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Feliz resto de uno de los años de este año


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El fin de año es para mí de un estrés considerable. Para empezar, nunca sé qué voy a hacer, dónde voy a estar, así que el día anterior o el mismo día siempre son momentos de prisas y de montones de llamadas, en uno u otro sentido, de tanteo festivo.



Una vez decidido el lugar en que a una le pillará la bisagra del año, toca la pesadísima preparación. Comprar comida “especial” (está mal visto acabar el año con verdura y sardinas, por ejemplo), hacerse con un buen racimo de uva blanca (me pregunto yo por qué no se pueden comer uvas moradas, que son mis preferidas). Conseguir que alguien compre para ti unas braguitas rojas (sí, soy supersticiosa y además hortera; en mi favor diré que cumplo religiosamente ese ritual desde hace 25 años, en que unas amigas italianas me regalaron mis primeras braguitas rojas, para mi descomunal asombro).



Hay que preparar entonces una bolsita donde depositar la muda usada para hacer el cambiazo a media noche. Así pues, toca bolso grande. Nada de mini- monederos bonísimos en que no cabe ni un papel de fumar.



Luego está la preparación de la vestimenta (exterior). No porque una deba elegir entre diversos modelos con lentejuelas. No. Es que una tiene que prever la movida ‘interiorismo’. Así pues, por más que se vaya a despedir el año a Alaska, no es práctico el modelo-cebolla: pantalón de pana con leotardos y pijama debajo. Yo también acostumbro a prescindir de calzado complicado, que luego es un engorro y el momento hasta que se puede por fin hacer el brindis y repartir los besos no llega nunca.


Luego toca buscar una libretita, preferiblemente de tamaño pequeño (un cuarto de DinA4 estaría bien, sobre todo si no se me considera por ello publicista encubierta de ninguna marca papelera). Un bolígrafo que no falle de color azul (rojo, verde, o cualquier otro distinto del negro). Y de eso, que se sepa, ya le echo las culpas a EastRiver (Ramon, perdona, pero te toca estar en el banquillo de los acusados). Hace miles de años celebramos juntos la jornada, junto a M., una amiga común, de tal manera que “aquello” se convirtió en el archifamoso Anti-Fin de Año o AFA. Sin fiesta, manjares ni coñas marineras. Pero con un montón de rituales para llamar a la buena suerte. Hay que decir que, a pesar de ser un AFA, nos reímos un montón, pero el ritual de los papeles dejó una huella indeleble a través del tiempo. No tiene mucho secreto: básicamente se trata de escribir deseos para el nuevo año /anti-deseos del año anterior hasta que llegue la hora de la quema de sendos papeles. Resumiendo, Ramon es el culpable de que vaya haciendo el ridículo año tras año todos los 31 de diciembre, y deba escribir, guardar, quemar y sobre todo explicar qué hago a todos los “nuevos”.



Y por si todo ello no abultara suficiente en un bolso, hay que hacerle un hueco al móvil. Ya se sabe: a las 00.05 toca mandar mensajitos a los seres queridos, y también a los que te quieren –que no tienen por qué ser los mismos
o a los que están aburridos y no les importa ir gastando saldo. Como a esas horas la red se satura, una debe pasar las siguientes dos horas reintentando los buenos deseos telefónicos. Por eso no me gustan las fiestas en que se baila: ¿alguien ha intentado bailar con un bolso enorme y repleto, una copa de cava y el móvil en la otra mano? Si encima una lleva tacones y/o falda de tubo ya es como para empezar el año con un tremendo traspiés.


Si se ha trabajado el día 31, como era mi caso en esta ocasión, casi no sabe qué ha pasado desde la cena hasta la hora de irse a dormir. Más que nada, confía en haber superado un sonambulismo medianamente digno. Lo de esperar taxi indefinidamente con la tentación de sacarse los zapatos y sentarse en el suelo es una de las formas en las que una acaba tomando conciencia de que, desgraciadamente, sigue despierta, y aquello no es una pesadilla. Tratar de evitar a todos aquellos borrachos poco acostumbrados a la bebida y que salen a pasear indefectiblemente todos los fines de año es otra de las pruebas de fuego de la noche. Sortear en gráciles saltitos los accidentes fisiológicos de la vía pública, otra tremenda prueba. De ahí que una intente no sucumbir a la urgencia por sacarse los tacones, se entiende, ¿verdad?


Sin tener muchas veces demasiado claro cómo o cuándo, casi siempre una regresa a casa. No es capaz de decirle que no a su peludo menea-rabos y alarga otro poco el deambular nocturno a ritmo de árbol y, finalmente, se derrumba en su apacible colchón.

Ya parece haber acabado la jornada, pero no: una nunca está segura de haber acabado de cerrar los ojos cuando maldice la falta de capacidad de autoprogramarse en modo silencio/bip/reunión de su sofisticado móvil. Mi mami quiere hacerme saber desde muuuy primera hora que me desea muy feliz año y que, como siempre, está viendo interesadísima el concierto de año nuevo. La falta de sueño ruge en tono de valses. Me pregunto si habré brindado con ríos azules para beber.



Mientras entreabro los ojos para apagar, ahora sí, el móvil, recuerdo a cuantos no llegué a felicitar en esa noche loca de todos los años, aunque estuvieron conmigo desde siempre, desde mi elección de mega-bolso hasta el atragantamiento con la duodécima uva. Desde el primer mensaje atorado en el móvil hasta mi tremenda espera de taxi. Y aunque tarde, aunque siempre llegue a destiempo y no me caigan demasiado bien esas veladas en que está obligado trasnochar y divertirse, ellos, vosotros, sabéis que os tengo siempre conmigo, y que os deseo lo mejor para este pedazo de futuro que se llama año recién estrenado.



Y para hacerlo con el lenguaje de Adelita, mi santa madre, os dejo un pedazo de ese vals de año nuevo pero que alcanza los cielos con Sumi Jo. Porque ella, Adela, probablemente me enseñó a querer, porque las palabras se me quedan pequeñas mientras que la música me parece enorme, y porque de las cosas más hermosas que puedo daros a los que quiero son las que recibo de ella, ahí van mis mejores deseos, mis ríos más profundos, mis pasiones más azules. Ahí voy yo, y todo el cariño que os tengo ya.



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P.D. Fijaos cómo de humana soy -por aquello de tropezar en la misma piedra tropecientas veces- que confieso que me encantaría celebrar el fin de año árabe, judío, persa, hindú... , cada uno en su fecha y con su número de año correspondiente, y desearos una y cien veces todo lo mejor, incluso aunque supusiera un desproporcionado sufrimiento de pies entaconados, un problema de bolsos, o un nuevo ataque de búsqueda de ropa interior adecuada al evento. Pero por si acaso no se tercia, felices también el resto de los años que se celebran este año. Un gran abrazo.
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Las Navidades, a pesar de todo

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Primera parte.



No me gusta que llegue la Navidad y echar de menos a los que se fueron, y que la gran mesa que fue esté cada vez más vacía.


No me gusta que llegue la Navidad, y las calles se llenen de locos por comprar lo que, muy probablemente, no hará siquiera ilusión.


Detesto ser una de esas compradoras, en calles llenas, tiendas atestadas y horteradas luminosas derrochando energía para llamar al consumo.


Me sabe mal que mi peque ya no sea peque y por tanto no reciba con demasiada sorpresa ningún regalo.


No me gusta sentarme durante días ante una mesa con turrones y demás tentaciones hipercalóricas.



No me gusta que a los niños se les llene de más y más regalos, porque se les roban ilusiones y se les da el mensaje de que lo van a tener todo, e intuyo que todo eso los convierte en futuros adultos intolerantes y egoístas.


No me gusta que se corten árboles para adornar.


No me gusta que se tiña de religión una fiesta ancestral de cambio de equinoccio.


No me gusta que a los niños los visite un Santa Claus que vistió Coca-cola.


Y, sin embargo, por ese vicio que tienen los corazones de no hacerle ni caso a la cabeza, detesto quedarme sola el día de Navidad, como me ha venido pasando en los últimos años. Detesto no tener un solo regalo. Y me he acostumbrado a compartir por lo menos algo de turrón y una copa de cava por estas fechas.


Segunda parte.


Hace años –tantos que no puedo ni creerlo− me anunciaron que las 40 semanas de gestación (quien haga cuentas verá que no coinciden con esos famosos nueve meses de que se habla) finalizaban, precisamente, el día 25 de diciembre. Que de entre todos, ése era el día escogido por la que se convertiría en la persona más importante de mi vida, para llegar al mundo.


Y de pronto, sin existir siquiera, el anuncio de su llegada tiñó esas fechas de una nueva significación. Faltaba tiempo aún, pero las primeras luces navideñas parecían preparar su llegada.


Y yo, que veía el embarazo como un mal necesario para, resulta que sentía algo similar a pena de que tuviera que acabarse. La experiencia era así de intensa. Si ponía mi mano en la enorme panza, ella a su vez ponía su mano en la misma posición. Si oía una voz desconocida, reaccionaba algo inquieta. Y yo le cantaba, acariciaba su cuerpecito, y la sabía caliente, bien alimentada y, sobre todo, siempre conmigo.


Pero el anuncio estaba ahí. Las luces, las guirnaldas. Y yo, por primera vez en la historia, adorné la casa con las horteradas propias de estas fechas. Y, por si fuera poco, casi casi me sentí Virgen María, caminando por un desierto en forma de locura consumista. Y no quería que acabara ese estado en que se lleva dentro. Pero al mismo tiempo tenía impaciencia de conocerla, y de acariciar su piel con la mía, y no ya con mis entrañas. Es decir: estaba perdida. Había caído en ese estado afectivo desproporcionado, como si se pudiera unir el amor que se siente por una madre, por ejemplo, con el de un enamoramiento extremo, de ésos que te hacen perder la cabeza.


Anticipatoria en las citas, como su madre, llamó a la puerta en tal día como hoy, un 23 de diciembre. Y, fijaos lo que me hizo: desde entonces, por más que deteste las navidades, no puedo dejar de emocionarme con las primeras luces y con los adornos horteras. Sonrío ante las felicitaciones navideñas, y cuando beso a amigos y compañeros para desearles cosas buenas a quienes aprecio, parece como si escondiera un gran secreto sentimental: la alegría íntima de habernos encontrado la una a la otra.


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Conclusión


Es por eso que hoy, a pesar de todo y de tantísimas cosas que cambiaría de estas celebraciones, la Reina y yo, y nuestro peludo compañero, os deseamos Feliz Navidad.
Y esperamos que paséis estos días con los mejores ‘encuentros’ de vuestras vidas.
Un abrazo enorme a todos los que nos acompañais.



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Monográfico: de mares

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Me asusta el mar


Mar revuelto

Imprevisible
Mar oscuro

Calmo
Suave


Fiero

Tenue
Tibio



D ú c t i l


--Insumiso--
Brus-co
Salva
je



Y eso me gusta.

Me asusta el mar
Porque es +++++++++++++++
++++++++como la vida






Mar completo, indómito.
Definitivo.


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(mar cantado - Madredeus)
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Mi silencio, que lo llene Martí i Pol

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Bien sé que somos poca cosa. Sé también que duramos poco y probablemente con ningún (o casi ningún) fin. Sé que hay unas leyes internas que alejan a algunas de las personas importantes que tiene este mundo, y deja a centenarios hijos de puta enturbiando sin descanso. Aun así, confieso, a veces esta locura de códigos que el corazón no integra me sume en un agujero negro, de esos densos, que engullen energías, que lloran por una, y borran de un brochazo alegrías, ilusiones e incluso distorsionan la atención. No existe apenas nada más allá de las despedidas. Si guardo silencio es porque cuanto digo, imagino o pienso está ahora mismo en el estadio de las pérdidas. Y me apagan el volumen, y me roban palabras, y nublan la visión.

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Y ahora, que medio vivo en un hospital, que veo unos ojos que se apagan, que intuyo el cansancio y la tristeza de esa mujer fundamental que, ademas, es mi madre, ya mayor, ahora, que a fuerza de andarme vaciando no tengo ya qué dar, me refugio en un poeta.


Martí i Pol me acompaña desde ese punto fronterizo que media entre la infancia y la adolescencia. Hace tiempo, ya sé, que no está de moda. Cuando se murió, apenas, un poco… Pero a mí, como los grandes amigos, me acompaña en los momentos más duros.

Hoy, en la despedida de otra Carmen demasiado joven para irse, estaba. Y recitó un poema de su Llibre d’absències, y dijo todo aquello que yo quisiera poder decir si tuviera voz.

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Parlem de tu, però no pas amb pena.
Senzillament parlem de tu, de com
ens vas deixar, del sofriment lentíssim
que va anar marfonent-se, de les teves
coses parlem, i també dels teus gustos,
del que estimaves i del que no estimaves,
del que feies i deies i senties;
de tu parlem, però no pas amb pena.
I a poc a poc esdevindràs tan nostre
que no caldrà ni que parlem de tu
per recordar-te; a poc a poc seràs
un gest, un mot, un gust, una mirada
que flueix sense dir-lo ni pensar-lo.

(la traducción diría más o menos -y, amigo poeta, disculpa el atrevimiento-)

Hablamos de ti, pero no con pena.
Sencillamente hablamos de ti, de cómo
nos dejaste, del sufrimiento lentísimo
que fue desgastándote, de tus cosas
hablamos, y también de tus gustos,
de lo que amabas y de lo que no amabas,
de lo que hacías y decías y sentías;
de ti hablamos, pero no con pena.
Y poco a poco devendrás tan nuestro
que no será necesario ni que hablemos de ti
para recordarte, poco a poco serás
un gesto, un vocablo, un sabor, una mirada
que fluye sin decirlo ni pensarlo.

Vaciarse, claro, como ahora, para llenarse los huecos, con recuerdos filtrándose en el tuétano de las ausencias y que ya son una aquí dentro.

Regreso a mi espacio solitario, donde ya no hacen falta simulaciones que puedan dar fuerza a nadie, si es que dan algo. Me derrumbo, anego la mirada que ya no mira desde hace rato, y busco mi viejo espacio de flotación. Ahí está, de nuevo, el poeta. Ahí están todos, mágicamente, como corcho para piedra, como paloma para mensaje. Un poema musicado (de Maria Mercè Marçal, también de ausencias) ha ganado el premio Miquel Martí i Pol. La galardonada, apenas puedo creerlo, Sílvia Pérez Cruz (de la que he hablado, no sé,
1, 2, 3, 4 y hasta 5 veces).

Así pues, pido dos favores. Uno, fundamental, disculpadme el silencio (tiempo, fuerzas y palabras, robadas a traición, inesperadamente, obligan). Dos, que os paseéis por la voz de Sílvia, por el premio de ese poeta tan mínimo que se me hace enorme, sobre todo cuando lo preciso, y flotéis, también en mi nombre. Esperadme. Pronto acudo…
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Días submarinos

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Días fríos.

De un frío blanco.

De hospital.

Su fragilidad me fragiliza.

Me busca la mirada

saber si sé

si floto

como un madero desarticulado.

Quiero no pensar, sumergirme, reposar el cansancio del cuerpo, de ese pedazo castigado de alma donde se aloje el sufrimiento. Leo pero no me alcanza. Escribo sin sentido. Flotar, cerrar los ojos y flotar.

Ara Malikian, mi adorado Ara, es árbol firme para el naufragio.

Provisionalmente, me permite no ser.




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El regalo de Rosa

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Una noche, Rosa se cuela en una bandeja de entrada habitualmente abarrotada de mensajes colectivos o impersonales, para traer un regalo. En el envoltorio se avisa que es un cartel promocional (el de la Feria del Libro de Madrid), pero lo trae porque es así de bonito…

Es bonito porque hay letras. Porque hay amor. Porque en su abrazo hay una entrega de años de desenvolver al otro, de detectarlo de entre sí mismo, para elaborar el flechazo. Hay párrafos que se clavaron con habilidad de dardo. Hay la mirada risueña del descubrimiento. Hay la certeza de la irrevocable fusión, de lo que configura en la persona aquella transformación que la hace nueva, distinta y aprehendida ya para siempre. Y es bonito; más, porque es el regalo de Rosa.

Y Rosa reconoce en una ese amor compartido. Como un oscuro signo de pertenencia a una sociedad secreta; como el olor recóndito de los perros forman mapas indescifrables en que se reparten los territorios. Éste es el territorio-literatura, en el que habitamos y en el que nos hacemos compañía. Rosa llega y con su regalo dice
reconozco tu amor, te sé ser abrazante de letras, te dono el símbolo del que ha sido alcanzado y del que fue sacudido alguna vez por las palabras, y en alguna ocasión una frase o un poema se le ensambló en su sangre, como peculiar antígeno de grupo plasmático. Te regalo el abrazo del arte literario, y en él encuentra el terreno donde revolcarte, jugar con su tinta, brincar en sus espacios blancos o acariciar sus acentos.

Sospecho que, entre las letras ilegibles que rodean el abrazo, reposa Neruda. Y con el poeta, su orden estricta de no dejar jamás de buscar la felicidad, la rotunda prohibición de no hacer realidad los sueños. Neruda impone severamente la alegría.


Y así fue cómo, inesperadamente, una noche fui rebasada por el abrazo de las letras, por la disciplina poética que me ha de acercar a la felicidad. Fui bruscamente atravesada por el regalo de Rosa y, creedme, nunca supe de ninguna feria del libro mayor que la que ella trajo a mi bandeja.

(Gracias: por tu magnífico regalo, por querer compartir tu pasión por las letras y por pasearte por este Cajón).



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Aunque tuviera dos, yo sólo quiero aquél: Cheb Guerra, Mami Pedro.

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Cheb Mami recibe su nombre de la novedad frente a las tradiciones (“cheb” significa ‘el joven’, y hace referencia a esa nueva generación, en la que se da un perfecto mestizaje entre la tradición musical argelina y los ‘nuevos’ ritmos e instrumentos procedentes de occidente), pero también de sus letras y de su forma de cantar, muy emotiva (“mami” significa ‘el doliente’). Acostumbra a cantar las cosas que le duelen. Puede referirse a la soledad, pero también a las condiciones político-sociales de su país. Cheb Mami canta raï, pero sobre todo canta hondo.

Dice “Douha alia” ('aléjala de mí'). Y lo dice mientras su voz se encarama al registro del grito, para recoger poco después del subsuelo todo el llanto que se haya podido filtrar de su dolor. Lame sus propias lágrimas, desmenuza y devora la aflicción y confiesa el fracaso de su voluntad. Aléjala, amigo, porque yo no puedo hacerlo. Me penetró en las carnes, originó una simbiosis, se mezclaron los nucleótidos y parieron un nuevo ‘doliente’ que lleva ya su aliento. Aléjala, porque mis poros todos cojean ya de su ausencia. Aléjala tú, porque hay en mis células un hueco que la busca. Que la llora a gritos.






Sin ella, hay vida, pero está muerta.
Sin ella, no puede contarse el mundo. Sólo queda la música, y me repite que no vuelves. Me aferro a ese pentagrama porque, aunque sea para negarte, habla de ti. Conjuga tu ausencia y me dice que el oxígeno no me alcanza.
Que no hay mañana dócil.
Que este ahogo de ahora trae sabor salino. Noto cómo el aire me pesa, como la mayoría de las oquedades.
Permanecen las marcas de tus eslabones digitales; creo que respiro por ellos. Veo por ellos y son mi tacto.
Así me abrazo a tu ausencia.
Así persevero en este subsistir.
Que sepas que no es fácil respirar el aire en que no estás.


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Rarezas XIV: el ‘ahora’ de Salif Keita

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Salif nació en Mali, en el seno de una familia noble aunque de pobre economía. Su país estaba bajo el poder de Moussa Traoré, que lo había tomado mediante un cruento golpe de estado militar. Estaban prohibidas todas las actividades políticas, y en colegios y universidades había guardias que se ocupaban de evitar movimientos de oposición. Por otra parte, su cultura, mandinga, considera que los albinos tienen algún tipo de poder maligno y traen mala suerte, por lo que repudiaron al joven Keita, escupían a su paso y lo evitaban tenazmente. Tuvo suerte de salir con vida, porque en muchos de esos países se persiguen los órganos de los albinos porque tomarlos, junto a su sangre, favorece la fortuna.



Finalmente, con una vida complicada, pues, por varias causas y con graves problemas en su piel extremadamente delicada y de visión, hubo de soportar la oposición de su familia debido a su inclinación por la música, ya que sólo podían dedicarse a esas artes los miembros de la casta inferior.

Durante unos años fue músico en las calles o en algunos bares de la capital, hasta que en 1984 se trasladó a Francia. En su país, en 1992 tienen lugar las primeras elecciones democráticas y empieza a haber una verdadera democracia por primera vez. En 1995 Salif Keita presenta su disco Folon. La canción del mismo nombre alude a esos cambios (con las limitaciones la traducción de una lengua tan distinta):

Antes, en otros tiempos, éramos meros ejecutantes,
Antes, únicamente recibíamos órdenes;
En resumen: no decidíamos nada.

Incluso aunque pensaras para la felicidad,
Incluso aunque fueras inteligente,
No podías decir nada,
A quién le importaba…

Ahora nadie puede decidir por nosotros
Porque ahora sí importa.


‘Antes’ frente ‘ahora’, el ayer y la promesa del mañana. Folon es un canto de esperanza, pero hecho desde el dolor, desde el recuerdo de sus muertos, desde la obligación de silencio, desde la servidumbre de la violencia y el miedo. En Folon se adivinan los llantos y la impotencia de Salif y los suyos, porque eso ya es imposible borrarlo. Inscritos como un tatuaje, como una tormenta de arena inscribe la erosión en los montes de su paisaje, su mañana está inundado de las órdenes que impiden decidir, que niegan el habla y someten a todo un pueblo. Me estremece el Folon de Keita, y me hace pensar en cuántos no podrán hablar aún de su ‘antes’…

(Nota: Salif Keita fundó hace algunos años la ONG de apoyo S.O.S albino, para colaborar a que cesen los acosos y los asesinatos de las personas que nacen con ese defecto en la pigmentación).
(amb tot l'agraïment a la Mireia P. que, entre moltes altres coses, ha estat imprescindible per ubicar el tema)
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Rarezas XIII: 'La Negra'

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Amparo, ‘La Negra’, andaría un día por una ciudad muy ventilada cuando se tragó, sin saberlo, la música. Sus amores por grandes músicos hizo el resto: el arte descendió a poquitos por su tráquea, se dividió por los ramales bronquiales, llegó hasta el fondo de sus alvéolos. Por eso ‘La Negra’ respira música. Jazz, tango, flamenco o música brasileña. Amparo se la bebió toda, y su respiración en forma de acordes alberga el flamante encuentro con su sangre. Su pasado, su dolor, su destello por grandes que hubo antes de ella . ‘La Negra’ compone; también canta.

Mi respiración se ennegrece cuando ella late en mi pulso alveolar. Hasta el cielo se envuelve de noche al oírla. La luna se oscurece y tiembla. Hace unos años publicó su primer disco, y desde entonces la música es mucho más negra y mucho más aire.





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Rarezas XII: (Música sefardí II:) Yasmin Levy

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El padre de Yasmin, Yitzhak Levy, es un reputado investigador del mundo sefardí, de su cultura, su música, su historia. Yasmin tuvo, pues, desde niña, un acceso privilegiado a la música que habría de marcarla.

Cuando canta, Yasmin tiene una voz de olas delicadas, de vaivén suave, pero alcanza notas-estados emocionales en que su voz se amplía, se fortalece y se desgarra, y lleva entonces consigo el peso de un gran amor que deshilacha los corazones o de una diáspora que aleja severamente a un pueblo de sus raíces. Dice “Bendito Dios, sálvame”, y lo mismo da cómo se llame su dios o qué idioma hable, porque lo decididamente importante es que en su desgarro no es posible desoírla.

Yasmin recoge la música sefardí, que conoce tan bien, y le concede influencias árabes, y le añade sabores flamencos. Y al oír a Yasmin todo es ya otra cosa, y sus cadencias tienen un aire que reconocemos pero que no quiere concretarse. Usa instrumentos y ritmos tan distintos que, si nuestra mente se empeña en clasificarla, va a perderse irremediablemente.

Ha ganado algunos premios, y ha grabado dúos con gente de tanta reputación en ese saco que llaman ‘world music” como Natacha Atlas o mi adorado Ibrahim Tatlises.




Espero que os guste.

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Rarezas XI: (música sefardí I:) Mor Karbasi

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Mor Karbasi lleva en su sangre y en su corazón un pasado sefardí. Nació en Israel, y no dejó nunca de buscar.

Sus letras son fundamentalmente en el idioma de sus ancestros; a veces en español. Aunque hace años que vive en Londres.

Ni los años ni los kilómetros la alejaron jamás de aquel sueño recordado desde el estómago. Su pulso es el mismo.

Como entonces, lleva consigo toques flamencos, árabes o próximos al romancero.

Shoshana Karbasi, su madre marroquí, le cantaba baladas de aires andaluces desde que era pequeña. Y aunque la dormía así, a un tiempo conseguiría despertarla.

Desde el siglo XV hasta ahora. Puede que alguno de mis ancestros disfrutara escuchando esta música como yo lo hago ahora. Como espero que lo hagáis vosotros.










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Rarezas X: Joan Amèric

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Cuando conocí a Amèric, me llamaron la atención muchas cosas de él. Unas melodías muy elaboradas (en la línea, por decir algo, de Silvio Rodríguez, a quien él admiraba tremendamente), unas letras ricas y sorprendentes, una voz muy poderosa pero también con grandes matices... Tenía, además, una actitud comprometida y -casi diría que sorprendentemente- un extraordinario sentido del humor.
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Hace tiempo que le perdí la pista, pero recuerdo sus actuaciones en directo como de aquéllas en que uno sale "tocado" y con un poso que le durará varios días.
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Para que os hagáis una idea del tiempo que hace que lo tengo presente, os diré que todos sus discos, excepto el último, más reciente, los tengo en formato de casete. Así pues, la disponibilidad de mp3 para mostrároslo es muy limitada. Aun así, os dejo 'Mandarines', un tema muy íntimo, que yo adoro, en que le habla a una compañera que perdió, y en que le dice cuántas cosas quisiera poder contarle. Cosas pequeñas, como que está aprendiendo a cocinar o que ya no va apenas al cine. Y uno siente la ausencia flagrante de quien ha compartido con uno tantas cosas mínimas. También ese "Respiro, pero tengo ganas de llover" (que diría poco más o menos la traducción del catalán). Recuerdo también aquella otra letra en que decía que "el amor puede llenarte o vaciarte del todo los bolsillos del alma", y que he revivido en mi biografía más de una vez.
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Entrañable y delicada, espero que disfrutéis esta canción (en particular, ese Imaginari, que tenía ya 'hambre' musical).
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Los días me llaman Raimunda

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A veces, mi nombre se trastoca por el de Raimunda. Y cuanto canto lleva la huella de un pasado que el tiempo se olvidó de extraviar. Volver. Arrastrar el nudo de la garganta de ayer hasta que brille en mi mirada. Volver. El universo se detiene entonces. Quiere oírte.

Me enfundo de nuevo tu cuerpo. Me acoge como un hotel con chimenea en invierno. Se incrusta en mi piel como si recordara el camino a fuerza de haberlo soñado; una nueva capa en mi dermis. Puedo reconstruir tu mar y sus venenos y resucito completa. Me llamo Raimunda, y si das un paso adelante llorarán de amor nuestros fantasmas. Volver. De pendientes usaré tus poros. Toma tú el carmín exaltado de mis labios y anúdatelo como corbata.
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Que si un día me llamo Penélope, ninguna de las sirenas retrase tu viaje de vuelta. Ningún otro puerto. Y que si marchita mi frente sea a tu lado. Volver. Echemos juntos a Gardel y sus miedos del pasado. Que veinte años es nada, y siete, casi la mitad.
-.

Vuelve. Y cuéntame al oído nuevamente que nunca te fuiste del todo.
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Rarezas IX: cuando canta Agnes Jaoui

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A veces el dolor apremia
Como para recordar que una no es lo que soñó
De sí misma,
(Que tampoco era gran cosa)
Para urgirle a reconstruirse
Sin muletas
Ni atriles
Ni habilidad en las manos.

Fundamental rodearse de letras
Y su goce epidérmico;
Rodearse de música
Y su goce sistémico.

Oír cómo susurra Jaoui
Y le arranca la voz
A las cosas
Al vientre de las cosas
Las dulcifica
Las vierte en cálices amables
Para que beberlas
Deponga
Si no el rumbo
Sí las heridas que produce
Caminar siempre descalza.



Dice "Escucha", y obedezco





Dice "Pa'ti", y sé que tiene razón



Concierto: Las Migas en Nou Barris

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Este blog nació con vocación miguera. Iba a incluir ese montón de enlaces de cada ocasión, pero es tarde y, la verdad, desde que incluí ese monísimo buscador que hay en el lateral (justo después de las recomendaciones, si mal no recuerdo), que dejó de tener demasiado sentido liarse con eso de las direcciones inacabables. Basta con introducir un concepto cualquiera, con sólo saber que ha habido referencias, y el buscador, que es listísimo aunque desordenado, te devuelve (arriba de todo; aviso porque a mí me costó encontrarlos) los resultados. Si hay alguien que tenga ganas, lo comprobará: he hablado mucho y siempre bien de Las Migas y de Silvia Pérez Cruz, su espectacular voz; pero también de Lisa, ese violín flamenco sin igual; y de Marta e Isabelle, las magníficas guitarras y también creadoras de parte del repertorio miguero. Como en más de una ocasión se me ha invitado a avisar de próximos conciertos, hoy me pongo el traje de la responsabilidad y hago pasar la voz: hay un próximo concierto de Las Migas. El próximo jueves, día 30 de julio, dentro del ciclo Música al Parc, a partir de las 22h, tendrá lugar un concierto gratuito de Las Migas en el Parc Central de Nou Barris (Dr. Pi i Molist, 133), de Barcelona.

No he ido a ninguno de los conciertos de Música al Parc, así que no puedo opinar sobre cómo es el sonido de los eventos. Sí creo que debo avisar de que, de todos los conciertos a los que he asistido de mis adoradas Migas, el concierto multitudinario, gratuito y al aire libre que dieron en la Universidad de Barcelona el verano pasado, y a pesar de mis expectativas previas, fue con diferencia en el que menos se pudo apreciar su calidad musical. Pero si no tenéis nada mejor que hacer, no os va a impedir que les deis otra oportunidad en caso de que no os atrapen a la primera, y os atrae eso de disfrutar de una velada en un parque mientras suena música de fondo, la cita del parque de Nou Barris puede ser una buena cosa.

Vale! Se ha notado que desconfío de este tipo de conciertos. Pues sí. Pero para aquel que no quiere arriesgar el precio de una entrada sin una degustación previa, pues... que vaya y nos lo cuente!
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Mujer valiente

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Lloraste su desdén hasta permitir la deshidratación completa de tu entraña. Se te agotó la mirada de tanto mar como alojaste y tanta ola como te ahogó. Tocaste fondo. Y creíste que aquello era tu horizonte. Te dolió el amor. Y te creíste débil y te olvidaste de ti. Se hincaron los cardenales en tu alma como muescas de su navaja.







Lavando sus marcas te supiste sola.
Y también lloraste por ti, porque consiguió que te perdieras, que no te creyeras más que las hojas secas de su camino. Más que el polvo que se levantaba a su vuelta, en el anochecer de su vileza.
Pero tu lágrima, al tiempo que te enjugaba por dentro, secó tu corazón, consumió tu sangre, enflaqueció las fuerzas que te quedaban para sostener a tu niño.





Proferiste el grito de la estatua. Cantaste en silencio la melancolía de lo que pudo ser. Adivinamos tu mano en esa sombra.
Vives.
Aunque quisiste ser serpiente para escupirte veneno en el corazón.
Aunque quisiste habitar el cementerio que te habitaba.
Vives.
Creíste romperte para siempre.




Pero lo mejor de las lágrimas es que un día se acaban. Y a pesar de que aún no puedas notarlo, le han puesto contrafuertes a tu flaqueza. Y tus ríos del alma desembocan en el océano de todos, que te esperamos para volar contigo.






A esa mujer valiente, que va a huir de su infierno aunque sólo sienta el vacío. A esa mujer que somos todos cuando la asustan por las noches, cuando se traga el grito para que no despierte a su niño, a esa mujer que va a cruzar el umbral para sentir miedo sólo de su pasado. Y que sus lágrimas son más negras que la luna nueva, cuando promete resurgir.

(Teléfono contra el maltrato: 016 – no deja huella en el teléfono ni en la factura:
aún puedes volver a ser libre. “Nos duele a todos”)

La música que nos traduce

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Decía Pitágoras que en el mundo todo era música. Que cuanto conocemos, por el hecho de existir, emitía música. Decía que una de las composiciones musicales más perfectas eran las que componían los planetas al girar. Se trata de esa música que nosotros denominamos ‘silencio’.

Para mí, la música es la respuesta a muchas cuestiones no pronunciadas. Para alcanzarla debe, necesariamente, no intelectualizarse; sólo hay que permitir que se aloje en aquel pedazo del alma que precisa de ella.

Decía Platón que “La música es para el alma lo que la gimnasia para el cuerpo”. La música revela, entrega, explica lo innombrable. Donde el lenguaje se agota, brota con fuerza el sentido de lo musical. Rasgan los sostenidos, inquietan los bemoles, dulcifican los tercios. Y comulgan los acordes en un arpegio imposible de alcanzar con el verbo. La música nos eleva.

Escribo en esta madrugada oscura. A veces sollozo en violín. O proclamo mi derecho Himalaya a gritar en percusión. Soy gigante, soy dios porque elijo para mí la extraña bendición de los pasajes inexplicables. El mundo todo se traduce. Música…

Esta noche, justo ahora, sola, frente a la nada, precisamente ante un espejo de mi supervivencia, elijo Manha de Carnaval para que me acompañe. Porque lleva años ya despertándome. Porque Orfeo, que fue Negro, amansó sus fieras hincándoles un porvenir…

Manha, tao bonita manha
De um dia feliz che chegou!
O sol no ceu surgiu
E em cada cor brilhou.
Voltou o sonho entao
Ao coraçao.

Y ahora llega tu turno.

Recojo la estela de mi admirado Stalker, que ha pedido en ocasiones participaciones hermosas como la de un cuadro en el que vivir. Y te pido a ti, que me lees, que me digas una pieza que te transporte. No digo ya favorita, porque las biografías tienen zancadillas inesperadas. Y un día te despiertas soprano y anocheces metal. Brindas a mediodía en New Orleans y cenas en Cabo Verde. Sólo aproxima.


Ahora aproximo con una de las más bellas canciones que se han escrito nunca sobre la amistad. Se llama Antonhico, pero podría tomar el nombre de cuantos amo. Porque rescato el bien imprescindible, su nudo. Lo proceso en mí y te lo devuelvo para invitarte a compartir.



Regálale al Cajón una pieza que ames como si fuera una de tus entrañas. Danos tu placidez o entrega tu fuerza. Pero sé implacable: danos lo que te traduce; aquí, ahora.

Ramon

A Ramon le traduce Verdi. Escoge esta pieza, tristísima, porque explica su sensibilidad cuando se detiene a oírlo.




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Bashevis

Dice de sí que es un 'fagocitador musical' -desvergonzado, naturalmente- (cualquiera que decida aprender trobriandés no puede dejar de estar de acuerdo). Puedo entenderle bien: una sola pieza es casi imposible. Nos regala tres. Es posible que una para cada uno de sus momentos del día. De entre todas, elige un eje de vida -carreta, camino, qué más da- que le guía, y en el que se traduce como el que no necesita silencios con que llenar su vida.



Imaginari

Dice Imaginari que de entre todas las músicas, la 'callada' es la que más se acerca a su forma de sentir. No en vano, él explica su mundo mediante pinturas. Y dicen de la pintura que fosiliza el poema. Que detiene la música. Así pues, Música callada, de parte de Imaginari...



Mariel

Dice Mariel de su pieza escogida que "reúne varios amores: la exquisita Jeanne Moreau, la simplicidad de las canciones infantiles, los actos de seducción natural, Francois Truffaut y su película 'Jules et Jim". He aquí la canción escogida por Mariel para traducir su espíritu apasionado.




Stalker

Tratándose de música, la elección no es sencilla para Stalker. Marienbad siempre ha dado buena cuenta de ello. De entre mil opciones, elige un viento de invierno, para que, como él, arrase, y no deje ni un milímetro de piel impasible. Dice que "Sviatoslav Richter me sigue quemando igual que el primer día. Indescriptible... ". Después de compartir con él su incendio, podemos entenderlo...




Alf

Recién llegado al Cajón, no quiere resistirse a compartir uno de sus grandes amores. Es de traducción demoledora. Dice desmontarse en cada ocasión. Por ello es probable que lo dosifique. La vida no siempre propicia andar desintegrado entre partículas de uno mismo. Pero éste puede ser un buen pre-Texto para desmontarse. Intentaremos acogerlo con la gran delicadeza que necesita...


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Mariel

Ese pájaro generoso, nos trae una versión sumamente cálida de Killing me softly. Amamos tanto a Omara, por supuesto, sus turbantes y cuanto se cuece bajo ellos. "¿Cómo hacer para que sea de noche todo el día e invierno todo el verano?", dice; quizás éste sea un buen primer paso, querida Mariel.




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Añade Mariel: "Susana, Omara es solo para vos. Escucharla me hizo recordarte espontáneamente. Es preciosa para subirla al Cajón, pero diciendo: "Así de intensa y luminosa es la música que Mariel escucha cuando escucha las palabras de Susana". Y queda inmediatamente traducida en su entrega, que mata lentamente, como casi todo lo imprescindible de esta vida...

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Mireia

Una de las canciones que Mireia (mi eterna) relaciona consigo misma es Guarda che luna, de Gori Vatra. Y, como ella, es cálida, delicada e invita a mirar más allá. Como ella, es profunda y hermosa. Y como la luna a la que canta, acompaña siempre, aunque haya fases nubladas que a veces la escondan; todo aquel que se le haya aproximado notará por siempre la marea alta de su influjo. Bella Mireia, 'guardo' tu luna... Gracias por traerla al Cajón.

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Rarezas VIII: Rosa Passos

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Rosa canta suave. Canta terciopelo. La oigo y parece como si me colara dentro de una voz que no escatima, pero tampoco entrega. Está y yo me asomo. Casi es como si me colara. La imagino con los ojos cerrados, vencida ante la estructura última de la música. El esqueleto de la música postrado ante su garganta menuda cantando por dentro. Rosa canta despojada. Y el misterio que tiene el aire cuando atraviesa sus cuerdas tiene tacto de caricia. Encuentra cicatrices que regeneraron por completo los tejidos y se renovaron desde un dolor antiguo. Proclamo que por amor.




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Dame tu mano sin temor a equivocarte

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Que cuando llegue tu mano, sea sin ningún temor. Temor de errar en el camino, de confundir miradas ajenas, temor de despertar más de lo que puedas soportar sintiéndote libre. Dame tu mano y no temas. Deja que el pájaro salvaje que somos cuando nos unimos no se enjaule en un nosotros pensado, que somos todavía tan de verdad. Porque habrá de batallar con la tradición, y con la huida de la tradición. Y lo sabemos: no hay raigambre que lo ate. Ni ruptura que lo libere. Permite sólo que vele tu sueño si duerme tu vida. Permite sólo que mi mirada se encienda cuando tu mano, en ágil arrebato, niegue por fin mis paseos de paloma herida…
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Que cuando llegue tu mano, sea en silencio. Que eche de sí las palabras que guarda. Las que nunca sirvieron. Que sea su entrega para recoger mis silencios. Porque nuestra torre de babel no habrá quién la aprese. Quién la fosilice en un diccionario. Quién corrija sus faltas grandes como revelaciones. Y sólo pueden entenderse las manos y sus epidermis contando secretos en confidencia aún recóndita. Tu verbo lo absorbo con mi entraña. Canta la voz ininteligible de mi último aliento, y tu caricia, sutil intérprete, compone arreglos, acompaña con una sucesión de lamentos lo que le faltó y ahora recibe. “Calla”, dice Cernuda. Y tu piel desabrigada lo dice mejor. Y mi piel descarnada lo dice más alto.
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Si tu mano llega a mí, vacía como un árbol seco junto al camino, venceré voces e hilos de marioneta para ser tu pájaro, de nuevo, a la sombra de tus ramas solitarias. Alteraré mi escucha de dioses y de madres protectoras, pervertiré todos los fríos que quieran cernirse sobre mí. Porque tu mano y yo sabemos que cuando cantamos a dos voces, cuando unimos los vacíos que nos dejaron, cuando nuestras cicatrices deciden traspasar sus retiros yermos y unirse… entonces… la eternidad nos asiste…
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… y persiste el abrazo, desprovisto de su destierro.
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Si llega tu mano, sin miedo, cargada de silencios, ofreciendo sombras para mis cicatrices de viejo pájaro, nada será “tan dulce como una habitación/ para dos, si es tuya y mía”. Y lo que fui, que es que “nunca pude escapar/ de sentirme tan encerrado/ ni de la sordidez de la vida,/ de la futilidad de todo” que dijo Ginsberg, será nada, y mi pasado de espera cenicienta sucumbirá ante el pasado oscuro de tu capa, y entonces todo cobrará de nuevo sentido.

"Los hombres un día sintieron frío.

Y quisieron compartirlo.

Entonces inventaron el amor."


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Rarezas VII: Persiguiendo una voz

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Una voz sorprendente, extrañamente acompañada, me dejó paralizada hace unos mil años, mientras estaba oyendo una radio pirata increíblemente buena (que, por supuesto, el ayuntamiento de Barcelona tuvo la gentileza de pulverizar, con la noble intención de que no nos dispersáramos más de la cuenta). Busqué una cinta de cassette y dejé que se grabara el disco entero. Sólo que no me enteré de quién era la cantante.

Estaba tan entusiasmada con aquella voz, que convoqué varios brainstormings entre mis amigos, a ver si alguno sacaba alguna pista. No había manera: nos despistaba muchísimo. Había a quien le sonaba como música japonesa, alguno sugería algún lugar de África que no sabía situar, había quien creía que podía tener su origen en los Urales, quien sugería que debía provenir de un lugar muy exótico, un lugar recóndito de Malasia, una remota isla de Indonesia, porque aquello “no era normal”.

Así pasaron los años hasta que un día, ¡eureka! Me regalaron un cd que era un compendio, y ahí estaba. Reconocí su voz, tan peculiar. Y se hizo la luz...



Se llamaba Aster Aweke, y provenía de Etiopía. No supe hasta mucho tiempo después que la música etíope tiene poco que ver con el resto de la música de África negra. Que tienen otras influencias y es usual que se acompañen por otros instrumentos.

De entre todas sus canciones, a mí me parece desgarradora ésta que conseguí finalmente subir. Espero que la hayáis disfrutado. Por un error técnico, se grabó sin nombre. El tema se llama Y’shebellu, y cuanto sé de él es que lleva el nombre de un río, y que es tremendamente fácil dejarse arrastrar por su impetuosa corriente. Ya me contaréis...
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