AlegrARIAS

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Seguro que no soy la única a la que acaban por gustarle .piezas (ahora me refiero a las de ópera, pero podemos abrir el concepto) de lo más tristes, de lo más dramáticas. Parece evidente que la tristeza inspira, mientras que la alegría más vale vivirla, porque mucho mucho no acostumbra a dar de sí. Por supuesto, hay honrosas excepciones. No hace falta acabar llorando a lágrima viva, con el corazón en el puño o haciendo pucheritos para disfrutar dignamente de las arias de ópera. Por fortuna, hay pasajes alegres, vitales que son una verdadera delicia. He querido poner aquí alguno de mis preferidos.

* Myself I shall adore, un pasaje de Semele, del gran Handel, que requiere de gran agilidad vocal. Esta versión está interpretada por Annick Massis en el año 2004.



* Una de las arias más bellas de la historia de la ópera es la que corresponde al personaje de Violeta, de La Traviata, cuando se debate entre el "serio amore" que empieza a sentir por Alfredo y la "follie", a la que está acostumbrada y que le permite "gioir" sin más límites que los de su voluntad. Sempre libera es un fragmento estimulante, dinámico, alegre, de invitación a la vida, va unido estrechamente al de su primer cuestionamiento ("E strano"), una maravilla también, pero bastante menos alegre, así que en esta ocasión nos la saltamos, aunque no la perdemos de vista...
(aunque no tiene la mejor imagen ni el mejor sonido, Anna Netrebko está espléndida y guapísima)



* El Caro nome, de Rigoletto (y seguimos con Verdi), una pieza muy delicada. Os acerco esta versión, recién encontrada, y que aún no he conseguido ubicar, porque me ha parecido bastante especial.



*Chi il bel sogno di Doretta, de la Rondine de Puccini, interpretada por Angela Gheorghiu. (Tiene el encanto añadido de ser también una de las arias preferidas de mi amigo Miguel Ángel, con magnífico criterio, of course!!)



* La Doll Song, de los cuentos de Hoffmann, de Jacques Offenbach. Ésta es una versión muy especial, menos rápida, por lo que la excepcional voz de Natalie Dessay puede degustarse aún mejor. Tan maravillosa es que, realmente, a una no le extrañaría que en realidad perteneciera a una muñeca, como sucede en la ópera, de tan extrahumana que parece...



* Y aquí otra muestra de las mejores coloraturas del mundo mundial: la Bell Song, de Lakmé, de Leo Delibes. La intérprete, la coreana Sumi Jo, aunque no es del gusto de todo el mundo, lo que es innegable es que dispone de un instrumento vocal portentoso. De hecho, como a mí esta soprano me parece fuera de serie, me he saltado un poco a la torera que no es del todo la alegría de la huerta, aunque hay que decir que hay momentos en que la voz parece confundirse con la de la naturaleza y, a mí al menos, hay pocas cosas que me parezcan de una alegría más contagiosa que oír el canto de los pájaros. Así que le hemos hecho un sitito aquí...



* Y para acabar, una pieza alegre y vital, con la que Romilda consigue despertar el amor de, por desgracia, dos hermanos. La ópera, una de mis preferidas para oír de pies a cabeza, es Xerxes (o Sersé) de Handel. De Va godendo no he encontrado ninguna versión de las grandes sopranos, pero vale lo suficientemente la pena como para que esté aquí, aunque sea para tener más ganas de oírla en un CD o, mucho mejor, en directo.



Y por ahora ya está. Otro día más y mejor...

En busca del género perdido



Una vez quería ser escritora. Pero no pude serlo porque aún no se había inventado mi género literario (la palabra “literario” da un poco así como de apuro para referirse a una, ni siquiera para aludir al género escribidor que le gusta de practicar…).

Ahora, a veces me preguntan si “continúo escribiendo” y, a pesar del apuro de las palabras, muchas veces lo cierto es que contesto que sí. Entonces, casi siempre, como si tuviera una vital importancia para el interlocutor, me preguntan “¿y qué te va más? ¿La prosa o la poesía?”, “ah no, yo es que soy de género bloggero”. Qué alivio! Hasta se les puede mirar con un cierto aire de suficiencia, en plan mira que no caer…

Así es que desde hace bien poquito, respiro tranquila, estoy muy conciliada conmigo misma por ser una escribidora de género bloggero.

AÑADO: ¿Cómo no me he dado cuenta hasta ahora? Cortázar ya se inventó el género (él sí, y con mayúsculas) literario bloggero en sus Capítulos prescindibles. No, si cuando yo digo que es un genio…
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Una lámpara sin muchas luces


Lo que es el inconsciente. Angelito, hay que ver a veces qué poco sabe del que lo utiliza. Porque a mí que no me digan, ya puede aterrizar mister Freud con su ejército de sesudos libros, pero qué tendré yo que ver con las lámparas. Para mí que hay veces que los sueños se confunden entre sí, juguetean con otro sueño, bailan, hacen fiestas, y al volver a sus trabajos, cada tanto se cuela uno que era del vecino. Porque ya pueden decir misa, pero qué tendré yo que ver con las lámparas.

El caso es que hace unos pocos días fui sorprendida por uno de esos sueños impropios, un sueño en el que yo aprendía a customizar lámparas. Aclararé que jamás he customizado nada en absoluto; ni siquiera estoy demasiado segura de que diga bien la palabra, pero una la usa porque ya se ha dado cuenta de que queda mucho más moderno que decir personalizar, sin ir más lejos. Así pues, con esa lógica aplastante propia de los sueños, yo tomo unas cuantas telas estampadas, unas cuantas cartulinas negras, y wap!, una lamparita insulsa de las de tres euros el kilo queda la mar de moderna, con móviles varios colgando del porta-lámparas, con estampados rompedores apabullando al pobre pie de lámpara.


Yo, no es por faltarle a ningún inconsciente, pero que si algún día pongo la típica tienda de lámparas customizadas, eso de esa especie de aros encorbatados, esos híbridos con móvil de cartulina, por muy pintada que estuviera, no creo que ocuparan la zona estelar del establecimiento. Hay que decir que en el sueño se les veía su encanto, pero a poco despierta que ande una, debe admitir que originales, puede, pero exactamente estéticas, tampoco gran cosa…

Y es que para eso una se inclina por el espíritu del pragmatismo, y rápidamente pensé en cómo sería de práctica una lámpara-contrato. En ese material, cuyo origen naturalmente yo ignoro, pero que le podría tener una retirada al papiro, se graba el contrato que conviene tener a mano y tener muy clara la letra pequeña, y ¡apa!, más fácil ya no se puede poner! Los que tenemos siempre dificultades para encontrar las condiciones del seguro de casa cuando revienta una cañería, por ejemplo, lo agradeceríamos. Nos podemos imaginar asimismo un propietario de inmueble que graba en el pseudo-papiro las condiciones del alquiler, que si cuándo se acaban los contratos, qué puede ser motivo de no retorno de la fianza, cuánto podría pedir en caso de cederlo para su compra… Y los inquilinos encantados, ¿eh? “¿Cuándo se acababa el contrato, querido?” “Míralo en la luz, amorcito” “Pero si desde que lo llenaste de corazones en nuestro primer aniversario de boda no se ve ni la bombilla!”. Sí, claro, ya sé: sería poco apta para impulsivos, para tontos de remate y para enamorados. Que no es lo mismo pero casi...

Otra posibilidad que se me antoja atractiva, si es que, como parece, es técnicamente posible, es hacer la pantalla de vidrio, y en ella pintar motivos interesantes. Sería algo así como la lámpara-cuadro. Una buena (?) medida para la crisis, un dos en uno. Llévese el arte en una lámpara, y ahorre en los focos para iluminar cuadros. Y un pintor, con gracia y con imaginación para las cosas prácticas, tiene mil posibilidades con ese elemento, desde ahora tan versátil. Desde la lámpara para leer con la energía del (espacio en blanco: cada uno que se imagine su energía favorita… un paisaje, el mar, el dibujo de una chimenea encendida o, por qué no, el careto de algún ilustre; más práctico aún: "¿cuál es su escritor favorito?" "¡No me diga, qué casualidad! ¡Aquí está él/ella mism@ de espaldas!").

El otro día leí que, curiosamente, por eso de que no existe en la naturaleza, parece que la luz verde es inquietante. Eso abre muchas posibilidades: adquiera esta lámpara que, con sólo darle la vuelta, consigue echar a esos invitados necesarios pero plastas. También adquiere una profundidad inusitada la lámpara de la mesita de noche. La placidez relajante de un cielo, un universo o similares, por un lado. Y esa lámpara se gira con un movimiento sutil, y lo que ilumina es un paisaje, más bien humano y más bien cálido, para estimular otro tipo de actividades más lúdicas en la misma habitación. En un momento dado, podrían admitirse obras por encargo, que para eso la imaginación humana gasta muchas energías en la cuestión sexual, y sobre gustos…

Una lámpara estrella de la tiendita, y no porque costara el doble, sería la lámpara-pendiente. Esas joyitas tan delicadas, pero hechas a lo bruto (de grande, no bruto a lo camiseta-imperio), para colgar de las orejas inexistentes del salón. Y que si al salón le diera por usar collares, ahora
que se llevan los larguísimos, de veinte vueltas, se vende una lámpara-collar y se retira una. Ahora que ya hay joyas para todo, pasando por las partes más impensables del cuerpo ("pendientes" o algo que se le parece para cejas, para ombligos, para clítoris; anillos de dedo de pie, de lengua; swarozsky para gatos, diamantes para chihuahuas...), ¿¿¿cómo es posible que se sobreviva sin joyas para las casas???? Yo es que ese deporte lo practico poco, pero con la de ricachones necios y la de esnobs tarados que hay, casi que no se entiende. Nada, los pendientes lámpara de salón tienen un futuro por explotar.

Por no hablar, pero eso seguro que ya debe de estar hecho, de la lámpara-escultura. ¿Que a uno le van las flores, las estrellas o los animales? Facilísimo. ¿Que quiere un perfil de hombre, para sentirse menos sol@? La mar de bien... Lo malo es que a uno le diera por tener cosas complicadas, qué sé yo: una lámpara-medias de rejilla; o cosas que pueden ser origen de una legítima objeción de conciencia: ¿una figura de lladró-lámpara? ¿seguro?? ¿los primeros zapatitos del niño? ¿el velo de novia-lámpara? ¿seguro que quiere esta lámpara-teta para una despedida de soltero? Pero, mire usted, ésta que parece una seta, es en realidad una metáfora del pezón. Apta para celebrar bodorrios y embarazos. En el primer caso, un condón de regalo; en el segundo, oiga, un brik de la asturiana. De la completa, ¿eh? Que no falte de ná. Uissshhhhh. No, el brik de la asturiana en lámpara aún no se ha inventado. Que noooo, que lo otro tampoco: ¡que estamos en negociaciones con la dúrex! Que no, tampoco, que la lámpara-collar se refiere a la persona-lidad de la casa, no a por si se le pierde el perro de noche. Y es más aún imposible confeccionarle tetas para el collar del perro, ni aunque sea en homenaje al chiste. ¡Faltaría más!

Las posibilidades de algo así son francamente inciertas. Lo mismo pueden morir de aburrimiento en una parada del mercadillo de Sant Adrià, como volverse el producto estrella de un Pilma. Al teléfono: “¿quién es?” “soy el señor Vinçon, que me fabrique doscientos ejemplares de cada, haga el favor” “¿y el porcentaje?” “sí, claro: el veinte para usted, y el otro veinte para su sueño de camino equivocado”. “Tengo que consultarlo literalmente con la almohada, pero por mí, el trato ya está hecho”.

En fin, qué le haremos. Así no son las cosas, y así se las hemos mal contado, para reividicar el papel que tienen los sueños de pocas luces.

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Cielo adentro


Cielo adentro
Te reconocí.

Sé que ya no habrá más ajuar del alma
Si no está tu nombre,
Sé que contigo te llevaste
Todos los caminos de regreso.
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Él, que iba por la vida luciendo pedigrí,
Tenía el alma llena de laberintos.
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Toma de mí este silencio guardado
Y aloja tu nombre en mis labios.
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Homenaje a Las Migas



Jornada miguera

Llevaba todo el día con los nervios asaltándome a cada rato. Quien nunca ha vibrado intensamente con la música no hubiera podido entenderme. Decía mi reloj que se acercaba la hora. Llevaba media hora larga arreglada y esperando a que vinieran a buscarme. Tocaban mis manos las castañuelas sobre la mesa cuando, por fin, suena el timbre, de aquellas pocas veces en que suena a flamenco. Y así, con el alma llena de faralaes, me dirijo, loquita de contenta, al concierto de Las Migas.

Llegamos a la puerta, no podía ser de otra manera, con notable anticipación. Yo ya estaba más tranquila de poder ver la puerta del auditorio, con su hortera oso verde parpadeando en lo alto. Ya sólo faltaban los otros catorce convocados… Èlia era la gran ausente, la decepcionada mayúscula. Sólo se conformó a medias cuando le dije “aviat faran un altre concert, i ja hi anirem les dues!”.

Así estaba yo, amarrando velas en una terraza próxima, cuando distingo, entre paseos de despistados japoneses y decididos cazadores de rebajas, a Lisa, la violinista, e Isabelle, una de las guitarras. Estaban solas, probablemente esperando… Sobresalto. Duda. Nuevamente la agitación nerviosa. Miro alrededor como quien espera que haya hordas de gentes, como cascadas impetuosas, solicitando firmas, sonrisas o besos. Pero nadie parecía haberse dado cuenta de que allí, tan accesibles, estaba ese pedazo tan denso de arte. Mi timidez se va al traste, y las palabras, como locas, saltan al ruedo sin que las haya podido frenar con mi recato habitual. Les hago saber concisamente de mi admiración. No se me ocurre nada mejor que ofrecerles el pago de lo que quisieran tomarse. Qué adolescente me sentí. La cosa empeoró porque mi arrebato de madre doblegó nuevamente la prudencia, y me acerqué para pedirles una firma para la peque. Me recuerdo como si fuera otra persona, y me avergüenza tremendamente haber vuelto a molestarlas, a interrumpir su espera. Cualquiera puede entender el suspiro agradecido de volver a verlas cercanas, tan amables, con su beso tan complaciente estampado en el papel… Lisa dijo que era la primera vez que firmaban un autógrafo antes de un concierto. Lo sé. He visto decenas de personas esperándolas con un boli y un papel o el cd a la salida. Quizás cuando más haya sido en el CCCB y en el Grec. En una ocasión fui una de ellas, y me pregunté si todos aquéllos vivían su música con tantísima intensidad. Los miré con curiosidad y con aquella complicidad de a quien le hermana un vínculo especial, un entusiasmo secreto que sólo es capaz de conocer quien lo comparte.

Iban llegando el resto de los convocados a cachitos, y yo corría con mi papel pegado al corazón, lo enseñaba como una niña con zapatos nuevos. Qué carcajadas desperté. Todos saben de mi debilidad por ellas desde la sorpresa descomunal del concierto de Horta, hará ya tres años… Y uno a uno, a base de explicarme con tanto entusiasmo, han ido comulgando en esa suerte de religión miguera. Aún quedan amigos a los que aprecio a los que no he convocado. Es un gran problema organizativo comprar tantas entradas de golpe. Pero los quince a que me sumé esa tarde, entre risas y miradas condescendientes, seguían mi exaltación, y me acompañaron complacientes cuando quería sentarme una de las primeras, como si fueran a llevarse el escenario si yo no estaba allí para vigilarlo…

Primeras notas. Mi latido cabalga ya al trote. Empiezan canciones delicadas, bellísima composición en que los instrumentos van cobrando fuerza por turnos, incluida la espléndida voz de Silvia. Saboreo con exquisita delicia cómo el violín la acompaña, le recoge la línea melódica,
la exalta. Silvia recoge el guante musical y nos regala intensidad y, para ahogo emotivo de los que los que seguimos la melodía con nuestra propia respiración, recoge tenuemente, con suavidad de pétalo o nana, y eleva el sonido, lo baila, lo acaricia con su aliento de terciopelo. Una quisiera levantarse de ese asiento, demasiado lejano, acercarle el micro para no perder ni un ápice de aire vibrado en unas cuerdas maravillosamente privilegiadas. Quisiera situarse también en pleno centro para disfrutar intensamente el juego apacible o vehemente de las guitarras. Sus idas y venidas, como de careo de sevillana, de coqueteo amable o de franco amor, hacen enormes los acordes, cantan en mayúscula el batir de alas de la armonía. Detesto las limitaciones de ese cuatro de mi asiento, tan inmovilizante. Porque el cuatro de los muleros es ya un cuatrocientos. Un ejército completo, en lucha abierta contra la impasibilidad. El sonido invade sala y corazones.





Tres piezas más tarde quizás. La entrega es absoluta. La renuncia que sólo acontece ante los grandes amores, en que una pierde el control del espacio y el tiempo. Se une por dentro. La visión casi interrumpe con su insulto de realidad el momento. Se me cierran los párpados para asirme con mayor firmeza al arrebato de la Gran Música. Cuando los ojos se abren, nublan ya la vista henchidos de lágrimas. Noto el rostro llenándose de estrellas con la misma luz que las ilumina a ellas. La voz interior acompaña el gesto ya imposible, la cadencia inasible, una intensidad soberbia que me vuelca en la butaca. Hay amigos que me hacen notar que he sido descubierta. El aplauso no basta. Cortázar diría que “uno está tan triste porque todo es tan hermoso”. Mi brazo truncado quiere estar inmóvil; mi alma lo enajena y lo une al hechizo porque el aplauso es cuanto puedo darles.

El final llega precipitado, cuando no estoy preparada para dejarme arrastrar lejos de su embrujo. En pie. El brazo protesta. El alma le riñe, como con un “come y calla”. Dispone como matrona. Llegará el momento de tu queja, ahora, que no eres más que un contraluz agradecido, no es el momento. El hechizo durará varios días aún. Su soberanía ha calado muy hondo una vez más. Me transportará a sus alturas inusitadas, y de nada te van a servir tus necias quejas de cuerpo. Tienes tu aplauso y, aunque ellas no lo sepan, tu espíritu vuela más alto porque has estado allí, de nada valen tus argucias somáticas. La magia ha ganado la partida.





Cuando algo es interesante, uno sale locuaz y desenvuelto. Cuando algo es realmente extraordinario, tan grande, no hay términos que se le acudan para describir… Salí de allí con un solo gesto: la mano –la buena- en el corazón, los ojos alicaídos, la sonrisa aún medio entorpecida por la bravura del sentir; el torpe kleenex seguía merodeando. Los amigos, que me habían arropado durante toda la transformación, discutían sobre dónde podíamos recalar por allí cerca. Algunos se despidieron. Muchos agradecieron. Y yo, boba aún y madre sensible, conseguí a última hora que Marta y Silvia, que fue la última, me firmaran, a nombre de Èlia pero a favor de las dos, que seguimos estampadas en un único papel. No consigo hacerles sentir mi agradecimiento. Acierto apenas a un “magnífico” que sé a priori del todo insuficiente. Pero de la misma forma que imagino notas poco hábiles ante un poema fenomenal, no hay muletas bastantes para las palabras que pudieran acertar la expresión de impacto prodigioso en que me sumergen. Y, como gastamos las cuatro estaciones o el excelso amor de La Traviata a fuerza de oírlos representando objetos comprables –el último, que me altera tremendamente, un coche al son de Violetta-, las palabras se nos quedan cortas a los que las amamos.

Los que compartieron esa noche conmigo toleraron amablemente mis escarceos con tirititranes y tararas, mis miradas una y otra vez a ese papelito de caligrafías indescriptibles, con que podría compartir mi dicha con Èlia, que las adora ya casi tanto como yo, mi estómago cerrado de pertinaz amante, y mi avidez instintiva por necesitar más, y más, y más…


Nota: la parte gráfica de esta crónica es la alegría de la peque, el domingo por la noche, tras su vuelta, el salto literal de su asiento, sus ojos encendidos, y la emoción con que me dijo “dec ser la nena més coneguda per a elles després de la Lola!”. Cogía el papel con notable emoción. Sólo pude contestar una sonrisa, y con el alma cantando por alegrías, que ella sí que sé que notó.

Nota2: tengo algunos mails y comentarios de mis acompañantes de esa tarde. Algunos lo disfrutaron casi tanto como yo. Por tanto, lo que podría haber resultado únicamente “arrastrarlos” fue mucho más que eso. No son mi pasión; son apasionantes.


Nota definitiva: siempre me pasa lo mismo, qué obstinación la mía. En lugar de contar algo, me detengo en los rodeos de contar lo que me pasa a mí cuando estoy con ello. Luego caigo en la cuenta de que me he perdido lo imprescindible. Como Caperucita Roja sería un fracaso absoluto. A lo que vamos. En primer lugar, en un podio mágico, la voz de Silvia Pérez Cruz. Poderosa, excepcional, juguetona, sutil y firme a un tiempo. Se la puede oír también con los Immigrasons. Es una delicia oírla en esa versión magnífica de "Menuda", o "Sólo se trata de vivir", por poner dos ejemplos. Tengo un amor que viene de antiguo por las grandes voces, en especial las femeninas. Así que me es mucho más fácil hablar de Silvia, que de Lisa (la violinista de sonido ágil; menuda, alemana y simpática), de Isabelle o Marta (normanda la una, sevillana la otra; ambas guitarristas entregadas, compañeras a un tiempo del grupo y compaginadas entre sí). Pero de la composición resultante puedo decir que tiene un nivel excepcional, los arreglos, cada sonido que acompaña o le pilla el relevo a la voz de Silvia es milimétricamente perfecto. Contribuye a ese resultado redondo, tan poco frecuente. Hay quien se refiere a ellas como "flamenco de cámara", gente que, sin duda, sabe mucho más que yo. Sea.
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Ciudad antitaurina???



Leo que las 19.000 entradas para asistir a la tortura a la que someterá a unos cuantos animales uno de esos toreros famosos han volado en menos de una hora. En MI Barcelona!! No se suponía que era una ciudad antitaurina??


No puedo expresar hasta qué punto me llena de rabia e impotencia una manifestación así de bestialidad. Y que nuestros impuestos subvencionen esas salvajadas porque le llaman "arte" (!). "Si el toreo es arte, el canibalismo es gastronomía", que dijo el genial letrista...


En Catalunya siempre se ha vivido el tema del toreo como bastante ajeno... o eso pensaba yo. Pero hay 19.000 bestias sanguinarias que han corrido para no perderse esa escena, para disfrutar cuando se le desangre, cuando se le deje parapléjico, cuando se le arrastre ya con un solo hilo de vida, para gritar de alegría cuando lo pinchen, y jalear cuando la espada ensarte su pulmón... Se ve que el Tomás ése debe de ser un gran torturador, de los que sabe matar pero que muy bien.



Alejad a los niños de los seguidores del toreo. Que vuestro perro no se les arrime. No dejéis que la primavera se acerque a ellos.


Es posible que, de no ser en pleno verano esa barbarie, buena parte de los asistentes pasearan también sus chaquetas de pieles. Me pregunto si los churretones de sangre les seguirán en su camino a casa. Si después de arrastrar tanta muerte encima serán capaces de besar a sus hijos, o si mientras les preparan una hamburguesa les entrarán unas ganas irrefrenables de apuñalarlas repetidamente.


Siento tanta rabia... Lo único que espero es que las nuevas generaciones, más formadas, más sensibles, le apaguen el grifo de sangre a este espectáculo tan denigrante.

Sin ti




Si supieras cómo te echo de menos…
Cómo se pasea mi gesto compungido, mi mirada derrotada…
Tú, que me elevaste como si yo fuera los dos Wright a un tiempo,
Me convertí en un miserable Ícaro retando a lo imposible
En cuanto te marchaste…
Me parece oír por aquí cerca
Risas desalmadas,
Como sólo los primates saben exhalar.

Si supieras cómo a mi alrededor
Huele tanto todo a tu ausencia.
Cómo duermo a trompicones,
Y cómo el despertar es una astilla
porque tú no estás.
Cómo el domingo se disfraza de lunes
Porque tú no vas a compartir
Delicias de beso con café.

Si supieras que ninguna película
Vale ya la pena
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Que descubrir una gran soprano
Tiene el mismo efecto
Que observar una flor que marchitó
Y que pudo haber sido tan hermosa.
Que las noticias de las que quejarse,
Las columnas de opinión
Con las que uno se puede elaborar
Ya me traen al pairo.

Que ya no tengo ganas
De esconder barriga en el espejo,
De inventar nuevos peinados
Con que sorprenderte,
De insistir con pegotes
De nombres impronunciables
Porque yo no me lo merezco.

Si supieras que corazón y cerebro
Se ladean peligrosamente
Hacia el lado del recuerdo.
Si supieras que mi felicidad
Es sólo una marioneta
Bailando al son de tus manos…

Tú, que arreglas cuerpos e impulsos,
Me ingresarías rápidamente
Para desintoxicarme el espíritu.
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Yo no tengo una tía Amparito



Si yo aún tuviera una tía Amparito, no me harían falta dosis
de prozac ni los whiskys de casi marca.
Y es que la tía Amparito que ya no tengo, con toda la autoridad que le daría su diminutivo en propiedad, llegaría a verme los primeros martes de cada mes, el espacio que le permite otro año de clases de bailes de salón −para poder seguir criticando alegremente a los hombres−, y los maceteros, que se replican como conejos para todos los cumpleaños, de un impecable color crudo de macramé auténtico.

La tía Amparito, si la tuviera, llegaría con su aire de verbena añeja, canturreando boleros en homenaje a aquel muchacho, que decía ella, que la sacó a bailar hace tres miércoles, y que le hizo temblar hasta el lalazozo del vestido al decirle obscenidades sobre sus piernas. Amparito repetiría “¡vaya fresco!”, pero al segundo la oiríamos tarareando aquello de lo dejo todo con aquella especial intensidad que todos conocíamos.

Si aún la tuviera, la tía Amparito llegaría el domingo siguiente, después de haber visto Mamma Mia, con un amplio repertorio de coreografías nuevas con que encandilar a los mirones de todos los miércoles.
También pediría nuestra aprobación para una tela de estampado tirando a verdoso, con la que se pensaba hacer un vestido igualito que el de Grace Kelly, no será demasiado llamativo, ¿verdad? Pero cómo va a serlo si cuántas décadas debe de hacer de lo del accidente, pero niña si no ves
que las princesas no se pasan, y cuánta razón iba a llevar.

Amparito, esa tía que sería todas las tías del mundo, luciría ojeras y olvidaría el pintalabios cada vez que uno de esos frescos que le perdían atendiera más a la camarera, rubia de pote y con ese escote ya me dirás tú, que si tu abuela Asun levantara la cabeza. Que ella creía que el único sitio decente de una soltera de más de treinta y cinco era el convento, y que si ya no se había hecho marido de ella, habría que sacarle el gusto al dulce. Y ella hubiera triunfado, que si los tocinillos de cielo hay que ver lo bien que le salen que otra cosa no pero para los dulces y que vete tú a saber si habiendo hecho dieta y si ella fuera menos respetable y que si un día que llevó escote que qué vergüenza pero fue el centro de atención del cha-cha-chá que si ella hubiera querido… Y a la segunda copa de pacharán ya se prometía un vestido más breve por lado y lado y soltaba esas lágrimas en forma de carcajadas que a todos nos aliviaban tanto.

Acostumbraba a ser la fase siguiente la del contable, con bigote y gafas, con quien iba al cine todos los sábados y jugaba al remigio todos los jueves. Es muy trabajador, nos contaba. Me trata como una reina, y se componía el vestido. Pero un buen día, que al levantarse decidía calzarse su mejor carmín y teñirse las raíces, todos sabíamos que ya sentía que la baraja española se le quedaba corta, y que si ¿aquél tan soso? Anda ya, que con lo que se la miran en el baile… si ya iba a bordar baberos no hagas esa cara de susto que no son para si un día te decides que ya sería hora con lo bueno que es ese chico que no son para ti no que son para todos esos vivalavirgen que me miran como si les fuera la vida en ello y que hay que ver qué frescos.

Y mi tía Amparito, la que ya no tengo, seguiría llegando con sus vestidos recortados,
su aire de verbena, los frescos en su imaginación, usufructuaria indefinida del diminutivo y la carcajada-prozac, y los martes primeros de cada mes seguirían siendo una fiesta.

Si yo fuera Frida


Si fuera Frida, pintaría mil veces estas agujas amargas que penetran el alma de los huesos. Y, seguramente, en una suerte de ancestral agüero, las borraría una a una, a veces con tal tesón que apenas si quedara una leve secuela, un desdibujo que ofreciera más recuerdo que visión. Otras, la impaciencia posiblemente acabara por dibujar una desdichada brecha en el papel, como cuando era niña y andaba aprendiendo letras y formas. Y también como niña, azorada por el riesgo inminente de reprimenda, contendría la respiración, abriría grande la boca para darle más circuito al pensamiento escapista, y rompería rauda la prueba del error, con un “¡no vale!” impetuoso, aliviado, con apenas conciencia de una trampa en diminutivo.




Si fuera Frida, podría maldecir el desapego de Diego. El cansancio abatiría a veces mi gemido, y entonces despertaría en un nuevo día, con Diego reposado a mi vera. Sé que sonreiría. Alzaría un dedo y recorrería delicadamente, con el susurro instalado en el tacto, ese perfil amado, tan mío y tan ajeno. Como esas agujas que se clavan y son capaces de borrarse a un tiempo. Quizás ese delicado gesto, ese fragmento de tiempo en que le ganara la carrera a la vigilia, bastaría para desear vivir un nuevo día, preñado de desapego, sí, pero con la promesa de un nuevo despertar junto a su sueño.



Pero no soy Frida. Tuve un Diego y lo perdí. Mis ojos ya nunca serán los mismos después de haberlo llorado tanto. Hasta es posible que sus flechas no puedan desaparecer tras ninguna goma de borrar. Asistiría a la reducción progresiva de las letras, deteniéndome a cada rato para volver a sentir su olor… NATA, ATA, TA, A. Tratando de olvidar la obsesión, podría distraerme construyendo frases que llamaría “de borrado”; no, no: “frases de inexistencia”; “palabras de olvido”; “nada por aquí, nada por allá: ¡y desaparecerán las señales antes sus atónitos ojos!”… “MI MILAN tiene MIL MILA”; “MILA MI MILAN”; “MILAN MILA MIL a MI”. ¡Y qué bien huele, dan ganas de comérsela! Finalmente, urgiría a las migajas de su serrín desparramado para fregarse, ya en un gesto desesperado, contra la tinta. A sabiendas de que había atravesado ya todas las capas del papel. Que la única manera de acceder a la magia del “¡y ya no está!” era saliendo con un boquete en el alma.



Pero no soy Frida. Y en el dibujo se distinguen claramente flores y estrellas. Cálidas, perfectamente delimitadas, hermosas como sólo la naturaleza sabe crear, y sólo algún benevolísimo ángel puede acercar a ese dibujo de mi vida. Estrellas como puños. Brillantes como soles, delicadas e iluminadoras como candiles en la oscuridad. Se acercan mis amigos con el corazón generoso, la risa ágil, el gesto confidente. Me esperan, mientras trato de reponerme. Y la niña de la goma asesta un puntapié despiadado a las saetas y a todo metal punzante malintencionado. Se viste de faralaes, salta y baila y corre como mariposa en primavera. Y la NATA ya no ATA, porque no hay más magia que estar ahí, bordeado mi perfil de colores sorprendentes, que las agujas sólo hilvanan, que las lágrimas sólo multiplican en destellos, y que llenan el mundo de nuevas gomas con que olvidar.
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