Escapadas I: de Cantonigròs a la Fageda d’en Jordà

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La ciudad pesa. Su calor, el polvo que no ves, sus olores que ya no distingues.

Hay veces que, con lo puesto, puedes improvisar una pequeña huida, más o menos cercana, para enfundarte un aire distinto.



Entre las posibles escapadas que te permiten ir y volver en un mismo día, pero siendo ya otra, está la zona que se llama, creo, Collsacabra. Es una zona de colinas bajas, cubierta de prados verdes, algún bosque enmarcando los espacios en que vagan, a su aire, las vacas con sus terneritos, las ovejas o los caballos. Una zona que, por un feliz azar, se mantiene preservada. No alcanzas a ver apenas casas. Casi no ves humanos. Muy pocos coches. Pocos y muy pequeños núcleos urbanos.


Es fantástico pasear por esos pocos pueblitos: Cantonigròs, Tavertet e incluso Rupit, con su estética de marco de cuento, pero con sus habituales hordas de visitantes.







Cada paso que doy en ese espacio constituye una recarga de mis pilas. Casi puedo sentir la savia inundándome de su vitalidad, los animales llenándome de su calma, el verde vibrando en mis células para volverme uno más, insignificante como un grillo, del marco de la naturaleza tan viva.




Si se tiene ganas de volverse pájaro, uno puede subir a los santuarios de El Far o de La Salut, que dominan el paisaje desde sus cerros espectaculares. Detenerse en sus rincones como si se pudiera planear con sólo extender las alas. Allí también se puede comer. Pasear sobre la moqueta más verde de hierba del mundo, o bajo los bosques de hayas, que parecen esconder sus duendes entre los mil colores con sus respectivas sombras que cubren cuanto alcanza la vista.


Mirar el cielo desde las entrañas de esa zona, tendido sin ninguna otra pretensión que existir, oyendo los mil pájaros distintos que parlotean sin interrupciones, es un espectáculo indescriptible. De los que perduran. De los que parece que el cuerpo y la mente reconozcan como propios.

Uno puede despistar los propios pasos e ir a aterrizar a espacios únicos. La riera que acompaña la salida de Rupit. O la cascada que se deshilacha por la Foradada, un sello de que las nieves del Pirineo quedan cerca y que quieren también venirse a vivir por estos paisajes.



Una misteriosa estrella ha hecho que esas pacíficas colinas queden resguardadas de la humanidad y de su avidez implacable. Algún dios las colocaría suficientemente cerca como para permitir la escapada para limpiarnos, pero suficientemente lejos como para asustar a los urbanitas, que abochornan casi todos los paisajes hermosos.



Quizás le dé parte de su fisonomía estar a caballo entre el final de la comarca de Osona (provincia de Barcelona) y del principio de la zona volcánica de La Garrotxa (provincia de Girona) y quedar retirado del imán de la costa brava.
Allí, el verde es mucho más verde; el azul es de verdad; y yo no soy nada.

Epílogo.
Busco fotos mejores que las mías para ilustrar la entrada. No encuentro lo que quiero decir. Cuántas veces me pasa lo mismo… Quizás un prado verde, que cruce de lado a lado la pantalla. Que se derrame en el teclado. Que dé la vuelta por las tripas de cables y conexiones y regrese habiéndolo teñido todo. Y, recuperado del centro de El Pájaro, el ojo de una vaca. Una mirada de ésas que contienen el interrogante de la vida hacia el ser humano. Una mirada que parece haber aterrizado desde la estratosfera de la naturaleza para reprocharnos los átomos de carbono que hemos mecanizado por el camino.
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17 comentarios:

Ramon dijo...

Sí encuentras lo que quieres decir. Estoy por preparar la maleta y escaparme. Porque además lo dices tan bonito... Y además das en el clavo, al menos en mi fijación emocional actual (el paisaje es siempre emocional, existe porque lo sentimos...)
Me pasa una cosa curiosísima. Mira que no hace mucho que he tenido mi ración de naturaleza. Sería como que ahora necesito ciudad, ¿no? Pues no. Cada año igual. Termina el verano y siento que necesito más el campo. Estar más en contacto con el campo, con la tierra, que me estoy perdiendo eso y me da rabia. Igual es que el horror postvacacional empieza a olerse y lo que uno querría es sencillamente huir.
Y otra curiosidad. Los curas, en mi época de estudiante, nos llevaban cada año de colonias. Pontons, Alella... Ningunas colonias fueron tan memorables como las de Cantonigros, pueblo al que no he regresado desde el milenio ese en que tuve la dicha de tener sólo 12 años. Besos

MARIEL dijo...

Ramón, otra vez, habló por mí. Sí que sabés cómo describirlo. Tus palabras lo dicen mejor que las imágenes. La capacidad de los urbanitas de trasformar el paisaje en bochorno, la sensación de tenderse en las entrañas de la naturaleza, de perderse y disolverse en su inmensidad. Y los ojos de una vaca, que nos miran sin poder entendernos.

Yo no aprendí todavía a entrar en estas comuniones. Es una de mis taras, de mis déficits. Tengo una sobredosis de asfalto y una necesidad constante de ciudad. Siento que la ciudad me protege, que su maquinaria que no para hará que yo no pare, tampoco, que la ciudad se mueve por mí y hace más fáciles mis movimientos.

Pero me encanta la naturaleza narrada, como ésta. Más que verla, que me la cuenten. Así. Siento que a través de estas palabras mis ojos la ven mejor que si la tuvieran enfrente.

Gracias por enfundarme en otro aire y llevarme a otros sitios, sin salir de casa.

Besos, muchos, muchos (bucólicos y urbanos).

LUG dijo...

Y Ramón y Mariel hablaron por mi (¡ por dios, la comunión de los santos!) y el paisaje de Susana parece que también habló a todos porque todos tenemos oído para ese paisaje, para ese espacio libre de humanos y pegajoso ----- Pero... ¿no debíamos callar?¿no quedamos que dejaba Susana hablar a la vaca y al prado, a la cima de la montaña y a la cascada? Me temo que la escritura es hija de esa ciudad que pesa. Por eso huimos a ese lugar donde el corazón se acelera en el esfuerzo de la subida, y el sudor marca el ritmo de la senda quebrando la escritura (cansado en la subida al monte no pienso en escribir --- cosa que sí hago constantemente en la ciudad).

me alegro de las eskapadas

imaginari dijo...

Encara que no fos veritat que haguessis marxat del teu espai de reclusió, la teva capacitat per transmetre un entorn i la seva ànima, ens enganyaria a tots.
També es pot viatjar sentat davant d'un paper en blanc, escrivint o llegint.
Gràcies per aquest bitllet d'anada i tornada

sin reglas dijo...

acabo de descubrir a "susanita la campestre" que sigue teniendo esa enorme capacidad de comunicar que conocia en "susi la insomne".

es cierto que un paseo por esos campos sin humanos nos devuelve una extraña calma, que nos enamora con sus colores, sus sorprendentes paisajes, algunos de sus olores (¡porque otrooooos!).
pero es cierto que eso a mi me pasa si se que es una escapada.
soy urbanita, vivir en el campo es facil (mas barato) pero me encanta perderme callejeando por las ciudades.
me encanta tener un cafe cerca, una libreria, una cedesria, y algunos restaurantes en los que cenas con las "susanas despistadas" (solo esas aceptan mis invitaciones -pobre yo- y solo la primera vez)y algun cine por si acaso me da un ataque y no me basta el plus.

cuando me miran las vacas creo que me piden algo, no entiendo bien su idioma basado en matizaciones del muuuuuu, pero como soy persona decidida y queria saber le conteste con un mugido de mi cosecha...
...no se exactamente que le diria, pero un toro que habia cerca me lanzo un ataque que logra salvar tirandome de cabeza por encima de la valla.

que al otro lado hubiera un terraplen de 300 mts. y al final unas rocas empeñadas en ser duras puede que contribuyera a que me guste la ciudad.

pero nunca dejo de escaparme al campo. bueno, nunca dejo de escaparme, punto

Rosa dijo...

No ets la pirmera persona que em parla d´aquests llocs que desprenen tranquil.litat i que sóm com carregadors de piles. Tinc ganes d´anar-hi. A la tardor, que els boscos adquereixen una llum màgica seria bon moment. Mentrestant em quedo amb la teva descripció que m´ha encantat.
Nota: entro sovint pero el teu ritme publicant és frenètic i no et segueixo.
Molt acertat el tema de la vacuna del papiloma (negoci i punt)

que tinguis un bon dimecres

Ramon dijo...

LUG, qué sorpresa esa frase tuya: "la escritura es hija de la ciudad que pesa". Pero no, no puedo estar de acuerdo (aunque tú sabes que lo estoy, pero me planto y digo que no, que no me da la gana). Desde luego no lo estoy si entiendes escritura como literatura. Si entiendes escritura por fijación, entonces sí, entonces claramente sí. Antes de las ciudades la literatura era básicamente oral, o sea más palabra y menos volumen, o sea menos fija, o sea más libre, o sea más río y menos laguna. Llegó la ciudad y fijó la literatura que ya existía. De hecho la ciudad lo fijó todo, lo registró todo. Registró, es un decir, a las Vulpess con esos gritos de locas y esos gallos imperdonables. Los blogs son también felices hijos de la ciudad. Registran, apuntan y acercan.

Susana, gracias por permitir ese diálogo que generan las respuestas de los blogs. Fíjate si será ciudad el blog que hasta tiene su foro de encuentro.

Susana dijo...

Ramon, no sabía de ese horror vacui tuyo al terminar el verano que te lleva a desear el campo. Y lo cierto es que no se me ocurre mejor manera de 'huir' mentalmente de los ritmos que están a punto de imponernos que sumergirse en la placidez del campo. Volver sin que te hagan mella las prisas...

Y eso de '(el paisaje) existe porque lo sentimos', mmmmmm, creo que no estoy totalmente de acuerdo pero me lo quedo, porque cuando uno está ante un paisaje así sí parece que las cosas sean así de mágicas.

Gracias por volcarte en mis prados. Un beso!

Susana dijo...

Mariel, que tú, la gran urbana, te transportes con mi descripción es un gran premio.

Las ciudades nos agarran de la mano, nos engatusan con sus venenos para que las necesitemos. Y triunfan.

En estos momentos tampoco me veo viviendo en un campo así todos y cada uno de los días, todas las horas. Pero sí me imagino un futuro en una placidez que no creo que pueda llegar a darme la ciudad.

Cuando vuelvas a Barcelona, quizás si hacemos una 'escapada' disfrutes con ese campo que todo lo invade... hasta los Pájaros... ;o)

Besos verdes verdes.

Susana dijo...

Lug, como todas las cosas buenas, mientras las estás viviendo no es el momento adecuado de detenerse a escribirlas, pero alimentan para el regreso. No hay nada más pegajoso literariamente hablando que los grandes amores, sin ir más lejos. Sin intentar ponerlo en un plato similar de la balanza, un gran paisaje hay que vivirlo, sentirlo y dejar de pensar. Un gran enamoramiento. La ciudad, cuando vuelva a recluirnos, la soledad, ya sacará de nosotros lo que buscamos en uno u otro sitio, lo que nos nutrió.

Si un paisaje así es también, además de 'eskapada', tu espacio habitual, te dará un poco de cada cara de la moneda. Si en lugar de ir y venir me pudiera detener unos días, unas semanas, seguro que las cosas serían también diferentes. Por ahora, sólo puedo contar cómo hablaban de bonito aquellas vacas, y qué diferente idioma del de los coches de mi ciudad.

Un abrazo no-escribiente en fase sintiente.

Susana dijo...

Imaginari, qué comentario tan bonito!
Gracias a ti por dejarte llevar por mis caminos...

Un beso viajero...

Susana dijo...

Sin reglas, en lugar de "Susanita la campestre", en la intimidad puedes llamarme 'Heidi'. Es una de mis mil caras, sí. Junto con la insomne, la callejeadora urbana (que, por supuesto, tiene sus grandes encantos, y entre los que más valoro están sus cedesrerías, jiji), la 'desalambradora'... en fin. Pero mi Heidi no se queda corta.

El truco consiste en no hablar con vacas que tengan cerca a sus toros, sobre todo si son cornados, que ya les predispone y eso...

Gracias!! Un abrazo 'despistado' (qué gracia!)

Susana dijo...

Rosa, de veritat que sí, que un camp a la tardor, amb els seus milers de colors, és un bon moment per carregar piles -i descarregar bateries urbanes-. Te invito a que nos cuentes tu experiencia un día que te dejes llevar...

Sobre mi ritmo frenético al escribir... aissshhh! lo tuve en otras fases. Ahora, mi 'reina' no me deja tiempo ni para contestar los comentarios (casi)! Mi ventaja es tener algún escrito medio embastado, pero se me están acabando :( así que preveo que tendrás tiempo para leer, repasar, opinar... y puede que hasta de ir al campo (Alcampo no vale)!

Me alegro de que estés de acuerdo en la cuestión de la vacuna y de los intereses que se intuye que hay detrás, y me alegro también de que nos lo cuentes. Gracias!

Un abrazo!

Susana dijo...

Ramon, al hilo de tu interesante reflexión sobre 'la ciudad literaria' de Lug, me he acordado del caso de Juliette, creo que se llama, la feliz ermitaña que da su perspectiva en tu blog.

La literatura, creo yo, es hija de todo lo que pesa. De las ciudades, pero también de los desamores, de los desencantos, de las incomunicaciones... La vida, cuando era básicamente rural, se alimentaba de sus pesos y siguiendo sus formas. Importaba poco el ojo de la vaca porque lo veían cada día (seguramente también en el porte inteligente de más de un 'mancebo'), y el paisaje, eso sí, adquiere su significación desde el momento en que no se tiene (y, por tanto, no es el escenario de sus trabajos). También de lo que pesa surge lo turbulento, lo alborotador. Literariamente o socialmente.

Al ser humano hay que pesarle mucho sobre las espaldas, parece...

Gracias, Ramon, por usar el Cajón para estas reflexiones. Es un gran honor, de veras...

Susana dijo...

Curiosidad: la máquina poética (estoy como un niño con zapatos nuevos) me dice que «Tengo los sórdidos rincones entrecerrados". Y es un buen resumen de lo que me pasa al sumergirme en la ciudad, jajaja.

Besos!

LUG dijo...

Ramón: ¿Escritura = Literatura? (ó, si distinto, ¿escritura = literatura?). Puede serlo; o no. En mi caso la escritura es fijación ( de vértigos, que decía el otro, y de desvancimientos y de triviliades que, al ser escritas, se tornan epopeyas). Más en el centro de la matriz nace la escritura como artefacto poético-terapéutico: crea espacios de cura (sin "curas", es decir, sin los sacerdotes de la Literatura). Pero, enlazando con lo que cuento en mi plaza (y que has tenido a bien visitar), la escritura es reflejo de esa pregunta básica - "cómo te encuentras" - que, por qué no, podemos imaginar que recorre el universo. Cuando visito mis blogs amigas en el fondo sólo pregunto eso: ¿cómo te encuentras?. Para muchos es patético y sonrojante pero me importa muy poco. Me curo con lo que puedo. La pregunta es el inicio de la salida, del ir fuera de uno y olvidarse de los propios abajos, del interior totalitario. En ese salir - ¡hago chas y aparezco a tu lado! - la escritura, terapia de nuestros jodidos autismos, puede resolverse en literatura.Pero ahí hay otros juegos y otras esclavitudes.No renuncio a ellos.

Siento la teorización - estéril comparada con la fuerza de las palabras y la belleza - pero me puede de la deformación. Y, además, me gusta teorizar tanto como narrar. Como decía los Rolling:it´s only rock and roll but i like.

Susana: dejemos hablar a las vacas y las zorras. Digo que la escritura es urbana porque - como decía antes - nace por efecto del peso y de la levedad (en doble sentido: hacer las cosas pesadas cuando son tediosamente ligeras o leves cuando hunden). Lo del no-escribiente sintiente... no sé, quizás sea una alucinación provocada por el aire puro. ¿Sentir sin escritura?. Buen tema.

Kanela dijo...

No conozco nada de esos sitios salvo algo de la Garrotxa pero creo que hare presion para que vayamos este otoño como Rosa porque me has despertado unas ganas enormes de ver todo aquello. Ya os contare. Muy bonito el texto. Besos.