Final de un camino



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No hubo un actor principal. Acaso había una lista de motivos, que cada tanto desgastaban su energía y hasta su rabia. A veces disfrutaba tanto con la poesía. Hubiera querido escribir prosas alegres. Compartía en ocasiones canciones para olvidar. La música tenía un tremendo peso en ella, y en ocasiones se la veía correr, como en sueños, siguiendo una voz... Olvidaba así que el mundo tantas veces le hacía desesperar.

Casi nunca callaba lo que le parecía indigno o tóxico. Clamó más de doscientas veces contra la podredumbre. A veces la escucharon. Ni sotanas ni grandes o medios poderes la intimidaron. Ni ánimos de lucro que ofendiesen las vidas que ellos creían ‘de segunda’.

Y así fue cómo parecía irremediablemente destinada a un final. Habría de tener su final un rostro pálido, y poder arrastrarla al quebrantamiento definido de la voz. Habrían de producirse groseras contiendas, casi físicas, para proclamar un vencedor. Que no habría de ser ella. Se resistió cuanto pudo. Estaba definitivamente acostumbrada a mandar sobre la vida.

Aquel día, él llegó a su tarde opaca con la sencillez con que llega la oscuridad al día. Traía consigo un brillo inconfundible, y la embelesó sin apenas esfuerzo. Súbitamente aniñada, ella obedecía mansamente los designios que turbarían su entendimiento. En el encuentro, perdió cuantas armas le quedaban. Temblaba como un lucero a la distancia. Revolvía con los brazos empapados de muerte el aire de su último aliento. Llegado el momento de su inevitable extinción, bebió sumisa todo el veneno que le tendían. Alguien dice que su último grito fue casi más de alivio que de turbación. Como si conociera de antemano que no había remedio, como si supiera que aquel sortilegio la libraba de la condena de la anticipación. Como si conociera que las alas que le nacían en aquel momento, malograban para siempre la vieja espera. Al fin. Pero gritó porque le sorprendía el vaho de la muerte en su garganta.

Y así fue como, casi inesperadamente, ella dejó morir su parte triste. Su sombra. Su entraña sin esperanza. Abrió los párpados y se sintió enormemente feliz. Reconocía esos ojos como puñales en la mirada. Reconocía el abrazo que la tomaba. Y se abandonó con gesto plácido, sucumbió apacible a la conmoción de la Felicidad.




4 comentarios:

Ramon dijo...

Ai, qué maco... Lo he leído con el alma en vilo hasta que al final se hizo la luz. Y sí, tú sabes que soy de los que defienden que la felicidad es una actitud, es una voluntad y es una lucha. Tanto deseo por cambiar el mundo y lo abandonados que nos tenemos a nosotros mismos algunos días. Tenemos motivos para sonreir. Como decía Rodoreda en el maravilloso final de La plaça, contents....

Kanela dijo...

Ese final inesperado me ha dejado felizmente anonadada. Tenso y profundo pero de final esperanzador y puede que hasta feliz. Me ha gustado mucho. Me hubiera gustado si hubiera acabado como empezo, denso y amargo. Pero asi salgo con ganas de releerlo. Me gustan mas tus textos alegres. Un abrazo

Stalker dijo...

Hermoso texto... Sumando las palabras en rojo encontramos una posible lectura poemática:

Olvidar
intimidaron
no.

Él:
veneno.

¿Qué ocurriría si fuéramos sujetos de lecturas transversales como ésta a la que se somete, voluntario, tu texto? ¿Qué definición secreta de nosotros desentrañaríamos? ¿Qué hilo de la trama descubriríamos? ¿No definirían unos versos ante la posteridad?

abrazos

imaginari dijo...

La decepció sempre està al final d'una il·lusió on la passió totalment entregada i sense cap filtre de racionalitat te presència. Despertar i tornar a la realitat amb humilitat ens permet créixer i ens fa forts per trovar noves il·lusions.

És un text esperançador, Susana.