Feliz resto de uno de los años de este año


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El fin de año es para mí de un estrés considerable. Para empezar, nunca sé qué voy a hacer, dónde voy a estar, así que el día anterior o el mismo día siempre son momentos de prisas y de montones de llamadas, en uno u otro sentido, de tanteo festivo.



Una vez decidido el lugar en que a una le pillará la bisagra del año, toca la pesadísima preparación. Comprar comida “especial” (está mal visto acabar el año con verdura y sardinas, por ejemplo), hacerse con un buen racimo de uva blanca (me pregunto yo por qué no se pueden comer uvas moradas, que son mis preferidas). Conseguir que alguien compre para ti unas braguitas rojas (sí, soy supersticiosa y además hortera; en mi favor diré que cumplo religiosamente ese ritual desde hace 25 años, en que unas amigas italianas me regalaron mis primeras braguitas rojas, para mi descomunal asombro).



Hay que preparar entonces una bolsita donde depositar la muda usada para hacer el cambiazo a media noche. Así pues, toca bolso grande. Nada de mini- monederos bonísimos en que no cabe ni un papel de fumar.



Luego está la preparación de la vestimenta (exterior). No porque una deba elegir entre diversos modelos con lentejuelas. No. Es que una tiene que prever la movida ‘interiorismo’. Así pues, por más que se vaya a despedir el año a Alaska, no es práctico el modelo-cebolla: pantalón de pana con leotardos y pijama debajo. Yo también acostumbro a prescindir de calzado complicado, que luego es un engorro y el momento hasta que se puede por fin hacer el brindis y repartir los besos no llega nunca.


Luego toca buscar una libretita, preferiblemente de tamaño pequeño (un cuarto de DinA4 estaría bien, sobre todo si no se me considera por ello publicista encubierta de ninguna marca papelera). Un bolígrafo que no falle de color azul (rojo, verde, o cualquier otro distinto del negro). Y de eso, que se sepa, ya le echo las culpas a EastRiver (Ramon, perdona, pero te toca estar en el banquillo de los acusados). Hace miles de años celebramos juntos la jornada, junto a M., una amiga común, de tal manera que “aquello” se convirtió en el archifamoso Anti-Fin de Año o AFA. Sin fiesta, manjares ni coñas marineras. Pero con un montón de rituales para llamar a la buena suerte. Hay que decir que, a pesar de ser un AFA, nos reímos un montón, pero el ritual de los papeles dejó una huella indeleble a través del tiempo. No tiene mucho secreto: básicamente se trata de escribir deseos para el nuevo año /anti-deseos del año anterior hasta que llegue la hora de la quema de sendos papeles. Resumiendo, Ramon es el culpable de que vaya haciendo el ridículo año tras año todos los 31 de diciembre, y deba escribir, guardar, quemar y sobre todo explicar qué hago a todos los “nuevos”.



Y por si todo ello no abultara suficiente en un bolso, hay que hacerle un hueco al móvil. Ya se sabe: a las 00.05 toca mandar mensajitos a los seres queridos, y también a los que te quieren –que no tienen por qué ser los mismos
o a los que están aburridos y no les importa ir gastando saldo. Como a esas horas la red se satura, una debe pasar las siguientes dos horas reintentando los buenos deseos telefónicos. Por eso no me gustan las fiestas en que se baila: ¿alguien ha intentado bailar con un bolso enorme y repleto, una copa de cava y el móvil en la otra mano? Si encima una lleva tacones y/o falda de tubo ya es como para empezar el año con un tremendo traspiés.


Si se ha trabajado el día 31, como era mi caso en esta ocasión, casi no sabe qué ha pasado desde la cena hasta la hora de irse a dormir. Más que nada, confía en haber superado un sonambulismo medianamente digno. Lo de esperar taxi indefinidamente con la tentación de sacarse los zapatos y sentarse en el suelo es una de las formas en las que una acaba tomando conciencia de que, desgraciadamente, sigue despierta, y aquello no es una pesadilla. Tratar de evitar a todos aquellos borrachos poco acostumbrados a la bebida y que salen a pasear indefectiblemente todos los fines de año es otra de las pruebas de fuego de la noche. Sortear en gráciles saltitos los accidentes fisiológicos de la vía pública, otra tremenda prueba. De ahí que una intente no sucumbir a la urgencia por sacarse los tacones, se entiende, ¿verdad?


Sin tener muchas veces demasiado claro cómo o cuándo, casi siempre una regresa a casa. No es capaz de decirle que no a su peludo menea-rabos y alarga otro poco el deambular nocturno a ritmo de árbol y, finalmente, se derrumba en su apacible colchón.

Ya parece haber acabado la jornada, pero no: una nunca está segura de haber acabado de cerrar los ojos cuando maldice la falta de capacidad de autoprogramarse en modo silencio/bip/reunión de su sofisticado móvil. Mi mami quiere hacerme saber desde muuuy primera hora que me desea muy feliz año y que, como siempre, está viendo interesadísima el concierto de año nuevo. La falta de sueño ruge en tono de valses. Me pregunto si habré brindado con ríos azules para beber.



Mientras entreabro los ojos para apagar, ahora sí, el móvil, recuerdo a cuantos no llegué a felicitar en esa noche loca de todos los años, aunque estuvieron conmigo desde siempre, desde mi elección de mega-bolso hasta el atragantamiento con la duodécima uva. Desde el primer mensaje atorado en el móvil hasta mi tremenda espera de taxi. Y aunque tarde, aunque siempre llegue a destiempo y no me caigan demasiado bien esas veladas en que está obligado trasnochar y divertirse, ellos, vosotros, sabéis que os tengo siempre conmigo, y que os deseo lo mejor para este pedazo de futuro que se llama año recién estrenado.



Y para hacerlo con el lenguaje de Adelita, mi santa madre, os dejo un pedazo de ese vals de año nuevo pero que alcanza los cielos con Sumi Jo. Porque ella, Adela, probablemente me enseñó a querer, porque las palabras se me quedan pequeñas mientras que la música me parece enorme, y porque de las cosas más hermosas que puedo daros a los que quiero son las que recibo de ella, ahí van mis mejores deseos, mis ríos más profundos, mis pasiones más azules. Ahí voy yo, y todo el cariño que os tengo ya.



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P.D. Fijaos cómo de humana soy -por aquello de tropezar en la misma piedra tropecientas veces- que confieso que me encantaría celebrar el fin de año árabe, judío, persa, hindú... , cada uno en su fecha y con su número de año correspondiente, y desearos una y cien veces todo lo mejor, incluso aunque supusiera un desproporcionado sufrimiento de pies entaconados, un problema de bolsos, o un nuevo ataque de búsqueda de ropa interior adecuada al evento. Pero por si acaso no se tercia, felices también el resto de los años que se celebran este año. Un gran abrazo.
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12 comentarios:

Jordi Pascual Morant dijo...

Susana,
divertida e irónica crónica de tu travesía ritual entre el 9 y el 10 de éste milenio, que apunta hacia los grandes avances tecnológicos y los retrocesos de siempre.
Qué agobio tanta preparación, pero la ilusión puede con todo.

Te deseo lo mejor, tanto, que no creo haya un bolso suficientemente grande para ponerlo todo.

Una gran abraçada.

Felipe dijo...

Buena narración de 'angustia' celebrativa

Gracias a ti y por dejarnos ese Danubio Azul tan inmenso

Saludos

Kanela dijo...

Feliz año Susanita. Acabo de llegar como aquel que dice de pasar estos dias fuera y aunque con niños tiene mas encanto a mi tambien se me hacen un poco pesados.Eso de tener que pasarlo bien para fin de año si que esun rollo. Yo prefiero que hagamos una escxapada improvisada si podemos dejar los niños con los abuelos que todo el follon de l a noche de fin de año sobre todo si la casa es tuya. La voz de la cantante me ha sorprendido mucho!!! Empezamps bien el año querida susana.Besos.

Kanela dijo...

que fuerte! sabes que ha pasado?! he dejado puesta la musica del video mientras hacia cosas y los niños estaban por aqui y se han quedado alucinados, yo creo que porque reconocian la musica pero no se esperaban la voz increible de la cantante. Sobretodo el niño que yo creo que es muy sensible. Les he preguntado si la volvia a poner y me han dicho que SIIII. Gracias a este cajon sorprendente han oido opera por primera vez con gusto!! Sera cosa del nuevo año vida nueva?? ja ja ja. Gracias Susana, que esto no lo esperaba yo.Besos.

Isabel Martínez dijo...

¡Ay, Susana! Cómo te entiendo con todas estas liturgias "findeañeras". Como tú, trabajé el 31 y, luego, corre que te corre. Menos mal que de la cena se encargó mi hermana, que no trabajaba.

Nos pusimos braguitas rojas regaladas por una amiga que se apuntó con su familia, echamos los anillos a las copas de champagne en los brindis e hicimos las propias listas de rituales de buena suerte, aunque habladas. Por si las meigas...
Lo de las bragas rojas son ya muchísimos los años que lo hacemos, tantos que ni me acuerdo. Pero este año introdujimos una variante: cortarlas tras las campanadas, hacer un montón con ellas y prenderles fuego. ¿Qué humareda armamos!
Uvas no tomo en Nochevieja desde hace muchos años. Me atraganto. Las sustituyo por palomitas, que me encantan, y soy capaz de devorarlas a velocidad de vértigo. Mis sobrinos se apuntan a las palomitas y lo pasan en grande con las campanadas.

Un lío esto de tanta fiesta. Se curra mucho en la cocina, en la compra previa, en las puestas y quitas de mesa. Un jaleo propio de estos días. Cuando vuelve la normalidad, respiro y me reconcilio con mi estómago, ahíto de tanta comida y bebida.

Magnífica voz las que nos has regalado. Lleva razón la comentarista que te lo ha puesto de manifiesto. Hipnotiza y alegra. No me extraña que los niños hayan alucinado.

Petons.

NINA dijo...

Uf!!!
Me estresé...
y eso que ya me había relajado.

Saluti

mariajesusparadela dijo...

También un abrazo para ti.

Juan Navarro dijo...

Mi noche fue tranquila pero, con tu relato, he acabado realmente agotado. Dioses, qué trajín.
Feliz año.

m.eugènia creus-piqué dijo...

Madre mia Susana !!! Me parece que si tengo que hacer todo esto ya no salgo, pues veras, ya no me queda humor para estas celebraciones, antes no me perdía ni una, estuve en casa viendo un peli y tan pancha, este año fué el prmero que no compré ni uvas, para que ? para comérmelas sola como una mona pues va a ser que no,cómoda,comodísima, mis galas fueron un chandal y cuando me cansé me fuí a dormir.Petonets guapa.

Eastriver dijo...

Susana, qué risa. Yo celebré fines de año canónicos pero eran horribles, llenos de gente y con un matasuegras que te daban. Desde que nos inventamos el AFA que yo, a mi manera, sigo celebrándolo. Y los papelitos que se queman, menos calzoncillos rojos que eso no lo he hecho nunca... En fin, qué cómo te entiendo y que tú sabes que cuando me río de tus cuitas me río de las mías, que son las mismas. Una abraçada molt especial.

(Es curiosísimo la palabra de verificación que me sale en tu blog cuando pongo un comentario... curioso y rarísimo... parecen palabras de broma. Cuando sean muy evidentes te las iré poniendo. Hoy me pide que escriba "irene". No me digas tú...)

Xavi dijo...

Bon Any Susana. Haz como yo, te vas a una "masia" en medio de la montaña con unas familias más o menos conocidas y un montón de niños. Te vistes como quieres, comes un poco de carne a la brasa, alguien compró uvas i se toca la guitarra i canta hasta que no te queda voz. Así ni bragas ni bolso ni telefono (sin cobertura) ni vestidos de noche aparte del pijama
Petons

Antonio dijo...

Como dirían en mi tierra, "Te sale la gracia a borbotones". Qué divertida crónica de noche vieja, jajaja... me he reído un montón con tus avatares. Doy gracias a quien sea por no usar zapatos de tacón, pues ya me cuesta andar con los normales.
Diría más, agradezco haber pasado a la edad del sedentarismo trasnochador. Yo, si acaso, bailo un par de piezas sueltas y me aposento de nuevo.
Este año, reconociendo que no soy nada supersticioso ni creo en las parafernalias propias del evento nocheviejero, me han incitado a brindar con un anillo de oro en la copa de cava... dicen que trae buena suerte. El anillo me lo tuvo que proporcionar una amiga argentina que, sin previo aviso, me lo colocó en la copa... me pregunté si eso no tendría otro significado o pretensión... la miré de soslayo y no pude adivinar sus intenciones.
Para colmo, una vez terminada la fiesta, se le ocurre, a la susodicha argentina, decir que si quieres viajar en el año entrante has de coger (bueno en su caso sería tomar, pues ya sabes el significado de coger para los argentinos) una maleta y dar una vuelta por la calle con ella. Imagínate, yo no fui, a grupo de gente rodando una maleta por la calle a las tres de la madrugada, eso sí, con alguna copa de más y musicados por la risa. El hecho es que estoy sorprendido, pues me acaba de llamar un amigo de Nueva York invitándonos a visitar la ciudad y luego ir a Santo Domingo este verano. Será verdad eso de pasear la maleta.
En fin, que doy gracias por estar en una edad cincuentona, donde está uno rebajado de servicio para estas juergas impuestas donde el que no participa anda fuera de juego.
Un abrazo, buen año y que sigas con tus relatos cargados de ironía y buen humor.