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Cuando las cosas SÍ cambian

(entrada escrita sin mente; sólo con ese entusiasmo tan largamente esperado)


Hoy, día grande: el Parlament català, por fin, ha prohibido las corridas de toros en su territorio. A pesar (muy a pesar) del PP. A pesar de la estremecedora industria taurina. A pesar, en buena parte, del PSOE. A pesar de una parte de la sociedad "bienpensante", incluyendo realezas, vips (curiosidad: si se juntan ambas palabras se consigue "real-vileza") y los que aspiran a ser lo uno y a codearse con lo otro.


Muy posiblemente al resto de la península le quede apenas media generación para que se propague esa misma sensibilidad a eso que algunos llaman espectáculo. Muy posiblemente, a esas alturas ya hayamos alcanzado en otras partes nuevos pasos hacia la consideración hacia esos iguales que son los animales. Puede que para entonces no encarcelemos a las bestias en zoos, ni admitamos ningún espectáculo ni de circo ni de magia con seres vivos como protagonistas. Pero cualquier anticipación, un año, un día... cualquier animal no muerto a base de tortura, es importante (de ahí que me sorprenda e indigne esa moratoria de... ¡¡¡año y medio!!! en su aplicación).



Hoy sí: me siento orgullosa de vivir en un rerritorio que se ha mostrado un poco más civilizado. Hay mil pasos por dar, pero éste era de los imprescindibles. Esta vez (a diferencia de otras, no hay que olvidarlo), ha triunfado la Iniciativa Legislativa Popular.


Esta vez el muerto no es el toro, sino la salvajada. El negocio. La crueldad. La bestialidad.


Esta vez, ganamos la esperanza para que Esperanza perdiera. Esta vez sí, estoy segura: las cosas SÍ pueden cambiar. Bonita lección la de hoy.



Hoy es un día grande, enorme. Un día para recordar. Un día para que no olvidemos que, a veces, las cosas pueden cambiar.

Las Cármenes de (y hacia) Ciberculturalia

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En Ciberculturalia habita una mujer. Como sucede en raras ocasiones, esa mujer, del todo desconocida biográficamente hablando, me es extrañamente próxima. Hablo de Carmen, la polifacética creadora de Ciberculturalia.

Carmen es aguda, tremendamente inteligente, escribe como los ángeles. Carmen descubre pequeñas maravillas ocultas, de las que no oiremos en las radio fórmulas, ni se contemplarán jamás en los museos, maravillas incluso que se esconden entre dibujos animados. Por eso Ciberculturalia es de mirada inagotable.

Pero es posible que nada de todo ello resultara en esa amalgama que la hace tan especial si no fuera tan claramente apasionada.

Quiero decir que ella, esa mujer lúcida, describe astutamente de dos brochazos las realidades. Tiene el dominio de la perspicacia y la profundidad, pero además escribe con puntadas de entraña. Defiende las causas, siempre justas, con razones, pero también con vehemencia y emoción. Ciberculturalia contagia. En estos momentos en que más que nunca parece que en el país se reparten entre dos los territorios y hasta los botines de guerra, en este momento en el que los medios sólo hablan de una cara y una cruz que son una misma moneda, Ciberculturalia es imprescindible. Precisa. Ética. Limpia. Noble.

Carmen, por obra y arte de doña Carmelita la Ramos, mi abuela, es asimismo mi segundo nombre. No se vea esto, por favor, como un dato ombliguero gratuito. Mi segundo, dije; y puede que ésta sea una de aquellas casualidades que tienen un efecto misterioso e insondable.

En la etiqueta de Ciberculturalia “Músicas del mundo” he encontrado un buen número de –pensaba– desconocidísimos músicos que conviven conmigo; algunos de ellos habitan también en la etiqueta “Música” de este Cajón; otros esperaban pacientemente su turno. Gente tan poco conocida (en mi medio por lo menos) como Aster Aweke, Angelique Kidjo o Khadja Nin. Y muchos otros nombres que adopté tras descubrirlos en su blog. Y hay que decir que pocas cosas me causan más placer que descubrir una nueva música maravillosa. Es ése un placer compartido con algunas personas tocadas por la varita mágica de la musicofilia. Por eso también Isabel (de El cobijo de una desalmada), con un precioso texto, dedica su entrada de La semana de a los momentos de placer musical disfrutados en Ciberculturalia.

En ese blog, además, he encontrado multitud de referencias a artículos del diario Público que me habían llamado la atención previamente. Carmen, la del primer nombre, recupera fragmentos de esos artículos, y después les pone parte de su alma, los completa con esa centrifugadora que lleva dentro y los ofrece con una enorme fuerza. Ésa ha sido otra grandísima sorpresa. No sólo estoy de acuerdo con ella en sus planteamientos socio-políticos –casi podría decir que al 100%-, sino que compartimos buena parte de las fuentes. Éste es un componente principal y con muchísima potencia de su blog. Por eso M. Jesús (de Paradela de coles), cuando presenta –magistralmente, claro- esta recomendación colectiva, dice de ella que es un “blog representativo de la implicación social y política de su autora”. Por eso también encontramos en esa casita de las sorpresas una defensa encendida de las ‘otras’ lenguas del país y, en concreto, su solidaridad con la plataforma ciudadana Queremos galego, entrada ésta que recupera con gran sensibilidad Dilaida (de Groucho) en su blog.

En Ciberculturalia, pues, se pueden leer entradas de tipos muy distintos. Desde política hasta viajes, desde música hasta curiosidades, desde arte y exposiciones hasta recomendaciones literarias. Como quisiera hacer Carmen, la del Segundo, la Ciber-Carmen es heterogénea, múltiple, de miras amplias. Por eso Ramon (de EastRiver) elige hablar (de forma desde luego tan recomendable como siempre) de dos extremos aparentemente tan opuestos como son su amor rotundo por Chopin y los hallazgos en forma de cortos de dibujos animados. Por eso Arobos, en su deliciosa entrada de la semana de, recoge las entrañas de esa diversidad aludiendo a su reivindicación de la vida –en primer lugar- pero también de la cultura haitiana, ambas dos sepultadas de una u otra forma, pero también recogiendo una entrada sobre sus viajes o sobre su sed de justicia social.

En Ciberculturalia encontramos también un cierto tono socarrón. Me la puedo imaginar haciendo guasa de casi todo; pero hay que reconocer que su cinismo se ceba sobre todo con quien más se lo merece: el que predica una cosa y luego, a la hora de actuar, parece que se le va el santo al cielo. Vamos, que en el Vaticano no deja títere con cabeza. Ni en la acera derecha y oscura de la vía diaria de nuestro país. De igual forma, a la carmen-cajonera le gusta meterse con los “intocables” con la ironía que buenamente le sale. Por eso la Carmen-dos intenta no alterar su tensión arterial –ni la de sus eventuales lectores- tratando de tomar los temas como lo que en el fondo serían si no afectaran a una sociedad por el camino: verdaderas caricaturas de la injusticia, de la incoherencia, del egoísmo. Verdaderas muestras andantes de que la realidad siempre supera la ficción. Por eso comparto risas cómplices con Carmen, la primera. Por eso tantas veces intento (he intentado) yo hacer lo propio.

En los textos de Carmen, para que se me vaya entendiendo, he encontrado en muchas ocasiones los textos que hubiera querido escribir yo. Con los mismos acentos y las mismas causas. Con el mismo arrebato, con el mismo espíritu. Es por ello que me sabe menos mal.

Así que esto, que es un homenaje realmente sentido, no es del todo una despedida: es probable que vuelva algunas veces, cuando las circunstancias personales sean algo más benignas o sienta unas irreprimibles ganas de decir. Pero es hora de verbalizar lo que hace tiempo que ocurre: no puedo estar gran cosa por el blog, y escribo básicamente cuando me comprometo a participar de esta iniciativa colectiva que es La semana de… Así que ésta me parece una buena ocasión para retirarme hasta otro momento. Porque es morir-matando, impecablemente rodeada de todos los componentes. Porque Arobos se acaba de incorporar al grupo. Porque si espero a que surjan las ideas de los compañeros para las recomendaciones me costará parar, lo sé. Y porque me medio-despido recomendando a Carmen, la primera, que bien pudiera ser mi otro yo si estuviera en mi mano. Por ahora, no puedo dejaros en mejores manos. Los chicos de La semana de… y la irreductible Ciberculturalia, la de feroces ideas justas. La de las músicas ocultas. La pasional Carmen de Ciberculturalia, con la que aprender, con la que avanzar, con la que reírse a ratos y protestar a gritos con cada injusticia. Gracias a los unos y a la otra, gracias también a los que me habéis acompañado durante este año de camino. Y, con el corazón en la mano, no hay ni uno solo de los blogs ‘favoritos’ (y de otros cuantos más que aún no se incorporaron por falta de tiempo) que no merezca una enorme Semana de. Aunque en el Cajón hayan ocupado durante tanto tiempo la columna lateral, en mi vida han constituido un capítulo central.


No quiero alargarme más con esta cuestión accesoria de mi marcha, pero no puedo semi-cerrar el Cajón sin darle las gracias a ese compañero del alma que ha sido siempre Ramon. Por meterme en esta aventura, por guiarme, enseñarme tantas cosas y por no haberme faltado ni un solo momento su amistad, de las de mayúsculas.

Y también quiero que dar las gracias a este mundo blog por haberme acercado tantísimas personas admirables. Empiezo por la última en llegarme muy hondo: la fundamental, mi queridísima M.Jesús Paradela. Pero también están ahí Mariel, el gran Stalker, ese entrañable Bashevis, la dulcísima Isabel. Y otras tantas personas maravillosas que se acercaron por aquí –algunas desde mi vida, como Jordi, Miguel Ángel, Xavi, Gabi, Gloria…– y otras desplegando sus alas desde la blogosfera (Rosa, Antonio, Felipe, Kanela, Tajalápiz, Mercedes, Dilaida…). No nombro a todos. Pero sabéis que os llevo conmigo. Y estaréis, todos, también conmigo en este periodo blogosabático.

Gracias a todos. Nos vemos pronto.

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Homófonas

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                                             Kalahan - Kansas City

No tengo más bienes que mis sueños. Más horizonte que tu piel. Más pasado que lo que construí para recibirte. Y aun así, quiero que te quedes.



En las noches oscuras a veces tengo miedo. Sobre todo a mí, que me alzo como monstruo en cuanto me atenaza la soledad. También lloro fácilmente, incluso me retuerzo de dolor, por venenos que me alcanzaron ya de niña y a los que jamás me habitué. Una ala herida, por ejemplo. Y la mía sangra sin remedio. Así que ando sin anestesia desde siempre. Bruta, franca, animal. Y aun así, quiero que te quedes.


He avanzado poco y a trompicones. Nunca supe coser. Jamás entendí la importancia de wall street, no me aclaré con índices dow Jones, y cambiaré todo el oro del mundo por un minuto a tu lado. Invertí los tiempos en leer. Llené los espacios de pentagramas. Ni un solo gesto diestro. Todos los disparos se fueron al cielo. Jamás alcanzaron una sola nube. Rozaron la cara oculta de la luna tratando de que se despedazara y me permitiera, por fin, vivir del lado del sol. Y aun así…


Marília Viegas. Mapas II 

Colecciono ya las películas que quiero compartir. Me esperan mientras te espero. Atesoro segundos (incluso terceros, aunque jamás completos) de perspicacia. Siempre me llevé mal con los poderosos y los discursos se me atragantaron todos apenas salieron de mi entraña turbulenta. Ardí en fuego impenitente y mis cenizas se quebraron porque Phoenix quedaba siempre más lejos de lo que mis pasos podían alcanzar. Y aún. Aun así. Quiero. Aúname.
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De mayor quiero ser delincuente



No es mi intención hablar aquí –aunque podría hacerse durante horas– de esas cárceles que pueden llamarse VIP, y que ocupan espacios de las noticias cada tanto (el espacio que puede ocupar su descriptivo es inversamente proporcional a la riqueza del país; por ello en casa, de pasado grisáceo, no es tan rara la noticia de exageraciones en los espacios/tratos).



Pero en esta ocasión, y aunque no sea demasiado políticamente correcto, me quiero referir a las cárceles “normales”, a las que van a parar delincuentes comunes, violadores, asesinos y también rateros de pocos recursos con los que la vida ha sido especialmente injusta.

Había oído, con sorpresa, que una estancia en la cárcel salía bastante más cara que la de un hotel de cinco estrellas. Había oído, sin apenas poder dar crédito a mis interlocutores, que había aumentado el número de delincuentes de poca monta que “la liaban” para poder pasar una temporadita “en el talego”. Es así. Allí descansan, comen bien, ni pasan frío ni pagan alquiler, les arreglan la boca, hacen colegas, ven su pantalla plana que tienen todas las celdas, se apuntan a algún cursillo divertido y salen como nuevos.



Pero lo que me dejó petrificada fue una noticia, minúscula, alrededor de los días de Navidad. Los presos de una cárcel próxima a Manresa (provincia de Barcelona) se amotinaron… ¡¡por no recibir este año el lote de Navidad debido a la crisis!!



Para hacerse cargo de mi berrinche, hay que aclarar que el gobierno que les concede ese peculiar derecho a sus presos, no considera que sus trabajadores sean merecedores de ese mismo privilegio. Los funcionarios no han recibido nunca en la vida un lote. Tampoco nunca se les ha pagado una comida de celebración navideña, como se les hace a ellos. Me imagino con qué cara debía repartir los lotes el pobre celador mileurista de aquella institución, mientras él se iba con las manos vacías a su casa. ¿Soy yo o llega a ser de locos?



Por supuesto, a los trabajadores de ese estado tampoco se les rehace la dentadura, no se les pagan los estudios, ni sus instalaciones lúdicas (es sobradamente conocido que hay cárceles en nuestro bananero país con piscina, gimnasio… y en todas, desde luego, hay teatro, para que se entretengan mientras “pagan” su deuda con la sociedad). De ahí salen con piso protegido, con una prestación de desempleo y con un asistente social en los talones pendiente de sus necesidades.
Piscina de la prisión Els Lledoners (prov. Barcelona)

Aunque no me merecen el mismo respeto el que hurta carteras a los turistas que un violador, por poner un ejemplo, creo que uno y otro debieran trabajar, contribuir al pago de su estancia y al acceso a todos esos servicios. Lo mismo da que ensobraran recibos bancarios o que hicieran faenillas de carpintería. Pero dudo mucho que tal y como están las cosas, la cárcel sirva para rehabilitar ni para disuadir de llevar cierto tipo de vida.



Ahí no queda todo. Unos días después salía otra de esas mini-noticias sobre cárceles. Parece que tienen un economato/tienda donde disfrutan de precios excepcionalmente rebajados. En alguna ocasión ha habido pequeñas trifulcas porque les habían limitado el número de bebidas alcohólicas que podían consumir al día. Pero allí se les hacen además grandes ofertas. Una de las últimas en otra cárcel española era la de un paquete con dos fuets. Cuando llevaban repartidos unos cuantos de esos paquetes a cualquiera que se acogió a la oferta, un preso les avisa, algo traspuesto, de que en el paquete, como anunciaba su envoltorio, había de regalo un magnífico… cuchillo de cocina!! Con una afiladísima hoja de 11 cm para más señas. ¿Pasarán cosas así en algún otro lugar del mundo?



En fin, que yo quiero tener esos precios también. Quiero tener tiempo y dinero para hacer cursos que me ilustren, quiero no pagar alquiler y dedicarme a leer o escribir. Quiero que me hagan conciertos, que me den de comer gratis –con extras los días de fiesta–, quiero mantener el derecho a echar el polvo de la semana en la intimidad. Quiero que me den un lote de Navidad. Quiero aprender a tener pocos escrúpulos para, de mayor, ser delincuente.



P.D. Y cuando por fin vayan a la cárcel algunos de esos personajes de la trama Gurtel, o el mafioso Fabra si algún juez por fin se atreve a juzgarlo, o el ‘encantador’ Millet (como decía Ramon en Grito de lobos hace unos días), etc., espero que sufran tanto allí que queden rehabilitados para siempre.

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Nota: después de una temporada de castigar cuerpo y mente con una absoluta falta de tiempo, y para tomar aire para lo que me espera en breve, me marcho unos días fuera. Si todo va bien, voy a ver cómo anda el mundo por el sur, y a la vuelta os lo cuento. Guardar calentito el Cajón y sus links amigos.



Los yonkis de la Bayer, el Papa cocainómano y otras perlitas

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Parece una broma de mal gusto. Una manipulación extrema de alguien que le tuviera manía a algún laboratorio farmacéutico. Pero no es nada de eso: simplemente, así se consideraban las drogas hace un siglo. Puede que no tuvieran conciencia de que se trataba de drogas. O puede que sea el hombre actual el que recubre de prejuicios determinadas sustancias que, de no permanecer en la clandestinidad, no serían mucho más graves que, por decir algo, un vaso de coñac o un atracón de chocolate. No soy quién para determinar qué es bueno o deja de serlo; es más, no tengo el menor interés en determinar nada parecido. Pero hoy traigo algunas “perlas” que, cuanto menos, hacen que nos planteemos hasta qué punto la mayoría de las cosas son relativas.




En 1890, muy poco después de sacar al mercado la archifamosa Aspirina, la Bayer descubrió un jarabe de extraordinarias propiedades.




Administrado durante todo el invierno, el Jarabe Bayer de Heroína protegía de las enfermedades propias de la estación. Probablemente por este motivo, el jarabe se promocionaba especialmente para los más susceptibles de la casa: los niños.
 


 
Pero, claro, los niños desde siempre que se empeñan en coleccionar enfermedades varias, así que, además de la heroína había que inventar otra serie de medicamentos. Así, descubrieron que un poquito de cocaína iba de película para que se les pasara el dolor de los dientes. No hará falta recordar a qué edades tan tempranas les salen los dientes a los pequeños, ¿verdad? Ni a qué edad los cambian... Así de plácidos juegan los niños a los que no les molesta la dentadura:
 
 

 
Pero también hay que pensar en los sufridos padres de niños inquietos. Los hay moviditos desde el principio, por eso algún científico brillante ideó una medicación ideal para los niños desde recién nacidos: una estupenda mezcla a base de opio y alcohol de 46º. Y por si fuera poca la ventaja de 'tumbar' a cualquier pequeño, variando la posología podía aplacar a cualquier adulto nerviosillo.
 


Pronto salió la competencia: una composición prácticamente idéntica era el remedio perfecto para el asma, la bronquitis, la tos... Y si no curaba el mal, creo yo que ayudaría a pasar el mal trago más felizmente.




Las propiedades de esos productos casi mágicos eran inagotables. Aquí tenemos un maravilloso anuncio en que se anuncia la cocaína como anestésico, antiséptico, útil para las afecciones de garganta... Por ello, al pie, se dice que es imprescindible para cantantes, profesores, oradores y demás público con cuerdas vocales muy trabajadoras.



Probablemente, buena parte de los que usaran la cocaína para su garganta utilizaran también este delicado inhalador: nada menos que a base de anfetaminas. Me juego lo que sea a que los otorrinolaringólogos de la época eran los médicos más buscados...




Visto lo visto, no es de extrañar que en este fantástico regalo promocional, la gigante farmacéutica Boehringer presumiera de ser la mayor fabricante de quinina y cocaína del mundo.



Pero no todo eran aplicaciones farmacéuticas. Pronto le descubrieron también funciones más próximas al ocio. Un ejemplo de ello era el Elixir Buton de coca.




Cuando se les ocurrió unir una de esas sustancias de propiedades prodigiosas con vino, ya fue el rien ne va plus. Se tomaban su vinito, mientras que, como se lee en el siguiente anuncio, recuperaban fuerzas o curaban cualquier enfermedad nerviosa. No se podía pedir más.



De esta época, y de la combinación de vino y cocaína, salieron algunos anuncios increíbles y una multitud de aperitivos revitalizantes distintos:










Pero, sin ninguna duda, de entre todos los vinos de coca, el que era más famoso con diferencia era el Vin Mariani. Probablemente tenía una buena distribución, y también influían sus llamativos anuncios (probablemente, alguno de ellos radical y escandaloso en aquel momento).






Pero lo que hizo que el Vin Mariani cobrara tantísima fama fue la afición que le cogió enseguida el Papa León XIII.




El Papa le escribió una carta entusiasmado y agradecido al señor Mariani. Confesaba llevar siempre consigo un frasco con su vino de coca, y contaba hasta qué punto le había ayudado a recuperar fuerzas. Así las cosas, algo más tarde le concedió la medalla de oro.




Así pues, además de tratar de acercaros esta curiosidad, que a mí, desde luego, me impresionó bastante, creo que es bueno recordar que puede que las grandes verdades que esgrimimos hoy, la historia se ocupe de negarlas mañana o el siglo que viene. Y, obviamente, cabe también recordar que, porque un producto se venda en la farmacia o lo recete un médico, no es necesariamente inocuo.
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Feliz resto de uno de los años de este año


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El fin de año es para mí de un estrés considerable. Para empezar, nunca sé qué voy a hacer, dónde voy a estar, así que el día anterior o el mismo día siempre son momentos de prisas y de montones de llamadas, en uno u otro sentido, de tanteo festivo.



Una vez decidido el lugar en que a una le pillará la bisagra del año, toca la pesadísima preparación. Comprar comida “especial” (está mal visto acabar el año con verdura y sardinas, por ejemplo), hacerse con un buen racimo de uva blanca (me pregunto yo por qué no se pueden comer uvas moradas, que son mis preferidas). Conseguir que alguien compre para ti unas braguitas rojas (sí, soy supersticiosa y además hortera; en mi favor diré que cumplo religiosamente ese ritual desde hace 25 años, en que unas amigas italianas me regalaron mis primeras braguitas rojas, para mi descomunal asombro).



Hay que preparar entonces una bolsita donde depositar la muda usada para hacer el cambiazo a media noche. Así pues, toca bolso grande. Nada de mini- monederos bonísimos en que no cabe ni un papel de fumar.



Luego está la preparación de la vestimenta (exterior). No porque una deba elegir entre diversos modelos con lentejuelas. No. Es que una tiene que prever la movida ‘interiorismo’. Así pues, por más que se vaya a despedir el año a Alaska, no es práctico el modelo-cebolla: pantalón de pana con leotardos y pijama debajo. Yo también acostumbro a prescindir de calzado complicado, que luego es un engorro y el momento hasta que se puede por fin hacer el brindis y repartir los besos no llega nunca.


Luego toca buscar una libretita, preferiblemente de tamaño pequeño (un cuarto de DinA4 estaría bien, sobre todo si no se me considera por ello publicista encubierta de ninguna marca papelera). Un bolígrafo que no falle de color azul (rojo, verde, o cualquier otro distinto del negro). Y de eso, que se sepa, ya le echo las culpas a EastRiver (Ramon, perdona, pero te toca estar en el banquillo de los acusados). Hace miles de años celebramos juntos la jornada, junto a M., una amiga común, de tal manera que “aquello” se convirtió en el archifamoso Anti-Fin de Año o AFA. Sin fiesta, manjares ni coñas marineras. Pero con un montón de rituales para llamar a la buena suerte. Hay que decir que, a pesar de ser un AFA, nos reímos un montón, pero el ritual de los papeles dejó una huella indeleble a través del tiempo. No tiene mucho secreto: básicamente se trata de escribir deseos para el nuevo año /anti-deseos del año anterior hasta que llegue la hora de la quema de sendos papeles. Resumiendo, Ramon es el culpable de que vaya haciendo el ridículo año tras año todos los 31 de diciembre, y deba escribir, guardar, quemar y sobre todo explicar qué hago a todos los “nuevos”.



Y por si todo ello no abultara suficiente en un bolso, hay que hacerle un hueco al móvil. Ya se sabe: a las 00.05 toca mandar mensajitos a los seres queridos, y también a los que te quieren –que no tienen por qué ser los mismos
o a los que están aburridos y no les importa ir gastando saldo. Como a esas horas la red se satura, una debe pasar las siguientes dos horas reintentando los buenos deseos telefónicos. Por eso no me gustan las fiestas en que se baila: ¿alguien ha intentado bailar con un bolso enorme y repleto, una copa de cava y el móvil en la otra mano? Si encima una lleva tacones y/o falda de tubo ya es como para empezar el año con un tremendo traspiés.


Si se ha trabajado el día 31, como era mi caso en esta ocasión, casi no sabe qué ha pasado desde la cena hasta la hora de irse a dormir. Más que nada, confía en haber superado un sonambulismo medianamente digno. Lo de esperar taxi indefinidamente con la tentación de sacarse los zapatos y sentarse en el suelo es una de las formas en las que una acaba tomando conciencia de que, desgraciadamente, sigue despierta, y aquello no es una pesadilla. Tratar de evitar a todos aquellos borrachos poco acostumbrados a la bebida y que salen a pasear indefectiblemente todos los fines de año es otra de las pruebas de fuego de la noche. Sortear en gráciles saltitos los accidentes fisiológicos de la vía pública, otra tremenda prueba. De ahí que una intente no sucumbir a la urgencia por sacarse los tacones, se entiende, ¿verdad?


Sin tener muchas veces demasiado claro cómo o cuándo, casi siempre una regresa a casa. No es capaz de decirle que no a su peludo menea-rabos y alarga otro poco el deambular nocturno a ritmo de árbol y, finalmente, se derrumba en su apacible colchón.

Ya parece haber acabado la jornada, pero no: una nunca está segura de haber acabado de cerrar los ojos cuando maldice la falta de capacidad de autoprogramarse en modo silencio/bip/reunión de su sofisticado móvil. Mi mami quiere hacerme saber desde muuuy primera hora que me desea muy feliz año y que, como siempre, está viendo interesadísima el concierto de año nuevo. La falta de sueño ruge en tono de valses. Me pregunto si habré brindado con ríos azules para beber.



Mientras entreabro los ojos para apagar, ahora sí, el móvil, recuerdo a cuantos no llegué a felicitar en esa noche loca de todos los años, aunque estuvieron conmigo desde siempre, desde mi elección de mega-bolso hasta el atragantamiento con la duodécima uva. Desde el primer mensaje atorado en el móvil hasta mi tremenda espera de taxi. Y aunque tarde, aunque siempre llegue a destiempo y no me caigan demasiado bien esas veladas en que está obligado trasnochar y divertirse, ellos, vosotros, sabéis que os tengo siempre conmigo, y que os deseo lo mejor para este pedazo de futuro que se llama año recién estrenado.



Y para hacerlo con el lenguaje de Adelita, mi santa madre, os dejo un pedazo de ese vals de año nuevo pero que alcanza los cielos con Sumi Jo. Porque ella, Adela, probablemente me enseñó a querer, porque las palabras se me quedan pequeñas mientras que la música me parece enorme, y porque de las cosas más hermosas que puedo daros a los que quiero son las que recibo de ella, ahí van mis mejores deseos, mis ríos más profundos, mis pasiones más azules. Ahí voy yo, y todo el cariño que os tengo ya.



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P.D. Fijaos cómo de humana soy -por aquello de tropezar en la misma piedra tropecientas veces- que confieso que me encantaría celebrar el fin de año árabe, judío, persa, hindú... , cada uno en su fecha y con su número de año correspondiente, y desearos una y cien veces todo lo mejor, incluso aunque supusiera un desproporcionado sufrimiento de pies entaconados, un problema de bolsos, o un nuevo ataque de búsqueda de ropa interior adecuada al evento. Pero por si acaso no se tercia, felices también el resto de los años que se celebran este año. Un gran abrazo.
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Avanzando sin ataduras: el 'grito' coral de los lobos

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A veces, qué lamentable, pienso que es injusto investigar nuevas voces blogosféricas. Por aquí se estila un maravilloso quid pro quo que admiro, pero que en justicia reconozco que a veces cuesta dioses y ayuda, horas de sueño y algunos otros sacrificios poder corresponder. Mis blogs amigos escriben mucho. Piensan muchísimo. Recomiendan vídeos, películas o autores que hay que rastrear para oír sus verdades. Y saben tanto y lo dicen tan bien, que es difícil resistirse a su entusiasmo, y explorar sus galerías, sus asombros, sus rabias o sus sonrisas. Mis amigos bloggers son grandes como grandes mundos.



Y el tiempo nos somete a un sacrificio inacabable también. Cosas de aquellas que garantizan una supervivencia amable. No impecable, sólo, apenas, vivible. Y llegar a todo y a todos. No descuidar a la Reina, protagonista absoluta del tiempo de ocio que permanezca… Pero tampoco a la madre de la madre de la Reina, de salud más endeble, y previsiblemente de extinción anterior a la propia. Y tampoco a esa segunda familia elegida, de entre todas las posibles, para permanecer en una, a través de los tiempos, que son los grandes amigos. Los amigos-hermanos. A los que quiero, necesito y me tienen, y sin los cuales tendría yo el mismo sentido que una cometa sin aire. Un molino de viento sin aire. Una veleta o un avión de papel. Sin aire no vivo. Son mis pulmones y su oxigenación llega precisa para renovarme la vida. Una y otra vez, pacientemente, obstinados en hacerse imprescindibles.

Luego hay una categoría de amistades ‘imposibles’, inverosímiles y casi impensables, pero que una siente con una fuerza nutricia similar a la de la electricidad, que no vemos pero nos ilumina. Encienden mis focos. Me arropan con su calor cuando hiere duro el invierno. Componen una hoguera que tiende manos y reconstruyen un hogar desde donde se hallen. En la otra punta de Barcelona, en Galicia o en Buenos Aires. Pero, hay que vivirlo para sentir algo así: una se cae, y no le sueltan la mano. Personas especiales que me presentó este mundo tan extrañamente próximo. Cierro los ojos, y son también hermanos. Y sé que sufren por mi sufrimiento, porque el suyo se convierte en uno mío de primer orden.


Y hay alianzas que se construyen por amores en común. Las parejas de mis amigos-hermanos son también mi familia, porque quieren y les facilitan la vida a los que quiero. Luego, puede ser que, felizmente, tenga afinidades de otros tipos. Pero juro que a priori los amo. Amo sus apoyos, amo la sonrisa que se dibuja en el rostro de mi hermano-amigo cuando se le nombra. Amo la felicidad que se intuye en sus miradas soñadoras. Amo que “se disculpen” por mail por no tener tiempo para un encuentro conmigo, porque un amor grande como una atmósfera les rodea y les secuestra de felicidad. Amo también, no podía ser de otra forma, lo que ellos aman.

Amo, y no sé explicarlo mejor, a cuantos les aman. De esos ‘otros’ amigos que cuesta explicar a quien no lo sienta que formen parte de una, me emocionan sus muestras de fidelidad, de seguimiento, de entrega. En multitud de ocasiones siento el instinto de entrar en casas ajenas para agradecer presencias en quien amas. Te sientes incondicional de aquella amistad que ha defendido a alguien que te importe ante un ataque injusto. Y te vuelves intolerante con quien ha funcionado moviéndose hacia el sol que más calienta. Con frecuencia descubro que yo tolero menos su ‘infidelidad’ hacia los afectos que la persona directamente afectada. Y es que ante los “míos” soy leona. Cuanto puedo tener de dulce –que es mucho− puede transmutarse en dureza feroz si hieren a miembros de mi clan afectivo.

Y veo a los amigos de los amigos que quiero en sus casas. Las de ‘verdad’ o las virtuales. Y siento el impulso de visitarlos, de agradecer, de comunicarles ésas y otras afinidades. Pero sale el cerebro que controla los minutos, las horas, los días y las semanas. Sale ese controlador cómplice y desagradable a un tiempo. Y me cuenta que no puedo subdividirme más. Que acabar cuesta arriba a las tantas, sin fuerzas, sin mente, sin haber aparcado los afectos de parte de la Reina o de la desconexión –que a veces es lo mismo que hacerlo de parte de una misma− es injusto para una y otros.


Todo esto viene a que crear un blog colectivo, en el que nuestro aullido, habitualmente de lobos solitarios, pueda ser coral, me parece un gesto importante. Lo he dicho hace poquito: el peor defecto de la izquierda es que hace una terrible oposición, y que tiende a dispersarse. Tener una iniciativa en sentido opuesto, apostando por lo que tenemos en común y no en lo que diferimos, poder hablar libremente, sin someternos a las amenazas de los anunciantes o a las subvenciones, me parece un proyecto importante y valioso, y juro que me gustaría tanto que saliera adelante, y que cada vez nos juntáramos más inconformes, y gritáramos más, e hiciéramos más ruido…


Pero por lo que he dicho antes, por esa otra forma de alcanzar amigos, y amigos de amigos, que exista un blog colectivo también tiene un algo egoísta, y que se parece a estar rodeado por lo más inteligente, amable y encantador del mundo mundial blogosférico. Aunque anda dando sus primeros pasos, aunque éstos son unos días peculiares en que la mayoría (yo incluida) tenemos compromisos familiares o ritmos distintos por lo menos, a pesar de todo, uno entra en Grito de Lobos y se siente rápidamente en casa. Y por eso, como hormiga anfitriona del blog, me permito invitaros a daros un paseo por allí y a participar cuanto queráis. Yo aprovecho para dar las gracias a todos los compañeros de lobo-fatigas por su coraje, y a los dioses por haberme situado entre tantos buenos amigos y adonde empiezan a llegar ya amigos de amigos. Sin ataduras, por fin.


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Las Navidades, a pesar de todo

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Primera parte.



No me gusta que llegue la Navidad y echar de menos a los que se fueron, y que la gran mesa que fue esté cada vez más vacía.


No me gusta que llegue la Navidad, y las calles se llenen de locos por comprar lo que, muy probablemente, no hará siquiera ilusión.


Detesto ser una de esas compradoras, en calles llenas, tiendas atestadas y horteradas luminosas derrochando energía para llamar al consumo.


Me sabe mal que mi peque ya no sea peque y por tanto no reciba con demasiada sorpresa ningún regalo.


No me gusta sentarme durante días ante una mesa con turrones y demás tentaciones hipercalóricas.



No me gusta que a los niños se les llene de más y más regalos, porque se les roban ilusiones y se les da el mensaje de que lo van a tener todo, e intuyo que todo eso los convierte en futuros adultos intolerantes y egoístas.


No me gusta que se corten árboles para adornar.


No me gusta que se tiña de religión una fiesta ancestral de cambio de equinoccio.


No me gusta que a los niños los visite un Santa Claus que vistió Coca-cola.


Y, sin embargo, por ese vicio que tienen los corazones de no hacerle ni caso a la cabeza, detesto quedarme sola el día de Navidad, como me ha venido pasando en los últimos años. Detesto no tener un solo regalo. Y me he acostumbrado a compartir por lo menos algo de turrón y una copa de cava por estas fechas.


Segunda parte.


Hace años –tantos que no puedo ni creerlo− me anunciaron que las 40 semanas de gestación (quien haga cuentas verá que no coinciden con esos famosos nueve meses de que se habla) finalizaban, precisamente, el día 25 de diciembre. Que de entre todos, ése era el día escogido por la que se convertiría en la persona más importante de mi vida, para llegar al mundo.


Y de pronto, sin existir siquiera, el anuncio de su llegada tiñó esas fechas de una nueva significación. Faltaba tiempo aún, pero las primeras luces navideñas parecían preparar su llegada.


Y yo, que veía el embarazo como un mal necesario para, resulta que sentía algo similar a pena de que tuviera que acabarse. La experiencia era así de intensa. Si ponía mi mano en la enorme panza, ella a su vez ponía su mano en la misma posición. Si oía una voz desconocida, reaccionaba algo inquieta. Y yo le cantaba, acariciaba su cuerpecito, y la sabía caliente, bien alimentada y, sobre todo, siempre conmigo.


Pero el anuncio estaba ahí. Las luces, las guirnaldas. Y yo, por primera vez en la historia, adorné la casa con las horteradas propias de estas fechas. Y, por si fuera poco, casi casi me sentí Virgen María, caminando por un desierto en forma de locura consumista. Y no quería que acabara ese estado en que se lleva dentro. Pero al mismo tiempo tenía impaciencia de conocerla, y de acariciar su piel con la mía, y no ya con mis entrañas. Es decir: estaba perdida. Había caído en ese estado afectivo desproporcionado, como si se pudiera unir el amor que se siente por una madre, por ejemplo, con el de un enamoramiento extremo, de ésos que te hacen perder la cabeza.


Anticipatoria en las citas, como su madre, llamó a la puerta en tal día como hoy, un 23 de diciembre. Y, fijaos lo que me hizo: desde entonces, por más que deteste las navidades, no puedo dejar de emocionarme con las primeras luces y con los adornos horteras. Sonrío ante las felicitaciones navideñas, y cuando beso a amigos y compañeros para desearles cosas buenas a quienes aprecio, parece como si escondiera un gran secreto sentimental: la alegría íntima de habernos encontrado la una a la otra.


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Conclusión


Es por eso que hoy, a pesar de todo y de tantísimas cosas que cambiaría de estas celebraciones, la Reina y yo, y nuestro peludo compañero, os deseamos Feliz Navidad.
Y esperamos que paséis estos días con los mejores ‘encuentros’ de vuestras vidas.
Un abrazo enorme a todos los que nos acompañais.



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Monólogo interior ante la falta de libros -o mi peligro en el autobús-

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Con lo que se ha prestado a burla aquella petición en la librería de un libro amarillo, lo mismo da el tema, el autor y hasta el idioma, con tal de que haga juego con las nuevas cortinas. Nos suena, claro, a exageración, aunque es probable que todos conozcamos a más de un snob que compra lo que no leerá por lo aparente que le queda el conjunto. Pues resulta que desde que yo paso años en los autobuses urbanos –que no se caracterizan por su rapidez, puntualidad ni coordinación−, cuando puedo escaparme a una librería “decente” ando buscando libros pequeños. Un volumen ideal para constreñirse en un bolso siempre demasiado lleno, y apto para no ofrecer demasiado suplemento de carga cuando la parada está demasiado lejos del destino. Es un fastidio andar así de limitada, pero cuando se dispone de tan poco tiempo para dedicarle a la lectura… y también, no nos engañemos, es un terrible fastidio porque en proporción salen mucho más caros. El kilo de literatura sale por un riñón. ¡Como para que después sientas ganas de pelearte con el autor! (aaay, aquel Magris tan decepcionante, sin ir más lejos), y sobre todo con el editor y los críticos, por mentir como bellacos, y con el librero, por no avisar. Hay libros que deberían estar en garantía: si no cumplen lo que prometen en las críticas –y se devuelve sin un solo subrayado−, te devuelven la pasta.

Total que, entre tanto se aplica esta astuta idea mía, las garantías me las pongo yo misma. Y mis últimos mini-libros adquiridos (tampoco se imagine nadie formato Barbie va de caravaning) han sido Vila-Matas, Bolaño y un menos-mini Fernández Cubas que me recomendó Ramon.

Vila-Matas me proporcionó unos viajes inolvidables. Pronto hablaré de esa menuda maravilla (adjetivos para tiempos de crisis: escribes uno y lo usas en dos sentidos). Y empalmé con Bolaño, aunque con menos entusiasmo. Cargué con esa novelita, a la que le quedaban unas pocas páginas, y me resistía a acabarla. Pero al fin sucumbí y acabé con mis existencias mini. Y mientras decido si llevo el Fernández Cubas en la mano, o releo uno de tamaño bolso, llevo toda la semana leyendo el diario en mis viajes. Y en estas circunstancias, más que en ninguna otra, vuela el inconsciente a su manera sobre las noticias que lee. Ahí os dejo un pedazo (nadie se me ofenda ni por continente ni por contenido, que el inconsciente no obedece a riendas).


Monólogo interior
  • Dicen que los afectados por alguna enfermedad mental empeoran mucho en las fiestas navideñas. Eso sería una posible explicación a lo que le pasa a EspeRancia Aguirre. Pero si hay que ponerse a la altura de sus gilipolladas, mi interior se pone, que bueno es él: “A un amigo mío le pegaron unos skins. Y la culpa es de la Espe por estimular el nazismo. Un martirizado por la religión se cortó los genitales el otro día, y la culpa es de la Espe y de otros tantos como ella, que estimulan la culpabilidad religiosa frente a la acción hormonal fisiológica. Esta mañana ha habido un 20% de la población -entre el que me cuento- que ha sentido arcadas, y es culpa suya, por aparecer en tantas fotos con su aborrecible cara de hipócrita intolerante.

  • Esta semana (y, por tanto, parece que mañana viernes ya sí que sí) votan en el Parlament catalán la iniciativa popular de prohibir las corridas de toros en el territorio. “Virgencita querida, este año no te voy a pedir que me toque la lotería, que ya sé que nunca me haces ni caso, pero si haces que a los del PP, que van a votar en contra, les dé un súbito ataque de gastroenteritis y pasen el turno de voto haciendo cola en el baño, te invito a la macro-fiesta que pienso liar como se prohíban las torturas públicas en Catalunya!”.



  • El gobierno debe de tener el culín así de pequeño: O. Haga lo que haga (o deje de hacer) con Aminatou, va a meter la pata.

Si se enfrenta a Marruecos, seguro que su dictadorzuelo va a buscarle unos cuantos Perejiles, y decide venirse de vacaciones, en lugar de con su colega el rey, allí encerradito sin apenas dejarse ver, se va a Marbella y posa delante de todos los paparazzi, pa’ joder. Y cuando acabe con el marroquí, se le echa encima el de las barbas, por haberle dado alas a la autodeterminación vasca o catalana. Le acusan de ser miope político y el conseller de cultura valenciano le dice que es por culpa de los ordenadores de los estudiantes. Zapatero le dice que si hicieran educación para la ciudadanía en español sabría que la solidaridad es un principio básico, por lo que el conseller le pregunta al Bigotes, que casualmente le está tomando medidas en ese momento, “¿qué quiere decir ‘principios’?”. Soraya, que lo oye porque estaba haciendo un pase de picardías por allí cerca, le dice “¿Sabes lo que te permite pasarte por el forro lo que le conviene a la gente?”− “Pues no, ni idea”− “¿Ves? Esa ignorancia es un buen principio”− “Aaaahhh! Y, ya que estamos, ¿tú sabes lo que significa eso de mi cargo… ¿cómo se llama? Este… Sí, ya: cultura! Qué significa eso?”.


Si el gobierno no actúa y todo sigue igual, la saharaui se muere. Los organismos internacionales le lían a Zapatero la de dios, pero es que encima seguro que viene luego Rouco o Ratzinger y lo excomulgan por haber permitido algo similar a una eutanasia que, ya se sabe, es tan antinatural como una pareja gay. La Espe lo acusa entonces de ser el anticristo, Rajoy dice que, como presidente, su naturaleza es anticonstitucional –Fraga le pide que se calle para que no recuerde públicamente que ellos no votaron la constitución− , Gallardón propone llenar el Manzanares con agua bendita y montar las olimpiadas acuáticas de los Papa-límpicos; juanca aprovecha para montar un parking para sus yates en plena zarzuela; y josemari insiste en que él ha visto una mochila con la insignia de ETA en el aeropuerto canario. Espe se pone de los nervios porque dice (grita) que es aún más culpa de Wyoming, y se pelean entre ellos. Fabra sugiere llamar a unos sicarios para que se ocupen del rey marroquí para simular que aquí no ha pasado nada, pero Berlusconi dice que lo siente, que los tiene a todos trabajando en los psiquiátricos; mientras 'aclaran' sus diferencias de la única manera que saben, ambos impresentables acaban varios meses ingresados en el hospital. Las prostitutas italianas de lujo se declaran en huelga por la falta de trabajo, las audiencias nacionales de ambos países envían al 80% de sus jueces de vacaciones para que no sucumban al estrés del aburrimiento, pero Rajoy dice que no es constitucional, mientras que Camps dice que mejor que se vayan y se pierdan con varias carpetas valencianas. Rajoy les canta a los jueces del constitucional lo de “vuelveeeeee a casa vuelveeeee por Navidaaaaad”, por lo que Camps le atiza con una figurilla de la ciudad de las artes. El conseller de cultura pregunta “¿artes qué significa?”, Soraya, hasta las narices, le suelta “pues lo que me pasa a mí, que estoy muy arta porque tengo mucha arte!”. Francisco Rivera, su íntimo, dice “hombre, ‘artes’ no sé qué significa, pero ‘bellas artes’ se refiere al toreo, que me dieron a mí una medalla que…”, no puede acabar porque en el despiste de la charla, el toro que estaba estoqueando se ha pirado. Dicen que lo han visto haciendo autostop con un cartel que pone “A Catalunya”. Parece ser que se hizo amigo por el camino de un oso que, medio borracho de vodkas, insistía en que el rey se lo quería cargar. Un tigre lleno de traumas que se había escapado de un circo les preguntó el camino a la selva. Los tres regueros de sangre de los animales despistó a los macarras de Berlusconi, que han dejado en paz el psiquiátrico y andan olisqueando carreteras. Como eso ha provocado un cierto caos circulatorio, parece que la reina dijo que ya estaban esos gays, encima orgullosos, cortando el tráfico, por lo que Rouco se lanza contra los susodichos. Berlusconi y Fabra, peleados entre sí, se pelean además con Rouco por meterse con sus matones, y Espe dice que si dos politraumatizados andan por el mundo es porque han ido a parar a la sanidad pública, y va y privatiza otro hospital. En ese hospital resulta que estaba ingresada, moribunda, Aminatou Haidar. Entre ellos, por fin, se ponen de acuerdo, y deciden que todo-todo-todo es culpa de Zapatero, aunque probablemente lleve una mochila de ETA y por las noches se disfrace de Wyoming y presente El Intermedio desde una cadena que, si se triplica su signo, representa claramente al anticristo (o sea, la sexta). Deciden administrarle la eutanasia al toro escapado –sobre todo, por ser casi catalán−, hacer diplomático para Marruecos al oso borracho, y que Camps se haga un traje con el tigre mientras defiende el derecho de los estudiantes valencianos a no ser miopes. Hacen una amnistía en el psiquiátrico porque todo eran traumas por Zapatero-Wyoming, al que han decidido llevar la contraria, aunque presuma de querer favorecer a la población, y encierran bajo llave a los inmigrantes, a las abortistas y a los médicos de la sanidad pública.

En fin, que de este lío dice mi inconsciente travieso que no los saca ni dios, pero si se entretuvieran un rato entre ellos en lugar de dar por saco a diestro y siniestro, íbamos a estar bastante más tranquilitos, nosotros y los toros, durante un tiempo. Luego, ya se sabe, por más activistas que mueran, todo iba a seguir igual.

(Fin del trayecto de hoy).

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