Recuerdo con gracia el consejo que nos dio el experto por teléfono: había que ponerle una tirita a la luz incómoda y continuar sin más. Pero ya nos había cautivado Saint Jean en Royans. Un pueblito pequeñísimo, sin casi nada, y en el que, una vez más, el azar nos condujo a pasar la noche en la casa con mayor encanto del mundo, a doscientos verdes metros de la última casa urbana.

Contrariamente a lo esperado, no estábamos ni decepcionados ni en absoluto de mal humor. La gente nos miraba afablemente. El paisaje era una delicia toda ella verde y salpicada de flores. Y yo me transmuté en Heidi. En el campo, un señor mayor que cuidaba sus hortalizas, nos regaló unas ciruelas apenas nos las quedamos mirando. Aún no habíamos atravesado la plaza cuando algunos vecinos, trajinando bandejas, nos estaban invitando a unirnos a su cena comunitaria. No quisimos abusar. Tomamos una formule en un encantador restaurante cercano. Al volver sobre nuestros pasos, pues Saint Jean consta de una sola calle, nos encontramos de nuevo a los vecinos, todos, reunidos. Celebraban su particular fiesta mayor uniendo esfuerzos y voluntades. Esta vez no nos dejaron pasar sin que tomáramos té de menta, un trozo de pastel y sus conversaciones encantadoras. Oriundos o tremendos urbanos que habían interrumpido su trasiego por amor. Los vecinos que sabían de música amenizaban aquel encantador encuentro. Yo me movía alegremente al son de las conversaciones y del jazz de New Orleans. Casi consiguen convencernos para que hagamos de Saint Jean nuestro destino, del Vercors el verde que yo buscaba, y de su afable tranquilidad, la paz que nos convenía… Un poco más, y les damos plantón a los amigos que nos esperaban detrás de la frontera. Esa vez no fue posible (quién sabe, en un futuro…), pero destrabaron el día de san juan de su halo tremebundo.

Así, pues, a pesar de mis antiguas reservas sobre este día, os deseo un feliz San Juan, una verbena alegre, un solsticio sereno y un fuego que se lleve todo lo viejo.





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"Bombas na guerra-magia
Ninguém matava, ninguém morria
Nas trincheiras da alegria
O que explodia era o amor"

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7 comentarios:

Stalker dijo...

Susana:

me preocupa estar siempre tan de acuerdo contigo. Tus palabras son precisión e ingenio, horadan, trepanan, pero también hacen cosquillas.

Yo debo ser un animal o tener muy a flor de piel mi animalidad porque los petardos me asustan mucho; me asustan y sobresaltan en sentido literal: un buen petardo que estalle cerca me hace dar un salto físico, imposible de reprimir. Va uno como un saltimbanqui esta semana, resistiendo las miradas que censuran la inapropiada y desmesurada reacción de mi animalidad.

Nunca entendí el placer que se puede encontrar en producir un ruido brusco, hiriente. Qué le vamos a hacer, habrá que aguantar.

Y además el gato está hoy tan asustado como yo. En eso y en otras cosas somos hermanos.

Abrazos

Susana dijo...

Stalker, mi Stalker, ¿cómo va a preocuparte una cosa así? No tenía la más mínima duda: ibas a ser también uno de esos animales por dentro, con incomodidad y hasta miedo a esa "guerra de fuego". Los demás, que miren, y sobre todo que aprendan. Yo te miro con solidaria comprensión y, fundamental, con admiración.

Yo tampoco entendí el placer del ruido desbocado. Pero tampoco el desmesurado placer por el fútbol o, qué sé yo, por el Gran Hermano. Y una vez asumido que se pertenece a una minoría, no te mentiré: me encanta comprobar que tú y tu gato formáis parte del mismo club de extraños apacibles.

Un día más, un placer tenerte por aquí... Un abrazo, y que la noche os sea lo más leve posible.

Ramon dijo...

Habíamos hablado tanto lo de la obligatoriedad de divertirse en fin de año, esa sensación de toca divertirse por cojones y todo es maravilloso, que por eso nos inventamos el AFA... sencillamente resultaba mucho más humano. Y ahora me encanta lo del VAV, como supondrás. Pero ciertamente, puestos a elegir, me quedo con un VAV en Saint Jean en Royans. Sería una versión de AFA en San Juan, sin petardos ni petardas que dices tú, y decididamente elegante. ¡Qué envidia de viaje! Te deseo que el solsticio te traiga otro Saint Jean en inmejorable compañía...

Susana dijo...

Ramon, querido protagonista de los AFA y creador cómplice sin saberlo de los VAV. Saint Jean, no sé si elegante, pero anti-Sant Joan desde luego. Delicado, afable, generoso. Los animales y los Heidis del mundo nos sentíamos apacibles en Saint Jean. Y allí había almas sencillas para apreciarlo, para no echar de menos la fiesta del estruendo, la multitud ni sus manifestaciones atronadoras.

También yo te deseo, a ti y a tu compañía, un solsticio con un baño de espíritu Saint Jean. Gracias por estar ahí, con tu fuerza permanente, y por pertenecer al mismo club secreto de los anti-. Un fuerte abrazo.

MARIEL MANRIQUE dijo...

Susana, Susana, yo también detesto el verano, los sudores confundidos involuntariamente, los petardos y la felicidad de prepo. Sí, la obligación de estar feliz, como en los casamientos. Me vienen fantasías homicidas hacia los tiradores de petardos y los que insisten en que salgas a bailar, como si fuera un deber y la negativa a cumplirlo te condenara al infierno de la amargura. No sé dónde ponerme ni qué hacer con mi cuerpo en las celebraciones colectivas. Me parece obscena esa canción que dice "La vida es un carnaval" y si su cantante no estuviera ya muerta la hubiera ejecutado por mano propia. Tu crónica es una crónica hecha y derecha y merecería la contratapa de un diario y el clima y el paisaje, interior y exterior, de tu viaje me recordó las películas de Rohmer. Qué placer leerte.

Susana dijo...

Mariel, tu descripción de las fiestas de verano es el manifiesto de nuestro grupo de los días ajenos. Con qué intensidad aterriza en mi mañana post.

La parte buena es que hoy puedo decir que sobreviví. Es más, los tiradores de petardos, insolentes como siempre, también sobrevivieron, pese a mis tentaciones. La parte mejor aún es que falta todo un año para asistir de nuevo a la catástrofe de la fiesta directamente salida del infierno.

Es un placer tenerte ahí, como siempre... Gracias!

MARIEL MANRIQUE dijo...

Juro que nunca iríamos a un casamiento donde nos obligaran a bailar a la fuerza, ni celebraríamos Navidades porque así lo indica el protocolo.