La importancia de los mails

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¡Qué día más birria! Y no lo digo porque el despertador sonara una vez más a contracorriente del sueño –¡qué poco respeto por la profundidad! –, que eso, a fuerza de insistir, ya lo vamos asumiendo.

Normalmente, las tardes, entre la bendita siesta y contestar algunos mails, se me pasa volando. No es que esta rutina me encante, pero ya ha llegado un punto que una se apoya en ella.


Pero hoy, de pronto, como contagiados por un virus silente –sin apellido animal, que yo sepa–, me han dejado la bandeja de entrada vacía. Lo he verificado varias veces. He comprobado que Internet estaba en buen estado. Para ello, he hecho una elaboradísima estadística mental de lo que decían varias páginas web acerca de mi horóscopo. Ninguna daba ni la menor pista sobre la cuestión. En cambio, se abrieron unas cuantas ventanas involuntarias: me planteé por un momento si podía ser un mensaje subliminal del más allá en el que se me indicara en qué emplear el tiempo libre imprevisto. El extremo aplastamiento de mi tarjeta a la altura de este fin de mes hizo que decidiera que de eso, naranjas de la China. ¡Naranjas! ¡Qué buena idea! ¡Si la tarde también está hecha para merendar! Y, bueno, lo que pasa, de camino al frutero me detuve delante del armario donde guardo el chocolate, y… ¿por qué no me escribirá nadie? ¿Acaso pretenden que me hinche hasta reventar?

Ya estoy de nuevo disponible. Me he hecho la paradita con las tostadas y la crema de cacao. Ah, y el rollo de servilletas; no sé para qué, porque acabo cambiando de canal con el nudillo del meñique. Y eso ya sí ha sido de terror. Y no porque me haya pegado el susto de encontrar un debate sobre los traseros de la Bruni y la Leti. También me ha parecido oír que Rajoy le echaba la culpa al PSOE de la gripe porcina, Aznar insistía con que con él no hubiera pasado, ZP achacaba la enfermedad a la falta de talante, los de IU estaban a punto de hablar pero les apartaron el micrófono, y yo pensaba que si todos llevaran las mascarillas puestas igual no se les oía. He ido a parar a la explicación de un novio arrepentido, y ha sido muy educativo: por fin he entendido los gritos de ánimo en el fútbol. Casi sin darme cuenta estaba gritándole a la chica de la encerrona que pasara de él, “que dice que se arrepiente, ¿verdad? ¡Pues dos piedras!”. Bueno, cuando he visto que la chica se mantenía allí sentada, en un sillón rosa, y no salía por patas como la de antes, a la que la vecina le reclamaba la tabla de planchar, he tenido claro que había perdido. Eso me ha desanimado terriblemente.

¿Qué pretenden mis amigos? ¿A qué viene este boicot? ¿En qué me quieren convertir? ¡Si por lo menos me escribieran para reclamarme una tabla de planchar podría pasar su ausencia planteándome una de esas edificantes escenas de sofás de colores!

Hasta que al final no vi más remedio que transmutarme. Yo, la reina de los ácaros, la que usa la escoba para disfrazarse de bruja, transformada en maruja de delantal. Y hasta un foulard de los viejos como cofia. Y así fue que entré en el envés de lo que fui. Escalé enormes montañas de polvo; descifré títulos de ediciones de bolsillo y hasta tapas duras ocultas de suciedad; maté tres o cuatro tedios, veinte recuerdos y un sueño persistente. Me pregunté dos porqués y perdí varias palabras. Amé un pasado casi infante, me enfrenté a una soledad conjunta, descubrí alguna ilusión, vislumbré un cariño gigante. Descendí el abismo desde un altillo de ropa invernal. Jugué a hacer puntería con mil regalos kitsch, me deshice de collares que estropearon la moda, decidí lanzar todo aquello que pareciera negro sin haber nacido así, y con lo que plateara a la vista sin decir la verdad. Y así ha sido que he notado que era otra…

De pronto he entendido todo eso de los rituales de iniciación… Si en la Cenicienta era un baile y en las nobles tribus africanas una caza mayor, en mi vida supuso un reto mucho mayor. Mi príncipe con cara de fregona, mi cacería de una vida sin evolución, fueron determinantes.

Me acerqué a darme una ducha y frente al espejo no me reconocí. No era por la cara de cansancio, por la mugre acumulada en el sudor ni por el peinado desconocido que me había dibujado el foulard. Tampoco era porque, súbitamente, pareciera uno de esos personajes desgastados de Almodóvar, que limpian con energía mientras cantan coplas de amor. No, era otra cosa: al salir del trance iniciático había despertado como con treinta años más. El salto de cama de satén que había pendido hasta entonces del colgador del baño era ahora un albornoz de un insulso beige. Y, lo más preocupante: otro gris, de una talla mayor, colgaba parejo. En el estante de mis perfumes caros había una nutrida colección de cremas antiarrugas. Me temí lo peor.

Salí sigilosamente del baño y ahí estaba: un desconocido de edad avanzada dormitaba frente al televisor. La voz estaba bajita, se conoce que para evitarle un despertar súbito, pero aun así distinguí claramente que hablaban de la hija de una tal Leonor, que se ve que se había casado con el retoño de Ana Rosa, para seguir la tradición. Una tal Clarita Llamazares insistía en que eran signos inequívocos de decadencia de los Borbón.

Donde hasta entonces había un sofá-futton la mar de coqueto había ahora una mecedora. Sobre ella un post-it: “Mamá, recuerda que vendremos a comer el domingo. Y, por favor, no te vuelvas a olvidar la medicación del Alzhéimer”.

Y éste es, en resumen, el motivo de que me haya decidido a escribiros yo esta tarde un mail. Antes de que se despierte este señor tan mayor, necesito saber si he sido feliz y, sobre todo, si he sabido aprovechar el tiempo.
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P.D. Entenderéis también que haya llamado rápidamente a un programa de ésos en que hay sillones de colores. Estoy dispuesta a pediros una explicación.
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3 comentarios:

Susana dijo...

María, querida, esto tiene que ver con que, gracias a tu ojo clínico haya amanecido de repente siendo de la tercera edad. Qué locura ésta.
Gracias por situarme ante una posibilidad que, aunque dice mi espejo que por ahora aún es mentira, podría acontecerme súbitamente y dejarme del todo despistada. Un juego con el que me he divertido...
Besos

imaginari dijo...

Collonut, i perdona la expressió, m'he sentit transportat per la narració, estava molt intrigat pel desenllaç, vivia la situació com una realitat total. Bravo, que divertit, angoixant, real, visca la imaginació literària. Un 10. Vigila, perquè un s'enamora d'escriptores com tu.

Susana dijo...

Imaginari, m'alegro que t'ho hagis passat bé amb la narració. Però una flor no fa jardí, i no és un estil que practiqui casi mai. La meva "imaginació literària", per desgràcia, ronda la nul·litat. Però cada tant una s'atreveix, i intenta captivar a lectors com tu ;o). Gràcies per aquest comentari tan entusiasta! Una abraçada