Días de piedra

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Hace un par de días pasé toda la noche soñando en ciencia ficción. Viajes imposibles me llevaron al futuro o a mundos extraterrestres. O a ambas cosas. Fue de lo más frenético. Pues bien, en esos mundos extraños sostengo que se me quedaron un trozo de mi entendimiento. No es una forma de hablar. A veces me pasa, pero estos días ha sido exagerado. A ratos, me reía yo sola pensando que el futuro se estaba valiendo de mi mente para… ¿mejorar la vida? Por lo cual, lógicamente, mi vida se quedaba sin mi mente.

En esos días sé cómo se sienten las piedras. El sopor mental. Ver pasar las cosas sin detenerse en absoluto. Entonces sé que hay una cierta inteligencia ahí dentro, pero no puedo acceder a ella. Como si un tul invisible se cerniera entre el tacto y la cosa tocada. Se intuyen las formas, pero no puedes acceder a nada.

No digo yo que fuera mala cosa sentirse piedra si se pudiera llevar una vida de piedra. Sentarse en cualquier lado. Vaciarse. Mirar sin ver. Existir apenas. Unirse al universo y permanecer con la razón a oscuras. Sólo sentir. Sostengo, pues, que dejarle prestada la mente al futuro y volverse piedra es un saludable ejercicio de meditación. No remite al zen o al mandala. Tampoco es volverse hacia dentro. Se parece más, no sé, a un ordenador que se queda colgado y no muere ni es infeliz. Es tener el mandala dentro y flotar como haría una piedra de poder. Es desposeerse de unos 15 gramos de los 21 que dicen que pesa el alma de las personas. El alma de las piedras, sostengo, pesa bastante menos; se ocupan muy poco de sí mismas, y como mucho quisieran rodar pendiente arriba para tener mejor vista. Pero, por lo general, una brizna de hierba es un gran mundo por explorar para una piedra, y retozar al sol, mientras observan el fresno crecer lentamente, es motivo de gran alegría. No hay mayor tortura para una piedra que tener que vivir amarrada a un cuello hueco. Y, a lo mejor no se entiende, pero ahí la piedra se siente turbada por la falta de seso. Y detesta que la lleven a fiestas, que la zarandeen con risas huecas. La piedra tiene un mal, terrible, atar.





Pero nuestra forma de vida le da poco espacio a las piedras. Da un cierto apuro, entre otras cosas porque no puedes mantener conversaciones y debes huir de todo contacto humano. No puedes leer, aunque puedes ampararte ante una fingida absorción ante las letras para detener cualquier indicio de encuentro. Si se tiene por costumbre coger el autobús a una hora determinada, hay que procurar coger el siguiente para no correr riesgos. Si se tiene por costumbre tomar el café en un bar, hay que modificar también esa costumbre. Incluso, si se persiste en el viejo hábito, esos días del todo inútil, de comprar el periódico, hay que tratar de pasar inadvertida. Hay que usar algo parecido a un disfraz. Lo mejor es echar mano de la discreción absoluta. Una vez conseguido, se procuran unas gafas de sol tamaño grande, pero sin excesos para no llamar la atención. Si se tiene el pelo largo, hay que cambiar el peinado o bien hacer los posibles para que ese día caiga por delante de la cara. Hay que evitar a toda costa ser reconocido. Hay que evitar que lo saquen a uno bruscamente de su estado pétreo. Por fortuna, con los medios disfraces casi todo el mundo duda de si uno es uno, y con tal de mirar hacia otro lado se salvan obstáculos, como saltitos de agua para un canto rodado.

Esos días suponen un inconveniente para las relaciones sociales, huelga decirlo. Los mails permanecen en sus respectivas bandejas sin responder. Los blogs amigos suponen una pequeña afrenta. Una quiere despegar para asistir a los regalos que le hacen con sus palabras, y es difícil. El propio blog queda a media luz… asistido por palabras ajenas, por iluminaciones impropias o textos venidos del pasado –que no del futuro, como los sueños-. Los comentarios no son comentados. Las piedras debieran inventarse un sofisticado lenguaje que sólo requiriera los monosílabos, con que dar las gracias, con que poder manifestar alegría por las voces que se detuvieron. Con que devolver una apenas señalada sonrisa, porque esas voces, esas visitas, esos amigos, las piedras lo saben bien, hacen que el universo entero sea mucho mejor.


* Desnudo de Antoni Pitxot
(padre de mi perdida amiga Carme).


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6 comentarios:

imaginari dijo...

Será muy poco imaginativo decir que me has dejado de piedra, pero la expresión refleja bastante el efecto que me ha producido tu entrada. Necesito más tiempo para digerir las particulas geológicas que contienen cada uno de los estratos de éste texto.
un abrazo

imaginari dijo...

En los momentos más difíciles uno expresa los sentimientos con una extraña fuerza que sobrecoge, a mí me has dejado entre la impotencia de transmutar esa piedra que ata en una infinita arena libre al viento, y el morbo de leer esa parte excitante de la vida soñada que nos hace únicos.
Tú eres única, conviertes la nube de la felicidad en una tormenta aterradora de piedras con ese don que tienes para escribir.
Nos sorprenderás con un cielo claro y luminoso después de la tormenta?
un abrazo

Susana dijo...

Imaginari, las tormentas están hechas de las cosas más extrañas. Sentirse piedra, rozando la literalidad, es una sensación muy peculiar, pero casi la creo recomendable. Después de un estado pétreo, el sol luce con más fuerza. Intentaré estar a la altura de lo que esperas, pero a menudo una se sumerge involuntariamente en los estados que su espíritu le solicita o le exige.

Gracias por tus aportaciones. Un gran abrazo

Stalker dijo...

Toc-toc

Toc-toc-toc

Toc

(beso de piedra)

Óscar Santos Payán dijo...

Me deja de piedra tu artículo o comentario o... Mi piedra es de un poemario del año pasado pero existe una similitud telepática de sentimientos. En tu caso con un texto hermoso, en el mío con el esqueleto de un poema. Un abrazo

Susana dijo...

Óscar, te comentaba que me impresionó leer la sincronía... La potencia de tu poema (más óseo que esquelético) me turbó y me trajo de nuevo al nivel piedra.

Un abrazo