El 'arbol mágico'

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Puede que pase en todos los barrios. Puede que sea de común conocimiento. Puede incluso que pase y haya mucha gente que no se dé cuenta. Pero yo estoy orgullosa de tener en mi barrio lo que yo llamo un “árbol mágico”. Nuestro árbol tiene la tremenda ventaja de convertir algo que le sobra a alguien en algo que precisa alguna otra persona. Ropas, muebles, libros, cd, objetos de decoración: cualquier cosa que alguien no quiera puede dejarse al pie de ese árbol, y alguna otra persona sabe que es de buen uso. Quiero decir, nadie deja allí cosas demasiado deterioradas. Incluso es habitual ver notas encima de los aparatos, que es lo más complicado de diagnosticar: “Funciona bien”, “No va el mando a distancia”, “El interruptor está atascado”. Me parece una magnífica forma de reciclaje. Alguien del barrio pasa por allí y, si le conviene, en lugar de comprar un trasto nuevo, hace uso del que otra persona quiere deshacerse. Me he acordado ahora que, haciendo algo de orden en un armario, he encontrado un viejo contestador, y he pensado en dejarlo al pie del árbol, aunque cuento con el hándicap de que cada vez se utilizan menos esos cachivaches. Para mí, que tengo esa tremenda tendencia a no tirar (por suerte, no tengo la misma tendencia a recoger, porque si no ya sería una afectada del síndrome de Diógenes con todas las de la ley), me tranquiliza enormemente el espíritu comprobar que al cabo de un rato mi ‘donación’ ya ha sido recogida y, por tanto, apreciada. Toneladas de esos trastos que parece que precisan los niños pequeños han ido a parar al árbol mágico. Revistas. Películas de vídeo.

También he recogido multitud de cosas de ese árbol. Cosas que probablemente jamás hubiera comprado pero que, una vez las he tenido al alcance, me han llamado la atención. Así, me he hecho con una colección de revistas antiguas del National Geographic, libros de texto de los años 50, una rinconera modesta para mi recibidor e incluso un pack de habitación infantil de juguete, en las épocas aquéllas en que poder desenvolver un regalo de Reyes era para la Reina un aliciente comparable al de descubrir el más maravilloso de los regalos.

Me repugna ese espíritu acumulativo que tenemos como sociedad en la misma proporción que me alegra que se aprovechen cosas que permanecen en buen estado. Sé que Zapatero me debe de estar mirando mal, porque claro, no es manera de salir de la crisis: parece que si no nos ponemos de acuerdo para (con perdón) agilipollarnos ante los escaparates y las cosas que no necesitamos, nuestro sistema está más próximo a irse al carajo.

En una forma de vida tal que el éxito empresarial consiste en crearnos nuevas necesidades, la presencia del “árbol mágico” del Guinardó conserva ese espíritu trasnochado comunitario. Desde pequeña, la Reina debía deshacerse de algunos de sus ‘tesoros’ si quería que los Reyes Magos (o Papá Noel, o quien fuese) no pasase de largo pensando que ya tenía demasiado.

Quizás, quién sabe, el árbol del barrio haya enseñado a mi pequeña esa virtud del compartir en lugar de la tendencia común a acumular, y las nuevas generaciones conserven la magia de nuestro árbol.
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7 comentarios:

imaginari dijo...

Tens raó, Susana, l'excés de consum és una pandèmia de la nostra societat insatisfeta.
A Gràcia fan uns "mercadillos" d'intercanvi d'objectes, la gent te permís per col·locar al terra els seus objectes. Una bona iniciativa.
Però la societat en la que vivim funciona per la economia pura i dura, i el consum és la llenya que aviva la producció i que ens acabarà ensorrant.
Ves a saber si totes aquestes deixalles es convertiran en el combustible d'una societat futura.
Mentre, que segueixi cagant el Tió del Guinardó.

sin reglas dijo...

verdaderamente magico. y no solo el arbol.

magicas las personas que donan sus propiedades obsoletas para servicio de otros.

magicas esas personas que enseñan a la nueva realeza que no hace falta acumular para tener.

Liquem Nuc dijo...

Definitivamente envidio tu manera de ver la urbe (envidia sana se entiende) Lucky you.

Ramon dijo...

Lo hablamos no hace mucho. Hace menos de quince día me deshice de una vieja cama y su colchón. Era jueves, el día que el ayuntamiento efectúa la recogida de muebles y trastos viejos. Bajé la cama. Subo a por el colchón, que por cierto, para evitar engorrosos esfuerzos y aprovechando su naturaleza no pesada bajó volando por el hueco de la escalera. Nada, por tanto, tres minutos como muchísimo. Saco el colchón y la cama no estaba. Quedé estupefacto, más incluso que si David Copperfield hubiese volatilizado la estatua de la libertad delante de mí.
La experiencia del árbol no la tengo. La valoro enormemente. La tendencia a compartir, a aprovechar, a la sostenibilidad.
Hoy he visto una chica que llevaba una bolsa en la que podía leerse: nacemos, compramos, morimos. Ironía a parte, es ciertamente para lo único que nos quieren. Para que gastemos. Protejamos los árboles para que puedan existir más rincones como el que nos explicas, que por cierto, ya me darás la ubicación exacta. Molts petons

MARIEL dijo...

Susú, ese árbol tenía que quedar cerca de tu casa. ¿Estás segura de que no está adentro? Cómo nos cuesta deshacernos de las cosas. Las investimos de historia, de recuerdos, de presencias invisibles que les dan vida y las arrancan del sueño.

Pero el mejor viaje es el de quien va ligero y no tiene mejor posesión que sí mismo y aquellos a quien ama. No nos llevaremos nada de lo que tenemos, así que mejor dejarlo a los pies generosos del árbol mágico del Guinardó y recoger, como una ofrenda, lo que el árbol elija darnos. Y adivinar las historias escondidas en lo que recogemos.

A mí me gustan las cosas usadas. Si lo pienso, tengo muy pocas cosas nuevas. Me gusta lo viejo, lo gastado, lo que tiene ruta. Es como las cantantes maduras, a las que se les curte la voz con la experiencia.

Que la reina frecuente el árbol es poner en acto, sin lecciones ni explicaciones de ocasión, ese don en desuso de la solidaridad.

Besos que te entrego sin medir ni calcular, esta mañana de domingo.

emeygriega dijo...

Qué linda idea. Entre mis amigos el árbol existe esde siempre: nada se tira, todo se reubica. Lo que a mi ya no me interesa, puede interesarte a vos y viceversa.
Lástima que aquí tambien existen las bolsas de basura mágicas, donde cada noche revuelven los pobres para aprovechar las cáscaras de nuestro almuerzo. (hoy hablé mal de vuestro deporte patrio: no os enojéis!)

Blanca Andreu dijo...

Me encanta ese árbol. Aquí no podríamos tenerlo porque todo se empapa enseguida. Los aparatos se fundirían, las revistas se desharían y todo se destruiría con la humedad y las lluvias.-

A lo mejor podríamos tener un soportal mágico.