Graffitis de Bansky (sin comentarios)


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Graffitis en el muro israelí en Palestina





Actualización

(petición de GloRia)






A petición mía propia de mí misma - porque yo me lo merezco...

(para mayor disfrute de los que decidáis pasaros por aquí)



Otra del maldito muro

(con un par...)


Y una para daros ideas...


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Ella y su sombra (I)

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Fotografía: Álex Jiménez.
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Cuánto detestaba su inhabilidad para la acción. Se creía de mirada asesina y no se atrevía ni a colgarle el teléfono a los teleoperadores de turno. Su fuerza se la habría comido uno de los leones del Congreso un día de rabia política. Maldita insolvencia la de los corajes. Dijo la De Beavouir “yo pongo mi orgullo en todo lo que no hago”, y ella era peor, porque ni tan sólo se le ocurrió nunca una frase tan perentoria, pero la recitaba una y otra vez secretamente, con su aspecto imperdonablemente líquido. De alegría inepta, de corazón incompetente, de amargura timorata.

Su desvarío biográfico encadenó sus pequeñas locuras en una extraña conga sinuosa. Empezó a reír sin grandes motivos. En los últimos veranos, las terrazas se llenaban de sus enormes carcajadas y de sus botellas vacías. Fichó amantes alegremente, como si fuera uno de esos grandes equipos de fútbol durante la pretemporada. Fue en aquella época que, cuando yo sacaba al perro a última hora, podía verla. Normalmente sola. Como a la espera de algo en que acurrucarse. Sus mallas a esas alturas solían tener agujeros, como podía sospecharse de su alma. Se fumaba un canuto tras otro, con la mirada perdida, sólo entreabierta al mundo. Pareciera como si la soledad, la ausencia de posibilidad de risas la enfrentara a un fracaso que se callaba casi siempre. A la vuelta hacia casa, cuando el itinerario habitual me acercaba a ella, solía distinguirle claramente los churretes negros bajo los párpados.

De vez en cuando se la veía vagamente feliz, enredando entre sus piernas unas ajenas. Besando bocas posiblemente llenas de promesas y vacías de verdades. Incluso para ella. A veces, a pesar de los besos, me sostenía la mirada. No era exactamente como un desafío, sino algo parecido a una ostentación de estar a la altura. De haber vencido el corderito despreciable y haberse vuelto un lobo indómito. Como si por fin hubiera decidido que el mundo debía oírla.

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Verdades en plural

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Las verdades desde cerca

(al teléfono)

- Pero ¿cómo me va a importar a mí si se vuelve a implantar un modelo elitista para el acceso a la universidad, si no me llega el sueldo para comprarle el material de la ESO a la niña?
- No, ni voy a hacer una salida reivindicativa: no me ha dado tiempo a comprar ni la cena, que iba a hacer unos boqueroncitos con su…
- ¿Qué la Espe privatice la sanidad? ¡Pero si estoy esperando las vacaciones para ir a que me miren estos dolores de cabeza! Que igual son los nervios porque…
- Sí, que eso de la crisis afecte a la cultura está fatal, pero ¿tú tenías una amiga que le podía dejar ropa a la niña? Que se l’ha quedado todo pequeño, mecagüenlosestironesdemierda… no, no es que no te haga caso, si es que yo...
- Que sí.
- Pero que se ha puesto mala la tía, y que si puedes hacerme de canguro, que yo te llamaba porque…
- Ah, claro, la manifestación… Pues nada, que ya llamo yo a alguien menos concienciado, ¿vale? Ya me contarás si se consigue algo…
- ¿Los diarios? Ah, es que yo, como me quedo dormida con las noticias de la noche y ya no… Claro, la repercusión mediática.
- No, a la asamblea tampoco, que hace dos meses que no hago los altos y que ahora se ve que tiene alergia y… ¡Que no, coño, que no es que no tenga conciencia, es que no me entero ni de lo que pasa en casa!
- Pues no, que es que m’ha dicho la Mari que a la Vane la vieron con porros y…
- ¿qué mafia ni que ocho cuartos? Si es que la Vane ya sé yo que no le va lo de estudiar…
- ¿Culpa de quién???
- Tú sabes más de esas cosas, pero yo creo que la culpa es de la Vane, que le come la cabeza.
- ¿Qué a quién voy a votar? Pues al que me diga el Manolo, que dice que si España va bien pues que nosotros podremos…
- ¡Qué va! Si la hipoteca nos lo han subido, así que de ordenador ni de internetes nada. Pero eso digo yo que esté el que esté…




Las verdades desde lejos

(Personajes: “Reina”, cuatro años de edad; “LM”, la mother de la cosa.)


- Reina: Mami, ¿puedo hacer X, como haces tú?
- LM: No, cariño, tú no puedes hacer X porque eres pequeña…

(silencio solemne)

- Reina: Mami, ¿sabes que mirados desde el cielo somos todos muy pequeños?


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Machismo feminista (y III); Revisión del mito (II)




el cesto le llea más le lln bebé día c igual



Si hoy día una mujer de mediana edad se encontrara un canasto con un bebé dentro, lo más fácil es que avisara a asuntos sociales para que se hicieran cargo. Pero supongamos que, como la mayoría, se decide a plantearse la maternidad cuando la fertilidad ya va haciendo aguas, y ella lleva ya tiempo practicando posturas que invierten la común gravedad de su acceso uterino detrás del coito y lleva ya tiempo tomándose la temperatura para medir la adecuación del amor. Todo ello porque hasta hace poco no tenía un trabajo suficientemente estable, ni un piso digno en el que pensara que podía quedarse durante más de tres años, y su pareja le parecía más dedicado a menesteres de signo infanto-egocéntrico que a la posibilidad de compartir responsabilidades. Supongamos que aquel día tiene un momento de ofuscación y decide adaptarse al mito, tomar el canasto y quedarse su contenido.

Las primeras compras, las imprescindibles, le suponen ya un sueldo completo. Echa cuentas y, aunque llegara una tremenda ola de calor y pudiera tener al bebé sin esa ropita que dura unos dos días antes de que se le quede pequeña, sólo entre los pañales, la leche de crecimiento, el pediatra y la guardería, iba a tener que gastar un mínimo de medio sueldo todas las mensualidades. Como el sueldo de su pareja lo invertían íntegramente en el alquiler de ese pisito pequeño, oscuro y antiguo, la pareja y la casa iban a tener que conformarse con el otro medio sueldo restante.

Hace el planning de los siguientes meses. Si se sacaran el cine quincenal, el bocadillo en el bar e hicieran lavadoras sólo dos veces al mes, quizás ahorraran un poco. Podrían cambiar las raciones de pescado por lentejas, y el queso por chopped. Reservarían las pagas extras para comprar nuevos trastos imprescindibles, como cochecitos, cunitas, chivatos de lloro, esterilizadores, hamaquitas, calienta-biberoncitos, alfombritas de juego… y toda una serie de elementos diminutivos que dicen las revistas pilladas al vuelo en el quiosco que se hacen imprescindibles para el crecimiento de cualquier niño.

Cuando le hubiera tomado suficiente cariño a ese cachorrillo indefenso, hubiera caído en la cuenta de que él estaría mejor y se ahorrarían dinero si uno de los dos consiguiera un trabajo a media jornada, para poder ocuparse de su bienestar directamente y no tener que recurrir a canguros. Después de una leve discusión, se decide que la que va a sacrificar su carrera laboral va a ser ella. En la guardería tienen su teléfono, así que es ella la que tiene una aparentemente gran lista de gente disponible en el caso de que el enano siga el ritmo normal de inmunización y enferme. En varias ocasiones le ha tocado salir corriendo, recoger el niñito en la guardería y llevarlo al médico. Que ante tantísima fiebre no se puede delegar en canguro alguna, y sus habituales adolescentes pueden cubrir la papeleta, pero como para dejarles la responsabilidad, cuando esperan la paga para poder dejársela en modelitos horteras o invertirla en botellón, ella no lo ve claro. Su pareja tampoco, así que la riñe por poner en peligro su propia manutención. Sus jefes aún menos, así que le dan un ultimátum. En la guardería no le aguantan ni un solo día más con fiebre, así que ella tiene que pedirse días de vacaciones. Su pareja le riñe, porque prevé veranos a solas con el microbio. Sus jefes le riñen más, porque no se puede improvisar de esa manera, que allí cuentan con ella o bien –que quede claro− con alguien que ocupe su misma plaza. Cuando ella le pide a su pareja que se pase la tercera noche en vela él, se desencadena una discusión tremenda, porque él “sí que tiene que ir a trabajar”. Sale a colación que, a causa del pequeño, la casa está cada vez más hecha un desastre, y que así no se puede vivir. Que ya hace mucho que no pueden quedar los fines de semana con los amigos, y que está harto de la tele de los sábados. Que encima ella se queda dormida tan pronto el bebé entorna los ojos, y que ni el polvo de la subida de temperatura mensual echan ya.

Ella se siente culpable por desear que la realidad fuera una menos “liberada”, porque ocuparse de un trabajo, de una casa y de la mayor parte de responsabilidad de un bebé, para ser honesta, la sobrepasa. La pareja pasa fácilmente a un segundo plano, así que debe ocuparse también de contentarlo de alguna forma. Así que ya echa polvos sin ganas, simula ante el fútbol y llora a escondidas todos los domingos. Hace medio año que no se cubre las canas, no renueva nada de su vestuario, y le da igual maquillarse porque no hay tapa-ojeras efectivo para su situación. La pareja ya le recrimina cosas indeterminadas porque no hay una sola cosa que falle, sino que nada funciona y ella ya no da más de sí. Cuando él empieza a llegar cada día tarde del trabajo, tiene cumpleaños sospechosos todos los sábados y “necesita” hacer escapadas en bici todos los domingos, ella toma una decisión.

El pequeño está envuelto en mantitas deshilachadas que se suponía que debían lavarse a mano. Cabe por los pelos en el canasto. Suspira aliviada cuando oye abrirse la puerta de la zona alta: allí quizás sí pudieran ocuparse del bebé y así ella pudiera recuperar parte de su vida.

Epílogo 1
A lo lejos, se oye una niña gritando: “¡Lo he encontrado yo!” –y una réplica− “No, ¡yo!”. “¿Me lo puedo quedar, mamá?”, “¡Es de las dos!”
“¡Niñas, estas cosas no pueden hacerse así!”− dice la voz uniformada. −”Matilde, no pasa nada, hay sitio, deja que se queden el gatito−.”
“Señora, tendría que ver esto antes…”


Epílogo 2
Cuando va de camino a casa, ya vacía en todos los sentidos, decide incorporar un nuevo significado al término ‘liberación de la mujer’ en la Wikipedia: “dícese de determinada tomadura de pelo que…”


Epílogo 3

Ella no deja de preguntarse cosas... (¿seguro que no votar era mucho peor?)

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Los días me llaman Raimunda

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A veces, mi nombre se trastoca por el de Raimunda. Y cuanto canto lleva la huella de un pasado que el tiempo se olvidó de extraviar. Volver. Arrastrar el nudo de la garganta de ayer hasta que brille en mi mirada. Volver. El universo se detiene entonces. Quiere oírte.

Me enfundo de nuevo tu cuerpo. Me acoge como un hotel con chimenea en invierno. Se incrusta en mi piel como si recordara el camino a fuerza de haberlo soñado; una nueva capa en mi dermis. Puedo reconstruir tu mar y sus venenos y resucito completa. Me llamo Raimunda, y si das un paso adelante llorarán de amor nuestros fantasmas. Volver. De pendientes usaré tus poros. Toma tú el carmín exaltado de mis labios y anúdatelo como corbata.
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Que si un día me llamo Penélope, ninguna de las sirenas retrase tu viaje de vuelta. Ningún otro puerto. Y que si marchita mi frente sea a tu lado. Volver. Echemos juntos a Gardel y sus miedos del pasado. Que veinte años es nada, y siete, casi la mitad.
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Vuelve. Y cuéntame al oído nuevamente que nunca te fuiste del todo.
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La virtud de volverse planta (II): el vecindario que aloja mi terraza

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Apenas tengo raíces. Mis colores son deslucidos. No me gusta tomar el sol. Jamás he tenido savia (y aún menos su homófona). Y, con estos calores, la cerveza fría supera en mucho a mi afición al agua (bebida, se entiende). Aun así, espero de mis tardes que me devuelvan algunos instantes de sentir clorofílico. En la entrada anterior me expliqué en buena parte; ahora sigo.

Cuando abandoné aquel raquítico estudio en el que vivía yo, a pesar de que aparentemente no daba para más que para los PinyPon, me alegró poder instalarme en un pisito donde cabían hasta plantas. Los antiguos habitantes de mi actual casa me dejaron tres cadavéricos hierbajos, y yo dispuse algunas plantas más. Sometí a los primeros a unos cuidados intensivos que ríete de la UVI, y todos se rehicieron, se fortalecieron, y mostraron las plantas radiantes que había en su interior. A estas alturas ya puedo decir que me sonreían sin parecer totalmente loca, ¿verdad? Tan contentas andábamos las plantas y yo (ellas metafóricamente, claro; que lo de “loca” era sólo broma) que cuando llegó diciembre, y por primera vez en la vida, decidí transvestir a mi ficus enano recién resucitado en un árbol de Navidad alternativo. De acuerdo que es un arbolito de exterior. De acuerdo que la calefacción de las casas no le sienta bien ni a los cactus del desierto, incluso aunque estuvieran resfriados. De acuerdo que en su ubicación ideal en el interior no le daba ni la luz de mi encendedor. Pero se le veía tan mono, con todas sus bolitas rojas, sus símiles de hielo dorado, su estrellita ladeada porque el maldito se empeñaba en no tener punta… Vale, sí, algo hortera también, pero una tiene derecho a ilusionarse con algunas tonterías mientras no haga daño a nadie, ¿verdad? Y ahí vino mi gran sorpresa. Sin electrodos ni mandangas: a pelo. En pleno diciembre, y con todos los factores en contra, mi ficus enano empezó a brotar.

Su fuerza al crecer era tal que, para que se me entienda, es como si estuviera lleno de fonemas BR. Brotó a lo bruto el bribón, sin brebajes. Con brío lleno de brácteas, vibrantes, brillantes, braceadoras, y me dejó bradicárdica, con brechas y en bragas.

Pensé muy seriamente que lo que le pasaba era que era muy presumido. Ahora ya lo llamaría metrosexual, que queda como más fashion, pero entonces sólo era presumido. Le molaba su traje, que lo trasteara durante horas y ser el centro de atención, aunque para ello debiera sufrir. Casi parecía una crueldad desnudarlo y devolverlo a su hogar, en un simpático rincón de la terracita.

Hasta que un día vi la luz. Andaba yo chafardeando un libro de plantas que tenía mi novio de entonces. Y digo chafardeando y no digo leyendo porque era enterito en francés, y si no me apaño muy bien con el idioma vecino a la que me sacas del café au lait (y porque me suena saleroso, que si no…), cuando nos metemos en el terreno de los sustratos, los hábitos de riego, la poda y los abonos, es para fermer la lumière et alle alle. Bueno, pues la última de las secciones de los cuidados que se dedicaba a cada una de las plantas era, palabra, con qué otras plantas se llevaba bien. Ahí me apliqué todo lo que pude y solicité varias veces la colaboración de mi políglota pareja. Por poner un ejemplo ficticio: no se te ocurra poner un geranio junto a un ciclamen, que se llevan a matar (a se asesiner). En cambio puedes buscarle una amiguita dalia, con la que sin duda hará muy buenas migas (des bones miettes de pain). Resumiendo, no sé cómo, un señor serio dedicado a la botánica había llegado a profundas conclusiones sobre las amistades entre las plantas. Vamos, que también se había ocupado de la psiquiatría vegetal. ¿A alguien más le parece increíble? “Creo que mi jazmín está algo deprimido: cada vez tiene menos ganas de oler”, “Cuénteme, ¿cómo es su vida social?”. “Verá, la bugambilia no le habla…”; “¡Ahá! Mi diagnóstico es que padece una fobia social de origen flor-fucsia; le recomiendo un cd de Bach tres veces al día, y que le explique el cuento de las judías gigantes todas las noches; vénganme a ver en dos semanas”. “¿Cree que hará falta ingresarlo?”. “Aún no podemos saberlo. Quizás debamos someterlo a una terapia intensiva con mustélidos, para provocar su reacción.” “Pero, ¿se curará?” “Por supuesto, señora. Hoy día la tecnología nos permite unos injertos muy sofisticados de ambientadores casi naturales”.

Aprendí tanto con el librito francés, más por intuición que por erudición, que fue llegar a casa y poner el ficus enano bien lejos de la palmerita. Aunque no sonríe tanto como cuando se disfraza de árbol de Navidad, se le ve mucho más feliz, entre plantitas de las que desconozco el nombre (bonitas todas), a excepción de una, que sé cómo se llama en función de sus hábitos alimenticios.

En efecto, mi novio de entonces, experto en franchute a la par que amante de las plantas, y que le tenía una tirria insufrible a los días conmemorativos que se inventan en los grandes almacenes, dio su brazo a torcer (sólo parcialmente: dejémoslo en antebrazo) un año en el día de los enamorados. Su regalo no consistió en un ramo de flores, unos bombones en caja con forma de corazón ni, por supuesto, en un anillo o convenciones similares. Aunque valoré en su justa medida el sacrificio de comprar un regalo precisamente ese día, mi rostro parece que no fue el reflejo de una gran alegría, aunque sí de una enorme sorpresa, tanto para bien como para mal. Porque a nadie más que a mi rarísimo novio se le ocurre regalar en el día de los enamorados… ¡una planta carnívora! No me lo tomé como nada personal, la verdad. Pero teniendo en cuenta que toda mi referencia al respecto era la peli de “La tienda de los horrores”, bien me puede agradecer a estas alturas seguir vivo.

Mi planta carnívora, a la que tuve la original idea de llamar “Carni”, no sólo no me ha arrancado para zampárselo ningún brazo (gesto que me hubiera motivado poquísimo para seguir regándola, francamente), sino que se hizo amiguísima de mi ficus enano. Quizás tenga que ver con que la Carni fabrica una especie de elementos ornamentales (que en el fondo son una trampa para bichitos incautos) con forma de condón con tapa. (Aviso para intrépidos: yo no intentaría usarlos para ese fin ni siquiera en casos desesperados). Mi presumido arbolito crece alegremente en dirección a la Carni, yo creo que para cubrir su flequillo de ‘condones’ de crecimiento a lo tirabuzón. Quizás incluso estén enamorados. Quizás un día encuentre un pequeñísimo árbol que todas las Navidades se cubra de adornos con formas anticonceptivas. Quizás encuentre un día una carni diminuta y traviesa que le pellizque el trasero a mi perro con sus tapas, mientras mira hacia otro lado (y que silbaría disimuladamente si dispusiera de labios). Mamá Carni elevaría uno de sus condones en forma de dedo amenazante, mientras que el viejo potus taparía con disimulo su risa de abuelo cómplice. La palmera, que tiene un carácter algo huraño y solitario, bajaría la mirada renegando de la terraza que le había tocado en suerte.

Por lo pronto, yo seguiré saliendo a leer todas las tardes un rato con ellas, esperando que me cuenten sus nuevos secretos. Sé que esos días en que esté jodida de veras, sus células mágicas les harán el boca a boca a mis neuronas, y sentiré algo parecido a la savia empezando a sonreír dentro de mí.
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La virtud de volverse planta (I)

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(a Ramon y Mariel, amigos de grandes corazones fitonisos, fitoilógicos y,
sobre todo, fitoterapéuticos)


(Fotos: Karl Blossfeldt)


Un erudito bengalí, Jagadish Chandra Bose (que en su lengua materna tiene los tan estéticos signos de জগদীশ চন্দ্র বসু, que parecen como magníficas plantas colgantes), físico, biólogo, botánico y arqueólogo, mientras estudiaba los cambios en el potencial de membrana de las plantas a la hora de provocar un ascenso de la savia, descubrió que se producían cambios internos como respuesta a diferentes estímulos. Mediante estas modificaciones en el potencial de membrana celular (y, por tanto, de naturaleza eléctrica), a finales de la década de 1920 comprobó que las plantas reaccionaban “emocionalmente”, por llamarlo de alguna forma. Eran capaces de sentir algo similar a lo que nosotros denominamos miedo, dolor o afecto.

Años más tarde, Cleve Backster, experto poligrafista de la CIA, tuvo la famosa idea de ponerle los electrodos de ‘la máquina de la verdad’ a una planta. Corría el año 1963 cuando publicó sus primeros trabajos al respecto. Las plantas no sólo se alteraban ante la presencia de un objeto amenazante (tijeras, cuchillos, fuego…), sino que bastaba con que el científico “pensara” en tomar las tijeras para que las plantas tuvieran un sobresalto. En cambio, aunque verbalizara que pensaba cortar algunas hojas, si sabía que no iba a hacerlo, las plantas permanecían en reposo. No se tragaban sus mentirijillas. Por el contrario, cuando alguien pensaba en regarlas, las plantas sentían algo similar al placer o a la alegría. Es lo que él denominó “percepción primaria”.

Muchos muchos años más tarde, cuando yo me interesé por la medicina natural, la profesora de bioquímica –de rigor incuestionable desde mi punto de vista, y desde el de los que le dieron todos aquellos aburridos títulos de científica− nos relató el experimento que habían llevado a cabo ella y un compañero médico. Le pusieron unos electrodos a una planta que, naturalmente, reaccionó haciéndole caso a Bose y Backster, y se asustó muchísimo cuando se acercaron a cortarle una puntita. La cosa curiosa es que se asustó lo mismo cuando los Eduardo Manostijeras de la ocasión se dirigían en dirección contraria a la planta controlada, con la intención de cortarle una puntita a otra planta distinta. Aquello sorprendió a mi profe y a su colega. Rizando el rizo, llevaron a “la otra” al alféizar de una ventana en el lado opuesto de la casa, y la de los electrodos seguía reaccionando con miedo y gran inquietud si le trataban de cortar una punta a tantísima distancia. Mientras nos lo contaba, lo primero que hice fue asombrarme muchísimo, y abrir boca y ojos con la típica cara de inteligente que hago en esas ocasiones. Lo segundo, y en esto seguro que habrá unanimidad a estas alturas, fue pensar que yo era tonta: ¿por qué me iba a sorprender más el susto de lejos que el de cerca, si, total, que se sepa, ninguna planta tiene ojos? Y aun así, yo erre que erre, venga a seguir con mi elegante cara de boba. Lo tercero que se me pasó por la cabeza, en esa línea mía que tiende a ver un toque novelesco allí donde sea posible, pensé que aquello podía ser una muestra de lo que era la verdadera amistad.


Después de los trabajos de los dos eminentes científicos y de mi fantástica profe, se ha seguido trabajando en esta línea. Células “próximas”, como por ejemplo dos grupos de glóbulos blancos, separadas por paredes de cuarzo, plomo o demás materias supuestamente aislantes, “sufren” si sus compañeras son sometidas a algún tipo de factor estresante. La ciencia no sabe aún cómo se comunican, porque no se ajustan a los parámetros de la información eléctrica ni de la liberación de sustancias. Podemos ir aún más lejos: una planta se altera si en algún lado próximo hay células vivas que están sufriendo.

Con los animales se han hecho muchos más trabajos y mucho más sencillos. Son famosos los experimentos realizados con delfines, y hay una nutrida casuística con animales tan próximos a los humanos como los perros y los gatos.

Creo que nosotros somos muy poco más (o algo menos, en muchas ocasiones) que los delfines, pero también que mi potus o las acacias que dan sombra a los paseantes de mi calle. Hay veces que pareciera que nuestras células se sintieran alteradas, incómodas o sufrientes cuando células próximas están viviendo un momento difícil. Hay veces que deberíamos olvidar nuestra mente justificadora humana y sentir sólo nuestra mínima expresión de vida, como los animales o las plantas, y comprobar que muy dentro de nosotros hay señales de que células próximas –en ubicación, en su conformación o en nuestro vínculo emocional o biográfico− están viviendo una experiencia dolorosa. Hay que volver a ser planta. Hay que volver a ser el perro que aúlla cuando algo dentro de sí, que no trata de identificar, se lo pide. Hay que darle rienda suelta a los canales que unen diversas vidas, en su expresión más básica.

Por eso, hay veces en que la mayor expresión de amistad puede ser decirle a un ser querido que “hoy, mis células sufrían contigo”.
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Tres vestidos negros

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Veo mi bandeja de entrada nuevamente vacía de ti. Como ayer. Y finjo para mí que te acobardas. Que el amor es un abrigo que te queda demasiado grande. Y finjo para los dos que soy de importancia capital para ti, que a veces me achicas con sólo pensarme. Y me hago un carajillo largo para rellenar de whisky barato los huecos que dejas. Para que al beberme mis lágrimas sepan a tus besos ebrios. Gruño como un doberman solitario. Como un gato arisco en celo. Ladro tu ausencia en mi bandeja de entrada y en mis besos ebrios de recuerdo.
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La vida que monto se encabrita a veces. Galopa con fiereza; sin duda, quiere hacerme caer de sus lomos. Pero llevo estrellas de metal en la punta de mis botas, y me agarro con una fuerza descomunal, las hinco en sus carnes enarboladas. Aunque siempre soy yo la que acaba por sangrar.
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* * *
Cuanto más me apremia la vida, más gruesa se hace la huella que sombrea mis ojos. Más negra mi mirada, y más resentimiento conservo en contra de lo que merezca mi ira. A veces, recibe aquello que no lo merece. Dejad que me lamente a solas. Mis lágrimas os llenarían de kahal. Como un tronco que ha convertido parte de su vitalidad en brasa, tiznaré cuanto se arrime. Rezumo carbones embrutecidos. Escupo serpientes negras. Qué bueno fuera a veces sólo rebuznar. Por piedad, aturdidme, entontecedme, llenadme de atolondramiento, de bobería y de ofuscación. Daltonizadme para que no distinga este oscuro que me ahoga.
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El cartero poeta

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Él se sentía muy afortunado. Había aprendido lo suficiente de las letras como para poder leer; leía lentamente y con algunas dificultades, pero leía. La belleza de ella tuvo tal impacto en él, que quiso escribirle con palabras elevadas de poeta. Las cosas tan hermosas no podían decirse de ninguna otra forma. El poeta le regalaba metáforas y él se enamoraba a un tiempo de la bella Beatrice y de la poesía. Nunca había entendido de exigencias ni reclamaciones. El agua la tendrían cuando se la trajeran. De nada valía enfadarse ni protestar. Pero ante la poesía… “La poesía es de quien la necesita”, reclamaba. Y como un Christian tremendamente humilde, contaba sus amores con las palabras que le pedía al gran Cyrano para explicar cómo resplandecía la sonrisa de Beatrice. El mar, para él, era el endiablado terreno de trabajo de los hombres del pueblo; nunca quiso ser pescador como los demás. El mar era muy duro. El mar hubiera podido ser de mármol. De roca. No podía creer que el poeta hablara de magníficos paisajes mirando su mar. Pero le hacía hasta poemas. Le parecería bello como Beatrice, acaso… A él no le asombraba el mar pero sí los poemas del mar, se dejaba arrastrar tanto por ellos que él, que nunca había querido ser pescador, era marinero sorteando cada una de las olas de los versos. Y así fue cómo él, que leía lentamente y con dificultad, como surcando grandes océanos con un sencillo remo de bambú, se convirtió también en poeta. Sin saberlo, sin poder creerlo, inclinando la cabeza y con la sonrisa en los ojos, como cuando se recibe un halago inmerecido, llenó el aire de vaivenes porque así sentían sus vísceras cuando oía recitar al poeta. Fue entonces cuando lo supo y pudo enseñarlo: el mundo entero, cuanto conocemos y habremos de ver, todo es metáfora. Porque todo, todo, todo, porque el universo entero cabe en su vaivén para mecerse cuando él siente el mundo en forma de poesía.
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Rarezas IX: cuando canta Agnes Jaoui

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A veces el dolor apremia
Como para recordar que una no es lo que soñó
De sí misma,
(Que tampoco era gran cosa)
Para urgirle a reconstruirse
Sin muletas
Ni atriles
Ni habilidad en las manos.

Fundamental rodearse de letras
Y su goce epidérmico;
Rodearse de música
Y su goce sistémico.

Oír cómo susurra Jaoui
Y le arranca la voz
A las cosas
Al vientre de las cosas
Las dulcifica
Las vierte en cálices amables
Para que beberlas
Deponga
Si no el rumbo
Sí las heridas que produce
Caminar siempre descalza.



Dice "Escucha", y obedezco





Dice "Pa'ti", y sé que tiene razón



Partir ou chegar

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"Noche de amor". J. González Blanco


Me comporto ante ti como ave migratoria…


“Las aves migratorias recorren miles de kilómetros sin ningún tipo de distracción, después, cuando llegan a la zona en la que el año precedente han puesto su huevo, empiezan a controlar: ¿sigue allí el castaño de Indias de flores blancas? ¿Y el automóvil de color verde? ¿Y la simpática señora que sacudía siempre en la hierba las migas del mantel? Observan todo con precisión, porque durante meses en los desiertos de África esa señora y ese automóvil han permanecido en su mente. Pero el mundo está lleno de señoras amables y de automóviles verdes, ¿cuál es entonces el factor determinante?
No es una visión, sino un olor, el conjunto de los perfumes que pueblan el aire en las cercanías del nido: si la fragancia del lilo y la del tilo se superponen por un instante, pues bien, ésa es la casa, el lugar exacto al que regresar”.
Susanna Tamaro. Escucha mi voz.

Tú eres el paisaje de olores
que reconozco
Una y otra vez
Y sé que he regresado a casa.

Que hay otros coches verdes
Y mucho alimento desmenuzado
Pero mis enzimas no quieren
Alcanzarlo
nutrirse
incrustarlo en sus entresijos
Si no encuentran tus aminoácidos
Extraños
De estridencia paralizante
En la languidez de mis plumas
Agotadas.

Sé que he regresado a casa
Cuando yo,
Que vuelo con el nido a cuestas,
Reconozco tu paisaje de olores
Y decanto mi torso
Para que reposemos juntos.


. . . . . . .Partir ou chegar
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Revisión del mito: la Caperucita de los niños de hoy

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(Ilustración: MiPerro)

  • Caperucita Roja, hoy en día, no hubiera podido ir a llevarle el cestito a la abuelita porque, al salir del cole, va directamente al curso intensivo de inglés para menores de siete años tres veces por semana, otro día va a gimnasia deportiva y otro más a aprender solfeo siguiendo el método Eslava. Los domingos, para que no se aburra, la han apuntado a los boy scouts, que les organizan sesiones de supervivencia y de orientación con brújulas, dentro de un confortable salón, acondicionado, naturalmente, con bomba de calor y con humidificadores para mejorar la sequedad ambiental causada por la bomba de calor. Eso supone un aumento de las cuotas pero poco importa porque todo es poco para Caperucita. Además, desde hace dos meses, está en lista de espera para hacer sesiones de psicología conductista para superar su adicción a la gameboy.

  • La madre de Caperucita no está apenas en casa, porque cuando sale, ya tarde del trabajo, le queda el shopping unos días y el Pilates los otros. Después sí que ya va a buscar a su hija a las extraescolares correspondientes: desde su aparcamiento en triple fila, otea perfectamente el recorrido de la niña, y con sólo tocar repetidamente el claxon, Caperucita reconoce el suyo entre un mar de 4x4. En el camino de regreso a casa tampoco pueden perderse, que para eso llevan el gps. Aunque un día unas obras no estaban bien señalizadas y tuvieron que hacer un rodeo –que no un atajo−, pero con la congestión del tráfico les dio tiempo a descargarse la actualización desde el portátil, lo que, dicho sea de paso, les facilitó descubrir que, si hubiera unos 150 mil coches menos en esa calle, tampoco podrían circular a más de 30,5 km/h, ya que había un nuevo radar agazapado detrás de una señal.

  • La abuelita ha desistido de intentar llamar a su hija cuando se encuentra mal, porque nunca la encuentra en casa. Dos veces por semana le envía un sms para que se haga a la idea, y la avisa por ese mismo medio cuando necesita que le hagan un pedido a tele-cestito mediante www.cestitoacasa.com. Además, la madre de Caperucita no puede entretenerse cocinando, y a la abuelita se le ha metido en la cabeza que cuanto tienen ellas en el congelador, ya sean pizzas, rollitos de primavera o shawarmas, no le sienta bien. “¿Y para qué te sirve el Almax, mamá?”, dice ella una y otra vez, iniciando la misma discusión todos los días 15 del mes, que es cuando tienen programada su vídeo-conferencia habitual. Eso sí, cuando se encuentra realmente mal, la abuelita toca el botón de emergencias que le facilitó el asistente social, y que activa el dispositivo automático de contacto con el paciente.

  • En el bosque han construido un centenar de casitas pareadas. Las señales indican celosamente los caminos de la urbanización, incluidas las paradas para hacerse fotos junto a una reproducción de la casita del bosque, en la que antaño hubiera vivido la abuelita. En el camino “largo”, el que tomó la niña por consejo del lobo, hay una señal que prohíbe el paso a cualquier persona ajena a la organización. No es exactamente peligroso, pero como está dedicado al sector de los servicios, afea mucho el aspecto y podría rebajar el valor de las propiedades. Los constructores que planificaron con tanto esmero la zona residencial, respetaron un trocito de montículo relativamente verde. Allí sí hay animales silvestres. Bueno, más o menos: tienen jaulas con bonitos pajarillos, para que los niños puedan saber cómo eran; una pareja de gatos, esterilizados, higienizados y uperisados (como se hacía en los viejos tiempos con un líquido que llamaban leche – leche a secas, ¿alguien se acuerda? Sin calcio, vitaminas ni omegas extras, sólo leche−), a los que han quitado las uñas para evitar impactos visuales de tipo sanguinolento. Finalmente, hay un lobo, sí. Parecería que anda triste y con miedo, puede que porque hay una cerca eléctrica invisible con la que los niños le han hecho más de una trastada, pero dicen los etólogos del conjunto residencial que no, que los lobos siempre han sido animalejos cabizbajos y solitarios, y que si sus aullidos suenan cada vez más a llanto es porque lo están adiestrando para que haga ver que canta con la banda de música los domingos.

  • Por aquello del qué dirán, la madre de Caperucita donó su capa a los pobres, que de ellos ya se sabe que sí pueden ser rojos, y se hizo con una más acorde a su forma de vida, de un encantador tono rosa, del que ningún vecino puede sospechar.

  • A Caperucita no le dejan llevar la caperucita a la escuela, porque dicen que se parece mucho al velo islámico y no quieren incitar polémicas religiosas. Allí la religión es sólo una, dios sólo uno, y la espiritualidad universal de su mundo debe quedar preservada.

Así pues, sin ser roja y sin caperucita, sin tiempo de recoger las flores que ya no hay, sin bosque, con un espécimen de lobo espantado e inhibido, propongo reconocer a Perrault como el primer gran autor de ciencia ficción de la historia.



Epílogo - Sólo dos psicoanalistas de la Urbanización "El bosque" hubieran podido caer en la cuenta de que tanto Caperucita como el señor Feroz compartían un mismo sueño: huir de aquel mundo, más o menos de esta guisa:




(Ilustración: MiPerro)

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Concierto: Las Migas en Nou Barris

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Este blog nació con vocación miguera. Iba a incluir ese montón de enlaces de cada ocasión, pero es tarde y, la verdad, desde que incluí ese monísimo buscador que hay en el lateral (justo después de las recomendaciones, si mal no recuerdo), que dejó de tener demasiado sentido liarse con eso de las direcciones inacabables. Basta con introducir un concepto cualquiera, con sólo saber que ha habido referencias, y el buscador, que es listísimo aunque desordenado, te devuelve (arriba de todo; aviso porque a mí me costó encontrarlos) los resultados. Si hay alguien que tenga ganas, lo comprobará: he hablado mucho y siempre bien de Las Migas y de Silvia Pérez Cruz, su espectacular voz; pero también de Lisa, ese violín flamenco sin igual; y de Marta e Isabelle, las magníficas guitarras y también creadoras de parte del repertorio miguero. Como en más de una ocasión se me ha invitado a avisar de próximos conciertos, hoy me pongo el traje de la responsabilidad y hago pasar la voz: hay un próximo concierto de Las Migas. El próximo jueves, día 30 de julio, dentro del ciclo Música al Parc, a partir de las 22h, tendrá lugar un concierto gratuito de Las Migas en el Parc Central de Nou Barris (Dr. Pi i Molist, 133), de Barcelona.

No he ido a ninguno de los conciertos de Música al Parc, así que no puedo opinar sobre cómo es el sonido de los eventos. Sí creo que debo avisar de que, de todos los conciertos a los que he asistido de mis adoradas Migas, el concierto multitudinario, gratuito y al aire libre que dieron en la Universidad de Barcelona el verano pasado, y a pesar de mis expectativas previas, fue con diferencia en el que menos se pudo apreciar su calidad musical. Pero si no tenéis nada mejor que hacer, no os va a impedir que les deis otra oportunidad en caso de que no os atrapen a la primera, y os atrae eso de disfrutar de una velada en un parque mientras suena música de fondo, la cita del parque de Nou Barris puede ser una buena cosa.

Vale! Se ha notado que desconfío de este tipo de conciertos. Pues sí. Pero para aquel que no quiere arriesgar el precio de una entrada sin una degustación previa, pues... que vaya y nos lo cuente!
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Los inventos de mi vida

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Se puede decir que mi vida era así, como la foto superior. Plana, insulsa, incómoda: daba poco de sí. Por fortuna, se inventaron esto otro:




Y mi vida vio renovadas sus posibilidades. Ya no necesitaba cargar con los posavasos arriba y abajo. No sé cómo pude vivir tanto tiempo sin mis chancla-porta-vasos.

Entonces me dije: “Susana, has de aspirar a más. Uno de tus clásicos problemas de vicio queda resuelto, pero tu bolso sigue demasiado lleno, mientras que tu vida y tu gaznate permanecen vacíos durante demasiado tiempo.” Por suerte, se inventaron esto otro:




Y pensar que siempre me había enfrentado a los amantes de Rambo, y sin su inspiración jamás hubiera catado la libertad cervecera. ¿Es un cinturón? ¿Un bolso? ¿Una cartuchera? ¡No! Es la nevera de munición bebedora (la que nos convierte en supermanes a todos).

Aun así, mi vida seguía haciéndoseme cuesta arriba. Todo vicioso empedernido me entenderá y toda mujer que tenga un bolso con vida propia también. Sabemos que lo aparcamos una sola noche en su colgador y al día siguiente pesa 2 kg más. No pregunten: la ciencia no se lo explica. La materia se reproduce, se acumula y se vierte en los bolsos como si de un anti-agujero negro se tratara.

Por fortuna, ya no hace falta elegir entre dos instrumentos fundamentales. Ahora contamos con este otro invento:





La física cuántica, en tanto edita su manual del usuario, aconseja que no traten de encenderse un cigarrillo –u otros elementos de la familia− mientras se atiende una llamada. Por eso yo he advertido a todo mi entorno que, como mucho, me envíen únicamente sms: nunca se sabe cuándo va a ser imprescindible una dosis nicotínica (o, insisto, similares).

Pero seguía yo desganada. Ahora ya podía salir a la calle bien preparada, pero ¿qué ocurría en casa? No podía siquiera recibir visitas manteniendo un mínimo de estímulo.

No obstante, alguien que me conoce bien halló la solución para poder mantener una partida a un juego de mesa manteniendo un aliciente por mi parte. El clásico juego de barcos con sensores de chupitos:




Finalmente, me persuadieron para que alojara en mi hogar otro clásico de juego social: el futbolín nunca había supuesto un gran incentivo para mi sensibilidad, altamente femenina. Por fin, alguien que me aprecia pero que se aburre soberanamente en sus visitas a mi acogedor hogar, ha encontrado la solución:


Al fin puedo afirmar que soy una persona completa y feliz. Agradezco a todos esos inventores (en su mayor parte, anónimos) que se decidieran a tener en cuenta las diferencias de carácter. Sólo quiero sugerirles una última propuesta, y es que, aunque ya se han inventado el horneador para pizzas de coche,
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una nunca sabe dónde y en qué condiciones va a tener que cenar y/o desayunar:






Elogio del balcón

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(Foto: Ramón Clemente)



Uno de los gravísimos problemas que tiene haber optado por un barrio tranquilo –suponiendo que haya sido yo la que decidió algo− es que, en verano, cuando una necesita refugiarse del calor saliendo a su modesto balconcito, por más que se asome durante horas, nunca pasa nada.

Bueno, algo sí pasa:



  • Cada hora y media un señor/a de edad avanzada pasa con un (/a) can (/a)

  • Una vez por semana dos adolescentes llegan alegremente ruidosos a sus casas

  • Una vez al año, un progenitor gorrión enseña a volar a su bebito gorrión en el balcón vacío de enfrente, pero como es un espectáculo más bien discreto, he alcanzado a verlo una sola vez en algo más de una década. Eso sí, en esa ocasión estuve aplaudiendo durante horas y mi retina mental ocupa buena parte de sus cansadas neuronas en retener el espectáculo.

  • Una vez en la vida, una asiste a salidas simultáneas a los balcones para ser una de las protagonistas de una multitudinaria cacerolada. Como todos sabemos que en el parlamento de Madrid se ignora alegremente cuanto suene en el Guinardó alto barcelonés –incluso aunque, vamos a soñar, quisieran oírlo−, el gesto, por saberse inútil, es mucho más bonito. Creo que esa vez nos sonreímos todos al mirarnos sin vernos en la oscuridad.

  • Dos veces al día se encuentran dos mujeres y hablan y hablan, para impaciencia de un engendro de corta edad que reclama proseguir con el camino. Si quisiera y me propusiera concentrarme, me haría con todos sus secretos.

  • Cada mañana, a eso del amanecer (e ignorando felizmente los cambios estacionales de horario), los pájaros se levantan parlanchines.

  • Al atardecer, el perro con que comparto piso cree imprescindible cantarle las 40 a determinado soliloquio perruno. A saber…

  • Una vez cada tanto, siendo optimistas, comparto el balcón con alguien poco acostumbrado a los silencios del barrio, y me hace reír estrepitosamente. Quisiera pedir perdón a mis vecinos de balcón por interrumpirles los silencios; pero, la verdad, no me sale. (En lugar de eso, agradezco a los dioses que me presten a veces, cuando más falta hacen, a verdaderos ángeles de la risa).
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