LA CADENA PERPETUA DEL MATRIMONIO o el castigo de ser pobre


Aunque hay una tendencia clara a que no sean matrimonios de firma y, desde luego, a que no sean perpetuos. Eso de que hasta que nos separe la muerte, sí, decididamente, pero la muerte del amor.

Y pasa que cuando llega la pobreza, nos aguantamos peor a nosotros mismos. Si podemos adquirir menos instantes de “felicidad”, el tedio se lleva por delante la complicidad de la pareja. Si no premiamos el sudor de nuestra frente con cenas de restaurante, escapadas de fin de semana, caprichos varios, vacaciones estupendas… parece que todo pierde mucho más sentido. Y entonces compartimos sofá, con malas caras y peleas por el mando de la tele, nos reñimos mutuamente porque “si ya tienes mil bolsos!, ¿necesitabas otro??? o “¿no podrías ir a trabajar en metro?, ¿sabes cuánto gastas en gasolina?”. Por no hablar del adaptarse a las lentejas frente a la ternera, y a los palitos de pescado congelado. Todo eso que salen ganando las terneras. Parece que ajustarse el cinturón nos acerca al reproche. Y, como señala el conductismo, acabamos por asociar nuestras propias miserias, los miedos o las tensiones en el trabajo, las frustraciones, con lo que tenemos más a mano para desahogarnos: nuestras parejas. Ya decía el poeta aquello de que “cuando la pobreza entra por la puerta, el amor sale por la ventana”. Lo que no dijo es que salía pitando, con ánimo suicida, cualquier cosa antes de permanecer sobrellevando el espejo de tanto naufragio.

Curiosamente, y como hemos oído todos, la crisis ha hecho que disminuyan drásticamente los divorcios y las separaciones. Lo que confirma que cuando peor estamos con nuestras parejas, cuanto más insufrible se nos hace compartir esos momentos difíciles, la falta de recursos económicos supone el castigo de tener que permanecer. La “perpetuidad” a la que alude el título es, desde luego, una exageración, pero cuando sufrimos, hay que decir que un solo día parece una eternidad. ¿Somos pobres? pues hay que aguantar sin remedio. Me parece una tortura terrible.



Soy seguidora entusiasta del programa de El Intermedio, de la Sexta, y de su ironía, su cinismo, su valentía y, por supuesto, de su humor mordaz y descarado. Una de mis secciones favoritas es la encuesta que hace Thais Villas, sobre temas de lo más dispares, en un barrio rico y en un barrio pobre. Con frecuencia, lo que parecen estereotipos acaban por resultar verdades como puños. Incluso aunque contemos con que se escogen premeditadamente las respuestas que resulten más adecuadas.


Pues bien, en el programa del pasado lunes (20/04/09) me chocaron muchísimo las respuestas de ambos lados de la ciudad. El común denominador fue que una mayoría aplastante de los entrevistados se separarían sin pensarlo si dispusieran de recursos económicos suficientes. Me pareció que, además, esta admisión frente a una cámara suponía que había llegado un punto en la relación en que ya daba todo igual. Ya no era una pareja, sino un matrimodio. Casi agradecí haberme separado siglos antes. Con una mano delante y otra detrás, con una bebita a cuestas, pero sin el terror de la palabra crisis revoloteando sobre mi cabeza. Obviamente, aún hay quien le agradece a la crisis que no se cometan nuevas "inmoralidades". Pero de algo tan Rouco-simplista no nos vamos a ocupar ahora.

Asistir a la evidencia de que tanta gente, de situaciones y tipos tan distintos, vivían en esa condena del desamor me confirmó lo que ya sabía: en general, no sabemos amar. Hemos heredado unas convenciones que nos tienen engañados. Con frecuencia confundimos enamoramiento con amor, que es casi tan absurdo como lo que veíamos antes, lo de confundir felicidad con traje nuevo o con cena a base de ostras. Las hormonas del enamoramiento dicen los científicos que duran un máximo de cuatro años. Después es fisiológicamente imposible permanecer enamorado. ¿Y después qué? Yo creo que es la prueba de fuego definitiva: o tenemos suficientes puntos en común, nos aportamos, nos enriquecemos mutuamente, o el sentimiento –o el subidón hormonal, como se prefiera llamar- decae sin remedio. Aun así, aunque a esa etapa suceda lo que yo considero amor “de verdad” (verdad de la buena), hay una crisis en la consideración del otro. “Ya no siento lo mismo”, nos decimos. “¿Por qué ya no siento un gusano en la tripa?”, nos cantaban a dos voces hace un tiempo ya. En mi opinión, hay que concederse el espacio para recibir de la otra persona en otro lenguaje, que ya no nos entra por la vía de los poros.

Lo más probable es que el proceso (desenamoramiento, darle paso al amor) no se viva a un tiempo por parte de los dos afectados. Y ahí es cuando uno empieza a sufrir, y el otro empieza a agobiarse. Qué momento más duro, de uno y otro lado. Superar esta etapa supone grandes dosis de tolerancia, comprensión, empatía y respeto. Digamos que no son cualidades que proliferen, y menos aún en los dos miembros a un tiempo. Es ése un momento muy frágil. El amor cojea, porque cada pierna está en un momento distinto, y el menor obstáculo puede suponer un traspié. Cuanto más consistente sea lo consolidado, más posibilidades hay de que la pareja pueda alzarse de nuevo. Incluso después de permanecer largamente en el suelo, de ser pisoteado repetidamente.

Supongamos incluso que se supera esa prueba. La pareja se disloca el tobillo pero no llega a caer, o bien se alza de nuevo y sigue afianzando la relación. Supongamos que llega la fase de amor-amor, con menos mariposas y más realidad. Supongamos que una vez nos hemos desprovisto de las gafas rosas que nos tenían medio encegados, lo que vemos aún nos gusta. Aún lo valoramos y queremos tenerlo cerca. ¿Qué hacemos con ello?




Cupido puede morir







(más)

con gafas

+ sin gafas (menos) igual a (realidad)




Tantas veces amar supone en buena parte la renuncia a cosas que nos salen por instinto. Doblegamos, a veces alegremente y a veces con pesar, un cachito de nuestra personalidad. De tiempos compartidos con otras personas ajenas al dúo protagonista. De aficiones de las que prescindimos en el pleno fuego enamorado, y que ya no sabemos cómo recuperar sin que el otro se nos ofenda. ¿Es realmente necesario prescindir de todo aquello que era tan nuestro? ¿Sabemos tolerar determinados grados de independia en el otro?


pendencia en el oRenunciartro? ¿Habrá que saber perder piezas
para aprender a amar?

Renunci@r? Perde.r? Otrificarnos?

Y luego queda el tema más peliagudo: el de que lo que se quiere compartir con otros no es exactamente una afición. Parece evidente que la monogamia no está escrita en nuestros genes. Oía hace unos días a Punset decir que, muy probablemente, nuestras normas acerca de la monogamia responden a la inmadurez, la dependencia extrema, con la que nace el ser humano, y que requiere del cuidado de, al menos, dos personas. Así que garantizar que el padre de la criatura (porque la madre no suele retirarse de su retoño) va a seguir ahí, es fundamental para garantizar la supervivencia de la especie. Todo eso, claro, desde que tenemos un cráneo mayor (¿pensamos más?) y una pelvis empequeñecida (junto a frecuentes dolores de espalda) por habernos empecinado en andar erguidos.

Pero todos hemos notado que, con mayor o menor frecuencia, nuestros instintos no nos incitan a la fidelidad. Hemos aprendido, asimismo, que los cuernos no suelen favorecernos en absoluto. ¿Y entonces? ¿Cómo nos lo arreglamos para compatibilizar una relación amorosa y la libertad, que sigue siendo tan fundamental para el ser humano? ¿Seremos una especie extraña en la que la costumbre y la “moral” aprendida se enfrentan a los dictados de su naturaleza?

Lo que parece claro es que las fórmulas convencionales, que se formulan en el matrimonio“a cadena perpetua”, pero en buena parte también en la convivencia o en la fidelidad, ya no nos sirven del todo. ¿Y qué hacemos con ello? ¿Lo aceptamos como un convencionalismo que nos hace la vida más fácil a todos?

Es más, ¿necesitaríamos de la fidelidad si no hubiera surgido la necesidad de legar los bienes a un hijo legítimo?, ¿existiría el amor tal como lo concebimos hoy sin la intervención, en el siglo XII, de los poetas del amor cortés?, ¿existiría el romanticismo aun sin Hollywood y sin Corines Tellados?, ¿nos enamoraríamos si no interviniera la afinidad genética?, ¿sentimos porque hemos heredado los conceptos?

Bueno, todo eso me lo pregunto yo. Pero no hay que hacerme mucho caso, que por algo una lleva años y años de indecente soltería. Aun así, es posible que no esté de más preguntarse. Y hay que decir, que cuanto más vivo yo, menos me puedo responder.


4 comentarios:

Miguel Ángel dijo...

Qué reflexiones tan bien traídas, y qué sorpresa lo de tu blog, no sabía que eras tan prolífica en la escritura. Comparto tus reflexiones y comparto también el anhelo de preguntarse, que es el hálito que hace al ser humano divino.
Divina, también tú, sigue en este camino recién estrenado, que seguiré tus pasos, por donde vayas, voy.
Besos y adelante.

Susana dijo...

Qué alegría leerte por aquí!! Lo resumo injustamente en eso porque no es el mejor lugar para agradecerte, pero que sepas que me ha alcanzado el dardo de la emoción.
Me alegro de que, además, compartas parte de las reflexiones.
Que me pusiera a ello era cuestión de tiempo: alguna que otra sugerencia insistente (qué te voy a contar!) y el hueco enorme que dejaste tú al retirarte de este empeño han sido decisivos.
Gracias, de veras, por tus ánimos. Besos.

imaginàri dijo...

Buscar el sentit de l'amor ens remet a la barreja de la biologia, els sentiments, la moral i una construcció social què, mossegant-se la cua, és producte de l'amor. El matrimoni, diuen, és la conseqüència de l'amor entre dues persones, socials, afegiria jo. Un contracte social, en definitiva. Per a mi és aprendre, conèixer a l'altre i coneixem.

Susana dijo...

Penso que al que tu et refereixes, Imaginari, quan parles d'aprendre, conèixer a l'altre, deixar-te conèixer... no és el matrimoni, sinó una relació madura i sana. N'hi ha que poden durar tota la vida, és clar, però en un percentatge considerable, la part contractual que diu "per sempre" s'acaba incomplint. És que això de seguir aprenent de l'altre indefinidament no és tan fàcil...
Gràcies per la teva aportació. Una abraçada.