Cuando las cosas SÍ cambian
Las Cármenes de (y hacia) Ciberculturalia
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Homófonas
No tengo más bienes que mis sueños. Más horizonte que tu piel. Más pasado que lo que construí para recibirte. Y aun así, quiero que te quedes.
En las noches oscuras a veces tengo miedo. Sobre todo a mí, que me alzo como monstruo en cuanto me atenaza la soledad. También lloro fácilmente, incluso me retuerzo de dolor, por venenos que me alcanzaron ya de niña y a los que jamás me habitué. Una ala herida, por ejemplo. Y la mía sangra sin remedio. Así que ando sin anestesia desde siempre. Bruta, franca, animal. Y aun así, quiero que te quedes.
He avanzado poco y a trompicones. Nunca supe coser. Jamás entendí la importancia de wall street, no me aclaré con índices dow Jones, y cambiaré todo el oro del mundo por un minuto a tu lado. Invertí los tiempos en leer. Llené los espacios de pentagramas. Ni un solo gesto diestro. Todos los disparos se fueron al cielo. Jamás alcanzaron una sola nube. Rozaron la cara oculta de la luna tratando de que se despedazara y me permitiera, por fin, vivir del lado del sol. Y aun así…
Colecciono ya las películas que quiero compartir. Me esperan mientras te espero. Atesoro segundos (incluso terceros, aunque jamás completos) de perspicacia. Siempre me llevé mal con los poderosos y los discursos se me atragantaron todos apenas salieron de mi entraña turbulenta. Ardí en fuego impenitente y mis cenizas se quebraron porque Phoenix quedaba siempre más lejos de lo que mis pasos podían alcanzar. Y aún. Aun así. Quiero. Aúname.
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De mayor quiero ser delincuente
Los yonkis de la Bayer, el Papa cocainómano y otras perlitas
Feliz resto de uno de los años de este año
o a los que están aburridos y no les importa ir gastando saldo. Como a esas horas la red se satura, una debe pasar las siguientes dos horas reintentando los buenos deseos telefónicos. Por eso no me gustan las fiestas en que se baila: ¿alguien ha intentado bailar con un bolso enorme y repleto, una copa de cava y el móvil en la otra mano? Si encima una lleva tacones y/o falda de tubo ya es como para empezar el año con un tremendo traspiés.

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Avanzando sin ataduras: el 'grito' coral de los lobos
Y el tiempo nos somete a un sacrificio inacabable también. Cosas de aquellas que garantizan una supervivencia amable. No impecable, sólo, apenas, vivible. Y llegar a todo y a todos. No descuidar a la Reina, protagonista absoluta del tiempo de ocio que permanezca… Pero tampoco a la madre de la madre de la Reina, de salud más endeble, y previsiblemente de extinción anterior a la propia. Y tampoco a esa segunda familia elegida, de entre todas las posibles, para permanecer en una, a través de los tiempos, que son los grandes amigos. Los amigos-hermanos. A los que quiero, necesito y me tienen, y sin los cuales tendría yo el mismo sentido que una cometa sin aire. Un molino de viento sin aire. Una veleta o un avión de papel. Sin aire no vivo. Son mis pulmones y su oxigenación llega precisa para renovarme la vida. Una y otra vez, pacientemente, obstinados en hacerse imprescindibles.
Luego hay una categoría de amistades ‘imposibles’, inverosímiles y casi impensables, pero que una siente con una fuerza nutricia similar a la de la electricidad, que no vemos pero nos ilumina. Encienden mis focos. Me arropan con su calor cuando hiere duro el invierno. Componen una hoguera que tiende manos y reconstruyen un hogar desde donde se hallen. En la otra punta de Barcelona, en Galicia o en Buenos Aires. Pero, hay que vivirlo para sentir algo así: una se cae, y no le sueltan la mano. Personas especiales que me presentó este mundo tan extrañamente próximo. Cierro los ojos, y son también hermanos. Y sé que sufren por mi sufrimiento, porque el suyo se convierte en uno mío de primer orden.
Y hay alianzas que se construyen por amores en común. Las parejas de mis amigos-hermanos son también mi familia, porque quieren y les facilitan la vida a los que quiero. Luego, puede ser que, felizmente, tenga afinidades de otros tipos. Pero juro que a priori los amo. Amo sus apoyos, amo la sonrisa que se dibuja en el rostro de mi hermano-amigo cuando se le nombra. Amo la felicidad que se intuye en sus miradas soñadoras. Amo que “se disculpen” por mail por no tener tiempo para un encuentro conmigo, porque un amor grande como una atmósfera les rodea y les secuestra de felicidad. Amo también, no podía ser de otra forma, lo que ellos aman.
Amo, y no sé explicarlo mejor, a cuantos les aman. De esos ‘otros’ amigos que cuesta explicar a quien no lo sienta que formen parte de una, me emocionan sus muestras de fidelidad, de seguimiento, de entrega. En multitud de ocasiones siento el instinto de entrar en casas ajenas para agradecer presencias en quien amas. Te sientes incondicional de aquella amistad que ha defendido a alguien que te importe ante un ataque injusto. Y te vuelves intolerante con quien ha funcionado moviéndose hacia el sol que más calienta. Con frecuencia descubro que yo tolero menos su ‘infidelidad’ hacia los afectos que la persona directamente afectada. Y es que ante los “míos” soy leona. Cuanto puedo tener de dulce –que es mucho− puede transmutarse en dureza feroz si hieren a miembros de mi clan afectivo.
Y veo a los amigos de los amigos que quiero en sus casas. Las de ‘verdad’ o las virtuales. Y siento el impulso de visitarlos, de agradecer, de comunicarles ésas y otras afinidades. Pero sale el cerebro que controla los minutos, las horas, los días y las semanas. Sale ese controlador cómplice y desagradable a un tiempo. Y me cuenta que no puedo subdividirme más. Que acabar cuesta arriba a las tantas, sin fuerzas, sin mente, sin haber aparcado los afectos de parte de la Reina o de la desconexión –que a veces es lo mismo que hacerlo de parte de una misma− es injusto para una y otros.
Todo esto viene a que crear un blog colectivo, en el que nuestro aullido, habitualmente de lobos solitarios, pueda ser coral, me parece un gesto importante. Lo he dicho hace poquito: el peor defecto de la izquierda es que hace una terrible oposición, y que tiende a dispersarse. Tener una iniciativa en sentido opuesto, apostando por lo que tenemos en común y no en lo que diferimos, poder hablar libremente, sin someternos a las amenazas de los anunciantes o a las subvenciones, me parece un proyecto importante y valioso, y juro que me gustaría tanto que saliera adelante, y que cada vez nos juntáramos más inconformes, y gritáramos más, e hiciéramos más ruido…
Pero por lo que he dicho antes, por esa otra forma de alcanzar amigos, y amigos de amigos, que exista un blog colectivo también tiene un algo egoísta, y que se parece a estar rodeado por lo más inteligente, amable y encantador del mundo mundial blogosférico. Aunque anda dando sus primeros pasos, aunque éstos son unos días peculiares en que la mayoría (yo incluida) tenemos compromisos familiares o ritmos distintos por lo menos, a pesar de todo, uno entra en Grito de Lobos y se siente rápidamente en casa. Y por eso, como hormiga anfitriona del blog, me permito invitaros a daros un paseo por allí y a participar cuanto queráis. Yo aprovecho para dar las gracias a todos los compañeros de lobo-fatigas por su coraje, y a los dioses por haberme situado entre tantos buenos amigos y adonde empiezan a llegar ya amigos de amigos. Sin ataduras, por fin.
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Las Navidades, a pesar de todo
No me gusta que llegue la Navidad y echar de menos a los que se fueron, y que la gran mesa que fue esté cada vez más vacía.
No me gusta que llegue la Navidad, y las calles se llenen de locos por comprar lo que, muy probablemente, no hará siquiera ilusión.
Detesto ser una de esas compradoras, en calles llenas, tiendas atestadas y horteradas luminosas derrochando energía para llamar al consumo.
Me sabe mal que mi peque ya no sea peque y por tanto no reciba con demasiada sorpresa ningún regalo.
No me gusta sentarme durante días ante una mesa con turrones y demás tentaciones hipercalóricas.
No me gusta que a los niños se les llene de más y más regalos, porque se les roban ilusiones y se les da el mensaje de que lo van a tener todo, e intuyo que todo eso los convierte en futuros adultos intolerantes y egoístas.
No me gusta que se corten árboles para adornar.
No me gusta que se tiña de religión una fiesta ancestral de cambio de equinoccio.
No me gusta que a los niños los visite un Santa Claus que vistió Coca-cola.
Segunda parte.
Hace años –tantos que no puedo ni creerlo− me anunciaron que las 40 semanas de gestación (quien haga cuentas verá que no coinciden con esos famosos nueve meses de que se habla) finalizaban, precisamente, el día 25 de diciembre. Que de entre todos, ése era el día escogido por la que se convertiría en la persona más importante de mi vida, para llegar al mundo.
Y de pronto, sin existir siquiera, el anuncio de su llegada tiñó esas fechas de una nueva significación. Faltaba tiempo aún, pero las primeras luces navideñas parecían preparar su llegada.
Y yo, que veía el embarazo como un mal necesario para, resulta que sentía algo similar a pena de que tuviera que acabarse. La experiencia era así de intensa. Si ponía mi mano en la enorme panza, ella a su vez ponía su mano en la misma posición. Si oía una voz desconocida, reaccionaba algo inquieta. Y yo le cantaba, acariciaba su cuerpecito, y la sabía caliente, bien alimentada y, sobre todo, siempre conmigo.
Pero el anuncio estaba ahí. Las luces, las guirnaldas. Y yo, por primera vez en la historia, adorné la casa con las horteradas propias de estas fechas. Y, por si fuera poco, casi casi me sentí Virgen María, caminando por un desierto en forma de locura consumista. Y no quería que acabara ese estado en que se lleva dentro. Pero al mismo tiempo tenía impaciencia de conocerla, y de acariciar su piel con la mía, y no ya con mis entrañas. Es decir: estaba perdida. Había caído en ese estado afectivo desproporcionado, como si se pudiera unir el amor que se siente por una madre, por ejemplo, con el de un enamoramiento extremo, de ésos que te hacen perder la cabeza.
Anticipatoria en las citas, como su madre, llamó a la puerta en tal día como hoy, un 23 de diciembre. Y, fijaos lo que me hizo: desde entonces, por más que deteste las navidades, no puedo dejar de emocionarme con las primeras luces y con los adornos horteras. Sonrío ante las felicitaciones navideñas, y cuando beso a amigos y compañeros para desearles cosas buenas a quienes aprecio, parece como si escondiera un gran secreto sentimental: la alegría íntima de habernos encontrado la una a la otra.
Conclusión
Es por eso que hoy, a pesar de todo y de tantísimas cosas que cambiaría de estas celebraciones, la Reina y yo, y nuestro peludo compañero, os deseamos Feliz Navidad.
Y esperamos que paséis estos días con los mejores ‘encuentros’ de vuestras vidas.
Un abrazo enorme a todos los que nos acompañais.
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Monólogo interior ante la falta de libros -o mi peligro en el autobús-

la. Pero al fin sucumbí y acabé con mis existencias mini. Y mientras decido si llevo el Fernández Cubas en la mano, o releo uno de tamaño bolso, llevo toda la semana leyendo el diario en mis viajes. Y en estas circunstancias, más que en ninguna otra, vuela el inconsciente a su manera sobre las noticias que lee. Ahí os dejo un pedazo (nadie se me ofenda ni por continente ni por contenido, que el inconsciente no obedece a riendas). Monólogo interior
- Dicen que los afectados por alguna enfermedad mental empeoran mucho en las fiestas navideñas. Eso sería una posible explicación a lo que le pasa a EspeRancia Aguirre. Pero si hay que ponerse a la altura de sus gilipolladas, mi interior se pone, que bueno es él: “A un amigo mío le pegaron unos skins. Y la culpa es de la Espe por estimular el nazismo. Un martirizado por la religión se cortó los genitales el otro día, y la culpa es de la Espe y de otros tantos como ella, que estimulan la culpabilidad religiosa frente a la acción hormonal fisiológica. Esta mañana ha habido un 20% de la población -entre el que me cuento- que ha sentido arcadas, y es culpa suya, por aparecer en tantas fotos con su aborrecible cara de hipócrita intolerante.
- Esta semana (y, por tanto, parece que mañana viernes ya sí que sí) votan en el Parlament catalán la iniciativa popular de prohibir las corridas de toros en el territorio. “Virgencita querida, este año no te voy a pedir que me toque la lotería, que ya sé que nunca me haces ni caso, pero si haces que a los del PP, que van a votar en contra, les dé un súbito ataque de gastroenteritis y pasen el turno de voto haciendo cola en el baño, te invito a la macro-fiesta que pienso liar como se prohíban las torturas públicas en Catalunya!”.
- El gobierno debe de tener el culín así de pequeño: O. Haga lo que haga (o deje de hacer) con Aminatou, va a meter la pata.
Si se enfrenta a Marruecos, seguro que su dictadorzuelo va a buscarle unos cuantos Perejiles, y decide venirse de vacaciones, en lugar de con su colega el rey, allí encerradito sin apenas dejarse ver, se va a Marbella y posa delante de todos los paparazzi, pa’ joder. Y cuando acabe con el marroquí, se le echa encima el de las barbas, por haberle dado alas a la autodeterminación vasca o catalana. Le acusan de ser miope político y el conseller de cultura valenciano le dice que es por culpa de los ordenadores de los estudiantes. Zapatero le dice que si hicieran educación para la ciudadanía en español sabría que la solidaridad es un principio básico, por lo que el conseller le pregunta al Bigotes, que casualmente le está tomando
medidas en ese momento, “¿qué quiere decir ‘principios’?”. Soraya, que lo oye porque estaba haciendo un pase de picardías por allí cerca, le dice “¿Sabes lo que te permite pasarte por el forro lo que le conviene a la gente?”− “Pues no, ni idea”− “¿Ves? Esa ignorancia es un buen principio”− “Aaaahhh! Y, ya que estamos, ¿tú sabes lo que significa eso de mi cargo… ¿cómo se llama? Este… Sí, ya: cultura! Qué significa eso?”.
En fin, que de este lío dice mi inconsciente travieso que no los saca ni dios, pero si se entretuvieran un rato entre ellos en lugar de dar por saco a diestro y siniestro, íbamos a estar bastante más tranquilitos, nosotros y los toros, durante un tiempo. Luego, ya se sabe, por más activistas que mueran, todo iba a seguir igual.
(Fin del trayecto de hoy).
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