Rarezas VIII: Rosa Passos

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Rosa canta suave. Canta terciopelo. La oigo y parece como si me colara dentro de una voz que no escatima, pero tampoco entrega. Está y yo me asomo. Casi es como si me colara. La imagino con los ojos cerrados, vencida ante la estructura última de la música. El esqueleto de la música postrado ante su garganta menuda cantando por dentro. Rosa canta despojada. Y el misterio que tiene el aire cuando atraviesa sus cuerdas tiene tacto de caricia. Encuentra cicatrices que regeneraron por completo los tejidos y se renovaron desde un dolor antiguo. Proclamo que por amor.




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Mal de Montano. La literatura como vida y su muerte

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El narrador de El mal de Montano “habla en libro”. Vive en función de sus recuerdos literarios y piensa según pensaron los que leyó. Probablemente por esta incapacidad de alcanzar del todo la vida, de hincarle el diente a realidad vivida sin el sustrato de lo leído, su otra obsesión acaba siendo la presencia de la muerte. La muerte leída, vivida según Hamlet, Kafka o Baudelaire; pero muerte. Es entonces cuando alguien le sugiere que una ambas obsesiones y las concentre en una sola inquietud, “en una preocupación distinta y de hondo calado humanista. La muerte de la literatura”.


Tongoy, como si estuviera leyéndome el pensamiento, viéndome mirar tan obsesivamente al horizonte, me dijo: “Como al sol, a la muerte de la literatura no se la puede mirar fijo.” Más que un actor de Fellini, Tongoy me pareció en ese momento un doctor especializado en el mal de Montano, pues me pareció −me parece− que no había sido nada mala la idea de que dejara yo de preocuparme de amortiguar la influencia de lo literario en mi vida y le prestara mayor atención a la amenaza evidente que se cierne sobre la literatura en el mundo actual.

Justo en ese momento sucedió algo para mí muy importante. No sé cómo fue que me vino a la memoria una frase de Nietzche he leído de mil maneras diferentes, depende siempre del sentido que en su momento quiera darle. Para mí es una frase que utilizo como comodín para todo: “Algún día mi nombre evocará el recuerdo de algo terrible, de una crisis como nunca hubo otra en la tierra.”

(…)

Porque aquel monomotor que pilotaba Margot, como cualquier otro avión, volaba gracias a una serie muy extraña de equilibrios y fuerzas y tenía algo de metáfora de la creación literaria. Después de todo, quien escribe con sentido del riesgo anda sobre un hilo y además de andar sobre él tiene que tejerse un hilo propio bajo sus pies. Todo esto pensé allí arriba y también me dije que de la misma forma que cada vuelo lleva consigo la posibilidad de la caída, cada libro debería contener en sí la posibilidad del fracaso. Me dije esto y poco después, observando con detenimiento a Margot manejando los mandos con virtuosismo, se me ocurrió preguntarme qué será de nosotros cuando, al fracasar el humanismo del que ya sólo somos funámbulos desequilibrados de su rota y antigua cuerda, desaparezca la literatura.

Enrique Vila-Matas. El mal de Montano. Anagrama.

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Ese amor de madre o dónde escondo yo 'esto'



He tardado unos cuatro años en comprar un mueble para lo que fue mi flamante recibidor. Todos los muebles eran demasiado caros, o demasiado sofisticados, o demasiado feos, etc. Pero un día, hace poquito, adquirí finalmente el mueble, más dos espejos de la misma madera que, una vez en una armonía asimétrica de esas peculiares mías −que creo haber descubierto que se basa en el número phi, pero eso ya es arena de otro costal−, queda monísimo. La pared ya había quedado decorada previamente con tonos melocotón, en aguas, con trazos granates, lo que satisfacía completamente mi incapacidad para tomar decisiones del tipo “¿de qué color lo pongo?”.

Vista la facilidad que tiene mi casa para autorrellenarse, compré apenas tres complementos, muy sencillos, para decorar el mueble. Cuando la mesilla auxiliar del comedor se ha convertido inadvertidamente en una parada de mercadillo, y la estantería acumula toda clase de mini-cosas en los huecos que dejan los libros cortos, ver un mueble al que se le distingue la madera es un verdadero placer. Hay quien le llama minimalismo. Yo sólo le llamo sosiego. Podría pasar tantas horas observando mi despejadísimo recibidor como ante el mar solitario. Para que se me entienda.

Pues bien, mi madre vuelve de una escapada de unos días en Santa Susana (va mucho, pero yo hago como que no me doy por enterada de la indirecta), orgullosa porque por fin ha encontrado el regalo perfecto (parece que en Santa Susana no abundan los regalos perfectos, aunque yo estoy segura de que podría hacerle una lista mucho mejor que la suya). Le parecería muy desangelado mi recibidor y ha decidido, efectivamente, traer dos bonitos motivos para ayudar a decorarlo.

Desde que murió mi tía, la que no tuvo hijos y, para el caso, andaba como medio soltera, pensaba que podía dar por finalizada mi etapa de decoración kitsch. En esa etapa hubo objetos gloriosos, dignos de coleccionista. Por ejemplo, un delicioso perro pequinés de porcelana finísima y con pedrigrí (digo yo que debe de ser pedigrí haber comprado en los bazares de los chinos un pequinés como aquél), que respondía al nombre de “perrita Pepita”. O bien aquel delicioso cestito rosa con puntillas (también rosa, a lo helado de fresa) que albergaba dos tiernos patitos (sí, no hay espacio para la imaginación: también rosas). O qué decir de la figura estrella: una versión hawaiana de la flamenca de toda la vida, la que adorna las teles de medio país; mi hawaiana, personaje culto donde los haya, había aprendido música y lenguas, así que si le apretabas un recóndito botón bajo sus faldas caminaba moviendo la cadera al son de “I’m a Barbie girl” con voz de niña del Exorcista. Por si todo ello fuera poco, la muñequita era un canto toda ella a las minusvalías, puesto que con tanto trote se le debió saltar la pintura de uno de los ojos, así que verla bailar daba algo entre escalofríos y ataques de risa. Me parece recordar que la tuve hasta de cara a la pared durante un tiempo. Sólo durante un tiempo, porque todos esos objetos tenían como destino romperse unos tras otros, accidentalmente, camino al contenedor…

Pues bien, ha vuelto a mí la decoración de los horrores. Me salvé con cierta dignidad de colocar los recuerdos (¡vaya si los recordaré!) de Santa Susana en mi despejado recibidor. Una familia de simpáticos delfines verdosos, aunque con cara de gorriones. Una base de algo entre rocas y algas, con formas curvas e inverosímiles… Y también algo de un aspecto que hasta que no lo has mirado fijamente no sabes si es un monedero o un jarroncito pequeño. Abundan los dorados. Los brillantes. Pero todo ello se compensa con un trozo de esparto cosido en los bordes. Vale que no es la hawaiana. Pero hay que buscarle con urgencia algún rincón, muy alejado del recibidor, y poco ofensivo para mamá.

Así que lo mejor es tomárselo con humor y dedicarle una estantería. Donde esos objetos convivan entre sí hasta que les llegue el momento de accidentarse camino del contenedor.






P.D. ¿Cómo? ¿Que esto no iba a tener su parte buena? ¿En qué otro momento me iba a alegrar yo de no disponer de jardín, sino cuando me lo imagino bien poblado de enanitos? Qué bueno es a veces seguir siendo pobre...

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La sociedad ha hablado y ha dicho ¡NO!

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No aguanto las corridas de toros. Me parecen intolerables a estas alturas. No me vale ninguna de las excusas habituales. Por mí, se pueden morir todas las tradiciones que incluyan formas de tortura. Por mí, se pueden extinguir todas las especies de animales que se mantienen para ser torturadas. Y los que dicen que los toros no sufren deberían ser obligados, como mínimo, a leer tratados de fisiología animal.

En Catalunya, para que se contemple una Iniciativa Legislativa Popular (ILP) se necesitan 50.000 firmas. La plataforma Prou! ha recogido en pocos meses 180.000 para que haya una modificación de la Ley de Protección de Animales catalana, en la que se añada la prohibición de las corridas de toros y de “los espectáculos de toros que incluyan la muerte del animal y la aplicación de las suertes de la pica, las banderillas y el estoque” en el territorio.

Ahora queda en manos de los parlamentarios, que con sus votos decidirán si prospera o no la ILP. De la derecha de pasado franquista ya se sabe que va a votar en contra. Los grupos de izquierda más avanzados se sabe que van a votar a favor. Todo queda en manos del resto de los partidos, que van a dar libertad de voto a sus parlamentarios. Falta por ver si deciden seguir la voluntad de la sociedad catalana.

La verdad, espero que sí y que, por fin, queden prohibidas las corridas de toros por aquí.

Leyes sin sentido o la presión de la SGAE

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Me han hecho llegar un mail con el contenido que reproduzco a continuación. Creo que vale la pena difundirlo. Ya he dicho antes lo que opino de la Sociedad General de Autores (SGAE). Aquí va una muestra de parte de sus victorias.


SEÑORES LETRADOS, ¿ME PUEDEN ACLARAR ESTOS DATOS?

1. SUPUESTO

a) PEPE se descarga una canción de Internet.

b) PEPE decide que prefiere el disco original y va a El Corte Inglés a hurtarlo. Una vez allí, y para no dar dos viajes, opta por llevarse toda una discografía. La suma de lo hurtado no supera los 400 euros.

ACLARACIÓN: La descarga de la canción sería un delito con pena de 6 meses a dos años. El hurto de la discografía en El Corte Inglés ni siquiera sería un delito, sino una simple falta (art. 623.1 del Código Penal).


2. SUPUESTO

a) CARMENse descarga una canción de Internet.

b) CARMENva a hurtar a El Corte Inglés y, como se la va la mano, se lleva cincuenta compactos, por valor global de 1.000 euros.

ACLARACIÓN: Seguiría siendo más grave la descarga de Internet. El hurto sería un delito, porque supera los 400 euros, pero sería de menor pena que la descarga (art. 234 del Código Penal).


3. SUPUESTO

a) JOAQUÍN, en el pleno uso de sus facultades mentales, se descarga una canción de Malena Gracia.

b) JOAQUIN en un descuido de Malena Gracia, se lleva su coche y lo devuelve 40 horas después.

ACLARACIÓN: Sería mas grave la descarga. El hurto de uso de vehículo tiene menos pena, a tenor del articulo 244.1 del Código Penal.


4. SUPUESTO

a) Ocho personas se intercambian copias de su música favorita.

b) Ocho personas participan en una riña tumultuosa utilizando medios o instrumentos que pueden poner en peligro sus vidas o su integridad física.

ACLARACIÓN: Es menos grave participar en una pelea que participar en el intercambio de compactos. Participar en una riña tumultuosa tiene una pena de tres meses a un año (art. 154 del Código Penal) y el intercambio tendría una pena de 6 meses a 2 años (art. 270 del Código Penal). Si algún día te ves obligado a elegir entre participar en un intercambio de copias de CDs o participar en una pelea masiva, escoge siempre la segunda opción, que es obviamente menos reprobable.


5. SUPUESTO

a) JUANcopia la última película de su director favorito de un DVD que le presta su secretaria Susana.

b) JUAN,aprovechando su superioridad jerárquica en el trabajo, acosa sexualmente a su secretaria Susana.

ACLARACIÓN: El acoso sexual tendría menos pena según el artículo 184.2 del Código Penal.


6. SUPUESTO

a) MÓNICA Y CRISTINA van a un colegio y distribuyen entre los alumnos de preescolar copias de películas educativas de dibujos animados protegidas por copyright y sin autorización de los autores.

b) MÓNICA Y CRISTINAvan a un colegio y distribuyen entre los alumnos de preescolar películas pornográficas protagonizadas y creadas por la pareja.

ACLARACIÓN: La acción menos grave es la de distribuir material pornográfico a menores según el articulo 186 del Código Penal. La distribución de copias de material con copyright sería un delito al existir un lucro consistente en el ahorro conseguido por eludir el pago de los originales cuyas copias han sido objeto de distribución.


7. SUPUESTO

a) NACHO, que es un bromista, le copia a su amigo el último disco de Andy y Lucas, diciéndole que es el 'Kill'em All' de Metallica.

b) NACHO, que es un bromista, deja una jeringuilla infectada de SIDA en un parque público.

ACLARACIÓN: La segunda broma sería menos grave, a tenor del artículo 630 del Código Penal.


8. SUPUESTO

a) ANTONIO fotocopia una página de un libro.

b) ANTONIO le da un par de puñetazos a su amigo por recomendarle ir a ver la película ' La Jungla 4.0'.

ACLARACIÓN: La acción más grave desde un punto de vista penal sería la 'a', puesto que la reproducción, incluso parcial, seria un delito con pena de 6 meses a dos años de prisión y multa de 12 a 24 meses. Los puñetazos, si no precisaron una asistencia médica o quirúrgica, serían tan solo una falta en virtud de lo dispuesto en el artículo 617 en relación con el 147 del Código Penal.


Así que, ya sabéis: pegad, violad, acosad, robad, pero no uséis el emule!


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Flashes

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- Las noticias llegan desde Honduras con cuentagotas confusos. Aún no se sabe si apuntaron con algún instrumento infame -de matar, pero también de arrebatarle al pueblo lo que es del todo suyo porque así lo quiso- al presidente electo o simplemente falsificaron su nota de renuncia. Por fortuna, aunque tuvo la osadía de querer preguntarle al pueblo que le eligió si le parecía bien una consulta sobre la constitución, preservó la vida (por los pelos, parece). ¿Habrá alguien que crea aún que los ejércitos nos protegen de algo? Honduras, querido espejo, estamos de tu lado…

- El Vaticano admite, por fin, que son culpables de pederastia aproximadamenteun 4% de los sacerdotes. Aunque eso nos arroja una cifra de escándalo (aproximadamente, unos 20.000 pedófilos de cruz en el pecho repartidos por el mundo), nos quedan mil preguntas en el aire. Por ejemplo, de cuántos de esos cerdos innombrables han tenido noticia en las altas esferas; a cuántos de ellos han sometido a las leyes; cómo han llegado a esa conclusión, porque siendo el organismo más corporativista nunca visto, cabe sospechar que el porcentaje no será exactamente real, y mediante una encuesta no creo que se haya llegado a esa conclusión. La parte buena, que la hay, es tener la esperanza de que el Vaticano no quiera seguir callando…

- Estamos en época de rúas de gays y lesbianas. Aunque queda mucho camino por hacer, es una magnífica cosa que cada día sean más festivas y tengan menos motivo para ser reivindicativas. La rúa, y cuantos respetamos sus opciones, andamos por buen camino. Y, de paso, las rúas le sirven en bandeja un buen sofoco a la reina. ¿Qué más se puede pedir?
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Dos reconocimientos y medio

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Diariamente, y desde primera hora, se abren surcos en mi alma. Las zanjas que abren los distintos mundos recorren mi sombra, desde el meñique asustado hasta la excrecencia parietal tan denodada. Acribillan incisivas las espadas de la vida, me dejan a veces sin aliento, y las entrañas del alma se escapan adustas, y me vacían. Las fisuras que vienen de antiguo forman ya parte de mi alma pentagrama. Y es así como todos los días puede interpretarse fácilmente mi partitura. Las corcheas puntiformes, las semifusas que apenas me rozan, pero también las blancas redondas y sus sostenidos. Me alcanzará tu contrabajo erguido y sabrás mis melodías más oscuras. La carne lacerada sonará en clave de mi, en clave de tú, en clave de sí. Entonces yo, que te he esperado tanto, te reconoceré.


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Triangularás con mi pequeña resultada carantoña. Entregarás tus dones por sus arrumacos y ofrecerás impávido hasta tu sonrisa por su alegría. Gritarás a los dioses por sus favores, hasta entonces toscos. Entonces desandarás tu antigua piel piraña y tú, que tanto has desconfiado de sus dádivas y de sus respectivas esferas pegajosas, tú, que tanto dejaste de esperar, nos reconocerás.
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(Klee; Flor Garduño)

Domingo 'tranquilo'

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Domingo. Cuando abro los ojos, a horas intempestivas, ya intuyo que mi fantasía de pasar un domingo relajado, sin más tareas que las de hacer un vermut o similares, se iba a ir al traste. Tenía pensado contestar algunos mails, responder algunas llamadas, y poco más. Vida tranquila de domingo tranquilo.

Después de hacer unas mínimas labores de intendencia, abro la web de mi diario favorito, y me dispongo a tomar un segundo café, en situación de paz. El ruido atronador me distrae: a la reina se le había caído el bote nuevo de mayonesa en unos ciento cincuenta mil pedacitos. Quería gritar. Pero en lugar de eso, of course, me puse por la labor de ir recogiendo delicadamente cristalitos y una pasta que, una vez mezclada con el polvo de los rincones más insólitos del suelo de la cocina, era de un descorazonador gris perla. Todo eso a buena velocidad, porque para eso hay un rey de la casa, el perro, que merodea siempre cerca de cuanto se cae en esta casa, particularmente cuando es en la cocina o en la mesa del comedor. Con la lengua fuera y mirando con deseo la mezcla infecta, la reina no podría retenerlo por mucho tiempo. Una vez he dado por finalizada esa tarea (lo que no quiere decir que lo estuviera, porque a esas alturas del domingo no tenía ni la más mínima intención de escudriñar por aquellos rincones que la mayonesa había descubierto), me vuelvo a sentar. El café frío. Las noticias tibias. No importa, ooommmmm. Pero en lugar de eso: Piiip piiip. Cielos, visita de mamá. No me da tiempo (ni muchas ganas) de reaccionar, porque el estado de la casa y de mi camisón la iban a alarmar, no la conoceré yo… Finalmente, todo ha quedado en una suave mirada al cielo con suspiro incluido, y un repaso a la indumentaria: “Nena, ¿qué haces aún sin vestir?”. Me he contenido. Estoy hecha una campeona. Al final aprenderé.

Hora de la comida: la reina no quiere la mitad de las cosas previstas. Ommmm. “Es que sin mayonesa no me gusta”. Re-ooommmm. Hora de mi siesta. Todo el que me conoce sabe que me es imprescindible, y más después de un día que va pintando al revés de cómo lo había previsto. Como ya he comentado alguna vez, necesito un buen rato de tele para irme relajando hasta conciliar el sueño. Pero la reina tiene sus propias opiniones sobre la peli que nos ha tocado hoy: “Qué tonto es este tío. Aaaay, perdonaaaa”. Sobresalto y vuelta a empezar. Algo que la reina llama música suena estridentemente: un mensaje para ella. “Puedo quedar un rato, ¿verdad?”. Ommmgggrrrrr. He decidido sabiamente dejar la siesta para cuando se hubieran ido reina y perro. Es entonces cuando le echo una ojeada al mail: mi amiga M, que si estaba enfadada con ella, que no le había contestado al mensaje. Uf, caigo en la cuenta que hace horas que no miro el móvil: dos llamadas perdidas de dos buenos amigos. Otro mail que querría contestar. Le digo a M que no, enfadada con ella no, más bien con la vida, pero que todo bien porque Ommmmm. Por fin, sí, por fin duermo.

Despierto sobresaltada cuando el perro vuelve de su salida, y considera una prioridad saltarme encima para saludarme. Se empeña en jugar conmigo, para lo cual me ladra repetidamente moviendo la cola, me insinúa que me quiere arrancar el brazo, saca dos veces el mismo libro de la estantería, vete tú a saber buscando qué cachivache (si es o fue una cosa viva, prefiero no saberlo). Le hago un par de lanzamientos de bolitas por el pasillo, pero le parecen poca cosa, y vuelve saltando sobre el sofá, revolcándose sobre mi barriga y con esa cara de sonrisa que hace cuando tiene calor y te mira fijamente. “Que no quiero jugar. Que aún no estoy del todo despierta”. Le importa un pimiento. Eso sí, con tanto movimiento, quién lo iba a decir, ha sacado un bonito estropicio de su estómago. Una parte ha ido a parar sobre un bolso de la princesa. A vueltas con la limpieza. Ommmmm. Los chorretones de sudor (el calor de hoy... qué asfixia) cuando ha quedado todo limpio ya eran como el Niágara. Por suerte, no había delante ninguno de aquellos listos que en esas ocasiones te hacen saber lo que te está pasando “Estás sudando”, pues vaya, has tenido que estudiar muchos años para darte cuenta, ¿verdad? Sí, yo estoy sudando, y tu te estás herniando las meninges de tanto pensar, so gili.

Pero mientras estoy recogiendo esa gran compañera de hoy, la fregona, me fijo y le hago saber a la reina que cuatro bolsos a su alrededor son un exceso y que debe guardarlos. Y es entonces cuando me suelta: “Te has puesto de mal humor porque tienes la regla, ¿verdad?”. ¿Eeiinnnn???? Me pregunto de dónde habrá sacado algo así. Es más, me pregunto si incluso no puede tener algo de razón, y esto de hoy es mi normalidad. Finalmente, me pregunto si no es un clásico del machismo para cuando las mujeres ponemos un límite a las cosas, que ella habrá oído por ahí, y que ya ha aprendido a utilizar con sus mismas fórmulas. Que es lo que tienen, que se van filtrando y al final nadie las distingue. De una forma o de otra, Ommmm.

Y así ha sido cómo esta semana me han arrebatado el domingo. Aquí me gustaría a mí ver batallando a los monjes tibetanos. Con regla o sin ella, que todo eso que salen ganando. Si alguien sabe de un monasterio budista por aquí cerca, que avise.



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Gabbeh

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Si yo tejiera una gabbeh, como lo hacen los nómadas Qashqa'i, y pudiera entrelazar los colores para contar mi historia y la de mi familia, esta vez hubiera compuesto un vestido blanco. Mínimo. A través de los bordados se transparentarían las caras sonrientes de Pedro y María. De todos los Pedros y sobre todo de todas las Marías. El sueño de Manuel. La sorpresa de Èlia.

Si, además, pudiera hacer magia como el viejo profesor, cogería un personaje oscuro de gabbeh, y le haría una mirada con iluminación intermitente. No para dejar pasar, como la de los automóviles, porque pensaba permanecer en el mismo sitio, durante siglos. Ese personaje tendría a un tiempo la conciencia de estar unida como pocas veces a su entorno, y la de estar sola como nunca.

Si pudiera tejer una gabbeh, hubiera hecho y deshecho varias veces algunos personajes. Que siento y aproximo, o creo distanciar. En ocasiones con entrega de entraña. A veces, creo, la propia entraña, de tamaño desbocado, taparía la vista. Del personaje yo hacia afuera, para así dejar de ver. A veces, del afuera hacia el personaje, para que no desvalijaran la soledad de cuanto podía sentir.

. . . . . . . Y el forastero que construye paisajes tras de sí, que arrastra colores con los que alguien construirá magia en algún lugar, no me alcanza.
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Michael Jackson, ¡no te conviertas en dios!

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Nunca me gustó Michael Jackson. Y me gustaba aún menos a medida que iba empalideciendo. Pero en los últimos tiempos, ya me daba hasta miedo verlo. No diré nada nuevo: el sombrero ajustado le tapaba medio rostro, su mascarilla casi el otro medio. Las gafas de sol, los guantes… Sus rasgos estaban a medio camino entre el plástico y la calavera. Siempre parecía una figura de cera de sí mismo. Michael se escondía del mundo. Así que se creó uno propio, a su medida. Su Disneylandia privada era refugio de niños. Nunca sabremos si era por tenerlos como compañeros de la infancia que jamás tuvo o por algo más. En todo caso, parece que Michael fue una víctima. Demostró en sus carnes que la cirugía estética podía arreglarte algo más que la nariz o las arrugas. Para su desgracia, demostró que no se podía ser una star system en la primera infancia y salir indemne.

Sé que no será lo políticamente correcto, pero creo de veras que ahora viene lo peor. Después de una muerte anticipada, los que ya lo endiosaban antes no sé qué harán. En otra circunstancia similar, me tocaba terriblemente las narices oír hablar hasta la náusea de lo buena que era Diana de Gales, y lo “princesa del pueblo” y blablabla. Quería salir en los telediarios y decir “queridos todos, no hay princesas del pueblo; ella se lo pasaba todo lo bien que podía con el dinero que le adjudicaba el pueblo de Inglaterra. Y por eso cenaba en el Hotel Ritz de París un día cualquiera mientras que ustedes y yo, con suerte, acabaremos en el restaurante chino. Fue un día a ver enfermitos en la India, sí, pero eso no la convierte en modelo de benevolencia y generosidad. No me extrañaría en absoluto que detrás hubiera un asesor de imagen.” Pues ahora tres cuartos de lo mismo: nunca lo he considerado un genio, ni un dios ni un extraterrestre. Un pobre chalado multimillonario que se construía un mundo a medida y que tenía buen sentido del ritmo.

Detestaba su mundo negro, su alma de negro. Posiblemente porque pocos negros hay multimillonarios, y temería que el establishment blanco le pasara factura. Supongo que se contemplaba orgulloso cuando se borró las marcas que le recordaban cada día que era negro. Y cuando ya tenía el pelo más liso posible, la nariz más respingona concebible, y la piel más blanca que un albino, aunque muchos lo viéramos como una caricatura sin sentido, él se veía a sí mismo como el dios que siempre quiso ser.


Por mi parte, espero que no haya demasiada gente que lo considere modelo de nada.

De casta le viene al galgo

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Una situación que todos hemos vivido o, al menos, hemos imaginado vivir en aquellas ocasiones en que el reloj se nos echa encima: llegamos tarde a tomar un tren, un avión… Dos individuos.

A) Este individuo se sube por las paredes del recibidor de su casa mientras espera el taxi que no llega. Ya en el camino de la estación (/aeropuerto), comprueba que la excusa del taxista acerca de la infernal circulación era cierta. El individuo A sale corriendo del taxi, con el billete de tren (/avión) en la boca, un maletón que pesa una tonelada en una mano, una bolsa de mano en la otra y un ritmo frenético en la zona precordial. Los indicadores luminosos confirman lo que se temía, pero aun así alcanza el andén (/zona de embarque) y ve la temida cinta roja barrando el paso. Un guarda de seguridad niega con la cabeza. El individuo A iza la bolsa de mano para simular incredulidad frente al reloj, pero vuelve a bajar bolsa, mano, reloj y ánimo. Se dice “Estas cosas siempre han de pasarme a mí” y blablabla. Consigue encontrar el teléfono móvil y se desahoga con A2, antes de enterarse de cuándo puede intentar viajar de nuevo. Cuando deja el billete mordisqueado en la papelera, cree ver en él el símbolo de su vida.

B) Este individuo le grita al taxista por haberlo metido en una vía tan usada por “todos”. Se acuerda escatológicamente del árbol genealógico del conductor. Ya en la estación, el gesto despectivo del individuo B al pagarle le hace pensar al taxista que quizás debió seguir su instinto de haberlo abandonado a mitad del camino. El individuo B camina deprisa hacia el andén. Su corazón late a ritmo marcial. Ve la banda roja y la aparta de un manotazo. Arrolla a varios vigilantes. Le grita al tren, que ha empezado ya su marcha. Se salta todas las normas de seguridad y baja a la vía para tratar de darle alcance. Los guardas intentan retenerlo ante la evidente peligrosidad. Todos acaban mal parados; en especial, una mujer, de origen sudamericano, a la que el individuo B agrede, lanza al suelo y le grita sandeces xenófobas. La mujer acaba en el hospital.


¿Cuál es la diferencia entre los dos individuos? El señor A es cualquiera de nosotros. El señor B es producto de un genoma perverso y de una educación que le enseñó que el mundo debía postrarse a sus pies, bajo penas que van desde la hospitalización hasta… El individuo B mantiene el nombre Francisco de su abuelo. El apellido, el mismo: Franco.



El tren: aunque parezca salido del pasado, es el moderno AVE en la estación de Zaragoza. Su habilidad, retratar los individuos de clase B. Confiemos que la justicia cumpla ahora con su parte, y pueda increpar únicamente a los trabajores de prisiones durante una buena temporada. El único redil razonable para los individuos B que tienen por costumbre ensuciarnos el mundo.


Un san juan para Adelita

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San juan es el día del alter ego de mi madre. Por aquello del nombre de los familiares muertos, en su día mi abuelo la inscribió con el nombre de Juana, con gran decepción de sus hermanas, bastante mayores, que decidieron llamarla Adela, como acompañante a veces (parroquia de un registro microscópico de la montaña granadina) o protagonista casi siempre. Desde que le empezó a hacer poca gracia celebrar su cumpleaños, que venimos celebrando su “otro” día. No sé si fue en previsión de que se la fueran a olvidar, o si santa adela le pareció un día sin la menor gracia. Pero decidió que su día iba a ser el de san juan.

En eso hay que decir que no he tenido mucha suerte, porque mi padre se llamaba Manuel, así que su onomástica se celebraba el día 1 de enero. Dos celebraciones, y ambas en un día típico de resaca y pensado para hacer poco más que nada todo el día. Quizás es por eso que les tengo una cierta manía a los santos. Por eso o porque los Papas de la historia se han empecinado en premiar con la orla dorada a muchos matones del pasado.

El caso es que san juan me llega como muy ajeno. Sólo Hacienda y los curas la llaman Juana. Y a Manuel, hijo mayor de Miguel, hijo a su vez de Carmelita la Ramos, nadie más que la Administración le llamaba así; los demás, todos decían de él que era Miguel, por “hijo de Miguel”. A mi tía, la mayor de las mujeres, la llamaban Ramitos. Tan lindo y tan fuerte, que no sospeché hasta hace relativamente poco que lo de mi madrina no era un nombre.

Si nunca hubieran huido ellos de allí, y de la hambruna con que les contestaba la tierra trabajada a cachos y medios demasiado pequeños, los animales ajenos guardados, la postura distante sobre los terratenientes, si no hubiera sido por eso, igual hoy llevaría algún nombre supuestamente santo de la historia común, o se me llamaría la de la ramitos. La pequeña de las ramos. La niña del miguel que nunca fue miguel. La chica de la falsa juana.

Y viviendo en un cortijo, el Bajo Holgado “grande”, cerca de Montefrío, donde sólo la abuela Ascensión sabía leer, y los demás la rodeaban a la lumbre del fuego para oírla, no hubiera tenido derecho a estudiar en la capital porque, como adela, el niño no pudo estudiar, así que ella menos aún. Adelita, salida de aquellos lares, y acompañada por el falso miguel y la abuela Ascensión, que nunca supieron verlo realmente útil, y por dos niños demandantes, acudió a una escuela para adultos del barrio para sacarse el graduado escolar. Allí conoció a Machado, que cantaba a campos como el suyo; a Alberti, que tomaba su voz. Y, por primera vez, tomó el lápiz para escribir sobre sí misma. Se peleó con octosílabos para que se ajustaran a su grito, o a endecasílabos consonantes para que cantaran su olvido. Y allí, Adelita, la pequeña del cortijo, se hizo más suya, más propia.

Y por eso, año tras año, aunque en realidad no le pertenezca, aunque durante siglos me haya costado un infierno salir del aturdimiento post-verbena, sigo celebrando el día del “alter ego” de Adela. Porque, al fin y al cabo, qué mejor día para celebrar que el que uno elige.
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Sant Joan en Saint Jean

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Ya está aquí. Se presentía desde hace tiempo en este lado del mundo. En esta ocasión parece que se ha adelantado. Creo que es la primera vez que no me deja dormir antes de llegar… Visitante que recibo con desgana: el verano.


El verano me da mucha pereza. Me gustan sus terrazas a deshoras, su jolgorio amable, sentir el fresco cuando anochece en el parque. Pero me fastidia terriblemente ese sudor sucio que enturbia las esperas del autobús a pleno sol, que los transportes públicos huelan mucho peor, que nunca sepamos qué grado de invierno nos espera al entrar en un cine y, sobre todo, aquellas noches en que el calor le ha puesto pegamento a las sábanas, la almohada se ha vuelto en un brasero (por ambas caras) y no hay manera de dormir. Me molestan mucho en esas noches los más mínimos roces ajenos, y que acaben por convertirse en una carrera de obstáculos en la que se evita cuidadosamente la piel querida. No se puede estar enamorado en verano, porque el cuerpo se vuelve esquizofrénico, y quiere y desea cosas opuestas. Grita y clama por cosas incompatibles. También me molesta que llegue el verano cuando aún no tengo en absoluto resuelto qué hacer durante las vacaciones. Detesto las subidas de mi barrio cuando el sol le pica de frente al asfalto y lo vuelve líquido. Y también, cómo no, me molesta que se dé (o no se dé) por completamente iniciado tras la fiesta más ruidosa del mundo: la verbena de San Juan.



Hace unos años se hacían hogueras muy cerca de casa, y había algo de aliciente en aquél dejarse hipnotizar por el fuego y por la quema de todo lo viejo. Pero en los últimos años ya sólo queda de fuego el vago recuerdo que brama en la pólvora de los petardos, cada vez más sonoros y menos visuales, más incomodantes y menos bellos. Es la guerra. O el fin del mundo. Los bebés se asustan. Los animales todos lo pasan fatal. Y el instinto animal de los demás, niños y adultos, está convulsionado. Lo demás ya lo sabemos todos por la referencia de fin de año. Seis meses después, hay que pasarlo igualmente bien, ir a una fiesta o –¡mucho peor!− organizar una, gastar, luchar con la vida por un taxi, y trasnochar como nunca.

Pues bien, yo hace siglos ya que me declaré en huelga de verbena caída. Si hace años, con mi queridísimo amigo Ramon nos inventamos el AFA (anti-fin-de-año), hay que reivindicar la VAV (velada-anti-verbena) o similares. Pasa que no sé qué tiene que excluirse de las convenciones es genial, pero hacerlo en soledad tiene algo de lamentable. Quien se haya quedado absolutamente solo un día de Navidad, por ejemplo, sabrá de qué hablo. Rápidamente se cae en un proceso vertiginoso de autocompasión. Si incluso he vivido recientemente algo similar por no entender nada de nada de fútbol… Ni te cuento con una verbena. Sus muestras de fiesta a lo grande, de gente que cumple a rajatabla las premisas de pasárselo bien con ostentación, se cuelan el día de la verbena de forma insolente por todos los huecos.

Pero no todas mis verbenas han sido terribles. Eso sí, las pocas veces que una noche de san juan me ha salido bien ha sido porque no ha habido un guión verbenero.

Y entre mis san juanes de antología personal está el del año pasado. Una cena mínima, en incomparable compañía, y un leve paseo por el barrio, habían de ser los preludios de un viaje muy esperado: ir a lo mejor de Suiza, sin prisas ni grandes planes, pero con un gran conocedor. Yo quería ver lo que me habían contado, y ya tenía una gran avidez por la tranquilidad, por el verde, por la paz absoluta, quién sabe si para recuperar algún pedazo de sosiego interior…

De una gran tirada, nos plantamos en pleno corazón del parque natural del Vercors (este de Francia). A través de un guiño del destino, nos habíamos hecho con un descapotable fuerte y pacífico, y recorríamos aquellos paisajes en completo embelesamiento. Qué lejos entonces los petardos y la algarabía. Un nuevo guiño del destino: una luz inesperada en el tablero de mandos, y la precaución nos hace parar: aún no sabíamos que no era más señal que la de que allí se nos esperaba… Recuerdo con gracia el consejo que nos dio el experto por teléfono: había que ponerle una tirita a la luz incómoda y continuar sin más. Pero ya nos había cautivado Saint Jean en Royans. Un pueblito pequeñísimo, sin casi nada, y en el que, una vez más, el azar nos condujo a pasar la noche en la casa con mayor encanto del mundo, a doscientos verdes metros de la última casa urbana.

Contrariamente a lo esperado, no estábamos ni decepcionados ni en absoluto de mal humor. La gente nos miraba afablemente. El paisaje era una delicia toda ella verde y salpicada de flores. Y yo me transmuté en Heidi. En el campo, un señor mayor que cuidaba sus hortalizas, nos regaló unas ciruelas apenas nos las quedamos mirando. Aún no habíamos atravesado la plaza cuando algunos vecinos, trajinando bandejas, nos estaban invitando a unirnos a su cena comunitaria. No quisimos abusar. Tomamos una formule en un encantador restaurante cercano. Al volver sobre nuestros pasos, pues Saint Jean consta de una sola calle, nos encontramos de nuevo a los vecinos, todos, reunidos. Celebraban su particular fiesta mayor uniendo esfuerzos y voluntades. Esta vez no nos dejaron pasar sin que tomáramos té de menta, un trozo de pastel y sus conversaciones encantadoras. Oriundos o tremendos urbanos que habían interrumpido su trasiego por amor. Los vecinos que sabían de música amenizaban aquel encantador encuentro. Yo me movía alegremente al son de las conversaciones y del jazz de New Orleans. Casi consiguen convencernos para que hagamos de Saint Jean nuestro destino, del Vercors el verde que yo buscaba, y de su afable tranquilidad, la paz que nos convenía… Un poco más, y les damos plantón a los amigos que nos esperaban detrás de la frontera. Esa vez no fue posible (quién sabe, en un futuro…), pero destrabaron el día de san juan de su halo tremebundo.

Así, pues, a pesar de mis antiguas reservas sobre este día, os deseo un feliz San Juan, una verbena alegre, un solsticio sereno y un fuego que se lleve todo lo viejo.





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"Bombas na guerra-magia
Ninguém matava, ninguém morria
Nas trincheiras da alegria
O que explodia era o amor"

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Dame tu mano sin temor a equivocarte

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Que cuando llegue tu mano, sea sin ningún temor. Temor de errar en el camino, de confundir miradas ajenas, temor de despertar más de lo que puedas soportar sintiéndote libre. Dame tu mano y no temas. Deja que el pájaro salvaje que somos cuando nos unimos no se enjaule en un nosotros pensado, que somos todavía tan de verdad. Porque habrá de batallar con la tradición, y con la huida de la tradición. Y lo sabemos: no hay raigambre que lo ate. Ni ruptura que lo libere. Permite sólo que vele tu sueño si duerme tu vida. Permite sólo que mi mirada se encienda cuando tu mano, en ágil arrebato, niegue por fin mis paseos de paloma herida…
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Que cuando llegue tu mano, sea en silencio. Que eche de sí las palabras que guarda. Las que nunca sirvieron. Que sea su entrega para recoger mis silencios. Porque nuestra torre de babel no habrá quién la aprese. Quién la fosilice en un diccionario. Quién corrija sus faltas grandes como revelaciones. Y sólo pueden entenderse las manos y sus epidermis contando secretos en confidencia aún recóndita. Tu verbo lo absorbo con mi entraña. Canta la voz ininteligible de mi último aliento, y tu caricia, sutil intérprete, compone arreglos, acompaña con una sucesión de lamentos lo que le faltó y ahora recibe. “Calla”, dice Cernuda. Y tu piel desabrigada lo dice mejor. Y mi piel descarnada lo dice más alto.
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Si tu mano llega a mí, vacía como un árbol seco junto al camino, venceré voces e hilos de marioneta para ser tu pájaro, de nuevo, a la sombra de tus ramas solitarias. Alteraré mi escucha de dioses y de madres protectoras, pervertiré todos los fríos que quieran cernirse sobre mí. Porque tu mano y yo sabemos que cuando cantamos a dos voces, cuando unimos los vacíos que nos dejaron, cuando nuestras cicatrices deciden traspasar sus retiros yermos y unirse… entonces… la eternidad nos asiste…
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… y persiste el abrazo, desprovisto de su destierro.
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Si llega tu mano, sin miedo, cargada de silencios, ofreciendo sombras para mis cicatrices de viejo pájaro, nada será “tan dulce como una habitación/ para dos, si es tuya y mía”. Y lo que fui, que es que “nunca pude escapar/ de sentirme tan encerrado/ ni de la sordidez de la vida,/ de la futilidad de todo” que dijo Ginsberg, será nada, y mi pasado de espera cenicienta sucumbirá ante el pasado oscuro de tu capa, y entonces todo cobrará de nuevo sentido.

"Los hombres un día sintieron frío.

Y quisieron compartirlo.

Entonces inventaron el amor."


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Fin de primavera: la mirada de Albert G. Richards

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Hoy, que en este lado del mundo se nos acaba la primavera, traigo una forma especial de mirar las flores: la de Albert G. Richards.

Alrededor del año 1960 usó por primera vez su equipo de radiología odolontológica para sacar representaciones de flores.

Ahonda en su estructura, en la profundidad de las formas. Las flores, así despojadas, mantienen impecable su esencia.












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En estas radiografías, vemos de otra forma las flores que habitan cerca de nosotros, y sabemos entonces que son unas absolutas desconocidas. Así, las flores, se parecen a sus hermanas, las de las fosas abisales.
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Pasean sus tules, como delicadas bailarinas. Se enderezan en posturas que las acercan al cielo. O se inclinan ante sus retoños. Hablan entre ellas. Mucho más vivas de cómo permitimos que habiten en nuestro mundo. Si las miramos atentamente, quizás quieran contarnos alguno de sus secretos.
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Ahora, que se acaba la primavera, que muchas flores trascenderán en fruto o decidirán que ya vivieron lo que debían, miro las rosas, el ciclamen, la amarillis de Richards, y sé que he de darles las gracias porque existan...

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