Cobíjame hoy

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Habla Stalker (magistralmente, claro) de una película de Ackerman rodada casi en su totalidad desde detrás de los visillos de una ventana. Tel-Aviv aterra, y la tela protege, sobre todo desde dentro. Como las sábanas a un niño asustado de oscuridad. Pienso en esas mujeres que deben andar por el mundo con visillos en los ojos y que, sin remedio, los alejan del mundo. También las novias, no hace tanto, no podían mirar cara a cara a su vida hasta que no estaban ya casadas y no había marcha atrás. La liberación venía de su pertenencia a un hombre. Pienso también en cómo, en tantas ocasiones, usamos visillos unos y otros. A veces uso el humor. Sin él pareciera que la vida se hinca más fácilmente en las carnes y llaga cuanto contacta con el mundo. A veces mi visillo es andar cogida de la mano de mi Reina: erijo entonces una burbuja, puede que hecha de afectos, no sé, o de instinto de protección que también me cobija a mí. Y entonces la violencia del mundo no me alcanza. Sus prisas, su ignorar del prójimo, su indiferencia.

- Mamá, ese niño me ha empujado.
- Vaya, ¿te ha hecho daño?
- No, pero ¿por qué es tan malo?
- Los malos, preciosa, son siempre tontos, no dan para más. No son capaces de pensar en los demás…
- Aaaaah, ¡claro! –me mira con sus grandes ojos, anfitriones de todo lo próvido.

Cuando pasamos por su lado, miro al niño con clara hostilidad, fijando con fuerza mi mandíbula inferior sobre los premolares, preparada para gruñir como un lobo, para asustarlo con mi evidente superioridad de envergadura. “No toques a mi cachorro”, le digo con mi mirada inyectada de furia, “o no tendré compasión de ti”. Aprieto fuerte la mano de la Reina: se dulcifican mis ojos, se serena mi ánimo, olvido los malos niños ‘tontos’ y el mundo parece apaciguarse.

El mundo avanza a empujones. La ciudad apalea a sus habitantes y lo peor es que muchas veces perdemos de vista que es así. Bebita, mi Reina, agárrame fuerte la mano, ponme de nuevo el visillo de tu fuerza limpia, implacable, encantada: aunque a veces tan necia, a veces tan dolida y vulnerable, hoy quiero sobrevivir.


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27 comentarios:

Felipe dijo...

Tel-Aviv aterra, y la tela protege, sobre todo desde dentro

Asideros de consuelo para agarrarse
siempre,con niños malos o buenos,con velos o sin velos,con visillos enrejando rostros entumecidos.

Asirse porque solos se nos enfría el corazón y la palabra,y la lejanía nos configura como veredas angostas

Excelente post

Saludos

mariajesusparadela dijo...

Con la otra mano, si quieres, agárrate a mi, que yo no tengo miedo.

Juan Navarro dijo...

Sí, es verdad, nos solemos rodear de visillos para escondernos de nosotros mismos, porque sin visillos, desnudos ante el espejo, veríamos de qué nos tenemos que librar y hacia qué horizonte nos hemos de dirigir.
Y una precisión: los niños malos no son tontos, los malos, niños o adultos, no son tontos, conciben el mundo según otras reglas, otra escala de valores, otra ética. No son tontos, pueden ser, incluso, muy listos.
Un abrazo.

brancalúa dijo...

Que bonita entrada, he ido leyéndola cogidita de la mano de mi reina.
Muchos besitos

brancalúa dijo...

Añado preciosísima entrada, queda danzando en mi pensamiento.

Bel M. dijo...

Cuando mi hijo nació, por circunstancias que hora no vienen al caso, no pude verlo durante unos días. Su padre me contó cómo le había agarrado el dedo y cómo fue él quien se sintió protegido.
Sí, ellos nos protegen mucho mejor de lo que nosotros sabemos protegerlos a ellos.
Un abrazo.

m.eugènia creus-piqué dijo...

No sabes cuanto me ha gustado tu post Susana, lo encuentro precioso y muy real. Petonets.

Stalker dijo...

Impactante... Un abrazo tras descorrer los velos de mi propia visión desguarnecida...

PÁJARO DE CHINA dijo...

La ciudad es la selva y nuestros refugios elegidos, el bálsamo y el cicatrizante.

Es hermoso lo que escribiste. Delicado y hermoso.

Acá hay un iglú que te cobija, cuando lo necesites.

Un abrazo muy fuerte.

Eastriver dijo...

La ciudad no tiene culpa... son los otros. Queda tan demodé reivindicar a los existencialistas... pero de veras que lo pienso. Claro que tampoco ellos inventaron nada: homo homini lupus, ya sabes. De todas formas das en el clavo cuando señalas que todo radica en ese ejercicio empático. El problema es el sempiterno egoísmo humano. Sólo trascendiéndolo un poco, y siendo por tanto más generosos, podemos realmente llegar a ser felices. Estamos rodeados de gente amargada, incluso gente chiquita. Frente a ellos la sonrisa del que se sabe con fuerza. Petons, maquíssima, i més per la peque.

Liquem Nuc dijo...

Malditos tonos grises, aburridos y contagiosos, de la masa urbana. Esta ciudad me resulta más familiar...

Conchi dijo...

Bonita entrada, Susana. Me gusta cómo escribes y cómo planteas los temas. También me gustan tus toques de humor.
El contacto de la mano de un niño o una niña es lo más tierno que una puede sentir. A mí también me encantaba tener a mis hijos cogidos de la mano, no sólo por protegerlos sino porque me gustaba sentirlos unidos a mí.
Te mando un fuerte abrazo. Que tengas una feliz semana.
Conchi

Antonio dijo...

El visillo desvirtúa la visión de lo real, pero protegen de la mirada de los otros. Te sientes más seguro con visillos ante un mundo hostil e injusto que por un lado nos aterra y por otro nos da la ilusión del mañana.
Cogidos de la mano enfrentaremos el mañana sin miedos y cargados de esperanza. ¿Será posible?
Un beso, Susana

Jordi Pascual Morant dijo...

Sobrevive, Susana, sobrevive a la vida agarrada de su mano, que és la única que nos acompaña siempre. No la soltemos.

un petó gran!

Susana dijo...

Felipe, das en el clavo: "asideros de consuelo". Asideros que nos concilien con ese afuera que tanto nos ofende en ocasiones, que tanto malmete nuestro espíritu más claro.
"Asirse porque solos se nos enfría el corazón y la palabra,y la lejanía nos configura como veredas angostas". Fantástico: no puedo añadir nada más, salvo que gracias por completar lo que quería decir.

Un abrazo.

Susana dijo...

M. Jesús, me tendrás que perdonar: ya me aferraba fuerte con mi otra mano antes de que la ofrecieras. A esa mano que encuentra los vínculos invisibles con todo lo que vive, con nuestra parte árbol, animal o niño. Me aferro fuerte y tras ese visillo mágico el mundo se digiere mejor. Gracias por disponer de longitudes inacabables de tela para que los que nos acercamos a ti nos lamamos menos las heridas y trabajemos más por seguir tejiendo.

Un abrazo ya con los hilos en la mano.

Susana dijo...

Juan, esa "listura" sin ética, desde mi punto de vista, no es más que un tipo (el peor) de tontería, de necedad. Es no haber alcanzado el punto de humanidad suficiente como para pensar también en los que le rodean, en sentir lo que sienten. Una tontería mayúscula, vamos. Por más coeficiente intelectual que les diga una prueba que tienen.

Pero tienes razón en que esos "malos" son muy hábiles. Tanto que desde siempre que andan dominando el mundo.

También tienes razón en que los visillos no sólo nos protegen de lo malo de este mundo, sino (quizás incluso sobre todo) también de nosotros mismos. Porque habría entonces que no darnos más excusas, tomar decisiones claras, incómodas o difíciles, por ejemplo. Habría que avanzar hacia el lado en que creemos, y no en el que nos han hecho creer. Ciertamente complicado.

Gracias por dejarnos otro de tus interesantes comentarios.

Un abrazo.

Susana dijo...

Brancalúa, tu comentario también se quedó danzando en mi pensamiento (ahí permanece). Qué manera tan bonita de leerme! Me emociona imaginarte de su mano, sabiendo exactamente cómo yo la tomo a ella de mi mano. Una forma de mirar que ya para siempre nos vuelve a un tiempo vulnerables e indómitas. Y los niños (nuestras reinas), que tienen ese radar para percibir lo que sentimos... muy probablemente recibe de ti un visillo mientras lees, como mi reina lo hacía mientras escribía, por mi forma de sonreírle, de apartarle el cabello del rostro para besarla más ampliamente...

Gracias, de verdad...

Susana dijo...

Bel, qué delicioso comentario también el tuyo, desde la cercanía de uno de esos reyes de los visillos. Siempre digo que los hijos nos castigan con un millón de responsabilidades nuevas, con un perdernos a nosotros mismos. Pero hay que reconocer que cuando se tiene cerca uno de esos bichitos se experimenta una forma de sentir paz absolutamente nueva: cuando te cogen de la mano, cuando los ves dormir plácidamente... Esa fuerza que debe de alojarse en las entrañas es un misterio que nos hermana con los animales, o con los montes, o con los volcanes, o con qué sé yo que tenemos dentro y que se parece a la naturaleza y que nos trastoca tanto las prioridades.

Gracias por pasarte por aquí. Sé bienvenida a este Cajón que hacéis entre todos.

Un abrazo.

Susana dijo...

M. Eugènia, qué bien que te haya gustado. Claro, tú mejor que nadie, con esa personita nueva en tu vida, sabes cómo esta sensación es real y gigante.

Gracias por salpicar esta casita con tus relámpagos de afecto. Un abrazo.

Susana dijo...

Stalker, las gracias que te dedique a ti han de ser multiplicadas por un número que aún nadie haya inventado. Un número que ni mi admirado Pitágoras haya alcanzado a soñar siquiera. Enseñas, muestras, apuntas, inspiras, aguijoneas, sorprendes, golpeas... y tu Lost, encima, acompaña. Corres visillos que nos unen a una Fuente intestina.

Deja que sólo diga ese 'gracias', que contiene ovillos de aspirante a tejedora. Un abrazo sin palabras.

Susana dijo...

Mariel, amiga, tú sabes mejor que nadie de esos bálsamos que nos protegen, sólo siendo, existiendo, en un mundo sin conceptos ni verbo. Entregarse, aunque sólo sea viendo esa luz que atraviesa un tul de grandes afectos -y no su imitación- confiere nuevos tejidos. Ricos, cicatrizantes, sí, apacibles y cálidos en un paisaje gélido como un iglú. Serán ya millones las veces que me habré guarecido dentro... Y pienso permanecer, porque esos refugios no es que se recuerden, es que crean memoria. En los poros, quizás.

Gracias, Pájaro, por tus iglús, por tus trabajos, por tus tremendas alas... Un beso que no quiere pestañear por no perderte de vista.

Susana dijo...

Ramon, sabio EastRiver, la ciudad no tiene culpa, claro, la tienen las personas. Pero hay algo evidente: a mayor densidad de población, más nos ninguneamos, más ignoramos al prójimo... Todos hemos visto programas en que alguien simula un desmayo y en el centro de nuestras ciudades, las que hacemos entre todos, nadie se gira, con intentar no pisar a la víctima ya cumplimos, nadie se detiene a hablar, a saludar, nadie se preocupa; es la más terrible de las junglas. Eso se palpa, y a su vez nos hace ariscos, desconfiados y mezquinos. Tú lo has dicho: ese egoísmo humano tan deleznable. Por contra, la generosidad trabajada día a día, desde la sonrisa al panadero hasta el buenos días al conductor de autobús. La humanización del territorio. Eso, a grandes dosis, desearía darle a la peque, porque eso también es lo que ella da a manos llenas...

(Obvio decir que también tú, desde tu amistad que ofreces desde hace tantísimos años, con tu preocupación por los que tienes alrededor, entre los que tengo la fortuna de contarme, también tú, queridísimo Ramon, tejes sólidas cortinas que la hacen a una mucho más feliz, más humana y más verdadera. Conmigo, claro, pero también con esa peque que hace ya que te tiene por amigo... Y, créeme, ella en esas cosas no se equivoca nunca.)

Susana dijo...

Liquem: claro, esa ciudad nos es muy familiar para todos los urbanos... En alguna ocasión has destacado que me saliera un cierto tono bucólico urbano. Pero es porque tengo la suerte de vivir en uno de esos barrios-pueblo, que son cada vez menos y cada vez más presionados para que se 'normalicen'. Pero eso no quita que a poco que una se aleje del epicentro de ese mundo aparte, reciba con estruendo las bofetadas de esto que llamamos civilización. Con sus ventajas, claro, si no de qué. Pero con su tremenda agresividad que a mí cada día me afecta más. Porque nos es tan familiar, es preciso aferrarse a esas poquitas cosas que nos hacen el mundo vivible...

Un abrazo.

Susana dijo...

Conchi, de verdad, cómo me gusta leeros a las madres con idénticos testimonios. Es eso: tomarlos de la mano como un gesto que no es únicamente protección (o no lo es sólo hacia ellos). Cogerles la mano, abrazarlos, cobijarles... es una forma de entrar en sus mundos, rebosantes de cuanto carece ese otro mundo en el que nos movemos a diario y que tiene el aspecto de una lucha para avanzar hacia ningún sitio.

Gracias por tus halagos. Es un gran honor que alguien como tú diga esas cosas tan amables! Un fuerte abrazo.

Susana dijo...

Antonio, sí, seguro que es posible, con visillos que no nos afeen y no permitan que nos hostilicemos también. Que nos permitan seguir creyendo... En definitiva, con personas como tú, como vosotros, que llenáis este Cajón y compartís queja y reivindicáis para el mundo una mayor humanidad.

Hay que creer, porque si no... Vendría la condena a la adaptación, la falta de confianza en lo que podemos esperar (y, por tanto, la renuncia al pequeño esfuerzo del seguir dando), la abulia, el gris... Que seamos unos cuantos, en esta casita tan minúscula, a mí por lo menos me abre las esperanzas grandes como los ojos de mi reina.

Gracias por estar ahí, y por llenarnos de tu fuerza. Contagias: qué lujo!

Un abrazo.

Susana dijo...

Jordi, tienes razón: su mano, nuestras manos queridas, son las que nos hacen sobrevivir, las que nos hacen que no nos convirtamos en un adoquín más.

Tu mano me pinta de colores tantas veces... gracias por estar ahí, por tu pantone inacabable y por la firmeza de tu entrega.

Un beso gigante.