Hace ya unos meses, en una extraña noche de insomnio -en que una acostumbra a pensar, llamémosle así, en términos algo estrambóticos-, tuve la brillante idea de añadirle al Cajón una 'máquina poética': un fascinante gadget que une más o menos aleatoriamente pequeños fragmentos de diversas obras. .
La cosa viene de ese espíritu de admiración mágica hacia las cosas aleatorias pero con sentido, como es el caso de muchas de las ocasiones en que a una le hacen introducir palabras de verificación para dejar comentarios en blogs ajenos, y resulta en un magnífico resumen 'sobrenatural'. Unir magia y poesía, en mi insomnio, me parecía lo más, así que descubro el gadget y lo incluyo entusiasmada, en espera de poder ver cómo la poesía se hace por sí sola. .
De acuerdo, admitamos que en plena vigilia no es exactamente como descubrir a Merlín el Encantador en su faceta Neruda. Pero que se descubren cosas curiosas, pues sí. Hoy os pongo algunas, a ver qué os parecen... .
Hasta hacerte poema, mi aburrimiento era. *** En la ventanilla, la sombra de una nube se soñó un ataque de tos que se ahogaba carente de voluntad. *** La melancolía de la tarde se puso para después de los cuarenta. *** Con sobrehumano esfuerzo, he soñado. *** Con encono, quizá con asombro, o con lástima, he malgastado el tacto de tu piel. *** Por la costumbre de hacerlo, vislumbro la rareza de las cosas. .
De Capadocia, la famosa región turca de Anatolia central, habría miles de lugares de los que hablar. Pero hoy, en este Escapadas, me voy a centrar en uno solo: Derinkuyu.
En 1963, un habitante de la ciudad, en una de esas casas parcialmente excavadas de la Capadocia, al hacer unas obras para ampliar una habitación se encontró una habitación contigua que desconocía. Y luego otra. Y otra más. Y así fue cómo se descubrió una gran, enorme, ciudad subterránea.
Los arqueólogos, que en esa zona tienen untremendo faenón, se pusieron a cavar por aquellos entonces, y aún no han acabado. Llevan unos40 metros excavados en lo que suponen unos 20 niveles de profundidad, y sospechan que la ciudad pudiera tener unos 85 metros; es decir, más del doble de lo descubierto.
Han encontrado toda suerte de estancias en la ciudad. Habitaciones, naturalmente, pero también establos, cocinas, comedores, prensas para el vino y bodegas para su almacenamiento, tiendas de víveres e incluso un bar. También en su interior hay una iglesia: espectacular, con más de tres metros de altura.
La ciudad contaba con un río subterráneo, y se han encontrado pozos de agua. Pero lo que más ha asombrado, sobre todo a los expertos en ingeniería, es el sofisticado sistema de ventilación, con hasta ahora unos 52 pozos descubiertos, que facilitan –doy fe− que incluso en los pisos más profundos (de los accesibles por el público, al menos) el aire no se encuentra enrarecido.
Entre sus laberínticas galerías se pueden encontrar tres puntos estratégicos en los que se estrecha el paso y éste se puede barrar mediante unas enormes ruedas, de unos 500 kilos de peso, y que protegían a sus habitantes –por ahora, parece que más de 10.000− de los habituales intentos de invasión de la zona.
Imagen superior: el que fuera el "bar" de Derinkuyu. Imagen inferior: una de las pesadas ruedas para impedir el paso a los atacantes.
Aunque se cree que el primer nivel de Derinkuyu pudo ser construido por los hititas, sobre el año 1400 a.C., también acabaron por utilizarlo otros pueblos, incluidos los primeros cristianos. Una antigua carretera de unos 8 km de largo, también subterránea, probablemente permitía a éstos alcanzar la ciudad de Kaymaklı, también bajo tierra. Como sendos hormigueros vecinos y bien avenidos.
Iglesia de Derinkuyu.
Pero lo que más me gusta de Derinkuyu es que es una de esas pocas ciudades en las que, en lugar de prepararse para la guerra, puesto que eran continuamente asediados, decidieron prepararse para poder ignorar a los atacantes y seguir viviendo tranquilos.
Para sacarse el sombrero, ¿no?
Pareciera que la tierra sólo quisiera en sus proximidades las almas más limpias.
-Le llamamos de la oficina de Oriente, le paso con sus Majestades los Reyes Magos.
-Joer.
-¿Susana? Soy Melchor…
-¡Qué fuerte! ¿Llamáis por las reclamaciones de la carta del año pasado?
-Pues no, no exactamente.
-Ah, que lleváis retraso: ¿de la carta del año anterior?
-Que no, que tampoco…
-¿Pues entonces por cuál? Que ya he perdido la cuenta…
-No nos seas pesadita, que ya tendrías que saberlo: te podemos traer un tren eléctrico o convertir las cenizas en incienso, pero para lo de la paz del mundo, para que se acabe el hambre y esas cosas, tienes que escribir a los santos milagreros, ¡que nosotros sólo somos magos!
-No, si santa Rita, la de los imposibles, ya tiene un arsenal de peticiones, pero también me da largas…
-Ya, ya nos lo dijo en la cena de Navidad que tuvimos en el trabajo.
-¡Qué fuerte! ¿Estaba Papá Noel también?
-No: ése pasa porque siempre bebemos vino y le da mal rollito que no haya coca-cola.
-Qué intransigencias, hay que ver… así hace esa pinta poco saludable, de candidato a infarto.
- Bueno, dejemos el tema, que nosotros te llamamos porque nos tienes hartos.
- ¿Yo????? Pero bueno, ¿¿esto qué es?? A ver, pásame con Gaspar…
(voces:si estamos con el manos libres, bonita;Nosotros SÍ nos ponemos de acuerdo!)
-Ah, perdón, es que no os hacía tan modernos
- Que tengamos que hacer el numerito de los camellos para vosotros no significa que no estemos al día. / Pues claro, que cada aparato nuevo que nos piden lo probamos nosotros: una especie de control de calidad.
-Jolín, qué día de sorpresas…
-A lo que íbamos, que este año no hemos aguantado ya más…
-¿Es que he sido mala?
-No del todo. No se puede decir que seas mala persona, la verdad. Es más, con tu hijita eres todo lo buena que dios te da a entender.
-Bueno, ¿ahora hablamos de dios??? , ¿¿es que lo tenemos que meter a él también??
-Querida, somos un consorcio. Es lo que hay. -Buf, me callo. Sólo espero que no hagáis un ERE, que la gente está muy necesitada este año…
-No, si ya…Que somos magos, oyes.
-Perdón, claro, claro. Seguid, que no he dicho nada.
-Pues eso, que no eres mala persona, pero llevamos siglos oyéndote lo de tus deseos imposibles, así que hace mucho que te quedas sin regalos.
-Eso, y queremos sugerirte que este año, a ver si en lugar de lo del hambre puedes pedir una licuadora, como todo el mundo…
-Si en lugar de lo de las guerras, que está muuuy complicado (hemos hecho una prospección de mercado y… uf), no querrías una lavadora, que la tuya hace tiempo que chirría peligrosamente…
-¡¡Pero esto es una vergüenza!!
-No te pongas chula que hemos visto cómo despotricabas contra la monarquía, a ver si te ofrecemos sólo una lata de anchoas.
-Pero es que esas cosillas no son lo mío! Ofrecedme algo más, ¿no?
-¡De eso nada! – Déjala que hable.—A veeeer, ¿qué quieres?
-¿Podría ser al menos que se acabaran las dictaduras?
– Ya os lo decía yo: mejor un mail con nuestra resolución y fuera.
−Espera, dale una oportunidad.—Susana, hija, eso tampoco puede ser, queda fuera de nuestro alcance. -Vaya por dios (este… pedidle perdón a vuestro socio, que me ha salido sin querer). ¿Podría ser que el PP dejara de mentir?
-(¿Será bruta?)- No, hija, eso sería tanto como pedirnos que desapareciera, y ellos, los que nos piden que tenga más fuerza, que la gente se trague sus mentiras, son mayoría y además tienen un cierto enchufe en otro departamento.
-Jo, pues vaya… Yo pensaba que dios no les iba a hacer ni caso, por malos.
-No, si no es él, es del departamento de compras, que como son los mejores clientes y han canonizado a unos cuantos de los suyos, pues… ya sabes cómo van estas cosas.
-¿Qué se acaben las torturas?
-No.
-¿Qué las grandes empresas empiecen a ser justas?
-Imposible.
-¿Que los gobiernos hagan políticas limpias?
-Ni hablar.
-… (silencio estilo cortaplumas)
-Bueno, pues ya me diréis, entonces…
-Querida, igual no lo has notado, pero hace años que, como no podemos traerte todas esas cosas del todo imposibles que pides, te regalamos amistad: personas excepcionales; sensibles, inteligentes, muchas de ellas escriben fantásticamente bien, personas que te rodean, te enseñan y hacen que tu vida sea más feliz.
-Ay, ¡¡eso sí!! ¿Es gracias a vosotros? Ya no podré criticaros más… ¡hay que ver qué maravilla de amigos tengo!
-También, que lo sepas, te hemos concedido otra cosa: capacidad para emocionarte ante la buena literatura y ante casi toda la buena música.
-¿Cómo? Pero si la literatura me gusta desde que me regalaron las Rimas de Bécquer, como a los 7 añitos. Y la música, uuuufff, ¡¡creo que desde siempre!!
-Exactamente.
-¿Entonces…?
-Sí, nosotros. −Figúrate: aún eras virgen. (Scchhht, dijimos que nada de reproches a su moralidad tan ‘personal’; Que no, coñe, que era una referencia temporal nada más; −Sin tonterías, que esta noche te quito la PlayStation.- Glups. Bueeeno).
-Increíble.Y, entonces, ¿qué proponéis regalarme a cambio de mis habituales cartas?
-Hemos pensado que lo mejor era mantenerte rodeada de grandes −inmensas−personas y, además, hacerte partícipe de una buena muestra colectiva que tiene, además, que ver, con tu amor a la literatura y por tu admiración a las personas valientes.
-Ay, lo de las grandes personas síiiii, pliiiiissss. Haced además que sepan que las quiero tanto, que las valoro como nadie, que son tan importantes para mí… ¿Y eso otro, la “muestra colectiva”?
-Tema “grandes personas” chaaaaaaaan, concedido!! –Por supuesto.—Eso, ahora ya saben cómo las aprecias: en cuanto lean esto se sabrán admiradas, queridas y necesarias para ti.
-Bueno, eso me alivia un poco ya…
-En cuanto a la “muestra colectiva”, te regalamos un importantísimo regalo: un poema de Miguel Hernández, para que homenajees su figura junto a buena parte de esas personas que tanto admiras…
-¡Caramba! Cómo os lo agradezco… ¿Miguel Hernández, el que fuera cabrero y estudió cuanto pudo con grandes dificultades y mucha fuerza de voluntad? (a ver si le habéis puesto un nombre que puede llegar a ser tan común a uno de vuestros camellos y me quedo yo compuesta...)
-¡Y sin novio! Sí, ya lo sabemos. Pero el Hernández por Oriente no se estila mucho... (jijiji).-- Que te calles-- Sí, el que resistió hasta el fin del lado del gobierno derrocado por Franco.
-¿Una república, para más señales?
-(Gggrrrr.—Aguanta, Gaspar, que por una vez que hablamos con ella−). -No, si va a resultar que sois magos y, además, geniales.
-(sonrisas tan grandes que hacen hasta ruido: clink pataclak plussskk)
-(¡Jiji, te dije que al final caería!−Scchhtttt, baja la voz.)−
- Bueeeeno, este… gracias.
-Que sepas que además tu Reina –otro pedazo de regalo nuestro−te ha encargado unos pendientes en la tienda del todo a cien, que te hacen juego con los del año pasado.
-Para que dejes de decir que no te concedemos regalos. Que de mágicos nada. Que todos los reyes somos iguales y blablabla.
-Vaaaaale. Sólo pongo una condición.
-(Vas a ver tú). ¿Cuál, si se puede saber?
-Poder seguir leyendo MI poema de Miguel Hernández por más días y seguir tan magníficamente acompañada hasta mi próxima carta por lo menos…
-(el año que viene por SMS, que tiene menos sitio para pedir; −pobre, si es que lo del hambre no lo solucionaremos en tres mil millones de años, ¿qué más da?—Tú verás, pero con ésta, como quedes en contestar a su carta por SMS, nos quedamos sin saldo.-- ¿Entonces? ¿decimos que sí y ya está?—Venga.—Dale.—
-CON – CE – DI – DO¡!!
Sigo en la sombra, lleno de luz; ¿existe el día? ¿Esto es mi tumba o es mi bóveda materna? Pasa el latido contra mi piel como una fría losa que germinara caliente, roja, tierna. . Es posible que no haya nacido todavía, o que haya muerto siempre. La sombra me gobierna. Si esto es vivir, morir no sé yo qué sería, ni sé lo que persigo con ansia tan eterna. . Encadenado a un traje, parece que persigo desnudarme, librarme de aquello que no puede ser yo y hace turbia y ausente la mirada. . Pero la tela negra, distante, va conmigo sombra con sombra, contra la sombra hasta que ruede a la desnuda vida creciente de la nada. .
Miguel Hernández
. (Por la memoria de uno de aquellos grandes que nos arrancó la dictadura. Para que nunca se pervierta el sentido de su obra ni de su vida.)
* * *
Dijo de él Pablo Neruda:
“Recordar a Miguel Hernández que desapareció en la oscuridad y recordarlo a plena luz, es un deber de España, un deber de amor. Pocos poetas tan generosos y luminosos como el muchachón de Orihuela cuya estatua se levantará algún día entre los azahares de su dormida tierra. No tenía Miguel la luz cenital del Sur como los poetas rectilíneos de Andalucía sino una luz de tierra, de mañana pedregosa, luz espesa de panal despertando. Con esta materia dura como el oro, viva como la sangre, trazó su poesía duradera. ¡Y éste fue el hombre que aquel momento de España desterró a la sombra! ¡Nos toca ahora y siempre sacarlo de su cárcel mortal, iluminarlo con su valentía y su martirio, enseñarlo como ejemplo de corazón purísimo! ¡Darle la luz! ¡Dársela a golpes de recuerdo, a paletadas de claridad que lo revelen, arcángel de una gloria terrestre que cayó en la noche armado con la espada de la luz!”
(P.D. Feliz mágica jornada a todos!! En especial, a todos los que hace años que deseáis "milagros" casi imposibles, a todos los que hacéis que mi vida y hasta el mundo sea mucho mejor, y a todos los que os habéis sumado a la causa M.Hernández.).
El fin de año es para mí de un estrés considerable. Para empezar, nunca sé qué voy a hacer, dónde voy a estar, así que el día anterior o el mismo día siempre son momentos de prisas y de montones de llamadas, en uno u otro sentido, de tanteo festivo.
Una vez decidido el lugar en que a una le pillará la bisagra del año, toca la pesadísima preparación. Comprar comida “especial” (está mal visto acabar el año con verdura y sardinas, por ejemplo), hacerse con un buen racimo de uva blanca (me pregunto yo por qué no se pueden comer uvas moradas, que son mis preferidas). Conseguir que alguien compre para ti unas braguitas rojas (sí, soy supersticiosa y además hortera; en mi favor diré que cumplo religiosamente ese ritual desde hace 25 años, en que unas amigas italianas me regalaron mis primeras braguitas rojas, para mi descomunal asombro).
Hay que preparar entonces una bolsita donde depositar la muda usada para hacer el cambiazo a media noche. Así pues, toca bolso grande. Nada de mini- monederos bonísimos en que no cabe ni un papel de fumar.
Luego está la preparación de la vestimenta (exterior). No porque una deba elegir entre diversos modelos con lentejuelas. No. Es que una tiene que prever la movida ‘interiorismo’. Así pues, por más que se vaya a despedir el año a Alaska, no es práctico el modelo-cebolla: pantalón de pana con leotardos y pijama debajo. Yo también acostumbro a prescindir de calzado complicado, que luego es un engorro y el momento hasta que se puede por fin hacer el brindis y repartir los besos no llega nunca.
Luego toca buscar una libretita, preferiblemente de tamaño pequeño (un cuarto de DinA4 estaría bien, sobre todo si no se me considera por ello publicista encubierta de ninguna marca papelera). Un bolígrafo que no falle de color azul (rojo, verde, o cualquier otro distinto del negro). Y de eso, que se sepa, ya le echo las culpas a EastRiver (Ramon, perdona, pero te toca estar en el banquillo de los acusados). Hace miles de años celebramos juntos la jornada, junto a M., una amiga común, de tal manera que “aquello” se convirtió en el archifamoso Anti-Fin de Año o AFA. Sin fiesta, manjares ni coñas marineras. Pero con un montón de rituales para llamar a la buena suerte. Hay que decir que, a pesar de ser un AFA, nos reímos un montón, pero el ritual de los papeles dejó una huella indeleble a través del tiempo. No tiene mucho secreto: básicamente se trata de escribir deseos para el nuevo año /anti-deseos del año anterior hasta que llegue la hora de la quema de sendos papeles. Resumiendo, Ramon es el culpable de que vaya haciendo el ridículo año tras año todos los 31 de diciembre, y deba escribir, guardar, quemar y sobre todo explicar qué hago a todos los “nuevos”.
Y por si todo ello no abultara suficiente en un bolso, hay que hacerle un hueco al móvil. Ya se sabe: a las 00.05 toca mandar mensajitos a los seres queridos, y también a los que te quieren –que no tienen por qué ser los mismos−
o a los que están aburridos y no les importa ir gastando saldo. Como a esas horas la red se satura, una debe pasar las siguientes dos horas reintentando los buenos deseos telefónicos. Por eso no me gustan las fiestas en que se baila: ¿alguien ha intentado bailar con un bolso enorme y repleto, una copa de cava y el móvil en la otra mano? Si encima una lleva tacones y/o falda de tubo ya es como para empezar el año con un tremendo traspiés.
Si se ha trabajado el día 31, como era mi caso en esta ocasión, casi no sabe qué ha pasado desde la cena hasta la hora de irse a dormir. Más que nada, confía en haber superado un sonambulismo medianamente digno. Lo de esperar taxi indefinidamente con la tentación de sacarse los zapatos y sentarse en el suelo es una de las formas en las que una acaba tomando conciencia de que, desgraciadamente, sigue despierta, y aquello no es una pesadilla. Tratar de evitar a todos aquellos borrachos poco acostumbrados a la bebida y que salen a pasear indefectiblemente todos los fines de año es otra de las pruebas de fuego de la noche. Sortear en gráciles saltitos los accidentes fisiológicos de la vía pública, otra tremenda prueba. De ahí que una intente no sucumbir a la urgencia por sacarse los tacones, se entiende, ¿verdad?
Sin tener muchas veces demasiado claro cómo o cuándo, casi siempre una regresa a casa. No es capaz de decirle que no a su peludo menea-rabos y alarga otro poco el deambular nocturno a ritmo de árbol y, finalmente, se derrumba en su apacible colchón.
Ya parece haber acabado la jornada, pero no: una nunca está segura de haber acabado de cerrar los ojos cuando maldice la falta de capacidad de autoprogramarse en modo silencio/bip/reunión de su sofisticado móvil. Mi mami quiere hacerme saber desde muuuy primera hora que me desea muy feliz año y que, como siempre, está viendo interesadísima el concierto de año nuevo. La falta de sueño ruge en tono de valses. Me pregunto si habré brindado con ríos azules para beber.
Mientras entreabro los ojos para apagar, ahora sí, el móvil, recuerdo a cuantos no llegué a felicitar en esa noche loca de todos los años, aunque estuvieron conmigo desde siempre, desde mi elección de mega-bolso hasta el atragantamiento con la duodécima uva. Desde el primer mensaje atorado en el móvil hasta mi tremenda espera de taxi. Y aunque tarde, aunque siempre llegue a destiempo y no me caigan demasiado bien esas veladas en que está obligado trasnochar y divertirse, ellos, vosotros, sabéis que os tengo siempre conmigo, y que os deseo lo mejor para este pedazo de futuro que se llama año recién estrenado.
Y para hacerlo con el lenguaje de Adelita, mi santa madre, os dejo un pedazo de ese vals de año nuevo pero que alcanza los cielos con Sumi Jo. Porque ella, Adela, probablemente me enseñó a querer, porque las palabras se me quedan pequeñas mientras que la música me parece enorme, y porque de las cosas más hermosas que puedo daros a los que quiero son las que recibo de ella, ahí van mis mejores deseos, mis ríos más profundos, mis pasiones más azules. Ahí voy yo, y todo el cariño que os tengo ya.
.
P.D. Fijaos cómo de humana soy -por aquello de tropezar en la misma piedra tropecientas veces- que confieso que me encantaría celebrar el fin de año árabe, judío, persa, hindú... , cada uno en su fecha y con su número de año correspondiente, y desearos una y cien veces todo lo mejor, incluso aunque supusiera un desproporcionado sufrimiento de pies entaconados, un problema de bolsos, o un nuevo ataque de búsqueda de ropa interior adecuada al evento. Pero por si acaso no se tercia, felices también el resto de los años que se celebran este año. Un gran abrazo. .
A pesar de la foto, ésta no es una de esas entradas ñoñas. En esta ocasión, más bien voy a tratar de arreglar lo que he dicho de algunos personajes en otras ocasiones. Y es que, aunque haya echado pestes en muchas ocasiones de ellos, cuando hay que reconocerles virtudes, una va y rectifica lo que haga falta. Y si hay que decir que no son tan malos como los he pintado siempre, pues va y lo digo. Porque, para mí, quien siente un potente amor animal, quien se sacrifica por dar cobijo a nuestros hermanos los animales merece como mínimo buena parte de mis respetos. Y ése es el caso del PP.
Para empezar, han argumentado votar en contra de que se discuta la Ley de Iniciativa Popular catalana –nótese que sacrifican incluso la publicidad gratuita que le harían a una de sus siglas− en contra de las corridas de toros para preservar esa hermosa especie que es el toro (lo de lidia se lo ponen ellos mismos; sin duda, tienen una amiga defensora a ultranza de la causa animal que se llama Lidia).
Para seguir, y siempre por amor a los animales, sus fuentes ideológicas fueron los que colocaron el buitre –o algo similar− como representante en la bandera patria. Decían ellos “una, grande y libre”. Y se referían a aquella señorial ave, por supuesto.
Pero la máxima muestra del amor animal nos ha llegado de la mano de Eugenio Hidalgo, ex alcalde de Andratx (Mallorca). Este buen hombre compra un terreno –rústico, naturalmente− expresamente para albergar a sus gallinas. No me diréis que no es tierno... Les hace una enorme construcción, para que a sus animales no les falte de nada. Dos porches, salón, dormitorios, comedor (donde es presumible que sólo se sirven menús vegetarianos), etc.. Y no penséis que se conforma con ponerles montones de palos de gallinero, ¡ni hablar!: todas las estancias están exquisitamente amuebladas, por supuesto.
Y encima tampoco se conforma con eso, no señor. Les monta una sofisticada instalación eléctrica. Será para que hablen con su prima, la Gallina de los Huevos de Oro o algo así, y con su abuelita doña Caponata, pero el caso es que les hace llegar la línea telefónica. Y eso no queda ahí: se sospecha que a las gallinitas de Hidalgo le encantan los dibujos de Piolín y el Pájaro Loco, por lo que ese gran Hidalgo, modelo de altruismo donde los haya, les instala dos antenas parabólicas.
Mi conclusión al leer la noticia es la de que menudos huevos ha de tener este señor, ¿verdad?
Como tantas mañanas, me he comprado el diario al bajar del autobús, camino del trabajo. No recordaba qué día era hasta que he empezado a leer; entonces sí, he recordado que es el día de las bromas, de las tomaduras de pelo, y he ido descubriendo los cambiazos de la realidad que ha puesto el periódico.
Que dicen que Rouco Varela ha dicho que sin la familia cristiana Europa se quedaría sin hijos. Es más, que se quedaría sin amor. Sí, claro, ¡venga ya! ¿Quién va a creerse que alguien haya dicho que sólo los católicos pueden sentir amor? Y no los ateos, los agnósticos o los musulmanes, por decir algo… Que en Europa sólo tienen hijos los tocados por la fe cristiana. ¿Y los demás que se supone que tenemos? ¿Perros? ¿Geranios? ¿Barbies integristas? Andaaaa, cómo se han pasado!!
Que dicen que las grandes fortunas han ganado en el 2009 un 27% más que en el 2008. ¿Quién va a creerse ese dato? Cuando todos los demás estamos pasando penurias en el peor año de la crisis, las grandes fortunas van a haber ganado, no ya un montón de pasta, como el año pasado, sino incluso casi un 30% más que el año anterior, una cifra que viene a ser unos 7.000 millones de euros (más). Del todo imposible, claro. Equivaldría a decir que la crisis acentúa las diferencias entre clases, que ellos se aprovechan de lo que nosotros perdemos. Y eso sólo puede ser fruto de una mente calenturienta fraguando bromas…
Además, nos cuentan que los insectos son el último avance de la industria militar estadounidense. Que les implantan chips y les controlan el vuelo y hacen que puedan reconocer terrenos, que porten sensores de guerra química, etc. ¿Quién se va a creer este guión de película de ciencia ficción de serie B? Como si creyéramos que van a dedicarse a manipular seres vivos, en lugar de investigar curación de enfermedades, erradicación del hambre, etc. Y entonces qué, ¿si me pica una abeja-guerrera van a venir los marines a reconocer el parque donde paseamos el perro y yo? ¿Cuando ponen huevos les salen microchips? Será entonces porque no son suficientemente cristianos… En lugar de ser fruto de la Creación, los insectos deben de ser hijos de Alá o de Satanás, suponiendo que para Rouco Varela sean personajes distintos.
Lo dicho, ¿quién iba a creer que el mundo era así de mezquino y estaba así de loco? Anda, menudo sentido del humor el de los diarios de hoy…
A veces, qué lamentable, pienso que es injusto investigar nuevas voces blogosféricas. Por aquí se estila un maravilloso quid pro quo que admiro, pero que en justicia reconozco que a veces cuesta dioses y ayuda, horas de sueño y algunos otros sacrificios poder corresponder. Mis blogs amigos escriben mucho. Piensan muchísimo. Recomiendan vídeos, películas o autores que hay que rastrear para oír sus verdades. Y saben tanto y lo dicen tan bien, que es difícil resistirse a su entusiasmo, y explorar sus galerías, sus asombros, sus rabias o sus sonrisas. Mis amigos bloggers son grandes como grandes mundos.
Y el tiempo nos somete a un sacrificio inacabable también. Cosas de aquellas que garantizan una supervivencia amable. No impecable, sólo, apenas, vivible. Y llegar a todo y a todos. No descuidar a la Reina, protagonista absoluta del tiempo de ocio que permanezca… Pero tampoco a la madre de la madre de la Reina, de salud más endeble, y previsiblemente de extinción anterior a la propia. Y tampoco a esa segunda familia elegida, de entre todas las posibles, para permanecer en una, a través de los tiempos, que son los grandes amigos. Los amigos-hermanos. A los que quiero, necesito y me tienen, y sin los cuales tendría yo el mismo sentido que una cometa sin aire. Un molino de viento sin aire. Una veleta o un avión de papel. Sin aire no vivo. Son mis pulmones y su oxigenación llega precisa para renovarme la vida. Una y otra vez, pacientemente, obstinados en hacerse imprescindibles.
Luego hay una categoría de amistades ‘imposibles’, inverosímiles y casi impensables, pero que una siente con una fuerza nutricia similar a la de la electricidad, que no vemos pero nos ilumina. Encienden mis focos. Me arropan con su calor cuando hiere duro el invierno. Componen una hoguera que tiende manos y reconstruyen un hogar desde donde se hallen. En la otra punta de Barcelona, en Galicia o en Buenos Aires. Pero, hay que vivirlo para sentir algo así: una se cae, y no le sueltan la mano. Personas especiales que me presentó este mundo tan extrañamente próximo. Cierro los ojos, y son también hermanos. Y sé que sufren por mi sufrimiento, porque el suyo se convierte en uno mío de primer orden.
Y hay alianzas que se construyen por amores en común. Las parejas de mis amigos-hermanos son también mi familia, porque quieren y les facilitan la vida a los que quiero. Luego, puede ser que, felizmente, tenga afinidades de otros tipos. Pero juro que a priori los amo. Amo sus apoyos, amo la sonrisa que se dibuja en el rostro de mi hermano-amigo cuando se le nombra. Amo la felicidad que se intuye en sus miradas soñadoras. Amo que “se disculpen” por mail por no tener tiempo para un encuentro conmigo, porque un amor grande como una atmósfera les rodea y les secuestra de felicidad. Amo también, no podía ser de otra forma, lo que ellos aman.
Amo, y no sé explicarlo mejor, a cuantos les aman. De esos ‘otros’ amigos que cuesta explicar a quien no lo sienta que formen parte de una, me emocionan sus muestras de fidelidad, de seguimiento, de entrega. En multitud de ocasiones siento el instinto de entrar en casas ajenas para agradecer presencias en quien amas. Te sientes incondicional de aquella amistad que ha defendido a alguien que te importe ante un ataque injusto. Y te vuelves intolerante con quien ha funcionado moviéndose hacia el sol que más calienta. Con frecuencia descubro que yo tolero menos su ‘infidelidad’ hacia los afectos que la persona directamente afectada. Y es que ante los “míos” soy leona. Cuanto puedo tener de dulce –que es mucho− puede transmutarse en dureza feroz si hieren a miembros de mi clan afectivo.
Y veo a los amigos de los amigos que quiero en sus casas. Las de ‘verdad’ o las virtuales. Y siento el impulso de visitarlos, de agradecer, de comunicarles ésas y otras afinidades. Pero sale el cerebro que controla los minutos, las horas, los días y las semanas. Sale ese controlador cómplice y desagradable a un tiempo. Y me cuenta que no puedo subdividirme más. Que acabar cuesta arriba a las tantas, sin fuerzas, sin mente, sin haber aparcado los afectos de parte de la Reina o de la desconexión –que a veces es lo mismo que hacerlo de parte de una misma− es injusto para una y otros.
Todo esto viene a que crear un blog colectivo, en el que nuestro aullido, habitualmente de lobos solitarios, pueda ser coral, me parece un gesto importante. Lo he dicho hace poquito: el peor defecto de la izquierda es que hace una terrible oposición, y que tiende a dispersarse. Tener una iniciativa en sentido opuesto, apostando por lo que tenemos en común y no en lo que diferimos, poder hablar libremente, sin someternos a las amenazas de los anunciantes o a las subvenciones, me parece un proyecto importante y valioso, y juro que me gustaría tanto que saliera adelante, y que cada vez nos juntáramos más inconformes, y gritáramos más, e hiciéramos más ruido…
Pero por lo que he dicho antes, por esa otra forma de alcanzar amigos, y amigos de amigos, que exista un blog colectivo también tiene un algo egoísta, y que se parece a estar rodeado por lo más inteligente, amable y encantador del mundo mundial blogosférico. Aunque anda dando sus primeros pasos, aunque éstos son unos días peculiares en que la mayoría (yo incluida) tenemos compromisos familiares o ritmos distintos por lo menos, a pesar de todo, uno entra en Grito de Lobos y se siente rápidamente en casa. Y por eso, como hormiga anfitriona del blog, me permito invitaros a daros un paseo por allí y a participar cuanto queráis. Yo aprovecho para dar las gracias a todos los compañeros de lobo-fatigas por su coraje, y a los dioses por haberme situado entre tantos buenos amigos y adonde empiezan a llegar ya amigos de amigos. Sin ataduras, por fin.
No me gusta que llegue la Navidad y echar de menos a los que se fueron, y que la gran mesa que fue esté cada vez más vacía.
No me gusta que llegue la Navidad, y las calles se llenen de locos por comprar lo que, muy probablemente, no hará siquiera ilusión.
Detesto ser una de esas compradoras, en calles llenas, tiendas atestadas y horteradas luminosas derrochando energía para llamar al consumo.
Me sabe mal que mi peque ya no sea peque y por tanto no reciba con demasiada sorpresa ningún regalo.
No me gusta sentarme durante días ante una mesa con turrones y demás tentaciones hipercalóricas.
No me gusta que a los niños se les llene de más y más regalos, porque se les roban ilusiones y se les da el mensaje de que lo van a tener todo, e intuyo que todo eso los convierte en futuros adultos intolerantes y egoístas.
No me gusta que se corten árboles para adornar.
No me gusta que se tiña de religión una fiesta ancestral de cambio de equinoccio.
No me gusta que a los niños los visite un Santa Claus que vistió Coca-cola.
Y, sin embargo, por ese vicio que tienen los corazones de no hacerle ni caso a la cabeza, detesto quedarme sola el día de Navidad, como me ha venido pasando en los últimos años. Detesto no tener un solo regalo. Y me he acostumbrado a compartir por lo menos algo de turrón y una copa de cava por estas fechas.
Segunda parte.
Hace años –tantos que no puedo ni creerlo− me anunciaron que las 40 semanas de gestación (quien haga cuentas verá que no coinciden con esos famosos nueve meses de que se habla) finalizaban, precisamente, el día 25 de diciembre. Que de entre todos, ése era el día escogido por la que se convertiría en la persona más importante de mi vida, para llegar al mundo.
Y de pronto, sin existir siquiera, el anuncio de su llegada tiñó esas fechas de una nueva significación. Faltaba tiempo aún, pero las primeras luces navideñas parecían preparar su llegada.
Y yo, que veía el embarazo como un mal necesario para, resulta que sentía algo similar a pena de que tuviera que acabarse. La experiencia era así de intensa. Si ponía mi mano en la enorme panza, ella a su vez ponía su mano en la misma posición. Si oía una voz desconocida, reaccionaba algo inquieta. Y yo le cantaba, acariciaba su cuerpecito, y la sabía caliente, bien alimentada y, sobre todo, siempre conmigo.
Pero el anuncio estaba ahí. Las luces, las guirnaldas. Y yo, por primera vez en la historia, adorné la casa con las horteradas propias de estas fechas. Y, por si fuera poco, casi casi me sentí Virgen María, caminando por un desierto en forma de locura consumista. Y no quería que acabara ese estado en que se lleva dentro. Pero al mismo tiempo tenía impaciencia de conocerla, y de acariciar su piel con la mía, y no ya con mis entrañas. Es decir: estaba perdida. Había caído en ese estado afectivo desproporcionado, como si se pudiera unir el amor que se siente por una madre, por ejemplo, con el de un enamoramiento extremo, de ésos que te hacen perder la cabeza.
Anticipatoria en las citas, como su madre, llamó a la puerta en tal día como hoy, un 23 de diciembre. Y, fijaos lo que me hizo: desde entonces, por más que deteste las navidades, no puedo dejar de emocionarme con las primeras luces y con los adornos horteras. Sonrío ante las felicitaciones navideñas, y cuando beso a amigos y compañeros para desearles cosas buenas a quienes aprecio, parece como si escondiera un gran secreto sentimental: la alegría íntima de habernos encontrado la una a la otra.
Es por eso que hoy, a pesar de todo y de tantísimas cosas que cambiaría de estas celebraciones, la Reina y yo, y nuestro peludo compañero, os deseamos Feliz Navidad. Y esperamos que paséis estos días con los mejores ‘encuentros’ de vuestras vidas. Un abrazo enorme a todos los que nos acompañais.