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Homófonas

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                                             Kalahan - Kansas City

No tengo más bienes que mis sueños. Más horizonte que tu piel. Más pasado que lo que construí para recibirte. Y aun así, quiero que te quedes.



En las noches oscuras a veces tengo miedo. Sobre todo a mí, que me alzo como monstruo en cuanto me atenaza la soledad. También lloro fácilmente, incluso me retuerzo de dolor, por venenos que me alcanzaron ya de niña y a los que jamás me habitué. Una ala herida, por ejemplo. Y la mía sangra sin remedio. Así que ando sin anestesia desde siempre. Bruta, franca, animal. Y aun así, quiero que te quedes.


He avanzado poco y a trompicones. Nunca supe coser. Jamás entendí la importancia de wall street, no me aclaré con índices dow Jones, y cambiaré todo el oro del mundo por un minuto a tu lado. Invertí los tiempos en leer. Llené los espacios de pentagramas. Ni un solo gesto diestro. Todos los disparos se fueron al cielo. Jamás alcanzaron una sola nube. Rozaron la cara oculta de la luna tratando de que se despedazara y me permitiera, por fin, vivir del lado del sol. Y aun así…


Marília Viegas. Mapas II 

Colecciono ya las películas que quiero compartir. Me esperan mientras te espero. Atesoro segundos (incluso terceros, aunque jamás completos) de perspicacia. Siempre me llevé mal con los poderosos y los discursos se me atragantaron todos apenas salieron de mi entraña turbulenta. Ardí en fuego impenitente y mis cenizas se quebraron porque Phoenix quedaba siempre más lejos de lo que mis pasos podían alcanzar. Y aún. Aun así. Quiero. Aúname.
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PAnegírico

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Equation de l'eau. Matta.

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jaro, PAradela, PAr, PAriente, PAciencia, PAsaje, PActo, PAlco, PAlpar,
PAn, PAnal, PAyaso, PAralelo,
PArangón, PArca, PArecer, PAred, PAritario, PAroxismo, PArtícula,
PAsada, PAsta, PArticular, PAsadera, PAsionaria.

PAladear PApila PAquete PAstel PAisaje PAsmo PAz PAlacio PAnacea PAracaídas PArarrayos PAsaporte PArche PArto PAternal PAtente PAntalla PAñuelo PAntufla PArtenón

PAtear PAtán PAsivo PAtraña, PÁtina, PAtriarca, PAtético, PAtrón, PAvor, PAntagruélico, PArtida, PAncarta. PAupérrimo.

PÁrrafo PAradigma PÁgina PAsión PÁlpito PAlabra

PAtio, PAto, PAusa, PAvo, PAzo, PAyés, PArar, PAnorama, PAstos, PArra, PArterre, PAstor, PÁmpano PAsos PAmpa PÁrvulo PAsiflora PAseo.
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jaro-PAradela
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PAlabra
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(palma)
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PAl-abra-PAnacea-PAsión
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Aunque tuviera dos, yo sólo quiero aquél: Cheb Guerra, Mami Pedro.

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Cheb Mami recibe su nombre de la novedad frente a las tradiciones (“cheb” significa ‘el joven’, y hace referencia a esa nueva generación, en la que se da un perfecto mestizaje entre la tradición musical argelina y los ‘nuevos’ ritmos e instrumentos procedentes de occidente), pero también de sus letras y de su forma de cantar, muy emotiva (“mami” significa ‘el doliente’). Acostumbra a cantar las cosas que le duelen. Puede referirse a la soledad, pero también a las condiciones político-sociales de su país. Cheb Mami canta raï, pero sobre todo canta hondo.

Dice “Douha alia” ('aléjala de mí'). Y lo dice mientras su voz se encarama al registro del grito, para recoger poco después del subsuelo todo el llanto que se haya podido filtrar de su dolor. Lame sus propias lágrimas, desmenuza y devora la aflicción y confiesa el fracaso de su voluntad. Aléjala, amigo, porque yo no puedo hacerlo. Me penetró en las carnes, originó una simbiosis, se mezclaron los nucleótidos y parieron un nuevo ‘doliente’ que lleva ya su aliento. Aléjala, porque mis poros todos cojean ya de su ausencia. Aléjala tú, porque hay en mis células un hueco que la busca. Que la llora a gritos.






Sin ella, hay vida, pero está muerta.
Sin ella, no puede contarse el mundo. Sólo queda la música, y me repite que no vuelves. Me aferro a ese pentagrama porque, aunque sea para negarte, habla de ti. Conjuga tu ausencia y me dice que el oxígeno no me alcanza.
Que no hay mañana dócil.
Que este ahogo de ahora trae sabor salino. Noto cómo el aire me pesa, como la mayoría de las oquedades.
Permanecen las marcas de tus eslabones digitales; creo que respiro por ellos. Veo por ellos y son mi tacto.
Así me abrazo a tu ausencia.
Así persevero en este subsistir.
Que sepas que no es fácil respirar el aire en que no estás.


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Cobíjame hoy

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Habla Stalker (magistralmente, claro) de una película de Ackerman rodada casi en su totalidad desde detrás de los visillos de una ventana. Tel-Aviv aterra, y la tela protege, sobre todo desde dentro. Como las sábanas a un niño asustado de oscuridad. Pienso en esas mujeres que deben andar por el mundo con visillos en los ojos y que, sin remedio, los alejan del mundo. También las novias, no hace tanto, no podían mirar cara a cara a su vida hasta que no estaban ya casadas y no había marcha atrás. La liberación venía de su pertenencia a un hombre. Pienso también en cómo, en tantas ocasiones, usamos visillos unos y otros. A veces uso el humor. Sin él pareciera que la vida se hinca más fácilmente en las carnes y llaga cuanto contacta con el mundo. A veces mi visillo es andar cogida de la mano de mi Reina: erijo entonces una burbuja, puede que hecha de afectos, no sé, o de instinto de protección que también me cobija a mí. Y entonces la violencia del mundo no me alcanza. Sus prisas, su ignorar del prójimo, su indiferencia.

- Mamá, ese niño me ha empujado.
- Vaya, ¿te ha hecho daño?
- No, pero ¿por qué es tan malo?
- Los malos, preciosa, son siempre tontos, no dan para más. No son capaces de pensar en los demás…
- Aaaaah, ¡claro! –me mira con sus grandes ojos, anfitriones de todo lo próvido.

Cuando pasamos por su lado, miro al niño con clara hostilidad, fijando con fuerza mi mandíbula inferior sobre los premolares, preparada para gruñir como un lobo, para asustarlo con mi evidente superioridad de envergadura. “No toques a mi cachorro”, le digo con mi mirada inyectada de furia, “o no tendré compasión de ti”. Aprieto fuerte la mano de la Reina: se dulcifican mis ojos, se serena mi ánimo, olvido los malos niños ‘tontos’ y el mundo parece apaciguarse.

El mundo avanza a empujones. La ciudad apalea a sus habitantes y lo peor es que muchas veces perdemos de vista que es así. Bebita, mi Reina, agárrame fuerte la mano, ponme de nuevo el visillo de tu fuerza limpia, implacable, encantada: aunque a veces tan necia, a veces tan dolida y vulnerable, hoy quiero sobrevivir.


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No me creo

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Incredulidad de Santo Tomás. Caravaggio,1602.


Con el brusco egoísmo de las nubes, que nos ensucian el cielo por tomar el sol. Tomo dosis de sonrisas que me despierto amablemente. Tomo mi sol que me fabrico porque, ya se sabe, poca calidez ahí fuera. Etcétera. Converso sin creerme porque, también se sabe, apenas ninguna aquí dentro. Enjuto el diafragma para tomar más aire pero se me afilan solas las costillas. Me dibujan el mapa intestino y sé que puedo caerme dentro. Sé que temo que me engulla y trastoque los humores que tanto me costó alzar y hacer ver que. Sé que tampoco mis carnes ni mis sangres, la embrutecida ni la oxigenada, son más de verdad. Lo he sabido a veces, cuando me he visto de lejos, luchando con mareas que cabrían en una gota de hiel. Siempre que fuera ajena.

Y yo, que ya fui piedra, vuelvo a ser arcilla una y otra vez. Y vuelve. Se parapeta ante mí, con sus brazos en jarras y sus demonios tatuados. Tener fuerzas para levantar la mano que bastaría para borrarlo.

Sé que amar, sufrir y aprender es mucho mejor que no estar vivo. Y sin embargo, a veces, cuando me tapan las nubes, quisiera tanto dormir… Caminar como un cadáver de fabulosos metales impracticables. Andar dibujando X de colores en cada huella del laberinto. Ser la piedra que ve y no es vista. La que no yerra porque no espera caminos.

Tengo el espíritu cariado y las palabras se derrumban a mi paso.

Estoy aquí, más hundida que sentada, y nada puedo hacer para izarme de nuevo hasta que la oscuridad no me haya digerido lo suficiente. No me creo. No me creo, pero mientras tanto, joder. Marrón, pegajoso y hediondo: una puta mierda.

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La vuelta

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Vértigo ante la muchedumbre.
La vuelta me atemoriza como a un niño la oscuridad. Quizás sea igualmente oscuro este no saber. Igualmente vacío y falto de referencias.

Y hay una fisura retorcida que me dice si mereceré el cariño y el consuelo del adulto a mi cargo. O dirá niño no molestes y me dejará seguir cayendo con mis miedos.

Pudiera fermentarme bajo este sol que me envenena. Dos, tres días sin asir la mano que me devuelve a aquella paz bastarían para agriarme. Los espacios trepidan. La polución colisiona con mi ansia de escapar más recóndita: por hueca o por puro negra. Y yo siento ganas de gritar por miedo a que se me desdibujen sus sonrisas.


Vacío.
Sin referencias.
Pero de vuelta.

Como pudo sucederle a la mariposa, se desmaya al ver de pronto la fragilidad de todo lo que la hace volar.
En cambio el mundo, toda esa muchedumbre sabiendo exactamente dónde decide ir para hacer qué tipo de cosas.
Bate una sola ala y la atropella nuevamente el vértigo. Busca desde su escondite, pero para que no la vean, no ve.
Estudia itinerarios mentales como mapas de instintos, y pudiera avanzar de frente o simplemente huir.
Discernir entre la mano amiga y la del codicioso coleccionista. Volar se vuela a solas. El miedo se digiere sólo con enzimas propios.
Halla entre los esfínteres prietos restos de crisálida. Se suceden las arcadas hasta por fin vaciarla. ¿Vomitó restos sin digerir de espanto y desaliento?
Brinca –¿paso de sapo?−, y ahora le es mucho más sencillo avanzar hasta la rampa de salida…Fuera puede haber algo igualmente vacío y falto de referencias, pero siente que ya, así, no va a adentrarse de nuevo. Por algo no es hormiga, sino cigarra; perdón, quise decir… ¿gusano con alas frágiles e inexpertas?

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"Porque sueño, yo no lo estoy"

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“Porque sueño, yo no lo estoy”, dice Léolo, aquel impostor de su propia vida. Porque si sueña, el tedio de lo gris y miserable, el blanco de la locura, parecen disolverse, y él, el falso Leo, el pequeño hijo del gran tomate, puede dejar de estar solo. Todas las noches, a poco que se disuelva la realidad.

Porque sueño, yo tampoco lo estoy, me digo. Aunque lo esté. Incluso aunque sospeche que siempre lo estaré. Que casi todos lo estamos siempre. Solos. Como un punto que hubiera perdido su ‘i’, vulgar pespunte sin su señal mínima y casi secreta. Hija de un gran tomate que me condena a la soledad. Peor. Hija única de una prolífica tomatera. Asustada de oscuro y soledad.

Contemplo ante mí las emociones más tomatosas pensables, y la soledad se hace densa, como si se pudiera llorar en forma de mucosidad viscosa. Desprecio la forma que perfila esa ausencia. Como lo que veo, siento casi cómo me giro ante el perfil desaparecido para contarle, para apretarle fuerte la mano, para mirar sus ojos de granizado de tomate que no están. Casi lloro semillas.

Somos solos o sólo soy sola. Mi condena a ser vencida por los monstruos imposibles es mi individualidad o desventaja de mi raciocinio. Creí en otro tiempo que era posible compartir. Casi como un ojo con otro ojo.

Porque sueño, dice Léolo. Y tengo miedo de estar próxima a no soñar ya más…
Y creo que así como puedo estar en el lado de la maternal cordura de eficaz cuidadora, puedo súbitamente habitar en el loco que mira al horizonte sin atender a las demandas de las fuerzas o las camisas o las pastillas. Porque sueño, pero cada vez menos, y cada vez más cuesta arriba.

A veces hay lemas que vivo como unificadores, y puedo vivir al prójimo con inusitada (y puede que inapropiada) ternura. Pero dura lo que un sorbo de aire: apenas una eternidad (que se colara en un sueño, que jamás dura el tiempo dormido).

A veces también, como buena semilla entrenada para la labor, el sexo me atrapa en un gran sueño, y le otorga su tintura a alguna alma ajena, y parece, entonces, que me esté dado soñar que no soy sola, que todo es posible, que el cielo sólo es azul para los daltónicos, porque sólo es posible verlo todo, en pleno sueño, de encendido color tomate. Y me miro en los ojos tiernos de quien me ama, y veo mi piel agrandando sus poros para que penetren sus pestañas y guardar esa imagen en mi arteria de la cordura.

A veces, pues, cuando mi cuerpo se entrega y nubla la razón, me devuelve la razón plena. La del sueño. La de no ser sola. La de no ser loca y vana mirando a un horizonte sin parcelas de irrealidad.

(Yo no lo estoy, grito. Me aferro a este sueño: mi cansancio, mi dolor, mi pasado de asepsia… nada vale entonces. Mi mundo merece creerse irrigado por un Bloody Mary de eficacia incuestionable… durante un tiempo, por lo menos.)

No quiero estarlo. Me aferro al sueño como una tremenda sabandija. Así que, invádeme, contamíname con tu mirada. SÁLVAME.
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Ella y su sombra (III de III)

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(Los personajes de esta historia me vinieron a llamar. Como un pre-feto a su candidata a madre, digamos. Los tengo aquí, delante mismo, los veo claramente, y dudo sobre por dónde quieren continuar. Qué insulsas me parecen sus historias, las cuente como las cuente. Vienen a verme, y no me dicen para qué. Bonito egoísmo el suyo. A veces pienso que jamás encontraré una historia contable (lógicamente, de contar como sinónimo de narrar, y no como el de hacer cuentas, que es aún más letárgico).

Uno de los máximos exponentes de mi admiración literaria es, como es bien sabido, el grandísimo Vila-Matas. Pues bien, se me ha ocurrido que él es tan meta-literario, con esos personajes sin apenas historias −fuera de sus hazañas literarias− porque a él (como a mí, jeje) se le quedan pequeñas todas las historias. No las personas. Los personajes. O la mezcla de ambos que deambulen por las cabezas literarias. Sólo sus historias.

¿Pequeñas historias comunes? Puff. ¿Grandes acontecimientos vitales? ¿Para qué? Si lo que me atrae es lo que tienen ellos en el corte sagital en que los tomo. En todo caso, quisiera resumir todo aquello que no me interesa de sus aventuras biográficas en una o dos frases. Por ejemplo:


  • Él se convirtió rápidamente en el chico de los viernes, y de ahí, no se sabe cómo, y a quién le importa, se casaron o similares, y ambos fueron soportablemente felices y a ratos muy imbéciles hasta siempre jamás. Fin.

  • Ella le escupió en la cara, y tomó una mochila y su vida y se alejó para siempre de aquel barrio que la observaba. Fin también.

  • Él, que era un bonito ejemplar macho de pulga de perro callejero, consiguió colársele en un descuido por el escote, bajó cuidadosamente hasta su vello púbico (y algo público), donde vivió feliz el resto de su vida: un par de largos y risueños días. ¿Modelo de final feliz?

  • Tras imaginarla irreversiblemente en coma o bien muerta, él se suicidó. Y el mundo siguió girando.

  • Tras su suicidio por el desprecio de su amada, ella empieza a echarlo vagamente de menos; se pregunta sobre todo por el perro (cuyo futuro va a obviarse). El narrador se pregunta entonces qué hubiera podido pasar si él hubiera mantenido la paciencia de enamorado sufriente unos días más. Y se espera del lector que se quede pensativo. Hagan el favor de simularlo.

  • Por último, el fin que más éxito hubiera tenido entre los tres lectores del Cajón, incluyéndome a mí: Él no resiste su ausencia, se dirige al hospital donde ella sigue en coma, no puede evitar besarla, y ella despierta diciendo que sí, que se llama Blanca y que su ‘nieve’ estaba adulterada. Este final debe ligarse con la opción número 1.

    Seguramente, y por lo poco que dan de sí en el fondo este par de atolondrados por la vida, de tener editor me hubiera embarcado en una novela plural, y ahora entraría a saco en esa especie de bicho que es la nueva camello, a medio camino entre la madrastra mala de la Blancanieves que podría haber sido y del futuro de esa Ella, que en el fondo no es mucho peor que acabar como reponedora en un supermercado de franquicias. O en uno de esos chicos anónimos que se la tiran sin amor, ya ves tú la novedad. O en la familia de pulgas que habitan el lomo de un perro sin futuro. O en el del trabajador de la perrera municipal que atrapa a ese otro prota. O en el del enterrador que los sucumba…

    Lo mejor, desde luego, fuera ser Vila-Matas, y enlazar con la meta-literatura, disfrutar con ello, y cobrar después. Así pues…)

Al día siguiente, él la encontró en la misma barra de bar. Su contacto no había llegado aún, así que, para huir de aquel símil de muerte que era no tenerla cerca, y con tan poca cosa que perder, decidió entrar y pedir una cerveza junto a ella, y preguntarle con la mirada si quería otra. Después de que ella aprobara sin mucho entusiasmo su propuesta, se sentaron en una mesa. Empezó a hablar él de futuro, y ella empezó a manchar sus rodillas con aquel hule roñoso; él la imitó. Apartaron sendas botellas para acabar sentados cómodamente encima de dos platos casi blancos. Ningún futuro parecía parecerles suficiente, así que se dieron la mano y decidieron cerrar los ojos, a la expectación de que un porvenir inigualable les tomara.

El huidizo escritor se sentó en aquella mesa, a pesar de que le parecía sucia y que la música ambiental de Camilo Sesto le parecía impresentable desde hacía décadas. Vila-Matas, implacable, engulló aquel aperitivo, sin preguntarse si eran los restos de algún otro comensal. Lo digeriría; le arrebataría sus proteínas y sus ensoñaciones, y extraería de su cuerpo el resto de su digestión. Por sus carnes, vagarían aminoácidos literarios. Por las tuberías de aquel bar sucio, dos personajes. Uno, masculino, observador de una mutación súbita de la biografía de ella, y de vocación paseante. Pero los dos en la misma vida de mierda, sin finales dignos. “Ya no puedo más/ siempre se repite/ esta misma historia./ Viviiir así es morir de amor…”

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Ella y su sombra (II de III)

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Ella era mi artefacto suicida. Había conseguido desprenderse de su regidor, y seleccionaba sus próximos pasos como si fuera dibujando su vida sin goma de borrar. Lanzándose indeleble al mundo. El mismo que yo pisaba con la vieja sabiduría del hacedor endiablado: “yo no fui”. Ella era mi bandera suicida del mundo. Nos mirábamos casi salvajemente, conteniéndonos el uno en el otro. Yo no estaba en su amante, manoseándola como si fuera incapaz de alcanzarla, sino en ella. En el humo que se filtraba desde su canuto mientras uno cualquiera había descendido ya sus besos. Ella me miraba mientras se dejaba hacer. No puedo explicar qué sensación de ruptura me producía cuando, una vez mi paseo ya le había dado la espalda, la oía reírse, estrepitosamente, como siempre, y tenía que regresar a casa con aquella sensación de burla metida dentro. Mi huella en el mundo riéndose de mí. De mi inhabilidad para la acción o de mi corazón incompetente. Como de su propio pasado.

No sabía yo si era lo que deseaba secretamente para mí o si me había enamorado de ella. O si una y otra cosa siempre habían sido lo mismo. Revisaba mentalmente la lista de mis novias y me parecían de una inconsistencia lamentable. Habían sido polvos, claro. A veces, compañía para ir al cine. Polvos como las gotas de agua que pierde un grifo viejo o como abruptas cataratas. Pero ninguna de esas mujeres abría las tierras para que caminara entre los mares. Ninguna provocaba cataclismos en la ley de la gravedad. Irrupciones bruscas de cometas colisionando con mi atmósfera e incendiándola después.

Un día oí en la cola de la carnicería que habían pillado al “Trizas”, el camello del barrio. Aunque nunca estaba durante demasiado tiempo encerrado, me temí lo peor. Salí antes con el perro, dispuesto a seguir su rastro a donde hiciera falta. Finalmente, me costó una hora más de lo acostumbrado y agudizar mis dotes de observación, pero la descubrí en la barra de un bar, alejado de sus calles más habituales. Estaba acompañada por una mujerona bastante mayor, fea y con pinta de malas artes. Me dije que debía haber encontrado una nueva fuente de material. La esperé un buen rato sentado en el escalón de un portal. Llegó sin ninguna prisa, con paso oscilante y silencioso. Se sentó en “su” banco y empezó a liarse un canuto. Decidí subir a casa: pronto llegaría el maromo de los martes…


Aquel día de invierno, de lluvia persistente, ella se había refugiado a medias bajo unos balcones. Estaba en el suelo, apoyada en una persiana tintada de graffitis y grasa, y alguna gota ingrata le habría apagado el porro, porque me pidió fuego. Apenas conseguía hablarme. Su mirada subversiva había bajado casi del todo las cortinas. Sentí miedo a perderla. A perderme con ella. Lo mejor de mí sucumbiendo a los excesos sobrepasados, de tal forma que los extremos se alcanzaban, como casi siempre. Tienes que vivir y volver a despertar. Dormir no por adaptación sino porque, del todo desadaptada, todo empezaba a darte igual. Pero yo vivo parásitamente en tus venas. No puedes abandonarme a la suerte de mi letargo. Vive, le decía con mi mirada, que esta vez ignoraba como cuidador irresponsable. Le pregunté si necesitaba algo, y me dijo que tenía frío pero que no quería ir a casa. ¿Dónde estarían sus salidos a turnos cuando le flaqueaban las fuerzas? Le calenté una sopa de sobre y le bajaba un jersey que hacía varios años que no me ponía. Pero allí estaba la ambulancia. Alguien la vería suficientemente descompuesta.

Allí estaba. Feroz, sacrílego, implacable. El halo de la muerte. Elhalodelamuerte. Que siempre condensa pequeños capítulos grises y densos pasajes negros con vocación de epílogos. La muerte y su rabia. Porque había una rabia por la vida. Un amargo diálogo con el monstruo de los finales. El de las pérdidas. Las ausencias y uno. La muerte y todo lo demás, en una balanza de pesos inespecíficos. Ella había movido el platillo de la vida, y arrancármela bruscamente tambaleaba con paso de muelle inestable el halo. El de su ausencia.

Era ella un engaño. Como la cultura de las grandes avenidas, como el arte de conformidad autopista (imprescindible reivindicar a los hartistas), como las familias que se sonríen de medio lado y se miran siempre como una culebra al acecho. Una mentira que le prometía vida y luego lo sumergía en su más violento exilio. De su vieja compañera soledad había pasado a la promesa de su omisión y al terror de convertirse en hijo pródigo. Se sentía cazado. Envenenado de abandono. Saturnismo por muerte.
No era eso lo que queríamos. ¡¡No así!! No me dejes ahora, a solas con mis risas moribundas, con mi repulsivo ser mediocre. No me soportaré a mí mismo si no me cubro con tu mirada...
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Ella y su sombra (I)

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Fotografía: Álex Jiménez.
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Cuánto detestaba su inhabilidad para la acción. Se creía de mirada asesina y no se atrevía ni a colgarle el teléfono a los teleoperadores de turno. Su fuerza se la habría comido uno de los leones del Congreso un día de rabia política. Maldita insolvencia la de los corajes. Dijo la De Beavouir “yo pongo mi orgullo en todo lo que no hago”, y ella era peor, porque ni tan sólo se le ocurrió nunca una frase tan perentoria, pero la recitaba una y otra vez secretamente, con su aspecto imperdonablemente líquido. De alegría inepta, de corazón incompetente, de amargura timorata.

Su desvarío biográfico encadenó sus pequeñas locuras en una extraña conga sinuosa. Empezó a reír sin grandes motivos. En los últimos veranos, las terrazas se llenaban de sus enormes carcajadas y de sus botellas vacías. Fichó amantes alegremente, como si fuera uno de esos grandes equipos de fútbol durante la pretemporada. Fue en aquella época que, cuando yo sacaba al perro a última hora, podía verla. Normalmente sola. Como a la espera de algo en que acurrucarse. Sus mallas a esas alturas solían tener agujeros, como podía sospecharse de su alma. Se fumaba un canuto tras otro, con la mirada perdida, sólo entreabierta al mundo. Pareciera como si la soledad, la ausencia de posibilidad de risas la enfrentara a un fracaso que se callaba casi siempre. A la vuelta hacia casa, cuando el itinerario habitual me acercaba a ella, solía distinguirle claramente los churretes negros bajo los párpados.

De vez en cuando se la veía vagamente feliz, enredando entre sus piernas unas ajenas. Besando bocas posiblemente llenas de promesas y vacías de verdades. Incluso para ella. A veces, a pesar de los besos, me sostenía la mirada. No era exactamente como un desafío, sino algo parecido a una ostentación de estar a la altura. De haber vencido el corderito despreciable y haberse vuelto un lobo indómito. Como si por fin hubiera decidido que el mundo debía oírla.

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Tres vestidos negros

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Veo mi bandeja de entrada nuevamente vacía de ti. Como ayer. Y finjo para mí que te acobardas. Que el amor es un abrigo que te queda demasiado grande. Y finjo para los dos que soy de importancia capital para ti, que a veces me achicas con sólo pensarme. Y me hago un carajillo largo para rellenar de whisky barato los huecos que dejas. Para que al beberme mis lágrimas sepan a tus besos ebrios. Gruño como un doberman solitario. Como un gato arisco en celo. Ladro tu ausencia en mi bandeja de entrada y en mis besos ebrios de recuerdo.
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* * *

La vida que monto se encabrita a veces. Galopa con fiereza; sin duda, quiere hacerme caer de sus lomos. Pero llevo estrellas de metal en la punta de mis botas, y me agarro con una fuerza descomunal, las hinco en sus carnes enarboladas. Aunque siempre soy yo la que acaba por sangrar.
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* * *
Cuanto más me apremia la vida, más gruesa se hace la huella que sombrea mis ojos. Más negra mi mirada, y más resentimiento conservo en contra de lo que merezca mi ira. A veces, recibe aquello que no lo merece. Dejad que me lamente a solas. Mis lágrimas os llenarían de kahal. Como un tronco que ha convertido parte de su vitalidad en brasa, tiznaré cuanto se arrime. Rezumo carbones embrutecidos. Escupo serpientes negras. Qué bueno fuera a veces sólo rebuznar. Por piedad, aturdidme, entontecedme, llenadme de atolondramiento, de bobería y de ofuscación. Daltonizadme para que no distinga este oscuro que me ahoga.
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El cartero poeta

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Él se sentía muy afortunado. Había aprendido lo suficiente de las letras como para poder leer; leía lentamente y con algunas dificultades, pero leía. La belleza de ella tuvo tal impacto en él, que quiso escribirle con palabras elevadas de poeta. Las cosas tan hermosas no podían decirse de ninguna otra forma. El poeta le regalaba metáforas y él se enamoraba a un tiempo de la bella Beatrice y de la poesía. Nunca había entendido de exigencias ni reclamaciones. El agua la tendrían cuando se la trajeran. De nada valía enfadarse ni protestar. Pero ante la poesía… “La poesía es de quien la necesita”, reclamaba. Y como un Christian tremendamente humilde, contaba sus amores con las palabras que le pedía al gran Cyrano para explicar cómo resplandecía la sonrisa de Beatrice. El mar, para él, era el endiablado terreno de trabajo de los hombres del pueblo; nunca quiso ser pescador como los demás. El mar era muy duro. El mar hubiera podido ser de mármol. De roca. No podía creer que el poeta hablara de magníficos paisajes mirando su mar. Pero le hacía hasta poemas. Le parecería bello como Beatrice, acaso… A él no le asombraba el mar pero sí los poemas del mar, se dejaba arrastrar tanto por ellos que él, que nunca había querido ser pescador, era marinero sorteando cada una de las olas de los versos. Y así fue cómo él, que leía lentamente y con dificultad, como surcando grandes océanos con un sencillo remo de bambú, se convirtió también en poeta. Sin saberlo, sin poder creerlo, inclinando la cabeza y con la sonrisa en los ojos, como cuando se recibe un halago inmerecido, llenó el aire de vaivenes porque así sentían sus vísceras cuando oía recitar al poeta. Fue entonces cuando lo supo y pudo enseñarlo: el mundo entero, cuanto conocemos y habremos de ver, todo es metáfora. Porque todo, todo, todo, porque el universo entero cabe en su vaivén para mecerse cuando él siente el mundo en forma de poesía.
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Rarezas IX: cuando canta Agnes Jaoui

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A veces el dolor apremia
Como para recordar que una no es lo que soñó
De sí misma,
(Que tampoco era gran cosa)
Para urgirle a reconstruirse
Sin muletas
Ni atriles
Ni habilidad en las manos.

Fundamental rodearse de letras
Y su goce epidérmico;
Rodearse de música
Y su goce sistémico.

Oír cómo susurra Jaoui
Y le arranca la voz
A las cosas
Al vientre de las cosas
Las dulcifica
Las vierte en cálices amables
Para que beberlas
Deponga
Si no el rumbo
Sí las heridas que produce
Caminar siempre descalza.



Dice "Escucha", y obedezco





Dice "Pa'ti", y sé que tiene razón



Partir ou chegar

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"Noche de amor". J. González Blanco


Me comporto ante ti como ave migratoria…


“Las aves migratorias recorren miles de kilómetros sin ningún tipo de distracción, después, cuando llegan a la zona en la que el año precedente han puesto su huevo, empiezan a controlar: ¿sigue allí el castaño de Indias de flores blancas? ¿Y el automóvil de color verde? ¿Y la simpática señora que sacudía siempre en la hierba las migas del mantel? Observan todo con precisión, porque durante meses en los desiertos de África esa señora y ese automóvil han permanecido en su mente. Pero el mundo está lleno de señoras amables y de automóviles verdes, ¿cuál es entonces el factor determinante?
No es una visión, sino un olor, el conjunto de los perfumes que pueblan el aire en las cercanías del nido: si la fragancia del lilo y la del tilo se superponen por un instante, pues bien, ésa es la casa, el lugar exacto al que regresar”.
Susanna Tamaro. Escucha mi voz.

Tú eres el paisaje de olores
que reconozco
Una y otra vez
Y sé que he regresado a casa.

Que hay otros coches verdes
Y mucho alimento desmenuzado
Pero mis enzimas no quieren
Alcanzarlo
nutrirse
incrustarlo en sus entresijos
Si no encuentran tus aminoácidos
Extraños
De estridencia paralizante
En la languidez de mis plumas
Agotadas.

Sé que he regresado a casa
Cuando yo,
Que vuelo con el nido a cuestas,
Reconozco tu paisaje de olores
Y decanto mi torso
Para que reposemos juntos.


. . . . . . .Partir ou chegar
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Revisión del mito: la Caperucita de los niños de hoy

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(Ilustración: MiPerro)

  • Caperucita Roja, hoy en día, no hubiera podido ir a llevarle el cestito a la abuelita porque, al salir del cole, va directamente al curso intensivo de inglés para menores de siete años tres veces por semana, otro día va a gimnasia deportiva y otro más a aprender solfeo siguiendo el método Eslava. Los domingos, para que no se aburra, la han apuntado a los boy scouts, que les organizan sesiones de supervivencia y de orientación con brújulas, dentro de un confortable salón, acondicionado, naturalmente, con bomba de calor y con humidificadores para mejorar la sequedad ambiental causada por la bomba de calor. Eso supone un aumento de las cuotas pero poco importa porque todo es poco para Caperucita. Además, desde hace dos meses, está en lista de espera para hacer sesiones de psicología conductista para superar su adicción a la gameboy.

  • La madre de Caperucita no está apenas en casa, porque cuando sale, ya tarde del trabajo, le queda el shopping unos días y el Pilates los otros. Después sí que ya va a buscar a su hija a las extraescolares correspondientes: desde su aparcamiento en triple fila, otea perfectamente el recorrido de la niña, y con sólo tocar repetidamente el claxon, Caperucita reconoce el suyo entre un mar de 4x4. En el camino de regreso a casa tampoco pueden perderse, que para eso llevan el gps. Aunque un día unas obras no estaban bien señalizadas y tuvieron que hacer un rodeo –que no un atajo−, pero con la congestión del tráfico les dio tiempo a descargarse la actualización desde el portátil, lo que, dicho sea de paso, les facilitó descubrir que, si hubiera unos 150 mil coches menos en esa calle, tampoco podrían circular a más de 30,5 km/h, ya que había un nuevo radar agazapado detrás de una señal.

  • La abuelita ha desistido de intentar llamar a su hija cuando se encuentra mal, porque nunca la encuentra en casa. Dos veces por semana le envía un sms para que se haga a la idea, y la avisa por ese mismo medio cuando necesita que le hagan un pedido a tele-cestito mediante www.cestitoacasa.com. Además, la madre de Caperucita no puede entretenerse cocinando, y a la abuelita se le ha metido en la cabeza que cuanto tienen ellas en el congelador, ya sean pizzas, rollitos de primavera o shawarmas, no le sienta bien. “¿Y para qué te sirve el Almax, mamá?”, dice ella una y otra vez, iniciando la misma discusión todos los días 15 del mes, que es cuando tienen programada su vídeo-conferencia habitual. Eso sí, cuando se encuentra realmente mal, la abuelita toca el botón de emergencias que le facilitó el asistente social, y que activa el dispositivo automático de contacto con el paciente.

  • En el bosque han construido un centenar de casitas pareadas. Las señales indican celosamente los caminos de la urbanización, incluidas las paradas para hacerse fotos junto a una reproducción de la casita del bosque, en la que antaño hubiera vivido la abuelita. En el camino “largo”, el que tomó la niña por consejo del lobo, hay una señal que prohíbe el paso a cualquier persona ajena a la organización. No es exactamente peligroso, pero como está dedicado al sector de los servicios, afea mucho el aspecto y podría rebajar el valor de las propiedades. Los constructores que planificaron con tanto esmero la zona residencial, respetaron un trocito de montículo relativamente verde. Allí sí hay animales silvestres. Bueno, más o menos: tienen jaulas con bonitos pajarillos, para que los niños puedan saber cómo eran; una pareja de gatos, esterilizados, higienizados y uperisados (como se hacía en los viejos tiempos con un líquido que llamaban leche – leche a secas, ¿alguien se acuerda? Sin calcio, vitaminas ni omegas extras, sólo leche−), a los que han quitado las uñas para evitar impactos visuales de tipo sanguinolento. Finalmente, hay un lobo, sí. Parecería que anda triste y con miedo, puede que porque hay una cerca eléctrica invisible con la que los niños le han hecho más de una trastada, pero dicen los etólogos del conjunto residencial que no, que los lobos siempre han sido animalejos cabizbajos y solitarios, y que si sus aullidos suenan cada vez más a llanto es porque lo están adiestrando para que haga ver que canta con la banda de música los domingos.

  • Por aquello del qué dirán, la madre de Caperucita donó su capa a los pobres, que de ellos ya se sabe que sí pueden ser rojos, y se hizo con una más acorde a su forma de vida, de un encantador tono rosa, del que ningún vecino puede sospechar.

  • A Caperucita no le dejan llevar la caperucita a la escuela, porque dicen que se parece mucho al velo islámico y no quieren incitar polémicas religiosas. Allí la religión es sólo una, dios sólo uno, y la espiritualidad universal de su mundo debe quedar preservada.

Así pues, sin ser roja y sin caperucita, sin tiempo de recoger las flores que ya no hay, sin bosque, con un espécimen de lobo espantado e inhibido, propongo reconocer a Perrault como el primer gran autor de ciencia ficción de la historia.



Epílogo - Sólo dos psicoanalistas de la Urbanización "El bosque" hubieran podido caer en la cuenta de que tanto Caperucita como el señor Feroz compartían un mismo sueño: huir de aquel mundo, más o menos de esta guisa:




(Ilustración: MiPerro)

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Despedida de un rebelde

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Casi he olvidado cómo llegué a ser lo que soy. Imagino que por tradición familiar. Tanta convivencia con los que son y funcionan exactamente de igual forma que yo ahora, hizo que no me cuestionara nada. Había que proteger el espacio, y yo ya estaba adiestrado para ello. Era un buen soldado.

Pero estoy francamente harto de que no se nos valore. Obedecemos sin rechistar cada vez que alguien trata de invadir el espacio. Acostumbramos a actuar con gran eficacia. En primer lugar, nos ocupamos de rodear al invasor. Lo aislamos para que no alcance los puntos cruciales del sistema. Una vez sitiado, ya se le puede atacar. Intentamos deshacernos de él lo más rápidamente posible, porque el invasor, según nos han dicho, tiene la extraña propiedad de reproducirse sin engendrar. Es como si nos tomara para replicarse. Como si tuviera alguna poderosa razón para volvernos como él. Así que hay que actuar lo más rápidamente posible, sin darle apenas ocasión de que pueda convencernos.

Una vez derrotado el invasor, un sector especializado del ejército debe limpiar rápidamente los escombros resultantes. Casi siempre han muerto también de los nuestros. Ayer contemplé por primera vez el resultado de la batalla, y la imagen me pareció desoladora. Ríos de cadáveres. Los limpiadores no daban abasto. Alguien a quien no he visto jamás ordenó que nuevos soldados se dedicaran a la labor. Yo seguía impertérrito, manteniendo el sitio, por si alguno de los invasores siguiera vivo y quisiera penetrar hasta la segunda línea de protección. Se suponía que debía estar orgulloso de tener esa función, seguir protegiendo incluso ante la muerte: un gran honor; pero la verdad es que tuve miedo. Un montón de curiosos se querían asomar, y proseguir su paso por los caminos ensangrentados como si nada. Y también a ellos tuve que sitiarlos de ese resultado espeluznante. Como si debiera ocultarles que a veces el invasor llega lleno de rabia y arrastra consigo a sus protectores. Ayer me dio igual. Tuve miedo, y deseé que alguien me preguntara si quería dedicarme realmente a esa lucha, que ayer ya no sentí mía. La situación se prolongó hasta que los especialistas constructores repusieron la muralla y los limpiadores habían acabado su trabajo. Sufrí mucho, aunque mantuve el porte.

Por eso atravesé de nuevo las carreteras, esta vez en dirección contraria. Mi uniforme hizo que, aunque muchos me miraban con semblante interrogativo, nadie se interpusiera en mi camino. Por fin alcancé los mandos del ejército, donde se nos adiestra, y dije con firmeza que estaba harto de las labores de protección. Que tenía serias dudas y hasta miedo. Dije que a partir de entonces quería dedicarme al transporte, que me parecía una labor mucho más noble y menos complicada. Dije que estaba francamente harto de tener que esconder la situación y de que jamás se nos reconociera. Fue entonces cuando me lo dijeron. Nunca lo habría sospechado: no podía elegir mi oficio porque era una cuestión de raza. ¿De raza? ¿Sería que por ser blanco, sin más, debía ser poseedor de las armas? Efectivamente: asintieron.

Pasamos junto a la central de transporte. Nunca la había visto: miles y miles de transportistas, reconocibles por sus grandes bolsas hinchadas. Desde allí se oteaba la central de los constructores, todos ellos enormes. Me subieron a lo alto de la colina del Gran Poder para que tuviera una perspectiva mayor. Efectivamente: desde allí se veían todas las centrales. Me quedé reflexivo durante un buen rato. En efecto, cada uno, según su función, se veía distinto al de las otras centrales. Fue entonces que me señalaron muy hacia arriba, para que mirara al cielo. Y allí estaban todos aquellos carteles: “glóbulos blancos” ponía sobre mi central.

Así fue cómo supe que jamás podría ser ninguna otra cosa que lo que era: un obediente soldado blanco que se afana para que sólo prosperen las bacterias cooperadoras, pero ninguna destructora, ningún virus. Estoy tan deprimido que sólo me quedan dos opciones, ambas dos ciertamente lamentables. Podría hacer una pataleta y rebelarme, luchar contra lo que se me pusiera por delante, aunque no fueran infecciones externas: haría entonces una enfermedad autoinmune, para que aprendieran. La otra opción, la que seguramente elegiré, será la de acudir a la zona de las chimeneas. Allí esperaré a que se produzca la sustancia mucosa habitual, y cuando llegue aquel terremoto de todos los otoños, lo que llaman ‘estornudo’, saldré aspirado y volaré. Probablemente muera, pero existe la posibilidad remota de que alcance algún otro mundo, en el que ni las razas ni la ubicación de nacimiento nos condenen a obedecer ciegamente las leyes de la fisiología. Sólo ahora he entendido por qué aquella gran glándula, central de buena parte de nosotros, los blancos, se llama timo. Ahora he entendido también por qué los mandos absolutos, de cuantos colores tiene el arco iris, constituye una masa informe de materia gris. Jamás tendré los grandes brazos de las plaquetas, jamás podré cumplir el sueño de repartir moléculas de oxígeno, pero no me vencerán: llegaré a un mundo en que podré dejar las armas o moriré en el intento.

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Mujer valiente

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Lloraste su desdén hasta permitir la deshidratación completa de tu entraña. Se te agotó la mirada de tanto mar como alojaste y tanta ola como te ahogó. Tocaste fondo. Y creíste que aquello era tu horizonte. Te dolió el amor. Y te creíste débil y te olvidaste de ti. Se hincaron los cardenales en tu alma como muescas de su navaja.







Lavando sus marcas te supiste sola.
Y también lloraste por ti, porque consiguió que te perdieras, que no te creyeras más que las hojas secas de su camino. Más que el polvo que se levantaba a su vuelta, en el anochecer de su vileza.
Pero tu lágrima, al tiempo que te enjugaba por dentro, secó tu corazón, consumió tu sangre, enflaqueció las fuerzas que te quedaban para sostener a tu niño.





Proferiste el grito de la estatua. Cantaste en silencio la melancolía de lo que pudo ser. Adivinamos tu mano en esa sombra.
Vives.
Aunque quisiste ser serpiente para escupirte veneno en el corazón.
Aunque quisiste habitar el cementerio que te habitaba.
Vives.
Creíste romperte para siempre.




Pero lo mejor de las lágrimas es que un día se acaban. Y a pesar de que aún no puedas notarlo, le han puesto contrafuertes a tu flaqueza. Y tus ríos del alma desembocan en el océano de todos, que te esperamos para volar contigo.






A esa mujer valiente, que va a huir de su infierno aunque sólo sienta el vacío. A esa mujer que somos todos cuando la asustan por las noches, cuando se traga el grito para que no despierte a su niño, a esa mujer que va a cruzar el umbral para sentir miedo sólo de su pasado. Y que sus lágrimas son más negras que la luna nueva, cuando promete resurgir.

(Teléfono contra el maltrato: 016 – no deja huella en el teléfono ni en la factura:
aún puedes volver a ser libre. “Nos duele a todos”)

Dos reconocimientos y medio

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Diariamente, y desde primera hora, se abren surcos en mi alma. Las zanjas que abren los distintos mundos recorren mi sombra, desde el meñique asustado hasta la excrecencia parietal tan denodada. Acribillan incisivas las espadas de la vida, me dejan a veces sin aliento, y las entrañas del alma se escapan adustas, y me vacían. Las fisuras que vienen de antiguo forman ya parte de mi alma pentagrama. Y es así como todos los días puede interpretarse fácilmente mi partitura. Las corcheas puntiformes, las semifusas que apenas me rozan, pero también las blancas redondas y sus sostenidos. Me alcanzará tu contrabajo erguido y sabrás mis melodías más oscuras. La carne lacerada sonará en clave de mi, en clave de tú, en clave de sí. Entonces yo, que te he esperado tanto, te reconoceré.


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Triangularás con mi pequeña resultada carantoña. Entregarás tus dones por sus arrumacos y ofrecerás impávido hasta tu sonrisa por su alegría. Gritarás a los dioses por sus favores, hasta entonces toscos. Entonces desandarás tu antigua piel piraña y tú, que tanto has desconfiado de sus dádivas y de sus respectivas esferas pegajosas, tú, que tanto dejaste de esperar, nos reconocerás.
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(Klee; Flor Garduño)

Dame tu mano sin temor a equivocarte

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Que cuando llegue tu mano, sea sin ningún temor. Temor de errar en el camino, de confundir miradas ajenas, temor de despertar más de lo que puedas soportar sintiéndote libre. Dame tu mano y no temas. Deja que el pájaro salvaje que somos cuando nos unimos no se enjaule en un nosotros pensado, que somos todavía tan de verdad. Porque habrá de batallar con la tradición, y con la huida de la tradición. Y lo sabemos: no hay raigambre que lo ate. Ni ruptura que lo libere. Permite sólo que vele tu sueño si duerme tu vida. Permite sólo que mi mirada se encienda cuando tu mano, en ágil arrebato, niegue por fin mis paseos de paloma herida…
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Que cuando llegue tu mano, sea en silencio. Que eche de sí las palabras que guarda. Las que nunca sirvieron. Que sea su entrega para recoger mis silencios. Porque nuestra torre de babel no habrá quién la aprese. Quién la fosilice en un diccionario. Quién corrija sus faltas grandes como revelaciones. Y sólo pueden entenderse las manos y sus epidermis contando secretos en confidencia aún recóndita. Tu verbo lo absorbo con mi entraña. Canta la voz ininteligible de mi último aliento, y tu caricia, sutil intérprete, compone arreglos, acompaña con una sucesión de lamentos lo que le faltó y ahora recibe. “Calla”, dice Cernuda. Y tu piel desabrigada lo dice mejor. Y mi piel descarnada lo dice más alto.
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Si tu mano llega a mí, vacía como un árbol seco junto al camino, venceré voces e hilos de marioneta para ser tu pájaro, de nuevo, a la sombra de tus ramas solitarias. Alteraré mi escucha de dioses y de madres protectoras, pervertiré todos los fríos que quieran cernirse sobre mí. Porque tu mano y yo sabemos que cuando cantamos a dos voces, cuando unimos los vacíos que nos dejaron, cuando nuestras cicatrices deciden traspasar sus retiros yermos y unirse… entonces… la eternidad nos asiste…
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… y persiste el abrazo, desprovisto de su destierro.
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Si llega tu mano, sin miedo, cargada de silencios, ofreciendo sombras para mis cicatrices de viejo pájaro, nada será “tan dulce como una habitación/ para dos, si es tuya y mía”. Y lo que fui, que es que “nunca pude escapar/ de sentirme tan encerrado/ ni de la sordidez de la vida,/ de la futilidad de todo” que dijo Ginsberg, será nada, y mi pasado de espera cenicienta sucumbirá ante el pasado oscuro de tu capa, y entonces todo cobrará de nuevo sentido.

"Los hombres un día sintieron frío.

Y quisieron compartirlo.

Entonces inventaron el amor."


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Días de piedra

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Hace un par de días pasé toda la noche soñando en ciencia ficción. Viajes imposibles me llevaron al futuro o a mundos extraterrestres. O a ambas cosas. Fue de lo más frenético. Pues bien, en esos mundos extraños sostengo que se me quedaron un trozo de mi entendimiento. No es una forma de hablar. A veces me pasa, pero estos días ha sido exagerado. A ratos, me reía yo sola pensando que el futuro se estaba valiendo de mi mente para… ¿mejorar la vida? Por lo cual, lógicamente, mi vida se quedaba sin mi mente.

En esos días sé cómo se sienten las piedras. El sopor mental. Ver pasar las cosas sin detenerse en absoluto. Entonces sé que hay una cierta inteligencia ahí dentro, pero no puedo acceder a ella. Como si un tul invisible se cerniera entre el tacto y la cosa tocada. Se intuyen las formas, pero no puedes acceder a nada.

No digo yo que fuera mala cosa sentirse piedra si se pudiera llevar una vida de piedra. Sentarse en cualquier lado. Vaciarse. Mirar sin ver. Existir apenas. Unirse al universo y permanecer con la razón a oscuras. Sólo sentir. Sostengo, pues, que dejarle prestada la mente al futuro y volverse piedra es un saludable ejercicio de meditación. No remite al zen o al mandala. Tampoco es volverse hacia dentro. Se parece más, no sé, a un ordenador que se queda colgado y no muere ni es infeliz. Es tener el mandala dentro y flotar como haría una piedra de poder. Es desposeerse de unos 15 gramos de los 21 que dicen que pesa el alma de las personas. El alma de las piedras, sostengo, pesa bastante menos; se ocupan muy poco de sí mismas, y como mucho quisieran rodar pendiente arriba para tener mejor vista. Pero, por lo general, una brizna de hierba es un gran mundo por explorar para una piedra, y retozar al sol, mientras observan el fresno crecer lentamente, es motivo de gran alegría. No hay mayor tortura para una piedra que tener que vivir amarrada a un cuello hueco. Y, a lo mejor no se entiende, pero ahí la piedra se siente turbada por la falta de seso. Y detesta que la lleven a fiestas, que la zarandeen con risas huecas. La piedra tiene un mal, terrible, atar.





Pero nuestra forma de vida le da poco espacio a las piedras. Da un cierto apuro, entre otras cosas porque no puedes mantener conversaciones y debes huir de todo contacto humano. No puedes leer, aunque puedes ampararte ante una fingida absorción ante las letras para detener cualquier indicio de encuentro. Si se tiene por costumbre coger el autobús a una hora determinada, hay que procurar coger el siguiente para no correr riesgos. Si se tiene por costumbre tomar el café en un bar, hay que modificar también esa costumbre. Incluso, si se persiste en el viejo hábito, esos días del todo inútil, de comprar el periódico, hay que tratar de pasar inadvertida. Hay que usar algo parecido a un disfraz. Lo mejor es echar mano de la discreción absoluta. Una vez conseguido, se procuran unas gafas de sol tamaño grande, pero sin excesos para no llamar la atención. Si se tiene el pelo largo, hay que cambiar el peinado o bien hacer los posibles para que ese día caiga por delante de la cara. Hay que evitar a toda costa ser reconocido. Hay que evitar que lo saquen a uno bruscamente de su estado pétreo. Por fortuna, con los medios disfraces casi todo el mundo duda de si uno es uno, y con tal de mirar hacia otro lado se salvan obstáculos, como saltitos de agua para un canto rodado.

Esos días suponen un inconveniente para las relaciones sociales, huelga decirlo. Los mails permanecen en sus respectivas bandejas sin responder. Los blogs amigos suponen una pequeña afrenta. Una quiere despegar para asistir a los regalos que le hacen con sus palabras, y es difícil. El propio blog queda a media luz… asistido por palabras ajenas, por iluminaciones impropias o textos venidos del pasado –que no del futuro, como los sueños-. Los comentarios no son comentados. Las piedras debieran inventarse un sofisticado lenguaje que sólo requiriera los monosílabos, con que dar las gracias, con que poder manifestar alegría por las voces que se detuvieron. Con que devolver una apenas señalada sonrisa, porque esas voces, esas visitas, esos amigos, las piedras lo saben bien, hacen que el universo entero sea mucho mejor.


* Desnudo de Antoni Pitxot
(padre de mi perdida amiga Carme).


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