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Si el árbol no te deja ver el bosque... Jarabe de aroBos
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Ni de coña
Homófonas
No tengo más bienes que mis sueños. Más horizonte que tu piel. Más pasado que lo que construí para recibirte. Y aun así, quiero que te quedes.
En las noches oscuras a veces tengo miedo. Sobre todo a mí, que me alzo como monstruo en cuanto me atenaza la soledad. También lloro fácilmente, incluso me retuerzo de dolor, por venenos que me alcanzaron ya de niña y a los que jamás me habitué. Una ala herida, por ejemplo. Y la mía sangra sin remedio. Así que ando sin anestesia desde siempre. Bruta, franca, animal. Y aun así, quiero que te quedes.
He avanzado poco y a trompicones. Nunca supe coser. Jamás entendí la importancia de wall street, no me aclaré con índices dow Jones, y cambiaré todo el oro del mundo por un minuto a tu lado. Invertí los tiempos en leer. Llené los espacios de pentagramas. Ni un solo gesto diestro. Todos los disparos se fueron al cielo. Jamás alcanzaron una sola nube. Rozaron la cara oculta de la luna tratando de que se despedazara y me permitiera, por fin, vivir del lado del sol. Y aun así…
Colecciono ya las películas que quiero compartir. Me esperan mientras te espero. Atesoro segundos (incluso terceros, aunque jamás completos) de perspicacia. Siempre me llevé mal con los poderosos y los discursos se me atragantaron todos apenas salieron de mi entraña turbulenta. Ardí en fuego impenitente y mis cenizas se quebraron porque Phoenix quedaba siempre más lejos de lo que mis pasos podían alcanzar. Y aún. Aun así. Quiero. Aúname.
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De mayor quiero ser delincuente
La semana de Mariel Manrique: desvelando Andrómeda
Esta es la hora de la madrugada insomne
en la que Caperucita se come al lobo a lentos mordiscones
y andan sueltas las bestias por el bosque arrasado.
La Bella Durmiente vacía los frascos de somníferos
y ninguno hace efecto.
Blancanieves no soporta más a los enanos.
Los insulta, los desprecia y los encierra a los siete en el mismo cuarto,
con candado y a oscuras.
Hansel y Gretel no encuentran el camino de regreso a casa.
Hansel desconfía de Gretel y Gretel le miente a Hansel.
Las paredes de pan y las ventanas de azúcar están envenenadas.
El zapato de cristal de Cenicienta es de segunda calidad
y se astilla y lastima y el pie sangra.
Esta es la hora del eclipse lunar. La hora de la sed.
Peter Pan se resiste a crecer y languidece en el País del Nunca Jamás.
La sirenita se muerde la cola y se ahoga en el mar.
Y no hay príncipes. Ni brujas.
Solo yo misma, pero del otro lado.
Es la hora del reverso ignorado y el castillo quemándose por dentro.
La hora de los puentes cortados y los dragones escupiendo fuego.
El patito feo nace y muere patito feo.
No hay hermosura oculta, diferida o ansiada.
Solo yo misma, desencadenada.
Ay, si alguien me enviara esas rosas, para no darles agua.
Si alguien me enviara esa carta, para romperla sin haberla leído.
Si alguien se entregara a mí, para traicionarlo.
Si alguien me hiciera una promesa, para no escucharla.
Es la hora en que asoma todo lo que hubiera elegido para ser castigada.
No es el mundo al revés. Es solo mi revés, descontrolado.
El inadvertido, el desapercibido, el subestimado.
Es la hora del suicidio implícito, obstinadamente ejecutado.
Los yonkis de la Bayer, el Papa cocainómano y otras perlitas
Espiando la poesía: pequeños poemas exquisitos I
Hace ya unos meses, en una extraña noche de insomnio -en que una acostumbra a pensar, llamémosle así, en términos algo estrambóticos-, tuve la brillante idea de añadirle al Cajón una 'máquina poética': un fascinante gadget que une más o menos aleatoriamente pequeños fragmentos de diversas obras.
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La cosa viene de ese espíritu de admiración mágica hacia las cosas aleatorias pero con sentido, como es el caso de muchas de las ocasiones en que a una le hacen introducir palabras de verificación para dejar comentarios en blogs ajenos, y resulta en un magnífico resumen 'sobrenatural'. Unir magia y poesía, en mi insomnio, me parecía lo más, así que descubro el gadget y lo incluyo entusiasmada, en espera de poder ver cómo la poesía se hace por sí sola.
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De acuerdo, admitamos que en plena vigilia no es exactamente como descubrir a Merlín el Encantador en su faceta Neruda. Pero que se descubren cosas curiosas, pues sí. Hoy os pongo algunas, a ver qué os parecen...
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Hasta hacerte poema,
mi aburrimiento
era.
***
En la ventanilla,
la sombra de una nube
se soñó
un ataque de tos que se ahogaba
carente de voluntad.
***
La melancolía de la tarde
se puso
para después de los cuarenta.
***
Con sobrehumano esfuerzo,
he soñado.
***
Con encono, quizá con asombro, o con lástima,
he malgastado
el tacto de tu piel.
***
Por la costumbre de hacerlo,
vislumbro
la rareza de las cosas.
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Derinkuyu -poder asomarse a la tierra-

De Capadocia, la famosa región turca de Anatolia central, habría miles de lugares de los que hablar. Pero hoy, en este Escapadas, me voy a centrar en uno solo: Derinkuyu.
En 1963, un habitante de la ciudad, en una de esas casas parcialmente excavadas de la Capadocia, al hacer unas obras para ampliar una habitación se encontró una habitación contigua que desconocía. Y luego otra. Y otra más. Y así fue cómo se descubrió una gran, enorme, ciudad subterránea.
Los arqueólogos, que en esa zona tienen un
tremendo faenón, se pusieron a cavar por aquellos entonces, y aún no han acabado. Llevan unos
Han encontrado toda suerte de estancias en la ciudad. Habitaciones, naturalmente, pero también establos, cocinas, comedores, prensas para el vino y bodegas para su almacenamiento, tiendas de víveres e incluso un bar. También en su interior hay una iglesia: espectacular, con más de tres metros de altura.


La ciudad contaba con un río subterráneo, y se han encontrado pozos de agua. Pero lo que más ha asombrado, sobre todo a los expertos en ingeniería, es el sofisticado sistema de ventilación, con hasta ahora unos 52 pozos descubiertos, que facilitan –doy fe− que incluso en los pisos más profundos (de los accesibles por el público, al menos) el aire no se encuentra enrarecido.
Entre sus laberínticas galerías se pueden encontrar tres puntos estratégicos en los que se estrecha el paso y éste se puede barrar mediante unas enormes ruedas, de unos 500 kilos de peso, y que protegían a sus habitantes –por ahora, parece que más de 10.000− de los habituales intentos de invasión de la zona.

una de las pesadas ruedas para impedir el paso a los atacantes.
Aunque se cree que el primer nivel de Derinkuyu pudo ser construido por los hititas, sobre el año Pero lo que más me gusta de Derinkuyu es que es una de esas pocas ciudades en las que, en lugar de prepararse para la guerra, puesto que eran continuamente asediados, decidieron prepararse para poder ignorar a los atacantes y seguir viviendo tranquilos.
Para sacarse el sombrero, ¿no?
Pareciera que la tierra sólo quisiera en sus proximidades las almas más limpias.Habitantes de Derinkuyu, limpios.
Hormigas.
Nuestros muertos.
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