La virtud de volverse planta (II): el vecindario que aloja mi terraza

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Apenas tengo raíces. Mis colores son deslucidos. No me gusta tomar el sol. Jamás he tenido savia (y aún menos su homófona). Y, con estos calores, la cerveza fría supera en mucho a mi afición al agua (bebida, se entiende). Aun así, espero de mis tardes que me devuelvan algunos instantes de sentir clorofílico. En la entrada anterior me expliqué en buena parte; ahora sigo.

Cuando abandoné aquel raquítico estudio en el que vivía yo, a pesar de que aparentemente no daba para más que para los PinyPon, me alegró poder instalarme en un pisito donde cabían hasta plantas. Los antiguos habitantes de mi actual casa me dejaron tres cadavéricos hierbajos, y yo dispuse algunas plantas más. Sometí a los primeros a unos cuidados intensivos que ríete de la UVI, y todos se rehicieron, se fortalecieron, y mostraron las plantas radiantes que había en su interior. A estas alturas ya puedo decir que me sonreían sin parecer totalmente loca, ¿verdad? Tan contentas andábamos las plantas y yo (ellas metafóricamente, claro; que lo de “loca” era sólo broma) que cuando llegó diciembre, y por primera vez en la vida, decidí transvestir a mi ficus enano recién resucitado en un árbol de Navidad alternativo. De acuerdo que es un arbolito de exterior. De acuerdo que la calefacción de las casas no le sienta bien ni a los cactus del desierto, incluso aunque estuvieran resfriados. De acuerdo que en su ubicación ideal en el interior no le daba ni la luz de mi encendedor. Pero se le veía tan mono, con todas sus bolitas rojas, sus símiles de hielo dorado, su estrellita ladeada porque el maldito se empeñaba en no tener punta… Vale, sí, algo hortera también, pero una tiene derecho a ilusionarse con algunas tonterías mientras no haga daño a nadie, ¿verdad? Y ahí vino mi gran sorpresa. Sin electrodos ni mandangas: a pelo. En pleno diciembre, y con todos los factores en contra, mi ficus enano empezó a brotar.

Su fuerza al crecer era tal que, para que se me entienda, es como si estuviera lleno de fonemas BR. Brotó a lo bruto el bribón, sin brebajes. Con brío lleno de brácteas, vibrantes, brillantes, braceadoras, y me dejó bradicárdica, con brechas y en bragas.

Pensé muy seriamente que lo que le pasaba era que era muy presumido. Ahora ya lo llamaría metrosexual, que queda como más fashion, pero entonces sólo era presumido. Le molaba su traje, que lo trasteara durante horas y ser el centro de atención, aunque para ello debiera sufrir. Casi parecía una crueldad desnudarlo y devolverlo a su hogar, en un simpático rincón de la terracita.

Hasta que un día vi la luz. Andaba yo chafardeando un libro de plantas que tenía mi novio de entonces. Y digo chafardeando y no digo leyendo porque era enterito en francés, y si no me apaño muy bien con el idioma vecino a la que me sacas del café au lait (y porque me suena saleroso, que si no…), cuando nos metemos en el terreno de los sustratos, los hábitos de riego, la poda y los abonos, es para fermer la lumière et alle alle. Bueno, pues la última de las secciones de los cuidados que se dedicaba a cada una de las plantas era, palabra, con qué otras plantas se llevaba bien. Ahí me apliqué todo lo que pude y solicité varias veces la colaboración de mi políglota pareja. Por poner un ejemplo ficticio: no se te ocurra poner un geranio junto a un ciclamen, que se llevan a matar (a se asesiner). En cambio puedes buscarle una amiguita dalia, con la que sin duda hará muy buenas migas (des bones miettes de pain). Resumiendo, no sé cómo, un señor serio dedicado a la botánica había llegado a profundas conclusiones sobre las amistades entre las plantas. Vamos, que también se había ocupado de la psiquiatría vegetal. ¿A alguien más le parece increíble? “Creo que mi jazmín está algo deprimido: cada vez tiene menos ganas de oler”, “Cuénteme, ¿cómo es su vida social?”. “Verá, la bugambilia no le habla…”; “¡Ahá! Mi diagnóstico es que padece una fobia social de origen flor-fucsia; le recomiendo un cd de Bach tres veces al día, y que le explique el cuento de las judías gigantes todas las noches; vénganme a ver en dos semanas”. “¿Cree que hará falta ingresarlo?”. “Aún no podemos saberlo. Quizás debamos someterlo a una terapia intensiva con mustélidos, para provocar su reacción.” “Pero, ¿se curará?” “Por supuesto, señora. Hoy día la tecnología nos permite unos injertos muy sofisticados de ambientadores casi naturales”.

Aprendí tanto con el librito francés, más por intuición que por erudición, que fue llegar a casa y poner el ficus enano bien lejos de la palmerita. Aunque no sonríe tanto como cuando se disfraza de árbol de Navidad, se le ve mucho más feliz, entre plantitas de las que desconozco el nombre (bonitas todas), a excepción de una, que sé cómo se llama en función de sus hábitos alimenticios.

En efecto, mi novio de entonces, experto en franchute a la par que amante de las plantas, y que le tenía una tirria insufrible a los días conmemorativos que se inventan en los grandes almacenes, dio su brazo a torcer (sólo parcialmente: dejémoslo en antebrazo) un año en el día de los enamorados. Su regalo no consistió en un ramo de flores, unos bombones en caja con forma de corazón ni, por supuesto, en un anillo o convenciones similares. Aunque valoré en su justa medida el sacrificio de comprar un regalo precisamente ese día, mi rostro parece que no fue el reflejo de una gran alegría, aunque sí de una enorme sorpresa, tanto para bien como para mal. Porque a nadie más que a mi rarísimo novio se le ocurre regalar en el día de los enamorados… ¡una planta carnívora! No me lo tomé como nada personal, la verdad. Pero teniendo en cuenta que toda mi referencia al respecto era la peli de “La tienda de los horrores”, bien me puede agradecer a estas alturas seguir vivo.

Mi planta carnívora, a la que tuve la original idea de llamar “Carni”, no sólo no me ha arrancado para zampárselo ningún brazo (gesto que me hubiera motivado poquísimo para seguir regándola, francamente), sino que se hizo amiguísima de mi ficus enano. Quizás tenga que ver con que la Carni fabrica una especie de elementos ornamentales (que en el fondo son una trampa para bichitos incautos) con forma de condón con tapa. (Aviso para intrépidos: yo no intentaría usarlos para ese fin ni siquiera en casos desesperados). Mi presumido arbolito crece alegremente en dirección a la Carni, yo creo que para cubrir su flequillo de ‘condones’ de crecimiento a lo tirabuzón. Quizás incluso estén enamorados. Quizás un día encuentre un pequeñísimo árbol que todas las Navidades se cubra de adornos con formas anticonceptivas. Quizás encuentre un día una carni diminuta y traviesa que le pellizque el trasero a mi perro con sus tapas, mientras mira hacia otro lado (y que silbaría disimuladamente si dispusiera de labios). Mamá Carni elevaría uno de sus condones en forma de dedo amenazante, mientras que el viejo potus taparía con disimulo su risa de abuelo cómplice. La palmera, que tiene un carácter algo huraño y solitario, bajaría la mirada renegando de la terraza que le había tocado en suerte.

Por lo pronto, yo seguiré saliendo a leer todas las tardes un rato con ellas, esperando que me cuenten sus nuevos secretos. Sé que esos días en que esté jodida de veras, sus células mágicas les harán el boca a boca a mis neuronas, y sentiré algo parecido a la savia empezando a sonreír dentro de mí.
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La virtud de volverse planta (I)

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(a Ramon y Mariel, amigos de grandes corazones fitonisos, fitoilógicos y,
sobre todo, fitoterapéuticos)


(Fotos: Karl Blossfeldt)


Un erudito bengalí, Jagadish Chandra Bose (que en su lengua materna tiene los tan estéticos signos de জগদীশ চন্দ্র বসু, que parecen como magníficas plantas colgantes), físico, biólogo, botánico y arqueólogo, mientras estudiaba los cambios en el potencial de membrana de las plantas a la hora de provocar un ascenso de la savia, descubrió que se producían cambios internos como respuesta a diferentes estímulos. Mediante estas modificaciones en el potencial de membrana celular (y, por tanto, de naturaleza eléctrica), a finales de la década de 1920 comprobó que las plantas reaccionaban “emocionalmente”, por llamarlo de alguna forma. Eran capaces de sentir algo similar a lo que nosotros denominamos miedo, dolor o afecto.

Años más tarde, Cleve Backster, experto poligrafista de la CIA, tuvo la famosa idea de ponerle los electrodos de ‘la máquina de la verdad’ a una planta. Corría el año 1963 cuando publicó sus primeros trabajos al respecto. Las plantas no sólo se alteraban ante la presencia de un objeto amenazante (tijeras, cuchillos, fuego…), sino que bastaba con que el científico “pensara” en tomar las tijeras para que las plantas tuvieran un sobresalto. En cambio, aunque verbalizara que pensaba cortar algunas hojas, si sabía que no iba a hacerlo, las plantas permanecían en reposo. No se tragaban sus mentirijillas. Por el contrario, cuando alguien pensaba en regarlas, las plantas sentían algo similar al placer o a la alegría. Es lo que él denominó “percepción primaria”.

Muchos muchos años más tarde, cuando yo me interesé por la medicina natural, la profesora de bioquímica –de rigor incuestionable desde mi punto de vista, y desde el de los que le dieron todos aquellos aburridos títulos de científica− nos relató el experimento que habían llevado a cabo ella y un compañero médico. Le pusieron unos electrodos a una planta que, naturalmente, reaccionó haciéndole caso a Bose y Backster, y se asustó muchísimo cuando se acercaron a cortarle una puntita. La cosa curiosa es que se asustó lo mismo cuando los Eduardo Manostijeras de la ocasión se dirigían en dirección contraria a la planta controlada, con la intención de cortarle una puntita a otra planta distinta. Aquello sorprendió a mi profe y a su colega. Rizando el rizo, llevaron a “la otra” al alféizar de una ventana en el lado opuesto de la casa, y la de los electrodos seguía reaccionando con miedo y gran inquietud si le trataban de cortar una punta a tantísima distancia. Mientras nos lo contaba, lo primero que hice fue asombrarme muchísimo, y abrir boca y ojos con la típica cara de inteligente que hago en esas ocasiones. Lo segundo, y en esto seguro que habrá unanimidad a estas alturas, fue pensar que yo era tonta: ¿por qué me iba a sorprender más el susto de lejos que el de cerca, si, total, que se sepa, ninguna planta tiene ojos? Y aun así, yo erre que erre, venga a seguir con mi elegante cara de boba. Lo tercero que se me pasó por la cabeza, en esa línea mía que tiende a ver un toque novelesco allí donde sea posible, pensé que aquello podía ser una muestra de lo que era la verdadera amistad.


Después de los trabajos de los dos eminentes científicos y de mi fantástica profe, se ha seguido trabajando en esta línea. Células “próximas”, como por ejemplo dos grupos de glóbulos blancos, separadas por paredes de cuarzo, plomo o demás materias supuestamente aislantes, “sufren” si sus compañeras son sometidas a algún tipo de factor estresante. La ciencia no sabe aún cómo se comunican, porque no se ajustan a los parámetros de la información eléctrica ni de la liberación de sustancias. Podemos ir aún más lejos: una planta se altera si en algún lado próximo hay células vivas que están sufriendo.

Con los animales se han hecho muchos más trabajos y mucho más sencillos. Son famosos los experimentos realizados con delfines, y hay una nutrida casuística con animales tan próximos a los humanos como los perros y los gatos.

Creo que nosotros somos muy poco más (o algo menos, en muchas ocasiones) que los delfines, pero también que mi potus o las acacias que dan sombra a los paseantes de mi calle. Hay veces que pareciera que nuestras células se sintieran alteradas, incómodas o sufrientes cuando células próximas están viviendo un momento difícil. Hay veces que deberíamos olvidar nuestra mente justificadora humana y sentir sólo nuestra mínima expresión de vida, como los animales o las plantas, y comprobar que muy dentro de nosotros hay señales de que células próximas –en ubicación, en su conformación o en nuestro vínculo emocional o biográfico− están viviendo una experiencia dolorosa. Hay que volver a ser planta. Hay que volver a ser el perro que aúlla cuando algo dentro de sí, que no trata de identificar, se lo pide. Hay que darle rienda suelta a los canales que unen diversas vidas, en su expresión más básica.

Por eso, hay veces en que la mayor expresión de amistad puede ser decirle a un ser querido que “hoy, mis células sufrían contigo”.
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Tres vestidos negros

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Veo mi bandeja de entrada nuevamente vacía de ti. Como ayer. Y finjo para mí que te acobardas. Que el amor es un abrigo que te queda demasiado grande. Y finjo para los dos que soy de importancia capital para ti, que a veces me achicas con sólo pensarme. Y me hago un carajillo largo para rellenar de whisky barato los huecos que dejas. Para que al beberme mis lágrimas sepan a tus besos ebrios. Gruño como un doberman solitario. Como un gato arisco en celo. Ladro tu ausencia en mi bandeja de entrada y en mis besos ebrios de recuerdo.
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La vida que monto se encabrita a veces. Galopa con fiereza; sin duda, quiere hacerme caer de sus lomos. Pero llevo estrellas de metal en la punta de mis botas, y me agarro con una fuerza descomunal, las hinco en sus carnes enarboladas. Aunque siempre soy yo la que acaba por sangrar.
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Cuanto más me apremia la vida, más gruesa se hace la huella que sombrea mis ojos. Más negra mi mirada, y más resentimiento conservo en contra de lo que merezca mi ira. A veces, recibe aquello que no lo merece. Dejad que me lamente a solas. Mis lágrimas os llenarían de kahal. Como un tronco que ha convertido parte de su vitalidad en brasa, tiznaré cuanto se arrime. Rezumo carbones embrutecidos. Escupo serpientes negras. Qué bueno fuera a veces sólo rebuznar. Por piedad, aturdidme, entontecedme, llenadme de atolondramiento, de bobería y de ofuscación. Daltonizadme para que no distinga este oscuro que me ahoga.
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El cartero poeta

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Él se sentía muy afortunado. Había aprendido lo suficiente de las letras como para poder leer; leía lentamente y con algunas dificultades, pero leía. La belleza de ella tuvo tal impacto en él, que quiso escribirle con palabras elevadas de poeta. Las cosas tan hermosas no podían decirse de ninguna otra forma. El poeta le regalaba metáforas y él se enamoraba a un tiempo de la bella Beatrice y de la poesía. Nunca había entendido de exigencias ni reclamaciones. El agua la tendrían cuando se la trajeran. De nada valía enfadarse ni protestar. Pero ante la poesía… “La poesía es de quien la necesita”, reclamaba. Y como un Christian tremendamente humilde, contaba sus amores con las palabras que le pedía al gran Cyrano para explicar cómo resplandecía la sonrisa de Beatrice. El mar, para él, era el endiablado terreno de trabajo de los hombres del pueblo; nunca quiso ser pescador como los demás. El mar era muy duro. El mar hubiera podido ser de mármol. De roca. No podía creer que el poeta hablara de magníficos paisajes mirando su mar. Pero le hacía hasta poemas. Le parecería bello como Beatrice, acaso… A él no le asombraba el mar pero sí los poemas del mar, se dejaba arrastrar tanto por ellos que él, que nunca había querido ser pescador, era marinero sorteando cada una de las olas de los versos. Y así fue cómo él, que leía lentamente y con dificultad, como surcando grandes océanos con un sencillo remo de bambú, se convirtió también en poeta. Sin saberlo, sin poder creerlo, inclinando la cabeza y con la sonrisa en los ojos, como cuando se recibe un halago inmerecido, llenó el aire de vaivenes porque así sentían sus vísceras cuando oía recitar al poeta. Fue entonces cuando lo supo y pudo enseñarlo: el mundo entero, cuanto conocemos y habremos de ver, todo es metáfora. Porque todo, todo, todo, porque el universo entero cabe en su vaivén para mecerse cuando él siente el mundo en forma de poesía.
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Rarezas IX: cuando canta Agnes Jaoui

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A veces el dolor apremia
Como para recordar que una no es lo que soñó
De sí misma,
(Que tampoco era gran cosa)
Para urgirle a reconstruirse
Sin muletas
Ni atriles
Ni habilidad en las manos.

Fundamental rodearse de letras
Y su goce epidérmico;
Rodearse de música
Y su goce sistémico.

Oír cómo susurra Jaoui
Y le arranca la voz
A las cosas
Al vientre de las cosas
Las dulcifica
Las vierte en cálices amables
Para que beberlas
Deponga
Si no el rumbo
Sí las heridas que produce
Caminar siempre descalza.



Dice "Escucha", y obedezco





Dice "Pa'ti", y sé que tiene razón



Partir ou chegar

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"Noche de amor". J. González Blanco


Me comporto ante ti como ave migratoria…


“Las aves migratorias recorren miles de kilómetros sin ningún tipo de distracción, después, cuando llegan a la zona en la que el año precedente han puesto su huevo, empiezan a controlar: ¿sigue allí el castaño de Indias de flores blancas? ¿Y el automóvil de color verde? ¿Y la simpática señora que sacudía siempre en la hierba las migas del mantel? Observan todo con precisión, porque durante meses en los desiertos de África esa señora y ese automóvil han permanecido en su mente. Pero el mundo está lleno de señoras amables y de automóviles verdes, ¿cuál es entonces el factor determinante?
No es una visión, sino un olor, el conjunto de los perfumes que pueblan el aire en las cercanías del nido: si la fragancia del lilo y la del tilo se superponen por un instante, pues bien, ésa es la casa, el lugar exacto al que regresar”.
Susanna Tamaro. Escucha mi voz.

Tú eres el paisaje de olores
que reconozco
Una y otra vez
Y sé que he regresado a casa.

Que hay otros coches verdes
Y mucho alimento desmenuzado
Pero mis enzimas no quieren
Alcanzarlo
nutrirse
incrustarlo en sus entresijos
Si no encuentran tus aminoácidos
Extraños
De estridencia paralizante
En la languidez de mis plumas
Agotadas.

Sé que he regresado a casa
Cuando yo,
Que vuelo con el nido a cuestas,
Reconozco tu paisaje de olores
Y decanto mi torso
Para que reposemos juntos.


. . . . . . .Partir ou chegar
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Revisión del mito: la Caperucita de los niños de hoy

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(Ilustración: MiPerro)

  • Caperucita Roja, hoy en día, no hubiera podido ir a llevarle el cestito a la abuelita porque, al salir del cole, va directamente al curso intensivo de inglés para menores de siete años tres veces por semana, otro día va a gimnasia deportiva y otro más a aprender solfeo siguiendo el método Eslava. Los domingos, para que no se aburra, la han apuntado a los boy scouts, que les organizan sesiones de supervivencia y de orientación con brújulas, dentro de un confortable salón, acondicionado, naturalmente, con bomba de calor y con humidificadores para mejorar la sequedad ambiental causada por la bomba de calor. Eso supone un aumento de las cuotas pero poco importa porque todo es poco para Caperucita. Además, desde hace dos meses, está en lista de espera para hacer sesiones de psicología conductista para superar su adicción a la gameboy.

  • La madre de Caperucita no está apenas en casa, porque cuando sale, ya tarde del trabajo, le queda el shopping unos días y el Pilates los otros. Después sí que ya va a buscar a su hija a las extraescolares correspondientes: desde su aparcamiento en triple fila, otea perfectamente el recorrido de la niña, y con sólo tocar repetidamente el claxon, Caperucita reconoce el suyo entre un mar de 4x4. En el camino de regreso a casa tampoco pueden perderse, que para eso llevan el gps. Aunque un día unas obras no estaban bien señalizadas y tuvieron que hacer un rodeo –que no un atajo−, pero con la congestión del tráfico les dio tiempo a descargarse la actualización desde el portátil, lo que, dicho sea de paso, les facilitó descubrir que, si hubiera unos 150 mil coches menos en esa calle, tampoco podrían circular a más de 30,5 km/h, ya que había un nuevo radar agazapado detrás de una señal.

  • La abuelita ha desistido de intentar llamar a su hija cuando se encuentra mal, porque nunca la encuentra en casa. Dos veces por semana le envía un sms para que se haga a la idea, y la avisa por ese mismo medio cuando necesita que le hagan un pedido a tele-cestito mediante www.cestitoacasa.com. Además, la madre de Caperucita no puede entretenerse cocinando, y a la abuelita se le ha metido en la cabeza que cuanto tienen ellas en el congelador, ya sean pizzas, rollitos de primavera o shawarmas, no le sienta bien. “¿Y para qué te sirve el Almax, mamá?”, dice ella una y otra vez, iniciando la misma discusión todos los días 15 del mes, que es cuando tienen programada su vídeo-conferencia habitual. Eso sí, cuando se encuentra realmente mal, la abuelita toca el botón de emergencias que le facilitó el asistente social, y que activa el dispositivo automático de contacto con el paciente.

  • En el bosque han construido un centenar de casitas pareadas. Las señales indican celosamente los caminos de la urbanización, incluidas las paradas para hacerse fotos junto a una reproducción de la casita del bosque, en la que antaño hubiera vivido la abuelita. En el camino “largo”, el que tomó la niña por consejo del lobo, hay una señal que prohíbe el paso a cualquier persona ajena a la organización. No es exactamente peligroso, pero como está dedicado al sector de los servicios, afea mucho el aspecto y podría rebajar el valor de las propiedades. Los constructores que planificaron con tanto esmero la zona residencial, respetaron un trocito de montículo relativamente verde. Allí sí hay animales silvestres. Bueno, más o menos: tienen jaulas con bonitos pajarillos, para que los niños puedan saber cómo eran; una pareja de gatos, esterilizados, higienizados y uperisados (como se hacía en los viejos tiempos con un líquido que llamaban leche – leche a secas, ¿alguien se acuerda? Sin calcio, vitaminas ni omegas extras, sólo leche−), a los que han quitado las uñas para evitar impactos visuales de tipo sanguinolento. Finalmente, hay un lobo, sí. Parecería que anda triste y con miedo, puede que porque hay una cerca eléctrica invisible con la que los niños le han hecho más de una trastada, pero dicen los etólogos del conjunto residencial que no, que los lobos siempre han sido animalejos cabizbajos y solitarios, y que si sus aullidos suenan cada vez más a llanto es porque lo están adiestrando para que haga ver que canta con la banda de música los domingos.

  • Por aquello del qué dirán, la madre de Caperucita donó su capa a los pobres, que de ellos ya se sabe que sí pueden ser rojos, y se hizo con una más acorde a su forma de vida, de un encantador tono rosa, del que ningún vecino puede sospechar.

  • A Caperucita no le dejan llevar la caperucita a la escuela, porque dicen que se parece mucho al velo islámico y no quieren incitar polémicas religiosas. Allí la religión es sólo una, dios sólo uno, y la espiritualidad universal de su mundo debe quedar preservada.

Así pues, sin ser roja y sin caperucita, sin tiempo de recoger las flores que ya no hay, sin bosque, con un espécimen de lobo espantado e inhibido, propongo reconocer a Perrault como el primer gran autor de ciencia ficción de la historia.



Epílogo - Sólo dos psicoanalistas de la Urbanización "El bosque" hubieran podido caer en la cuenta de que tanto Caperucita como el señor Feroz compartían un mismo sueño: huir de aquel mundo, más o menos de esta guisa:




(Ilustración: MiPerro)

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Concierto: Las Migas en Nou Barris

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Este blog nació con vocación miguera. Iba a incluir ese montón de enlaces de cada ocasión, pero es tarde y, la verdad, desde que incluí ese monísimo buscador que hay en el lateral (justo después de las recomendaciones, si mal no recuerdo), que dejó de tener demasiado sentido liarse con eso de las direcciones inacabables. Basta con introducir un concepto cualquiera, con sólo saber que ha habido referencias, y el buscador, que es listísimo aunque desordenado, te devuelve (arriba de todo; aviso porque a mí me costó encontrarlos) los resultados. Si hay alguien que tenga ganas, lo comprobará: he hablado mucho y siempre bien de Las Migas y de Silvia Pérez Cruz, su espectacular voz; pero también de Lisa, ese violín flamenco sin igual; y de Marta e Isabelle, las magníficas guitarras y también creadoras de parte del repertorio miguero. Como en más de una ocasión se me ha invitado a avisar de próximos conciertos, hoy me pongo el traje de la responsabilidad y hago pasar la voz: hay un próximo concierto de Las Migas. El próximo jueves, día 30 de julio, dentro del ciclo Música al Parc, a partir de las 22h, tendrá lugar un concierto gratuito de Las Migas en el Parc Central de Nou Barris (Dr. Pi i Molist, 133), de Barcelona.

No he ido a ninguno de los conciertos de Música al Parc, así que no puedo opinar sobre cómo es el sonido de los eventos. Sí creo que debo avisar de que, de todos los conciertos a los que he asistido de mis adoradas Migas, el concierto multitudinario, gratuito y al aire libre que dieron en la Universidad de Barcelona el verano pasado, y a pesar de mis expectativas previas, fue con diferencia en el que menos se pudo apreciar su calidad musical. Pero si no tenéis nada mejor que hacer, no os va a impedir que les deis otra oportunidad en caso de que no os atrapen a la primera, y os atrae eso de disfrutar de una velada en un parque mientras suena música de fondo, la cita del parque de Nou Barris puede ser una buena cosa.

Vale! Se ha notado que desconfío de este tipo de conciertos. Pues sí. Pero para aquel que no quiere arriesgar el precio de una entrada sin una degustación previa, pues... que vaya y nos lo cuente!
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Los inventos de mi vida

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Se puede decir que mi vida era así, como la foto superior. Plana, insulsa, incómoda: daba poco de sí. Por fortuna, se inventaron esto otro:




Y mi vida vio renovadas sus posibilidades. Ya no necesitaba cargar con los posavasos arriba y abajo. No sé cómo pude vivir tanto tiempo sin mis chancla-porta-vasos.

Entonces me dije: “Susana, has de aspirar a más. Uno de tus clásicos problemas de vicio queda resuelto, pero tu bolso sigue demasiado lleno, mientras que tu vida y tu gaznate permanecen vacíos durante demasiado tiempo.” Por suerte, se inventaron esto otro:




Y pensar que siempre me había enfrentado a los amantes de Rambo, y sin su inspiración jamás hubiera catado la libertad cervecera. ¿Es un cinturón? ¿Un bolso? ¿Una cartuchera? ¡No! Es la nevera de munición bebedora (la que nos convierte en supermanes a todos).

Aun así, mi vida seguía haciéndoseme cuesta arriba. Todo vicioso empedernido me entenderá y toda mujer que tenga un bolso con vida propia también. Sabemos que lo aparcamos una sola noche en su colgador y al día siguiente pesa 2 kg más. No pregunten: la ciencia no se lo explica. La materia se reproduce, se acumula y se vierte en los bolsos como si de un anti-agujero negro se tratara.

Por fortuna, ya no hace falta elegir entre dos instrumentos fundamentales. Ahora contamos con este otro invento:





La física cuántica, en tanto edita su manual del usuario, aconseja que no traten de encenderse un cigarrillo –u otros elementos de la familia− mientras se atiende una llamada. Por eso yo he advertido a todo mi entorno que, como mucho, me envíen únicamente sms: nunca se sabe cuándo va a ser imprescindible una dosis nicotínica (o, insisto, similares).

Pero seguía yo desganada. Ahora ya podía salir a la calle bien preparada, pero ¿qué ocurría en casa? No podía siquiera recibir visitas manteniendo un mínimo de estímulo.

No obstante, alguien que me conoce bien halló la solución para poder mantener una partida a un juego de mesa manteniendo un aliciente por mi parte. El clásico juego de barcos con sensores de chupitos:




Finalmente, me persuadieron para que alojara en mi hogar otro clásico de juego social: el futbolín nunca había supuesto un gran incentivo para mi sensibilidad, altamente femenina. Por fin, alguien que me aprecia pero que se aburre soberanamente en sus visitas a mi acogedor hogar, ha encontrado la solución:


Al fin puedo afirmar que soy una persona completa y feliz. Agradezco a todos esos inventores (en su mayor parte, anónimos) que se decidieran a tener en cuenta las diferencias de carácter. Sólo quiero sugerirles una última propuesta, y es que, aunque ya se han inventado el horneador para pizzas de coche,
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una nunca sabe dónde y en qué condiciones va a tener que cenar y/o desayunar:






Elogio del balcón

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(Foto: Ramón Clemente)



Uno de los gravísimos problemas que tiene haber optado por un barrio tranquilo –suponiendo que haya sido yo la que decidió algo− es que, en verano, cuando una necesita refugiarse del calor saliendo a su modesto balconcito, por más que se asome durante horas, nunca pasa nada.

Bueno, algo sí pasa:



  • Cada hora y media un señor/a de edad avanzada pasa con un (/a) can (/a)

  • Una vez por semana dos adolescentes llegan alegremente ruidosos a sus casas

  • Una vez al año, un progenitor gorrión enseña a volar a su bebito gorrión en el balcón vacío de enfrente, pero como es un espectáculo más bien discreto, he alcanzado a verlo una sola vez en algo más de una década. Eso sí, en esa ocasión estuve aplaudiendo durante horas y mi retina mental ocupa buena parte de sus cansadas neuronas en retener el espectáculo.

  • Una vez en la vida, una asiste a salidas simultáneas a los balcones para ser una de las protagonistas de una multitudinaria cacerolada. Como todos sabemos que en el parlamento de Madrid se ignora alegremente cuanto suene en el Guinardó alto barcelonés –incluso aunque, vamos a soñar, quisieran oírlo−, el gesto, por saberse inútil, es mucho más bonito. Creo que esa vez nos sonreímos todos al mirarnos sin vernos en la oscuridad.

  • Dos veces al día se encuentran dos mujeres y hablan y hablan, para impaciencia de un engendro de corta edad que reclama proseguir con el camino. Si quisiera y me propusiera concentrarme, me haría con todos sus secretos.

  • Cada mañana, a eso del amanecer (e ignorando felizmente los cambios estacionales de horario), los pájaros se levantan parlanchines.

  • Al atardecer, el perro con que comparto piso cree imprescindible cantarle las 40 a determinado soliloquio perruno. A saber…

  • Una vez cada tanto, siendo optimistas, comparto el balcón con alguien poco acostumbrado a los silencios del barrio, y me hace reír estrepitosamente. Quisiera pedir perdón a mis vecinos de balcón por interrumpirles los silencios; pero, la verdad, no me sale. (En lugar de eso, agradezco a los dioses que me presten a veces, cuando más falta hacen, a verdaderos ángeles de la risa).
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Despedida de un rebelde

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Casi he olvidado cómo llegué a ser lo que soy. Imagino que por tradición familiar. Tanta convivencia con los que son y funcionan exactamente de igual forma que yo ahora, hizo que no me cuestionara nada. Había que proteger el espacio, y yo ya estaba adiestrado para ello. Era un buen soldado.

Pero estoy francamente harto de que no se nos valore. Obedecemos sin rechistar cada vez que alguien trata de invadir el espacio. Acostumbramos a actuar con gran eficacia. En primer lugar, nos ocupamos de rodear al invasor. Lo aislamos para que no alcance los puntos cruciales del sistema. Una vez sitiado, ya se le puede atacar. Intentamos deshacernos de él lo más rápidamente posible, porque el invasor, según nos han dicho, tiene la extraña propiedad de reproducirse sin engendrar. Es como si nos tomara para replicarse. Como si tuviera alguna poderosa razón para volvernos como él. Así que hay que actuar lo más rápidamente posible, sin darle apenas ocasión de que pueda convencernos.

Una vez derrotado el invasor, un sector especializado del ejército debe limpiar rápidamente los escombros resultantes. Casi siempre han muerto también de los nuestros. Ayer contemplé por primera vez el resultado de la batalla, y la imagen me pareció desoladora. Ríos de cadáveres. Los limpiadores no daban abasto. Alguien a quien no he visto jamás ordenó que nuevos soldados se dedicaran a la labor. Yo seguía impertérrito, manteniendo el sitio, por si alguno de los invasores siguiera vivo y quisiera penetrar hasta la segunda línea de protección. Se suponía que debía estar orgulloso de tener esa función, seguir protegiendo incluso ante la muerte: un gran honor; pero la verdad es que tuve miedo. Un montón de curiosos se querían asomar, y proseguir su paso por los caminos ensangrentados como si nada. Y también a ellos tuve que sitiarlos de ese resultado espeluznante. Como si debiera ocultarles que a veces el invasor llega lleno de rabia y arrastra consigo a sus protectores. Ayer me dio igual. Tuve miedo, y deseé que alguien me preguntara si quería dedicarme realmente a esa lucha, que ayer ya no sentí mía. La situación se prolongó hasta que los especialistas constructores repusieron la muralla y los limpiadores habían acabado su trabajo. Sufrí mucho, aunque mantuve el porte.

Por eso atravesé de nuevo las carreteras, esta vez en dirección contraria. Mi uniforme hizo que, aunque muchos me miraban con semblante interrogativo, nadie se interpusiera en mi camino. Por fin alcancé los mandos del ejército, donde se nos adiestra, y dije con firmeza que estaba harto de las labores de protección. Que tenía serias dudas y hasta miedo. Dije que a partir de entonces quería dedicarme al transporte, que me parecía una labor mucho más noble y menos complicada. Dije que estaba francamente harto de tener que esconder la situación y de que jamás se nos reconociera. Fue entonces cuando me lo dijeron. Nunca lo habría sospechado: no podía elegir mi oficio porque era una cuestión de raza. ¿De raza? ¿Sería que por ser blanco, sin más, debía ser poseedor de las armas? Efectivamente: asintieron.

Pasamos junto a la central de transporte. Nunca la había visto: miles y miles de transportistas, reconocibles por sus grandes bolsas hinchadas. Desde allí se oteaba la central de los constructores, todos ellos enormes. Me subieron a lo alto de la colina del Gran Poder para que tuviera una perspectiva mayor. Efectivamente: desde allí se veían todas las centrales. Me quedé reflexivo durante un buen rato. En efecto, cada uno, según su función, se veía distinto al de las otras centrales. Fue entonces que me señalaron muy hacia arriba, para que mirara al cielo. Y allí estaban todos aquellos carteles: “glóbulos blancos” ponía sobre mi central.

Así fue cómo supe que jamás podría ser ninguna otra cosa que lo que era: un obediente soldado blanco que se afana para que sólo prosperen las bacterias cooperadoras, pero ninguna destructora, ningún virus. Estoy tan deprimido que sólo me quedan dos opciones, ambas dos ciertamente lamentables. Podría hacer una pataleta y rebelarme, luchar contra lo que se me pusiera por delante, aunque no fueran infecciones externas: haría entonces una enfermedad autoinmune, para que aprendieran. La otra opción, la que seguramente elegiré, será la de acudir a la zona de las chimeneas. Allí esperaré a que se produzca la sustancia mucosa habitual, y cuando llegue aquel terremoto de todos los otoños, lo que llaman ‘estornudo’, saldré aspirado y volaré. Probablemente muera, pero existe la posibilidad remota de que alcance algún otro mundo, en el que ni las razas ni la ubicación de nacimiento nos condenen a obedecer ciegamente las leyes de la fisiología. Sólo ahora he entendido por qué aquella gran glándula, central de buena parte de nosotros, los blancos, se llama timo. Ahora he entendido también por qué los mandos absolutos, de cuantos colores tiene el arco iris, constituye una masa informe de materia gris. Jamás tendré los grandes brazos de las plaquetas, jamás podré cumplir el sueño de repartir moléculas de oxígeno, pero no me vencerán: llegaré a un mundo en que podré dejar las armas o moriré en el intento.

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Mujer valiente

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Lloraste su desdén hasta permitir la deshidratación completa de tu entraña. Se te agotó la mirada de tanto mar como alojaste y tanta ola como te ahogó. Tocaste fondo. Y creíste que aquello era tu horizonte. Te dolió el amor. Y te creíste débil y te olvidaste de ti. Se hincaron los cardenales en tu alma como muescas de su navaja.







Lavando sus marcas te supiste sola.
Y también lloraste por ti, porque consiguió que te perdieras, que no te creyeras más que las hojas secas de su camino. Más que el polvo que se levantaba a su vuelta, en el anochecer de su vileza.
Pero tu lágrima, al tiempo que te enjugaba por dentro, secó tu corazón, consumió tu sangre, enflaqueció las fuerzas que te quedaban para sostener a tu niño.





Proferiste el grito de la estatua. Cantaste en silencio la melancolía de lo que pudo ser. Adivinamos tu mano en esa sombra.
Vives.
Aunque quisiste ser serpiente para escupirte veneno en el corazón.
Aunque quisiste habitar el cementerio que te habitaba.
Vives.
Creíste romperte para siempre.




Pero lo mejor de las lágrimas es que un día se acaban. Y a pesar de que aún no puedas notarlo, le han puesto contrafuertes a tu flaqueza. Y tus ríos del alma desembocan en el océano de todos, que te esperamos para volar contigo.






A esa mujer valiente, que va a huir de su infierno aunque sólo sienta el vacío. A esa mujer que somos todos cuando la asustan por las noches, cuando se traga el grito para que no despierte a su niño, a esa mujer que va a cruzar el umbral para sentir miedo sólo de su pasado. Y que sus lágrimas son más negras que la luna nueva, cuando promete resurgir.

(Teléfono contra el maltrato: 016 – no deja huella en el teléfono ni en la factura:
aún puedes volver a ser libre. “Nos duele a todos”)

Verdades y mentiras sobre Catalunya

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Ya tenemos acuerdo sobre la financiación autonómica que reclamaba sobre todo Catalunya y, no podía ser de otra manera, la derecha fascistoide española ha puesto una vez más el grito en el cielo. Vamos a ver, que no estoy yo por la labor de hacer un análisis en profundidad de las repercusiones que sigue teniendo en Catalunya haber estado casi siempre del lado de los perdedores. Pero que me tienen ya tan hasta las narices que les voy a decir cuatro cosas, aun sabiendo que jamás van a leerme.

Una). Entre las cosas que más me hacen saltar chispitas de los ojos está ésa de que “los catalanes no quieren ser solidarios”. Queridos fachas, lo que no quieren es seguir siendo gilipollas durante muchos años más. Y eso es lo que acaban por ser si, después del reparto solidario mantienen una renta per cápita inferior a la del resto del estado. Os lo explico con naranjas para que me entendáis: Catalunya tiene tres naranjas, después de la distribución ‘solidaria’ cada comunidad autónoma se queda con una naranja (hasta ahí todo bien) excepto Catalunya, que se queda con cinco gajos.

Dos). Que dicen los fachas que en Catalunya no se entiende el español. Queridos fachas, a ver si nos levantamos ya de la caída del árbol y dejamos de decir sandeces. Cuando el franquismo prohibió que en Catalunya se hablara la lengua materna, todo el mundo acabó por comunicarse en español, por aquello de ser previsor con ese bien preciado que llamamos vida. Así que tenemos un par de generaciones, por lo menos, que lo que no saben es escribir catalán. Y eso, apreciados fachas, es una desgracia para cualquier lengua cuando es la materna. Los niños son absolutamente bilingües, entre otras cosas porque los medios de comunicación son más rentables si pueden presentarse en el resto del estado; por tanto, en catalán hay poco, caro y muchas veces de calidad cuestionable. Mientras en las pruebas de suficiencia de los chavales, Catalunya siga por encima de la media en conocimientos de lengua española, haríais bien en callaros y aprender del modelo de bilingüismo catalán, que jamás va en detrimento de ningún conocimiento y sí en expansión de mente, cosa que parece que os hace buena falta. Dos punto dos). Y si así fuera, y en Catalunya únicamente se hablara catalán, ¿entonces qué? Un poquito de sentido común, señores fachas, que tendría que ser normal que un pueblo se expresara de forma natural en su lengua, sea ésta catalán, astur-leonés o dialecto esquimal.

Y ahora algunas cuestiones sacadas de contexto desde el otro lado. Que también es muy bonito echarle la culpa de todo a los demás, pero también tenemos al enemigo dentro, y no hay que perderlo de vista.

Una). Los pringados somos pringados, aquí y en san Cosme de arriba. El pringado le paga al estado lo mismo en un sitio que en el otro. La diferencia está en lo que se percibe en uno y otro lado y, por supuesto, y de forma descaradísima, lo que se invierte en infraestructuras cuando papá estado nos tiene manía porque en Catalunya no hay quién vote a los fascistas. Lo que se paga de más en Catalunya es porque lo impone el gobierno autonómico o el local. Así, sin ir más lejos, haría ya un tiempo que podríamos estar libres del impuesto de sucesiones, que hace que la pobre viuda tenga que empeñarse hasta las cejas para apoquinar por la mitad de su casa heredada (que compró en su día y por la que ya pagó los diversos impuestos que le pertenecían).

Dos). Que sí, que un niño de Extremadura tiene un ordenador en el cole y uno en Catalunya no. Pero Educación en Catalunya está transferida a las comunidad desde hace una jartá por lo menos. Si durante veintitantos años los catalanes se han creído el discurso de Convergència i Unió, que le daba buena parte del presupuesto de Educación a siete escuelas del Opus (¡no lo olvidemos, por favor!), no es cuestión de reclamarle nada ni al estado ni a Extremadura, sino a la gestión interesada y deleznable de CiU. Todo lo demás es demagogia.

Pues ya está. Una se ha quedado más tranquila. Total, de pringada, catalana y mujer no va a haber quién la saque, y mucho me temo que la vida no le va a cambiar gran cosa si le mandan desde allí o desde aquí, si cuando le mandan es siempre desde arriba y mirando poquito hacia abajo.
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El ritmo del verano

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'Verano'. Arcimboldo.
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Una de las cosas buenas que tiene un momento de crisis o de inflexión es que puede abrir grandes perspectivas. Cuando pienso en ello, siempre recuerdo aquellos versos de Martí i Pol: “que tot està per fer/ i tot és possible”. Si a uno le pilla con el ánimo despejado, puede sentir cómo hay mil direcciones diferentes, mil puertas que pueden abrirse y mil futuros que pueden ser los nuestros.

Y luego hay momentos que uno debe asumir como paréntesis.
De todo se aprende.
Los paréntesis también pueden enriquecer de una forma u otra.
Pero aquella puerta medio entornada acabará por abrirse una vez pasado ese espacio que queda en suspensión.

Cuanto más nos adentramos en el verano, más solitaria va quedándose la ciudad. Los amigos buscan dónde guarecerse con más tranquilidad del calor. Los sms se espacian. Cuesta más contestar los mails. Y si las tardes de invierno propician el recogimiento, cuando cae la tarde después de un día de asfixia, se llenan las terrazas y se vacían unos tras otros los vasos. Parece como si el resto del mundo quedara también al ralentí.

En la red pasa algo similar. Muchos blogs parecen haberse ido a la playa.
El Cajón no es amante del bullicio, pero no escapa a ese influjo. Porque es un virus contagioso implacable. Así que, como en las tórridas noches de esta segunda quincena de julio que empezamos, va a permanecer en un duerme-vela. Asistiremos durante la mayor parte del verano, pero con menor dedicación. No es un “cerrado por vacaciones”, sino un “se publicará por entregas”.

Para empezar este ritmo semi-vacacional, nada podría haber sido más adecuado que el post colectivo de “La música que nos traduce”. Construido entre los colaboradores más activos de este blog, ha sido increíble degustar su crecimiento. Con descubrimientos todos deliciosos, las aproximaciones a personas tan apreciadas del Cajón me deja tan buen sabor de boca, que casi estoy echando ya de menos el retorno del ritmo habitual, para seguir compartiendo con todos vosotros…

¡Nos leemos en breve!

La música que nos traduce

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Decía Pitágoras que en el mundo todo era música. Que cuanto conocemos, por el hecho de existir, emitía música. Decía que una de las composiciones musicales más perfectas eran las que componían los planetas al girar. Se trata de esa música que nosotros denominamos ‘silencio’.

Para mí, la música es la respuesta a muchas cuestiones no pronunciadas. Para alcanzarla debe, necesariamente, no intelectualizarse; sólo hay que permitir que se aloje en aquel pedazo del alma que precisa de ella.

Decía Platón que “La música es para el alma lo que la gimnasia para el cuerpo”. La música revela, entrega, explica lo innombrable. Donde el lenguaje se agota, brota con fuerza el sentido de lo musical. Rasgan los sostenidos, inquietan los bemoles, dulcifican los tercios. Y comulgan los acordes en un arpegio imposible de alcanzar con el verbo. La música nos eleva.

Escribo en esta madrugada oscura. A veces sollozo en violín. O proclamo mi derecho Himalaya a gritar en percusión. Soy gigante, soy dios porque elijo para mí la extraña bendición de los pasajes inexplicables. El mundo todo se traduce. Música…

Esta noche, justo ahora, sola, frente a la nada, precisamente ante un espejo de mi supervivencia, elijo Manha de Carnaval para que me acompañe. Porque lleva años ya despertándome. Porque Orfeo, que fue Negro, amansó sus fieras hincándoles un porvenir…

Manha, tao bonita manha
De um dia feliz che chegou!
O sol no ceu surgiu
E em cada cor brilhou.
Voltou o sonho entao
Ao coraçao.

Y ahora llega tu turno.

Recojo la estela de mi admirado Stalker, que ha pedido en ocasiones participaciones hermosas como la de un cuadro en el que vivir. Y te pido a ti, que me lees, que me digas una pieza que te transporte. No digo ya favorita, porque las biografías tienen zancadillas inesperadas. Y un día te despiertas soprano y anocheces metal. Brindas a mediodía en New Orleans y cenas en Cabo Verde. Sólo aproxima.


Ahora aproximo con una de las más bellas canciones que se han escrito nunca sobre la amistad. Se llama Antonhico, pero podría tomar el nombre de cuantos amo. Porque rescato el bien imprescindible, su nudo. Lo proceso en mí y te lo devuelvo para invitarte a compartir.



Regálale al Cajón una pieza que ames como si fuera una de tus entrañas. Danos tu placidez o entrega tu fuerza. Pero sé implacable: danos lo que te traduce; aquí, ahora.

Ramon

A Ramon le traduce Verdi. Escoge esta pieza, tristísima, porque explica su sensibilidad cuando se detiene a oírlo.




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Bashevis

Dice de sí que es un 'fagocitador musical' -desvergonzado, naturalmente- (cualquiera que decida aprender trobriandés no puede dejar de estar de acuerdo). Puedo entenderle bien: una sola pieza es casi imposible. Nos regala tres. Es posible que una para cada uno de sus momentos del día. De entre todas, elige un eje de vida -carreta, camino, qué más da- que le guía, y en el que se traduce como el que no necesita silencios con que llenar su vida.



Imaginari

Dice Imaginari que de entre todas las músicas, la 'callada' es la que más se acerca a su forma de sentir. No en vano, él explica su mundo mediante pinturas. Y dicen de la pintura que fosiliza el poema. Que detiene la música. Así pues, Música callada, de parte de Imaginari...



Mariel

Dice Mariel de su pieza escogida que "reúne varios amores: la exquisita Jeanne Moreau, la simplicidad de las canciones infantiles, los actos de seducción natural, Francois Truffaut y su película 'Jules et Jim". He aquí la canción escogida por Mariel para traducir su espíritu apasionado.




Stalker

Tratándose de música, la elección no es sencilla para Stalker. Marienbad siempre ha dado buena cuenta de ello. De entre mil opciones, elige un viento de invierno, para que, como él, arrase, y no deje ni un milímetro de piel impasible. Dice que "Sviatoslav Richter me sigue quemando igual que el primer día. Indescriptible... ". Después de compartir con él su incendio, podemos entenderlo...




Alf

Recién llegado al Cajón, no quiere resistirse a compartir uno de sus grandes amores. Es de traducción demoledora. Dice desmontarse en cada ocasión. Por ello es probable que lo dosifique. La vida no siempre propicia andar desintegrado entre partículas de uno mismo. Pero éste puede ser un buen pre-Texto para desmontarse. Intentaremos acogerlo con la gran delicadeza que necesita...


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Mariel

Ese pájaro generoso, nos trae una versión sumamente cálida de Killing me softly. Amamos tanto a Omara, por supuesto, sus turbantes y cuanto se cuece bajo ellos. "¿Cómo hacer para que sea de noche todo el día e invierno todo el verano?", dice; quizás éste sea un buen primer paso, querida Mariel.




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Añade Mariel: "Susana, Omara es solo para vos. Escucharla me hizo recordarte espontáneamente. Es preciosa para subirla al Cajón, pero diciendo: "Así de intensa y luminosa es la música que Mariel escucha cuando escucha las palabras de Susana". Y queda inmediatamente traducida en su entrega, que mata lentamente, como casi todo lo imprescindible de esta vida...

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Mireia

Una de las canciones que Mireia (mi eterna) relaciona consigo misma es Guarda che luna, de Gori Vatra. Y, como ella, es cálida, delicada e invita a mirar más allá. Como ella, es profunda y hermosa. Y como la luna a la que canta, acompaña siempre, aunque haya fases nubladas que a veces la escondan; todo aquel que se le haya aproximado notará por siempre la marea alta de su influjo. Bella Mireia, 'guardo' tu luna... Gracias por traerla al Cajón.

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Aclaración urgente

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Magic garden, Klee.
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Durante muchos años escribía a mano. Llevaba siempre encima una libretita, y en ella anotaba cosas que me llamaban la atención o mis ocurrencias; en ocasiones hacía dibujos. Así fui llenando libretas, siempre con letra minúscula y que, estoy casi segura, sólo yo podía entender. Cada libreta acabada iba a parar a un cajón del escritorio.

Más adelante llené cuartillas de papel escrito a máquina. Una cantidad considerable. Todos aquellos papeles no tenían más futuro que acabar en el mismo cajón. A veces tomaba un escrito y con él recordaba la intensidad de tal o cual evento o momento vital. Ocasionalmente retocaba alguna cosa, pero las más de las veces, el sentido último de todas aquellas frases que se engarzaban en lo que quizás un día pudieran ser textos, era seguir dormitando en el cajón.

Cuando, animada por mi querido Ramon, decidí abrir mi puerta a la red, me pareció que este rincón minúsculo no podía llevar otro nombre que el de un Cajón, con la diferencia de que esta vez podía abrirlo quien quisiera.

Pues bien, toda esta introducción es para aclarar lo que no es en absoluto este cajón. Y es que está sucediendo algo que me tiene alarmada y que no tenía en absoluto previsto. El error es todo mío, que no tuve la precaución siquiera de acudir al diccionario para verificar la claridad de mis intenciones.

Y es que desde hace unos días están acudiendo al blog verdaderas hordas de buscadores de alguna imagen de Michael (o Mikael o Maikol) Jackson (o Jakson o Jazon) en su ataúd (“cajón” para buena parte de la América Latina). Los hay que no se contentan con fotografías o vídeos (que son la mayoría), sino que quieren saber cuándo se adquirió, cómo es, cuánto costó y todos los detalles al respecto.

Google que, como ya he comentado en alguna ocasión, está repleto de buenas intenciones pero no se corta un pelo a la hora de engañarnos, remite a estos pobres buscadores a la entrada sobre el (desde mi punto de vista) endiosado Michael Jackson. Me imagino a montones de decepcionados al entrar, que seguro que recorren el post en busca de fotos del cadáver de marras. Francamente, si buscaran flores o mensajes de autoayuda, por decir algo, no me parecería una urgencia hacer tantas aclaraciones, pero tratándose de ver muertos, os ruego a los habituales que entendáis mi necesidad. Ahí voy:

- AVISO IMPORTANTE: en este blog NO vas a encontrar fotos de Michael Jackson ya cadáver. En este blog NO vas a encontrar fotos de ningún cadáver. En este blog NO vas a encontrar ninguna imagen de ningún ataúd, cajón o como lo quieras llamar. En este blog nos gusta ocuparnos de otros temas, pero aun así, te aclararé cuanto pueda las cuestiones que te interesan:

- Michael en vida ya parecía como mínimo un fantasma, así que será más o menos como verlo vivo pero sin mascarilla y con los ojos cerrados, cosa que no debe de afectarte mucho porque solía llevar las gafas oscuras.

- Si el ataúd lo eligió él, no hay tu tía: será hortera hasta las trancas. Tendrá sus méritos, vamos a concedérselo, pero el buen gusto nunca fue una de sus virtudes. Para qué hablar acerca de la sobriedad…

- El ataúd, sea como sea, te aseguro que es carísimo. Mucho más caro de lo que tú y yo vamos a ganar durante varios años. Es más, no estoy segura de que en esta entrada me quepan los ceros del precio.

- Y, por último, ¿no te has planteado buscar fotos algo más edificantes? No es por deprimirte, pero el mundo (concretamente, la vida) está lleno de cosas bellas, y lo tuyo no sé si tiene explicación psiquiátrica o es sólo morbo, no sé si eres tú el raro o es lo natural querer ver los muertos ilustres. El caso es que si haces un recorrido por las imágenes del blog es posible que encuentres pinturas muy sugerentes o fotografías fascinantes (casi ninguna hecha por mí, aclararé), y hasta cabe la remota posibilidad de que tu próxima búsqueda sea para ver más imágenes de Klee, Chagall, Jordi Pascual o Soutine. De ahí que haya puesto como muestra una pintura de encabezamiento: no tiene nada que ver con el tema, pero es que queda taaaaan bonita. A ver si lo intentas...


Ya está, uf, qué alivio. Fíjate que hasta me ha hecho plantearme nuevas metáforas con el blog: el Cajón (como ataúd) de los pre-Textos: se han acabado los pretextos; o bien, esto es la muerte de la literatura; o la premuerte de los ataúdes; o bien que si no se alcanza el texto, el pre se muere, o...
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Cosas sencillas: paseo por el Parc del Guinardó con mi perro

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Lo confieso. En muchas ocasiones sacar a pasear al perro me da una pereza monumental. Querría darle las llaves para que saliera él y, a ser posible, de vuelta se detuviera a hacer la compra. Con esa energía inagotable que siempre derrocha y que a mí me deja derrotada con sólo verlo.

Pero hay que decir que de vez en cuando disfruto de la “obligación” de tener que acercarme al parque de casa. De no ser por el cuatro-patas, lo esquivaría con cierta frecuencia. Pero él me sumerge.

Muchas veces entramos al parque por la Fuente del Cuento. Allí había una de las fuentes naturales de la montaña, aunque como acostumbraba a tener un caño algo chico, mientras las gentes esperaban que se llenaran sus recipientes, contaban “cuentos”. Debía de ser una de las tareas gratas de aquel mundo rural.

Desde ahí seguimos ascendiendo por el parque histórico: diseñado por el arquitecto paisajista francés J.C Nicolas Forastier, dibuja caminos frondosos que siguen el curso de un pequeño torrente, que salva el desnivel de la montaña con pequeñas cascadas. Por las escaleras de piedra que hay algo más arriba, busco algarrobas, bolas de eucalipto, pequeños palos. El bicho ya menea la cola. Si le tiro el tesoro encontrado escaleras abajo, él se lanza como loco y yo mantengo intacta la esperanza de llegar a cansarlo. Las escaleras se hacen más entretenidas viéndolo trepar con alegría con su presa.


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Siempre nos detenemos un rato en la placita que han formado los eucaliptos centenarios. Conserva un antiguo lavadero, y domina gran parte de la ciudad. La sombra, excepcionalmente frondosa, se recibe como agua de mayo en los atardeceres de verano. Yo me siento en un banco mientras el perro husmea.


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Y desde ahí ya parten los caminos que se cruzan por el bosque. Cada cara de la montaña tiene su propia vegetación.



Un pedazo del camino te enseña desde las plantas cactáceas acostumbradas a que les dé de lleno el sol, hasta los abetos, hechos a las tierras sombrías y frescas.
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Cuando se llega a un recodo de la montaña se puede ver todo el Maresme; pero caminamos unos metros y con la vista llegamos hasta el macizo del Garraf. Un balcón al Mediterráneo inigualable.


Si seguimos recorriendo los caminos, llega un momento en que tenemos que elegir entre tres opciones. Por un lado podemos acceder a un antiguo búnker, que cumple perfectamente la función de vigilar Barcelona y los alrededores. Por otro lado, un puente de madera sortea la caída brusca de la montaña y nos deja casi delante de una de las entradas del Park Güell. La tercera opción, que rodea la colina por su cara este, nos lleva a otra zona del barrio, La Font d’en Fargues, poblada de las antiguas torres que se promovieron para los asociados a la Cooperativa de los Periodistas a principios del siglo XX, y que siempre me recuerda cuánto hemos perdido por el camino.

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Mi perro y yo, que en nuestros paseos acostumbramos a huir del gentío, optamos casi siempre por la primera opción. Nos ventilamos a cuatro vientos a lomos de la montaña e iniciamos el descenso. Cerca de nuestra calle ya nos vamos encontrando con algunas personas: otros paseantes con perros, parejas mayores que parecen huir del cemento, o mi vecina, Franca, que siempre regresa con un cesto cargado de hierbas aromáticas. Ese espacio, más próximo a la urbe “normal”, también tiene su encanto: los perfectos desconocidos se desean las buenas tardes, dos personas con perro comentan las alegrías que les reportan sin más, y si encuentras un músico, no esperará de ti más propina que el respeto hacia su momento.

A mi perro lo encontré, con una tremenda tristeza en la mirada, abandonado por segunda vez, en una perrera de la ciudad. Pero hay mil veces que creo que fue él que me rescató a mí.


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Clase de medicina etimológica II: idiopático

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El término idiopático viene de “i”, conjunción copulativa con tendencia a los errores; “dios”, señor muy importante que está en todas partes, dice que descansa los domingos pero es el único día que pasa lista en misa, y por último parece que es el culpable de hacernos como somos, evidencia de que también comete errores (tenemos ya un error al cuadrado); finalmente, el palabro tiene un “patos” por ahí, animalito simpático y sonriente donde los haya, pero con tendencia a ponerse enfermo (sobre todo cuando tiene demasiado próximas las naranjas).
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Así pues, idiopático significa algo que te pone malo y que es como un error, con lo cual, como pasa con todos los errores, como se crea una cadena en que cada uno le va echando las culpas a otro, al final no se sabe quién la jodió. De ahí que se diga “I-dio” (por lo de I dió lo sabrá, porque lo que soy yo…). En definitiva, enfermedad o estado patológico que no se sabe de dónde viene.
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Aunque tenga una raíz homónima con determinado insulto, no se debe confundir con la habilidad de razonamiento de los afectados. Pondremos algunos ejemplos para aclarar el concepto. Un estado patológico como pueda ser un embarazo (especialmente los no deseados), por ejemplo, no acostumbra a ser idiopático, por más cortos de entendederas que parezcan los implicados. Tampoco tiene que ver con el típico eczema o las clásicas náuseas que aparecen al oír hablar a gente de inteligencia y propósitos cuestionables –nótese que el adjetivo califica a ambos sustantivos-. Sin ir más lejos, urgencias se ha llenado en los últimos tiempos de pacientes con un extraño síndrome gastrointestinal; el probable origen son las declaraciones habituales de un tal Jiménez Losantos. Como por ejemplo:


- "Eso del cambio climático es una mamarrachada que solo se les podía ocurrir a los del premio Príncipe de Asturias."

.- "¿Dónde está el Cambio Climático? En el cerebro de algunos bobos y en el bolsillo de algunos listos."
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- "Si el PP hiciera más política… Toda esta basura de la paridad se la hubieran cargado."
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- (después de la propuesta de la venta libre en farmacias de la llamada 'píldora del día después') "No me extrañaría que en la asignatura de Educación para la Ciudadanía impusieran como obligatoria la píldora del día después, porque ya puestos..."

Como ésta no es una enfermedad idiopática, sino idiogénica, sí tiene un tratamiento farmacéutico. A los enfermos se les receta un rollo de cinta aislante para taparle la boca al origen del síndrome. Desde el Instituto Carlos III se estudia la aplicación de una vacuna de aplicación generalizada consistente en tapones para los oídos. Tiene algún efecto adverso, como el de alterar gravemente la comunicación oral o el de impedir el disfrute de la música. No obstante, se sigue estudiando su conveniencia. Aunque la visión del individuo en cuestión no es exactamente agradable, parece que aquellos usuarios que puedan probar que desconocen completamente el idioma de Cervantes estarían excluidos de la acción preventiva.

En cambio, sí se considera idiopático el estado patológico del mencionado hablante. Así, por mucho sufrimiento fetal que hubiera en el parto, por mucho trauma en la infancia, por muy frustrada la adolescencia, no se conocen factores externos suficientes que puedan llegar a causar un estado tal de enajenación. En cambio, y para marcar las diferencias al estudiante de medicina, si pudiera demostrarse científicamente la reencarnación, y se supiera de él que provenía de una rata de cloaca venida a más, encarnada antes de tiempo, su trastorno dejaría de considerarse idiopático.

Fin de la segunda lección.

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Chaïm Soutine o el mundo retorcido que habita la realidad

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Algo en Chaïm Soutine atrapa. Como si mostrara muchas perspectivas a un tiempo. La realidad que se retuerce bajo las cosas.
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Nacido en una aldea lituana (Smilovich, 1893), Chaïm debió enfrentarse a todo su mundo, ya que en el seno de la comunidad judía ortodoxa donde vivía estaba prohibida la realización de imágenes. Batalló con su pincel. Sus óleos pintaron los colores de la muerte en sus paisajes. Y abandonó Lituania, con el pincel bien alto.
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Soutine pertenece a un cajón, porque jamás se le acabó de encuadrar en ningún movimiento. Sólo algo muy vago, como "Escuela de París", o "Las Vanguardias".
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Se le recriminaba el uso de temas llegados de la tradición. Pero su pincelada, de gran vigor, trastocaba cuanto podía verse.
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Aun así, fue tremendamente pobre.
Aun así, ha sido siempre una figura menor.
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Chaïm Soutine retorció por última vez la realidad en 1943. Su última lucha fue ser judío en una ciudad ocupada por las tropas nazis. Pero no les dio el gusto. Murió, sí, pero de un ataque de úlcera.

Paysage


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Paysage de Cagnes



Maisons aux toits pointux



Les maisons rouges




Dice de él Wikipedia: "Pintaba de un modo frenético, como poseído por un ataque de fiebre, precipitando los colores sobre la tela. Recorría las carnicerías de París en busca de la gallina que tuviera la tonalidad y el aspecto adecuados a lo que él quería representar. En una ocasión adquirió y trasladó a su estudio un buey entero, muerto, dedicándose a pintarlo hasta que el hedor de la carne putrefacta alertó a los vecinos primero, y a las autoridades después."

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Rarezas VIII: Rosa Passos

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Rosa canta suave. Canta terciopelo. La oigo y parece como si me colara dentro de una voz que no escatima, pero tampoco entrega. Está y yo me asomo. Casi es como si me colara. La imagino con los ojos cerrados, vencida ante la estructura última de la música. El esqueleto de la música postrado ante su garganta menuda cantando por dentro. Rosa canta despojada. Y el misterio que tiene el aire cuando atraviesa sus cuerdas tiene tacto de caricia. Encuentra cicatrices que regeneraron por completo los tejidos y se renovaron desde un dolor antiguo. Proclamo que por amor.




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Mal de Montano. La literatura como vida y su muerte

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El narrador de El mal de Montano “habla en libro”. Vive en función de sus recuerdos literarios y piensa según pensaron los que leyó. Probablemente por esta incapacidad de alcanzar del todo la vida, de hincarle el diente a realidad vivida sin el sustrato de lo leído, su otra obsesión acaba siendo la presencia de la muerte. La muerte leída, vivida según Hamlet, Kafka o Baudelaire; pero muerte. Es entonces cuando alguien le sugiere que una ambas obsesiones y las concentre en una sola inquietud, “en una preocupación distinta y de hondo calado humanista. La muerte de la literatura”.


Tongoy, como si estuviera leyéndome el pensamiento, viéndome mirar tan obsesivamente al horizonte, me dijo: “Como al sol, a la muerte de la literatura no se la puede mirar fijo.” Más que un actor de Fellini, Tongoy me pareció en ese momento un doctor especializado en el mal de Montano, pues me pareció −me parece− que no había sido nada mala la idea de que dejara yo de preocuparme de amortiguar la influencia de lo literario en mi vida y le prestara mayor atención a la amenaza evidente que se cierne sobre la literatura en el mundo actual.

Justo en ese momento sucedió algo para mí muy importante. No sé cómo fue que me vino a la memoria una frase de Nietzche he leído de mil maneras diferentes, depende siempre del sentido que en su momento quiera darle. Para mí es una frase que utilizo como comodín para todo: “Algún día mi nombre evocará el recuerdo de algo terrible, de una crisis como nunca hubo otra en la tierra.”

(…)

Porque aquel monomotor que pilotaba Margot, como cualquier otro avión, volaba gracias a una serie muy extraña de equilibrios y fuerzas y tenía algo de metáfora de la creación literaria. Después de todo, quien escribe con sentido del riesgo anda sobre un hilo y además de andar sobre él tiene que tejerse un hilo propio bajo sus pies. Todo esto pensé allí arriba y también me dije que de la misma forma que cada vuelo lleva consigo la posibilidad de la caída, cada libro debería contener en sí la posibilidad del fracaso. Me dije esto y poco después, observando con detenimiento a Margot manejando los mandos con virtuosismo, se me ocurrió preguntarme qué será de nosotros cuando, al fracasar el humanismo del que ya sólo somos funámbulos desequilibrados de su rota y antigua cuerda, desaparezca la literatura.

Enrique Vila-Matas. El mal de Montano. Anagrama.

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